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Afrontando las vivencias traumáticas

Dolor, sufrimiento, trauma… El impacto que las atrocidades, la violencia y las vulneraciones de derechos generan sobre la salud mental de la población es grande. En las guerras la contemplación de la devastación, las atrocidades cometidas, la huida del horror, el éxodo forzoso, asesinato de familiares o conocidos, pérdidas de vidas, secuelas físicas, heridas, lesiones, amputaciones, simulacros de ejecuciones, mujeres violadas, niños aterrorizados por el horror y la devastación, incertidumbre, miedo… Las guerras producen un enorme sufrimiento en la población y un daño psicológico de primer orden, especialmente entre la población más vulnerable. Las personas que viven experiencias traumáticas (secuelas psicológicas, estrés postraumático, etc.) suelen sufrir a lo largo de su vida de “graves problemas de salud mental”. Los estragos sobre la salud mental en los niños y las niñas son especialmente graves. La guerra constituye un evento traumático tanto para militares como población civil. La mayoría han vivido situaciones de estrés muy fuerte con temor intenso, miedo por la propia vida y de otras personas. Las personas que experimentan este tipo de vivencias suelen sufrir “graves problemas de salud mental” a lo largo de sus vidas. Traumas que en muchos casos pueden perdurar toda la vida de una persona. Son situaciones que generan enorme ansiedad, algunos permanecen en estado de shock durante mucho tiempo, deambulan como perdidos, bloqueados emocionalmente y con estrés postraumático: angustia, desesperación, tristeza por todo lo que dejan, incertidumbre ante su futuro. Los síntomas que acompañan al trauma según su gravedad son muy variados, pudiendo ir desde pesadillas, a ansiedad, anestesia emocional, ataques de pánico, trastornos de personalidad, disociación grave... Catástrofes naturales, terremotos, huracanes, DANAs... pueden también ser causa de experiencias traumáticas.

Existen traumas físicos, impactos muy fuertes en nuestro cuerpo que dejan una huella imborrable, perdurable en el tiempo y «traumas psicológicos». Los traumas psicológicos constituyen vivencias que pueden resultar según su intensidad desde dolorosas hasta abrumadoras y aterradoras, pero que dejan una huella en la persona ya que hay una lesión grave de su integridad psicológica y bienestar. Este tipo de traumas crean heridas emocionales graves, externamente quizás no muy visibles pero que generan una experiencia y una vivencia verdaderamente desgarradora que se recuerda durante toda la vida. Traumas afectivos: por ejemplo los que se producen como consecuencia de nuestra vulnerabilidad ante el rechazo. Traumas relacionales: experiencias de cuidado negligente, o de maltrato, o de abuso, o de profunda soledad que predisponen a un alto grado de vulnerabilidad...

El origen y las causas de las vivencias traumáticas son muy variadas. Además de las experiencias traumáticas causadas por los conflictos bélicos su etiología puede ser muy diversa: pueden provenir de otras situaciones como desastres naturales, calamidades provocadas por el ser humano, accidentes de tráfico, pérdidas y daños causados por otras personas y cosas por el estilo. Aquí vamos a referirnos tanto a los traumas derivados de las relaciones personales (entre los que podemos encontrar la ruptura del apego temprano, las pérdidas de tipo traumático, el maltrato en la familia, el abuso interpersonal, la violencia doméstica…) como a los traumas derivados de catástrofes naturales o consecuencia de conflictos armados. Las causas que producen vivencias traumáticas pueden ser muy variadas y todas son igualmente graves y rechazables, pero cuando esas vivencias traumáticas se producen no por causas naturales sino a consecuencia de la acción terrorífica, destructiva y mortífera del propio ser humano, como sucede actualmente con los palestinos en Gaza, la situación es especialmente deplorable y debería llevarnos también a una mayor denuncia pública y solidaridad empática con la terrible situación del pueblo palestino. En la base del trauma está la incapacidad para procesar la grave situación que nos ha tocado vivir y la incapacidad de nuestro psiquismo para procesarlo e integrarlo adecuadamente, lo que nos conduce a un gran sufrimiento. No estamos mentalmente preparados para aceptar la realidad que nos ha tocado vivir. El tratamiento recomendado para superar las experiencias traumáticas es la psicoterapia, combinado con el uso de medicamentos, por lo que se trata de un trabajo en conjunto entre el psiquiatra y el psicólogo o terapeuta.

