Al
hacer todos los días el mismo recorrido, más o menos a la
misma hora, me suelo cruzar con los mismos desconocidos: el artesano
que
fuma relajadamente un cigarrillo a la puerta de su taller, el mozo que
empuja su carretilla sobrecargada hacia el mercado, el ciego que palpa
con su largo bastón blanco la misma serie de obstáculos,
todos los días, a la misma hora...
Para el fumador soy el profesor que va hacia el colegio. Para el mozo, un estorbo en su camino. Para el ciego... no existo. No me ve.
Los ciegos que llevan un perro lazarillo suelen ir especialmente
relajados.
En cambio, cuando van solos por un lugar desconocido...
Avanzaba lentamente, inseguro, como encogido.
Estaba visiblemente enfadado. Cada vez que topaba con algún
obstáculo, mascullaba Dios sabe qué protestas y
desahogos.
Parece perdido.
Pues sí. El cabrón
del autobús no me avisó en la parada de siempre, y me he
tenido que bajar en la siguiente.
Va a la ONCE 1,
¿verdad? Si quiere, le puedo acompañar.
¡Ah! ¡Sí!
¡Muy
bien! ¡Vamos!... ¡El muy cabrón!
Se agarró a mi brazo derecho. Me pasé el paraguas,
que
llevaba plegado, al otro brazo.
Mientras caminábamos, me habló de sus miedos a que le
robaran, le diesen dinero falso...
Le empezaba a contar que me habían operado de desprendimiento
de retina, y de cataratas, cuando dí un pequeño
traspiés.
La punta del paraguas, que llevaba colgando, rozó el suelo.
Al oir el sonido metálico se detuvo en seco:
¡Malo! ¿No
serás
tú también ciego?
No... Con un ojo no veo muy bien,
pero con el otro veo casi perfecto.
¡Ah... si pudiese ver con
un ojo, aunque fuese sólo un diez por ciento!
¿No serás tú también ciego...?
Dios es espíritu. Nadie le puede ver. Todos le buscan, a
tientas.
Todos somos ciegos.
Pero lo que podemos llegar a ver de Dios se ha hecho visible en Cristo.
La vida humana es una búsqueda continua de sentido. Ningún acto verdaderamente humano es meramente material. Un guiño, un abrazo, un beso, son mucho más que la mera contracción de unos músculos.
Cristo vino como luz a un mundo a oscuras:
«Yo soy la luz del mundo;
el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá
la luz de la vida.» (Juan 8, 12)
Cristo da pleno sentido a la vida humana.
Los caminos de la Tierra son divinos desde que los pisó el Hijo
de Dios encarnado. Él injerta en el árbol de la vida a
quienes
abren su corazón a Dios y renacen por el agua y el
Espíritu
(Juan 3). Y luego nos hace partícipes de su misma misión:
«Como me envió el
Padre, así también yo os envío.» (Juan 20,
21)
«Nadie enciende una
lámpara
y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el
candelero,
para que los que entren vean el resplandor.» (Lucas 11, 33-35)
«Vosotros sois la sal de
la Tierra... la luz del mundo.» (Mateo 5,13-14)
«Alumbre así vuestra
luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y
glorifiquen
a vuestro Padre que está en los cielos.» (Mateo 5, 16)
¡Ay de mi si no evangelizare! gritaba san Pablo.
El tiempo de la siega ha llegado. Desde que Jesús dijo: "Id
y enseñad a todas las gentes", desde el día de
Pentecostés,
Dios envía generación tras generación obreros
a su mies.
Los que deberían profetizar no lo hacen.
En cambio, los falsos profetas se aprovechan de los incautos,
enseñando
como palabra de Dios lo que no es más que su imaginación.
Hay legiones de falsos profetas. Son muy fáciles de
desenmascarar:
buscan su propia gloria, y no la gloria de Dios. Adulan
los oídos de los descarriados, haciéndoles creer que
van por buen camino.
Se me indigestan las felicitaciones de las buenas
personas
que me alaban efusivamente cuando les he hecho un servicio.
¡No le robemos la gloria a Dios!
Gracias.
A Dios...
Dime, tú que te
sientes
luz en medio de la penumbra, capaz de volar en un mundo de tortugas, y
poder surcar el cielo azul...
No soy luz, sino espejo de la
luz.
Y no necesito volar para alcanzar la luz.
Habita dentro de mí, como una brasa.
¡Ójala incendiase el mundo!
Tú sólo eres
espejo
del mundo.
El mundo, y especialmente el
hombre,
son imagen de Dios.
Dios es espíritu, y por tanto nadie lo ha visto nunca. Pero
lo que podemos llegar a ver de Dios se ha hecho visible en
Cristo.
La luz no existe para los
ciegos
de nacimiento.
La luz existe aún para
el
ojo que no la puede ver.
No puedes ver más
allá
del horizonte.
Yo no, pero mi Guía
sí.
Él ve. En Él confío.
¿Qué culpa
tiene
el ciego de haber nacido ciego? ¿Qué culpa tiene el
pecador
si nació pecador?
Hemos nacido ciegos, pero
podemos
asir la mano que se nos tiende, y dejarnos guiar.
Hemos nacido pecadores, y moriremos siendo pecadores, pero podemos
acudir siempre al Amor Misericordioso, que nos ofrece la
reconciliación, el perdón. Dios se hizo hombre para
buscar
a los pecadores, no a los justos.
No podemos volar como
águilas
si tan sólo somos gorriones.
Eso es lo maravilloso: que el
Espíritu
nos dé alas de águila, siendo tan sólo gorriones.
Esa es la sensación que tengo muchas veces: que soy un
niño
que no sabe ni ir a gatas, pero que le llevan en brazos donde él
no podría ir.