¿Hijo?
¿Eres tú?
Sí,
mamá.
¡Ay...!
¡Cada
día que pasa estoy peor de la vista!
Ya no me veo ni con la
lupa.
Intento llamar a una persona y me sale otra...
Pide ayuda cuando la necesites. No tengas miedo de molestar a las
monjas. Lo que les preocuparía es que tuvieses un problema y no
lo dijeses.
¿Y ésto no se cura?
Nos lo dijo bien
claro el Doctor: la degeneración macular no tiene arreglo.
A mí me da mucha paz decirle a Dios:
Gracias por la vista que tuve, aunque ahora la vaya perdiendo.
Gracias por la vista que todavía me queda.
Gracias por los que ven perfectamente, y no se acuerdan de
agradecértelo.
Sí. Estoy
subiendo la cuesta. Estaré ahí
dentro de unos veinte minutos.
Te espero en la
habitación.
Hasta ahora...
Desde hace unos meses vive en la Residencia
María
Reina.
Son casi las siete, la hora a la que suelo
llegar, y me echa de menos.
Cuando tenía cuatro o cinco
años me pasaba algo parecido...
Vivíamos en Verdún, un suburbio de Barcelona, entonces
sin agua corriente, ni alcantarillado.
Muchas veces, al caer la tarde, cuando empezaba a oscurecer, me
sentía aburrido e intentaba imaginar dónde estaría
mi padre, que no había visto en todo el día.
Le faltaba la pierna izquierda, que perdió en el frente de
Madrid, pero no le faltaba coraje para ganarse la vida. Se levantaba a
las cuatro y media de la madrugada, para llegar antes de las seis al
Mercado de San Antonio. Ayudaba a los payeses 1 a descargar los carros
de frutas y verduras.
El resto de la jornada
lo pasaba por los
alrededores del mercado, vendiendo cupones de la ONCE 2, cigarrillos
sueltos ¡Celtas, Ideales,
Peninsulares...! ,
cerillas y algún caliqueño. Los caliqueños son unos puritos
cortos, secos y retorcidos, a los que debo en parte mi aversión
al tabaco. Intenté fumar uno y no lo conseguí.
Todavía no comprendo cómo pueden aficionarse algunos a
cosa tan horrible.
Ahora
estará
bajando del autobús
pensaba .
¡Aquellos autobuses Chausson de los cincuenta!
Ahora
estará
dando la vuelta a la esquina
Me parecía verlo, subiendo la cuesta, con su pata de palo y su
bastón.
¡Ahora
abrirá la puerta...!
Nada. Silencio.
Y volvía a empezar:
Ahora estará bajando del autobús...
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Aspiró su primera bocanada de aire en Puente Honda:
aire puro, de la sierra de Segura. Invirtió parte de lo que había ahorrado en
plantar un campo con naranjos y olivos. El dueño de la parcela
vecina le dijo en una ocasión: Me dejó un tesoro en herencia. Jesús, al ver a la Madre y junto a
ella al discípulo
que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí
tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí
tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo
la acogió entre sus bienes
(Jn 19, 26-27).
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Hola. Te traigo
las galletas que me pediste, y dos besos, y recuerdos de las vecinas.
Le he llevado turrón, que es lo más adecuado para
estas fiestas. Nos lo ha regalado Enrique Moreno, que se dedica a
endulzar la vida de los demás con unos dulces buenísimos.
Gracias, Enrique, de parte de mi madre, de sus compañeras de
Residencia y de las monjas que las cuidan. Gracias a tu trabajo y a tu
generosidad se
han podido chupar los dedos.
Dios te lo pague.
Feliz Navidad.