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A. Efectos traumáticos consecuencia de los conflictos bélicos

Efectos psicológicos de la represión política y los conflictos armados

Subjetividad del terror. En conflictos armados, guerras civiles, bajo dictaduras militares, represión política de movimientos sociales, en conflictos actuales más visibles en occidente como la guerra de Ucrania o la represión en Gaza…. al final es el conjunto de la población la que está sufriendo las consecuencias del enfrentamiento: aniquilación masiva, destrucción, deportación, hambre, penuria, insalubridad, absoluta desolación ante los ojos de todo el mundo… Una de las consecuencias psicológicas muy común ante tanta barbarie: un trauma individual y un trauma colectivo como víctimas de un Estado opresor que está empleado toda desmesura para la consecución de sus objetivos represivos, más allá de los legítimos objetivos propuestos en defensa propia. La parte opresora opera con acciones directas sobre las personas y organizaciones políticas, buscando con especial énfasis no sólo su aniquilación física sino su borramiento del mapa, su destierro material, su desaparición simbólica. La parte oprimida: Instalaciones militares, depósitos de armas, edificios civiles, hospitales, escuelas, barrios enteros completamente destruidos, arrasados… líderes políticos, población civil, organizaciones humanitarias, sanitarios, cooperantes, periodistas, adultos, jóvenes, niños jugando en el patio de su escuela pueden ser y en realidad son blanco de la barbarie opresora… Las personas aniquiladas tienen un entorno familiar y social, familia, hijos, amigos, vecinos… vivencias tan dramáticas y desgarradoras afectan a todos los supervivientes del drama, el trauma individual y colectivo que toto ello supone va a ser transmitido a la próxima generación, a la otra, y a la otra… un sentimiento de odio y rencor hacia los victimarios perdurará a lo largo de muchas generaciones…

¿Qué efectos psicológicos producen estas acciones de terror organizado en la población? Ante situación tan dramática toda la población sufrirá un “trauma individual” y un “trauma social” por generaciones. Ante hechos traumáticos tan desgarradores los supervivientes pueden presentar ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático, estupor, paulatino embotamiento, abandono de toda expectativa o formas de narcotización de la sensibilidad frente a estímulos desagradables, entre otras patologías frecuentemente asociadas a víctimas de hechos traumáticos. En un estudio sobre las victimas traumatizadas por dictaduras militares de Latinoamérica, por ejemplo, los resultados muestran que el 54.5% de los participantes cuarenta años después de las torturas, aún presentaba síntomas de ansiedad, el 45.5% síntomas de depresión, y el 16.7 % trastorno de estrés postraumático. El 66.6% aún tienen pensamientos y recuerdos recurrentes sobre los hechos.

