
El papa Inocencio
III, constatando que en tierras occitanas,
ninguna de las medidas de predicación ni de intimidación coercitiva,
había logrado un resultado que fuese positivo, y que la herejia
continuaba dando más y más argumentos al anticlericalismo endémico
y activo de los señores occitanos (los derechos de la Iglesia eran
humillados, violados, espoliados, los diezmos eclesiásticos ya no
llegaban a las arcas de Roma, ...) y, sobretodo, que esta herejía
pretendía implantarse y organizarse como una contraiglesia, en la
que sus predicadores conocían el Evangelio mejor que sus propios
clérigos, decidió cambiar de táctica y utilizar la
violencia haciendo que se proclamara una cruzada contra los albigenses.
La primavera
de 1208, y después del asesinato de su legado, Pedro
de Caltelnou en San Gèli, según
se dijo, por orden del conde de Tolosa, Inocencio III pronunció
un anatema solemne contra Ramon
VI, y declaró sus tierras "entregadas
como presa". Esto era una llamada directa a la cruzada, dirigida a Felipe
II Augusto, rey de Francia, así
como a todos los condes, barones y caballeros de su reino. Al cabo de unos
años, esta cruzada se convertirá en el pretexto que necesitaba
la monarquía francesa del Norte, para poder ocupar las tierras del
Sur, mucho más ricas y civilizadas. De esta manera, la cruzada se
inscribe en el proceso de expansión territorial de la monarquía
francesa y, en concreto, en el intento de Felipe II Augusto de reunificar
el antiguo reino de los francos.
Un año
más tarde, durante la primavera de 1209, el gran ejército
de la cruzada, bajo el mando del legado pontificio Arnaud
Amaury, abad de Citeaux, se puso en marcha hacia tierras occitanas.

En dos meses, julio y agosto, Béziers (donde
los cruzados aniquilaron la práctica totalidad de la población,
sin distinguir entre cátaros y no cátaros ) y Carcassona
( que también tuvo un terrible saqueo ), caeran en manos de los
cruzados. Los habitantes de Carcassona se verán obligados a abandonar
sus bienes y su joven vizconde
Ramon
Roger Trencavell, al que también
habían arrebatado sus títulos, desaparecerá
misteriosamente. Entretanto Simón de Monfort aprovechará
la ocasión para hacerse atribuir el vizcondado de Béziers
y Narbona, y para acrecentar sus bienes. Muy pronto, el titulo vacante
de vizconde de Carcassona, también se otorgará a Simón
de Montfort, el cual a partir de ese momento
se convertirá en el jefe militar de la cruzada, cargo que desempeñará
hasta su muerte en el asedio de Tolosa.
Esta situación
representó un grave problema para el Rey de la Corona de Aragón
Pedro el Católico.
Por un lado, se veía obligado a defender a sus súbditos occitanos
y a reaccionar ante una situación que ponía en peligro toda
la política occitana de la Casa de Barcelona. Él mismo estaba
casado con María de Montpellier. Pero en este caso, optar por la
defensa de sus súbditos significaba la excomunión y la extensión
de la cruzada a los dominios peninsulares de la Corona de Aragón.
Por ello, Pere el Catòlic puso en juego todos los recursos posibles
para conseguir una solución pacífica del problema, pero fue
en vano. Finalmente, decidió oponerse a la cruzada, en cumplimiento
de sus deberes feudales.
A pesar de que
a principios de 1213, los condes de Tolosa, Foix y Bearn habían
jurado fidelidad a Pere el Catòlic, y que finalmente se convertia
en Señor de toda Occitania, haciendo realidad el proyecto político
catalán de la Casa de Barcelona, el 12 de septiembre de 1213, fue
derrotado y muerto en Muret por los cruzados de Simón de Montfort.
Esta derrota significó el hundimiento de la política de expansión de la Corona de Aragón
en Occitania y la pérdida de estos territorios que poco después
pasaron a depender de la monarquía francesa.
Salvado el obstáculo
que representaba la Corona de Aragón y hasta el año 1244,
momento de la capitulación de Montsegur, las diferentes acciones
de guerra llevadas a cabo por el ejército cruzado en diferentes
etapas, traeran consigo que una detrás de otra, las ciudades y los
castillos del Lenguadoc (Montreal, Fanjaus, Laurac, Saissac, Castres, Menerba,
Termes, Cabares, Lavaur, Tolosa,...), vayan cayendo víctimas de
duros asedios y los cátaros que residen en dichos lugares y que
no han podido escapar, sean quemados vivos, en diversas hogueras colectivas.