
Monseñor Echevarría, prelado
de la Obra
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Roma- El hombre que tengo ante
mí es obispo, y como tal, tiene derecho al título de
«excelencia», no de «eminencia», reservado a
los cardenales, pero que ha sido utilizado constantemente por Dan
Brown. Un pequeño, pero significativo detalle de lo ajena que le
resulta la Iglesia sobre la que jura haberse informado con rigor. El
americano es, además, alguien para quien los numerarios del Opus
Dei, orgullosamente laicos, al parecer son «monjes» y
llevan una saya negra con capucha. Y no -como ocurre en la realidad-
vestidos normales, similares a los de cualquier otro.
En cualquier caso, el sacerdote con el que converso
en su estudio lleva una simple vestidura talar negra y sólo
quiere ser llamado «Padre». «Padre», le digo en
consecuencia, «¿me permite ver su anillo
episcopal?». Me mira sorprendido pero, afable como es, se lo
quita. Lo examino; un ligero círculo de oro con una
incrustación de coral y una Virgen con un Niño. Me vienen
a la cabeza ciertas tiendecitas de Sorrento. Sacudo la cabeza. No.
Él rehuye la masa de crédulos. Ni siquiera en esto se
adecua a su contra-figura: Su Eminencia Manuel Aringarosa, Prelado del
Opus Dei a la búsqueda, cueste lo que cueste -cuatro homicidios
incluidos- de «El Código Da Vinci». Brown asegura
que su anillo es -leo- «de oro macizo, constelado de amatistas y
diamantes y con los emblemas de la mitra y el báculo».
Monseñor Javier Echevarría,
madrileño con ascendencia vasca,74 años y durante treinta
secretario del fundador, Escrivá de Balaguer, y su segundo
sucesor como Prelado de la «Sociedad de la Santa Cruz y del Opus
Dei», sonríe: «Ese fantasioso señor nos ha
aportado ganancias -y no sólo en dólares- mientras muchos
otros nos agreden: según las enseñanzas de nuestro Padre,
rezamos con el mismo fervor por quien nos alaba que por quien nos
difama». «Naturalmente -le digo- usted conocerá bien
el libro». «En absoluto, sólo lo he hojeado. No
puedo perder el tiempo con novelitas para crédulos. Sin embargo,
no la rechazamos por lo que dice sobre nosotros, son las típicas
cosas que nos hacen sonreír. Lo que me duele de verdad son los
delirios grotescos sobre Nuestro Señor y sobre nuestra Santa
Madre Iglesia. Que digan lo que quieran sobre la Obra, pero que no
blasfemen sobre la fe». El obispo sabe bien que, a requerimiento
también de Leonardo Mondadori, que había vuelto a la fe
junto a ellos, me dediqué un año entero a documentarme
sobre el Opus y saqué un libro . Conozco, por tanto, la leyenda
negra que los acompaña desde sus comienzos, pero le pregunto
también a él lo mismo que le pregunté a su
predecesor, Álvaro del Portillo, en cuyo proceso de
beatificación he testimoniado.
De retiro en Manhattan. «¿Por qué
este encarnizamiento con el Opus Dei?» La respuesta es clara:
«Porque se conoce nuestra fidelidad al Papa, a la Iglesia,
nuestro rigor en cuanto a la ortodoxia de la fe. Se nos ataca a
nosotros para atacar estas realidades: no somos más que la
criatura hipócrita de una Iglesia católica que no puede
dar más que frutos envenenados. Y además porque, cuando
ya no se cree en el diablo, en el verdadero, se buscan otros
imaginarios. La pérdida de la fe lleva siempre a la
superstición...»