La secuela intergeneracional. El drama y sus consecuencias perduran por generaciones. Estudios psicoterapéuticos ligados al tratamiento con víctimas de situaciones traumáticas como genocidios y dictaduras militares, muestran que el trauma se transmite entre generaciones. Las investigaciones en torno al genocidio de la población judía, por ejemplo, han sido pioneras en demostrar que la segunda y tercera generación sufren en silencio el impacto de la Shoah en sus padres sobrevivientes. Las experiencias traumáticas se transmiten tanto consciente como inconscientemente en la segunda y tercera generación, afectando el modo en cómo se desarrolla la vida psíquica de las víctimas y sus entornos familiares. Las generaciones que han convivido con sobrevivientes del horror de una experiencia como el exterminio son inevitablemente influidas por dicha violencia. En muchos de los conflictos bélicos actuales una sociedad polarizada en extremo ideológicamente estigmatiza y devalúa de tal manera al enemigo que perseguirlo se transforma en un factor de supervivencia social. Diversas investigaciones han mostrado que, en Latinoamérica, por ejemplo, tanto los hijos como los nietos de las víctimas sufren psicológicamente las experiencias que han vivido su padres, madres, abuelas y abuelos, todos sobrevivientes de crímenes de lesa humanidad en las dictaduras de Argentina, Brasil y Uruguay. Los efectos del trauma psicosocial en las generaciones posteriores de sobrevivientes a la tortura se expresan, por ejemplo, en la imposibilidad de hablar con los padres de las experiencias traumáticas vividas. Según los datos la primera, segunda y tercera generación mantienen una marca psíquica del trauma sufrido por alguno de los integrantes de la familia. Además, conviene no olvidar que a medida que pasa el tiempo, se generan nuevas formas de expresar tan alto grado de malestar psíquico por parte de quienes sufrieron crímenes de lesa humanidad, y violaciones de todo tipo de derechos durante una dictadura o un conflicto armado, generando nuevos modos de expresar el daño sufrido.

En conflictos bélicos como los que estamos viviendo en nuestros días, la represión se practica de diversas maneras: desde las formas más extremas de violencia como la aniquilación física de los individuos, la destrucción de su hábitat y su entorno material y vital hasta la deshumanización individual o colectiva del conjunto de la población… Los procedimientos más extremos empleados por la parte opresora son la muerte, la eliminación de personas significativas, la masacre colectiva, la estigmatización del colectivo oprimido y de sus organizaciones políticas como «enemigos» de la sociedad que se siente atacada. La conceptualización como «enemigos», «delincuentes», «terroristas» o alguna otra denominación equivalente, dota a las potenciales víctimas de una «identidad maligna», lo que en el fragor exacerbado del conflicto permite despojarlos prácticamente de su condición humana, reduciéndolas a una informe masa humana, expuesta a carne directa de cañón. De esta manera la violencia política parece transformarse en legítima, una vez que sus destinatarios han sido vilmente deshumanizados. El enemigo-colectivo es deshumanizado también en forma abstracta. El enemigo ya no es solo determinados líderes políticos o dirigentes sociales sino el conjunto de la población. No es un ser humano concreto con nombre y apellido. El enemigo, el colectivo, carece ya de todo derecho y será acechado allí donde se encuentre. La violencia utilizada contra ese enemigo colectivo siempre será racionalizada en una primera instancia como una defensa de la identidad nacional y de la propia seguridad individual, intentando legitimar así la razón de estado y justificar la violación de los derechos humanos como política global contra el enemigo.

Todo ello crea un estado de amenaza permanente entre la población victimizada, lo que produce una respuesta de “miedo crónico” en el colectivo. El miedo como la angustia son respuestas específicas ante una amenaza interna o externa percibida por el sujeto. Hablar de miedo crónico implica que éste deja de ser una reacción específica a situaciones concretas y se transforma prácticamente en un estado permanente en la vida cotidiana, no solo para los afectados directos de la represión, sino para cualquiera que subjetivamente pudiera percibirse amenazado. El estado de amenaza permanente implica la existencia de un tipo de violencia invisible muy difícil de eludir o evitar, ya que son las propias estructuras psíquicas de los sujetos amenazados las que se sienten vulnerables. La amenaza y el miedo constituyen un proceso que articula diferentes niveles de relación de la realidad externa con la realidad interna del sujeto vulnerable. Al ocurrir simultáneamente en miles de sujetos, se convierte en un proceso que afecta al conjunto de la vida cotidiana de esos sujetos y de la sociedad en la que se produce. La cotidianeidad se ve gravemente distorsionada, aparece con espacios y horarios profundamente alterados, violados, los individuos desencajados en sus rutinas. No hay sitio seguro en el que resguardarse del terror, domicilios particulares pueden ser violentamente allanados o destruidos de un instante a otro… Los espacios públicos y laborales quedan penetrados por una lógica de la violencia por la cual los actos más atroces son temidos y esperados… Todo ello produce una experiencia colectiva de carácter traumático, tanto en las víctimas directas, en aquellas que han sido indirectamente afectadas, como en el conjunto del cuerpo social.

