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«Más de 7500 personas esterilizadas a Virginia».
Éste era el titular de un artículo publicado en EEUU, en el Washington
Post, el día 23 de febrero de 1980. Durante cuarenta ocho años,
de 1924 a 1972, la legislación norteamericana,
la ley Holmes, ordenaba que se aplicara la esterilización
a hombres y mujeres blancos considerados débiles
mentales y antisociales, incluidas madres solteras, prostitutas,
delincuentes menores y niños con problemas de disciplina. La ley
apelaba a las exigencias de la investigación científica, no a ningún
tipos de prejuicio social.
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Henry Goddard (1866-1957), el importador a EEUU de
los tests de inteligencia del francés Alfred Binet y -desgraciadamente-
el distorsionador de los principios que los inspiraban, defendía que todos
aquellos individuos que no «encajan» socialmente son débiles mentales.
Textualmente: «Sabemos en que consiste la debilidad mental, y hemos llegado
a sospechar que todas aquellas personas que no son capaces de adaptarse
a su ambiente ni de ajustarse a las normas sociales o de comportarse con
sensatez, sufren debilidad mental».
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Goddard, director de un centro para el estudio psicológico de los
débiles mentales y firme defensor que un gen determinado provocaba
debilidad mental, tradujo los tests de Binet al inglés y los aplicó
a diferentes grupos. Son sorprendentes e increíbles los resultados
que obtuvo con inmigrantes que llegaban al puerto de Nueva York:
el 83% de los judíos, el 80% de los húngaros, el 79% de los
italianos y el 87% de los rusos eran débiles mentales.
Después de hacer importantes adaptaciones de los tests, los resultados
seguían estableciendo elevados porcentajes de débiles mentales entre
los no norteamericanos.
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Quién más luchó para extender en EEUU los tests que medían el nivel de
inteligencia y la posible debilitado mental fue Lewis M.
Terman (1877-1956). Él marcó el patrón de casi todos los tests
de QI (cociente intelectual) que se idearon posteriormente. Terman propugnaba
convicciones decididamente racistas, afirmando que
los débiles mentales eran criminales en potencia. Así,
en California, su estado, bajo la influencia de la Fundación para la
mejora humana de la cual era miembro activo, se esterilizaron, hasta
el 1929, 6200 'débiles mentales'.
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Escribe: «Los débiles mentales, o sea, las personas socialmente
incompetentes, son por definición más una carga que un beneficio,
y no sólo bajo el punto de vista económico, sino sobre todo porque
estos individuos tienden a convertirse en delincuentes o criminales.
La única forma eficaz de tratar al débil mental incurable consiste
en tenerlo permanentemente vigilado. Las obligaciones de la escuela
pública se encuentran más en la educación del grupo más amplio y
más prometedor, de los niños que sólo presentan una inferioridad
relativa».
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Goddard y Terman hicieron un mal uso de los tests
que, en Francia y por encargo del ministerio de educación, habían diseñado
Alfred Binet (1857-1911) y colaboradores.
Según Binet, la inteligencia no es una realidad fija y heredada, sino que se desarrolla con el apoyo de una educación adecuada. Binet, advirtiendo de los riesgos que los tests comportaban, insistía en tres puntos: a) los tests no miden la 'inteligencia' como realidad innata o permanente,
b) la escala o puntuación es una guía aproximativa para identificar
las carencias que la educación tenía que corregir y
c) los resultados bajos nunca tienen que tomarse como una etiqueta de incapacitado innata sino como una posibilidad de mejora. | |
Goddard y Terman, hereditaristas norteamericanos, no respetaron los principios
de Binet: sus prejuicios sociales se impusieron. Con
todo, es preciso recordar que Goddard, avanzada su
vida y consciente de la tergiversación que había hecho de las ideas de
Binet, se retractó afirmando que la 'debilidad
mental' no es incurable y que sus portadores no necesitan ser marginados
a instituciones. Pero el camino ya estaba trazado:
los tests se comercializarán, Robert M. Yerkes hará una adaptación
para el ejercido norteamericano, Charles Spearmen elaborará una teoría
bifactorial dando nueva justificación al QI, incluso, un personaje como
Cyril Burt, hará trampas para conseguir resultados previstos. Una historia
que Stephen Jay Gould expone en The Mismeasure of Man: la falsa
medida del hombre
La legislación que permitía evaluar el nivel mental de las personas
y tomar medidas 'sanitarias' se apoyaba en una pretendida
objetividad científica: prejuicios sociales, más que datos objetivos
o rigurosos cálculos. Un determinismo biológico
que se frenó no por los progresos de la genética, precisamente
en dirección contraria, sino por el escandaloso uso de los mismos
argumentos por parte de Hitler con el objetivo de justificar su
exterminador proyecto.
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