Como todos los americanos, Brown gira siempre y
sólo alrededor de los «States», parece como si
creyera que hasta la sede central de la Prelatura no estuviera en este
edificio de Monti Parioli sino en un rascacielos de Manhattan que le
obsesiona, como prueba de la riqueza y del poder de la Obra. La
réplica viene del portavoz, presente en el coloquio:
«Nuestra vocación es llamar a cada hombre a santificarse a
través del trabajo. No podíamos no echar raíces en
la capital profesional del mundo, Nueva York. Teníamos una sede
en la periferia, pero era difícil llegar hasta allí y, a
petición de amigos y agregados, decidimos no sólo
concentrar en la “City” las oficinas para toda América, sino
construir allí una sede para los ejercicios espirituales, uno de
las claves de nuestro apostolado. ¡El único lugar de
retiro y de silencio en el corazón de Manhattan, una especie de
monasterio metropolitano! Pero, con sus 17 pisos, el edificio no
sólo es un “enano” al lado de los auténticos rascacielos
que lo rodean, sino que, además, está construido en un
área minúscula, un lugar donde antes había una
gasolinera. La superficie del local equivale a un pequeño
edificio de cuatro plantas». Brown precisa el coste: 47 millones
de dólares. La respuesta del portavoz es inmediata: «En
Roma, por iniciativa de nuestro miembros, se está construyendo
un modernísimo policlínico, el Campus Bio-Médico,
abierto a todo aquel que lo necesite. Las obras van a buen ritmo, el
valor final rondará los 250 millones de euros. Siempre en Roma,
desde hace cuarenta años gestionamos un gran centro profesional,
el ELIS, del que han salido más de 10.000 jóvenes
especializados. Jóvenes de barrio que, gracias al oficio que
aprenden, son apreciados y pueden vivir bien».
Más que dinero, generosidad. «En todo el
mundo la gente del Opus Dei crea y se hace cargo de las más
diversas obras sociales: centenares de millones de dólares que
no provienen de la Obra -que está sólo al servicio de la
formación espiritual- sino de la generosidad de los 85.000
hombres y mujeres que forman parte de ella y que viven el
espíritu del fundador». Interviene el prelado:
«Recuerdo que una vez San Josemaría fue a visitar al Papa
Roncalli, que nos quería mucho. Paternalmente, le picó:
“Monseñor, ¿es cierto que tienen ustedes bancos?”
Respondió don Josemaría: “¡Falsedades, Santidad,
por desgracia. Pero si los tuviéramos podríamos hacer
mucho más bien del que ya intentamos hacer!”. Una respuesta en
la que se encuentra una de las claves de la perspectiva del Opus Dei:
la riqueza no como culpa o pecado por expiar, sino como responsabilidad
social, como instrumento para aliviar la miseria del mundo».
Transparencia. El 17 de mayo se cumplió el
aniversario de la triunfal beatificación de Escrivá de
Balaguer; y precisamente ese día «El Código Da
Vinci» inauguró el festival de Cannes. Esa misma tarde,
como única medida contra el estreno, la Prelatura abrió
las puertas del centro ELIS, en el Tiburtino, a todo aquel que
quisiera, para mostrar qué se hace y cómo se trabaja en
realidad en la Obra. Que no ha dado, ni dará indicación
alguna a sus miembros para que boicoteen el filme o los productos de la
Sony. Me dicen: «Si alguien decide hacerlo, es cosa suya y de su
libertad. Nosotros sólo recomendamos multiplicar el esfuerzo
para recordar cuál es la verdad sobre los Evangelios y sobre la
Iglesia». El embargo sobre la película ha sido total, pero
algo se iba filtrando: se decía que -quizá por prudencia-
la Sony, productora del film, habría borrado el nombre
«Opus Dei», aludiendo sólo a una secta oscurantista
no precisada. Sin embargo, sí que aparece la Obra con su nombre.
Citando un refrán americano
-«Transformar los limones en limonada»-, la Prelatura no
sólo ha evitado toda polémica, sino que ha encontrado en
la difamación una buena oportunidad. Las visitas a su
página web (en España, «www.opusdei.es») son
ya, en el mundo, unos tres millones al mes, además de los
innumerables impactos en prensa y televisión. La estrategia de
la transparencia («mostrar al Opus Dei como es, no polemizar con
el cómo no es») está dando resultados
sorprendentes, ampliando el número de amigos y simpatizantes.
Una última, inédita noticia: en el
famoso minirrascacielos de Nueva York, el responsable americano de la
Obra y el de las Doubleday Editions anunciarán una
reedición, de tirada elevadísima, de «The
Way» (Camino). El librito que contiene las 999 máximas de
San Josemaría Escrivá, el manual de formación
espiritual para los discípulos de la fuente del Mal,
según Brown. Pero, he aquí la sorpresa: Doubleday es la
editora de «El Código Da Vinci». En el mismo
catálogo se encontrarán, por tanto, «veneno»
y «antídoto», cada uno podrá comparar y
juzgar. Como me repetía monseñor Javier
Echevarría, «para nosotros, que creemos en la Providencia,
no hay mal que por bien no venga...» .