En el bando de los victimarios, las razones de estado y las justificaciones ideológicas han contribuido a excluir de sus conciencias objeciones o escrúpulos. La demonización de los enemigos ha facilitado liberarse del riesgo de experimentar remordimientos. La masividad de la violencia contribuye a diluir las responsabilidades individuales. La capacidad de obediencia y aceptación sin crítica de los dictámenes de la autoridad ha delegado la responsabilidad de los actos individuales en los que detentan el poder. Las necesidades subjetivas de los agresores han activado en su psiquismo emociones y pasiones necesarias para identificarse con la razón de estado, sumándose así a la crueldad de los victimarios sobre las víctimas. Mientras, en la parte victimizada es posible sentir como el miedo que atraviesa y atenaza a todo el colectivo permanece allí latente, presto a activarse cuando esos temas se rememoran colectivamente o se hacen presentes en la memoria de las mentes individuales. El recuerdo del conflicto será asociado automáticamente con la muerte y evocará durante décadas el traumatizante clima de la desgarradora y aniquiladora represión experimentada.

B. Catástrofes naturales: las posibles consecuencias psicológicas de la Dana

Los desastres naturales son una tragedia y suponen un auténtico drama para toda la población y no solo afectan a nivel físico y económico, sino también a nivel psicológico. Las catástrofes naturales, definidas como eventos extremos causados por fenómenos naturales, pueden tener consecuencias devastadoras para las personas y el medio ambiente. Fenómenos como terremotos, huracanes, y las DANAs, generan no solo daños físicos y económicos, sino también un profundo impacto psicológico. La DANA es una situación catastrófica a nivel físico y a nivel emocional.

“Hasta un 75% de las personas afectadas por inundaciones sufren problemas de salud mental”, indica el Observatorio Europeo de Clima y Salud de la UE. Entre el 20 y 25% de la población de la zona cero destruida sufrirá diferentes formas de estrés postraumático. La población infantil también es altamente vulnerable y una cuarta parte los menores expuestos a catástrofes naturales es posible que tengan secuelas psicológicas, como así también el colectivo de personas mayores.

Consecuencia psicológicas

La DANA que en España ha golpeado la comunidad valenciana no solo ha dejado secuelas materiales, sino que también está teniendo un fuerte impacto en la salud mental de la población que, seguramente, necesite ayuda psicológica en los siguientes meses y años. Las intensas lluvias, inundaciones y el caos que han generado han añadido una capa de incertidumbre y vulnerabilidad que afecta tanto a las personas que han sufrido daños directos como a quienes, simplemente, experimentamos la tristeza y la impotencia desde la distancia.

Cuando ocurre un desastre natural, una de las consecuencias psicológicas más importantes suele ser el sentimiento de incertidumbre que las personas experimentan. La gente que ha visto cómo sus hogares, pertenencias o negocios se destruían en cuestión de horas se enfrentan ahora al reto de reconstruir no solo sus propiedades, sino también su estabilidad emocional. La pérdida de un espacio seguro genera un impacto profundo en el bienestar emocional, dado que el hogar representa un refugio, un lugar de pertenencia. Cuando esta base desaparece, se despierta una sensación de fragilidad y desamparo difícil de gestionar.

