Corrí mi primera maratón en el 2006. Ahora me enfrento
a la séptima, con cuatro años más... ¡y diez
kilos de
más!
Dicen que lo que pesan son los kilos, no los años.
¡Cómo pesan diez kilos de más!
Tuve que comprar ropa nueva, porque ya no me podía abrochar los
pantalones.
¡Y en pocos meses se me estaban quedando pequeños los
nuevos!
El perímetro abdominal había llegado al punto en que me
tenía que inclinar hacia adelante para verme los zapatos. El
asunto se estaba poniendo embarazoso, en todos los sentidos.
Si fuese mujer me habrían preguntado de cuántos meses
estaba. Eso no se debe preguntar nunca a una señora. Un conocido
mío lo hizo, y ella le contestó:
¡Vete a la m...!
¿Y qué decir de los comentarios de los amigos?
Si la cara es el espejo del alma, y una sonrisa burlona denota
desprecio, un comentario descuidado puede retratar el corazón en
alta definición.
Si te encuentras con alguien que ha engordado notablemente desde la
última vez que lo viste, no se te ocurra decirle:
¡Hala,
cómo te has puesto!
Si era amigo, habrás dado el primer paso para que deje de
serlo.
¿No es mejor sonreir, como si no tuviese importancia?
Me resistía a cruzarme de brazos y contemplar pasivamente el
avance de la metamorfosis.
¡Comamos y
bebamos, que mañana moriremos!
Pues no.
Vamos a ver,
me dije si como
menos y quemo más, esto tiene que bajar. ¡Vamos a probar!
Pues sí.
Y para no echarme atrás me inscribí en la
maratón de Barcelona, con tres meses justos para prepararme.
Supone esfuerzo recorrer decenas de kilómetros, día
tras día. Pero uno llega a habituarse, e incluso a disfrutar con
los progresos.
Más difícil resulta encontrar el tiempo necesario. Se
hace preciso cambiar horarios, recortar actividades...
No se puede evitar que toda esa actividad pase inadvertida.
Vecinos,
amigos, colegas, se sorprenden y comentan, y preguntan... y se retratan.
Lo malo no es no comprender,
lo malo es juzgar.
Es normal que a una persona sedentaria, que sólo corre cuando se
le escapa el
autobús, no le quepa en la cabeza que alguien pueda plantearse
subir al Everest, o correr una maratón.
El amigo intenta comprender. Quizá no lo consiga, pero no juzga.
Si hace preguntas, procura no herir:
El antipático piensa que
estás un poco loco:
¿Qué consigues con eso? No puede ser bueno para la salud.
Ante comentarios de ese estilo, generalmente opto por hacerme el
tonto, o el sordo, callar, sonreir... ¡y seguir corriendo!
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Pues, sí.
Pues, claro. Y la
camiseta.
La camiseta no hace falta que me la
traigas. Ya no voy al gimnasio.
¿Quieres dar
un paseito? Te va bien hacer el ejercicio que puedas.
Bien. Vamos hasta el final del
pasillo y volvemos, que estoy muy cansada.
Así, cogida del brazo, voy mucho mejor que con el taca-taca.
Si lo llevo me deja la espalda
dolorida, pero si no lo llevo... me puedo matar.
¡Dame un beso!
¡Vamos, llévame, deprisa!