![]() QUINO |
Unos días antes del eclipse, un tipo raro pasó por
la
calle hablando del fin del mundo y de arrepentimiento.
Mamá, ¿se va a
acabar
el mundo?
Sí, hijo, pero no ahora,
ni porque lo diga ese señor.
Me habló del Diluvio Universal y de que el mundo se
acabaría
por el fuego, quizá dentro de miles de millones de años,
cuando el Sol se canse de hacer lo mismo todos los días.
También
me contó aquél chistecito en que, al explicar el profesor
lo que se calcula que le queda de vida al Sol, un alumno
preguntó,
alarmado:
¿Cuántos
años
ha dicho?
Cinco mil millones
¡Ah, qué susto! Me
había parecido entender cincuenta millones...
Lo del fin del mundo me pareció interesantísimo,
más
que el mismo eclipse.
Aparte del alivio de comprobar que, efectivamente, no se acababa el
mundo, me gustó el truco de mirar el Sol, mordido por la Luna, a
través de un trozo de película fotográfica velada.
Ya sé que no es suficiente protección, pero entonces lo
ignorábamos.
Supongo que el falso profeta pasaría una vergüenza muy
grande y se iría a otra parte, a esperar el próximo
eclipse
o cometa.
Una vez, al leer que algunos niños piensan que la la Luna
les
sigue, me quedé unos segundos reviviendo aquél trayecto
en
autobús desde Fabra y Puig, que era la estación final del
Metro, hasta Verdún, el barrio de las afueras de Barcelona en
que
vivíamos, sin agua corriente, sin alcantarillado...
Como siempre, reclamé un asiento junto a la ventanilla y, como
siempre, me lo concedieron, supongo que para evitarme un berrinche.
Pegué la cara al cristal, y me fijé en los edificios
que iban desfilando ante mis ojos, más rápidamente los
más
cercanos. Incluso las montañas más lejanas
parecían
moverse un poquito, pero la Luna se veía siempre en la misma
dirección.
Debe estar muy lejos
pensé.
Han
pasado ya muchos años desde aquellas primeras observaciones.
He tenido ocasión de verla eclipsada, roja como un tomate.
He visto a gran aumento los cráteres cuando el Sol naciente
iluminaba la cumbre del pico central y todavía estaba en sombras
su interior...
Pero la vez que me pareció más hermosa fue aquella
tarde
en que la contemplé joven, de apenas un día de edad,
sobre
el cielo crepuscular, como un disco perfecto bañado por la luz
fantasmagórica
que reflejaba la Tierra y coronado por una diadema refulgente.
La primera estrella que me guía es el amor a Dios... y a su
madre
santísima, que es mi madre.
Antes de salir de casa beso una imagen suya, delicadamente labrada
en madera, que alguien trajo de Quito.
Tiene una corona de doce estrellas sobre la cabeza, y la Luna a sus
pies.
La primera estrella que me guió en la vida fue doble:
mamá-papá.
Siempre han sido parte de mí, y supongo que siempre he sido
parte de ellos.
Sólo tengo un corazón... de modo que podría
decirse
que mi corazón ha aprendido a amar amando a mis padres.
Es un amor incondicional, que permanece a pesar de los pesares...
Benatae, en la Sierra de Segura: olivos, regaliz, lavanda...
Tenía unos cinco años cuando fuimos a pasar el verano
a la casa de la abuela, en la Sierra de Segura. a los pies del Yelmo,
un
monte cubierto de pinos y surcado por ríos de piedras. Desde la
cima se divisaba hacia el este el resplandor del pantano el Tranco.
Aparte de las estrellas que vi cuando una mula me hizo volar
de una coz, no me fijé en ellas hasta la noche antes de
regresar.
Me enseñaron a reconocer el Carro y la Cola de
la
Osa Mayor.
Nos levantamos de madrugada, antes del crepúsculo, para coger el primer coche de línea que salía hacia Albacete, cruzando la Sierra de Alcaraz. Hacía frío. Todavía se veían las estrellas, pero... ¡todo el cielo se veía girado 90 grados! Me invadió una cierta sensación de vértigo, al captar de forma intuitiva que la Tierra había girado...
Mi abuela tenía por aquél entonces apenas 70
años,
unos 20 menos que cuando le hice la foto que encabeza esta
página.
Fue otra de mis mujeres-estrella. A los 40 empezó a decir
que se iba a morir, y se compró la mortaja: una especie
de
sábana grande, que fue envejeciendo con ella. Sus ojos
también
envejecieron, hasta el punto de que le resultaba casi imposible
enhebrar
una aguja. Me acababa de pedir que le ayudara a hacerlo... y cuando se
la devolví lista, me besó la mano. Cogió un
espejito
y se quedó pensativa, contemplando las profundas arrugas de su
rostro.
Pasados los años, las estrellas se fueron apagando
también
para mí, y comprendí que, cuando se ponía a contar
cuántas lunas veía, no bromeaba.
Cuando me fuí a vivir a las afueras de San Cugat
comprobé
que el cielo se veía algo mejor que desde Barcelona. Un
aficionado,
de la Asociación Astronómica de Sabadell, me
enseñó
a reconocer Júpiter, que entonces se veía en Taurus. Me
acostumbré
a localizarlo cada tarde, puntualmente, en el camino de regreso a casa.
Un buen día, al percatarme de que a lo largo del año el
cielo
parecía desplazarse hacia el oeste, volví a sentir que
la
Tierra se movía.
¡Uau!
exclamé.
Miré hacia el este y comprendí que viajaba a gran
velocidad
sobre nuestro planeta, girando alrededor del Sol. Me sentí
sobrecogido.
Al pasar los años comprobé que, lenta e
inexorablemente,
Júpiter iba recorriendo las constelaciones del Zodiaco, como la
minutera de un reloj cósmico, y me puse a calcular qué
edad
tendría cuando volviera a verlo en Taurus, y comprendí
que
nuestra vida dura apenas un año, si la medimos según la
órbita
de los planetas más alejados del Sol.