Las consecuencias psicológicas de la DANA y de otros desastres naturales pueden ser graves. Los principales efectos psicológicos en la población general incluyen: Impacto negativo en la salud mental, experimentando escenarios de estrés postraumático, ansiedad, miedo y depresión... Los principales son cuadros de depresión, ansiedad y estrés postraumático, aunque tienden a remitir con el tiempo, una parte de los damnificados desarrolla trastornos crónicos de salud mental. Después de situaciones así se encuentran varios perfiles; "quien ha perdido cosas materiales, pero celebra que no ha perdido la vida", o personas que se encuentran frustradas o enfadadas por lo sucedido, incertidumbre de no saber qué ha ocurrido con familiares y amigos desaparecidos, tristeza, desolación, frustración, abandono… pueden aparecer en parte de los afectados.

Para quienes están sufriendo la DANA de manera directa, el estrés postraumático y la ansiedad son respuestas psicológicas comunes. Episodios de ansiedad pueden aparecer ante cualquier señal de lluvia o en situaciones que evoquen aquella sensación de peligro inminente. Además, los recuerdos de la catástrofe tienden a revivir en la mente de las personas, impidiéndoles recuperar su tranquilidad habitual. La dificultad para dormir, los cambios de humor y el nerviosismo ante cualquier pronóstico meteorológico son solo algunos de los efectos del trauma. A todo esto, se le suma la sensación de abandono, desamparo que sienten.

Dos colectivos especialmente vulnerables: población infantil y personas mayores

La infancia: según la ONG Save the Children, la infancia es uno de los colectivos más vulnerables a nivel psicológico, con distintas sintomatologías. Los niños afectados por la DANA: pesadillas y miedo a la lluvia, los primeros síntomas psicológicos. Los niños afectados por las inundaciones pueden sufrir pesadillas recurrentes, miedo a fenómenos atmosféricos o rechazo a salir a la calle o a hablar sobre lo sucedido, según detalla una psicóloga de la ONG Save the Children. "Estamos viendo mutismo, pesadillas recurrentes, miedo a fenómenos atmosféricos o efectos mucho más inmediatos como niños y niñas que no quieren salir a la calle o no quieren hablar de la situación", apunta una de las psicóloga de Save the Children. En un comunicado, esta ONG recomienda "no ocultar la realidad a los niños y niñas, sino explicársela con un lenguaje adaptado a su edad y no sobreinformarles". Además, desde la organización se recomienda a las familias controlar el acceso a noticias, ya que las imágenes e información repetitiva pueden aumentar la ansiedad. Otra de las recomendaciones es intentar ofrecer a los niños y niñas una visión más positiva de la catástrofe, centrada en la solidaridad y en lo que se está haciendo para solucionar la situación. Por su especial vulnerabilidad los mayores es otro de los colectivos que requiere de una atención específica: imposibilidades físicas o mentales, enfermedades crónicas, dificultad para acceder a los tratamientos, medicamentos, sentimiento de soledad.... Las redes de apoyo y la colaboración entre vecinos, familiares y amigos son fundamentales para rehacer el tejido emocional de la comunidad.

Recurso informativo:
ACOMPAÑAMIENTO EMOCIONAL A NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES ANTE SITUACIONES DE CRISIS O CATÁSTROFES NATURALES
https://www.savethechildren.es/sites/default/files/2024-11/Acompanamiento_emocional_a_NNA_en_situaciones_de_crisis_o_catastrofes_naturales.pdf

C. El trauma relacional

Somos seres de relación

Amamos, odiamos, peleamos y tenemos miedo... Nuestras relaciones cercanas dan forma a los contornos de nuestra vida. Nos aportan una alegría inmensa o nos abocan a la tristeza. Nos preocupa perderlas... Cuando somos pequeños, nos mantienen vivos. Nos muestran los colores del mundo y cuando las perdemos nos aportan un sufrimiento permanente. Cuando nuestras relaciones son positivas nos sostienen y nos ayudan a seguir adelante. La forma en que las gestionamos condiciona nuestro carácter. Los sentimientos que despiertan (positivos o negativos) salpican los altibajos de nuestra experiencia. Ellas nos recuerdan quiénes somos y dominan nuestros recuerdos. Ellas orientan nuestras relaciones de pareja y nuestro parentaje. Cuando son dolorosas, nos consumen. Ellas estructuran, en suma, las historias que constituyen nuestra vida.

