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2. El teléfono móvil
En la exposición de Filadelfia de 1876, el norteamericano Alexandre
Graham Bell, presentó su última invención: un micrófono y
un receptor separados a una cierta distancia y enlazados con dos
cables, la voz de quién hablaba la recogía el micrófono, era transmitida
por los cables y se reproducía en el receptor.
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Antes de acabar el siglo, este rudimentario teléfono
fijo experimentó una sucesión de innovaciones y mejoras que
dieron lugar al nacimiento de la telefonía fija. El teléfono fijo
y la radio (Marconi, 1894), en la primera mitad del siglo XX, impulsaron
el incremento de las comunicaciones que tanto han cambiado la vida
humana.
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A finales del siglo XX, la integración de telefonía y
radio, junto con los avances de la electrónica y la informática, ha
hecho posible el nacimiento del teléfono móvil, un
teléfono sin cables que dispone de un transmisor y un receptor de radio.
Un teléfono que, como el reloj, deviene un apéndice de la persona.
El teléfono móvil, como toda innovación tecnológica, tiene dos
caras: tiene ventajas e inconvenientes, tiene efectos
beneficiosos pero también efectos negativos o molestos.
Cuando aparece una innovación, se hace difícil evaluar cuáles
de sus efectos predominarán. Es preciso tener presente que quién inventa
o quién produce nunca es lo mejor juez de su obra: lo ama demasiado para
ser capaz de valorar bien sus efectos. Y quién no valora por él mismo
los efectos de toda innovación está a merced de las valoraciones
e intereses de las otras. Ante el alud actual de innovaciones y posibilidades
es una conquista personal la capacidad de marcar el propio
ritmo vital, éste es demasiado importante como para dejar que nos
lo controlen las multinacionales.
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Parece innegable que el teléfono móvil otorga más
posibilidades de libertad a sus usuarios. Pero también parece
innegable que otorga más posibilidades de control
de las personas. Gozar de los nuevos escenarios de
libertad que esta tecnología ofrece y protegerse
de las dependencias que genera es un objetivo muy inteligente.
El teléfono móvil, como el reloj, es un instrumento,
no una finalidad en sí mismo; tanto uno como el otro pueden
tener finalidades positivas y finalidades negativas.
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Con mi móvil, desde cualquier lugar me es posible
—si dispongo de cobertura— conectar con mi amigo, con mi familia, con
el centro de trabajo. Muy pronto, con el mi WAP (sistema
que integra telefonía móvil e internet) podré acceder a todo tipo de información
desde cualquiera rincón del mundo. Pero móviles y portátiles
van reduciendo las fronteras entre casa y fábrica, entre ocio y trabajo;
posibilitan trabajar siempre y en todo lugar, y de este modo, instrumentos
que de entrada ofrecían libertad, a menudo nos esclavizan. En bastantes
momentos, la máxima libertad será la capacidad de desconectar
el móvil.
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