En una entrevista un superviviente de un trauma sostenía: "En última instancia, lo que me ayudó a encontrar la curación [fue] aprender que la vida no consiste en pasar página o en llegar al otro lado de algo, sino en sostener las rupturas y las alegrías que nos depara el mundo, siendo capaz de seguir adelante con ambos. Eso es lo que significa vivir bien a cada momento. Y es eso lo que he intentado convertir en una disciplina. Para sostener las rupturas y las alegrías, debemos afrontar las relaciones que nos traen a ambas".  Las relaciones humanas, pues, se ubican en el centro de la experiencia humana y en el núcleo del trauma. Las relaciones son un arma de doble filo: en nuestra vida hay relaciones que nos hieren y duelen, pero también las hay que nos ayudan y curan.

Quiebras que hieren y relaciones que ayudan y curan

Durante la infancia aprendemos a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás y estos aprendizajes nos acompañan durante el resto de nuestra vida. Las experiencias tempranas en relación con nuestros cuidadores más cercanos son las que determinan los rasgos emocionales que el niño tendrá a lo largo de toda su vida. En caso que por algún motivo se produzca una quiebra en esas relaciones significativas la mente tenderá a buscar mecanismos de regulación para no sentir malestar. Estos mecanismos, que en su origen pudieron resultar útiles, con el paso del tiempo pueden convertirse en patológicos, haciendo que el individuo sienta que sus emociones y conductas escapen a su control. Entre los traumas derivados del deterioro o quiebra de las relacionas podemos incluir la ruptura del apego temprano, la pérdida traumática, el maltrato en la familia, el abuso interpersonal, la violencia doméstica, el estrés postraumático... En cada uno de estos casos, se quiebra la confianza de un modo importante. Se producen pérdidas interpersonales o violaciones y, a menudo, traiciones. Y los efectos de esas rupturas pueden perdurar durante años.

Si la experiencia traumática procede de un deterioro o quiebra de esas relaciones, la recuperación también depende de ellas.  Es en el seno de la relación con una persona significativa donde se hirió a la persona traumatizada y se quebró dramáticamente la «confianza»… debe ser también en el seno de una nueva relación con otra persona, en un ambiente de calidez y seguridad donde se recupere, se reconstruya, la «confianza» con anterioridad traumáticamente quebrada y perdida. Los traumas más terribles suceden en el marco de las relaciones cercanas, pero la recuperación del trauma no puede producirse de forma solitaria, necesitamos el apoyo de alguien que nos acompañe en esa ardua recuperación. Las relaciones son, pues, tanto el veneno como el antídoto, tanto la causa como la condición para la superación de la experiencia traumática. Esta es, en parte, la razón por la que vemos que muchos supervivientes de traumas evitan la cercanía.  La evitación les granjea cierta seguridad, pero el precio a pagar es muy elevado. Pasar página no posibilita la curación, sino tan solo prestar atención al pasado y encontrar nuestro lugar en el aquí y el ahora. No es fácil... y aún es más difícil hacerlo solo.. El trauma interpersonal es complejo y afecta de diferentes maneras a las personas. Cambia la forma en que conciben el mundo y el lugar que ocupan en él. Condiciona lo que sienten acerca de la familia y los amigos, y el modo en que confían, aman y se protegen a sí mismos. Sin embargo, por más difícil que sea, el tratamiento del trauma puede hacer que las personas alcancen a una nueva comprensión de sí mismas y de los demás.

El trauma es doloroso, una carga pesada que no hay manera de embellecer. Sin embargo, es una carga que se puede entender, compartir, hacer que sea menos terrible e incluso llegar a integrar. Las personas que no reciben ayuda arrastran esa carga durante toda su vida. Para sobreponernos al trauma tenemos que enfrentarnos a la verdad de lo ocurrido, de la experiencia traumática: pérdidas personales, rupturas afectivas, abandonos, traiciones y desengaños de las personas en quienes más confiábamos... La tarea no es fácil, no es fácil pasar página. Esos episodios traumáticos suelen ser muy desgarradores, están muy arraigados en nuestro psiquismo, ocupan un gran espacio en nuestra mente. Quedan guardadas en nuestra mente en forma de memoria inconsciente (implícita) y pueden inesperadamente revivirse a causa de algún desencadenante explícito que nos recuerde aquella terrible situación. Abrirse, afrontar nuestra historia, de manera deliberada y sincera, es algo que no es fácil de llevar a cabo si no es en el contexto de una relación de sanación. ¿Cómo utilizar esa relación para sanar? Los especialistas nos indican que “compartir” un relato posibilita la recuperación y el crecimiento. ¿Pero cómo puede el hecho de compartir un relato posibilitar la recuperación y el crecimiento? ¿Cómo utilizar la relación terapéutica en la curación del trauma para sanar?

Las personas afrontan el trauma de diferentes maneras. Generalmente las historias traumatizadas ocupan un gran espacio en la mente. Aunque son muchas las que comparten historias referentes al pasado, también hay muchas otras que prefieren el silencio, tratando protegerse a sí mismas y a sus seres queridos de la verdad. La verdad puede ser indecible. El trauma es difícil de afrontar solo. Cuando los terapeutas ayudan a los clientes a encontrar una manera de abrirse y de compartir el dolor... eso contribuye a aliviar el sufrimiento. Hay personas dispuestas a abrirse. A otras muchas les resulta aterrador afrontarlo. También están quienes evitan su pasado, eludiendo el trauma durante años. Las investigaciones indican que cuando las personas abordan sus traumas, se sienten mucho mejor. El deseo de liberarse de carga tan pesada es comprensible: si encontramos a alguien que nos presta atención de manera comprensiva, tal vez por vez primera... Es muy tentador compartir. Sin embargo, descargar o simplemente hablar de ello no es suficiente, ¿qué tipo de "relato" realmente sirve de ayuda? Un "relato" honesto, pero seguro, un relato que haga posible confrontar un pasado cruel, compartir la carga con personas que se preocupan por los demás y que posibilite que los recuerdos, los sentimientos y las pérdidas traumáticas sean más soportables, un relato que ayude a afrontar las experiencias emocionales y las vulnerabilidades de dicho pasado, un relato que propicie el aprendizaje y el crecimiento, aunque el proceso sea doloroso. 

Afrontando las vivencias traumáticas: algunas técnicas terapéuticas

El trauma es mucho más que una historia sobre algo que sucedió en el pasado. Las emociones y las sensaciones físicas que quedaron impresas durante el trauma se experimentan no como simples recuerdos ocurridos en el pasado, sino como reacciones físicas perturbadoras en el presente. Siempre es posible reaprender a vivir… volver a aprender a hacerlo si se ha estado muerto. Para salir de estas vivencias desgarradoras lo que más cuenta es que haya una presencia que nos de la mano. Reparar el vínculo roto, entender de dónde procede nuestro sufrimiento... Superar los traumas es difícil sin la ayuda de un profesional. El trauma nos arrebata la sensación de control sobre nosotros mismos. El reto de la recuperación es volver a adueñarnos de nuestro cuerpo y de nuestra mente, de nosotros mismos. Esto significa sentirnos libres de saber lo que sabemos y de sentir lo que sentimos sin acabar abrumados, enfadados, avergonzados o colapsados. Sanar el trauma significa abrazar la verdad del pasado, las pérdidas, las tradiciones y los desengaños de las personas en quienes más confiábamos.

Existen un amplio abanico de “técnicas” para abordar la problemática derivada de las experiencias traumáticas y su posible superación: una de ellas intenta la sanación en un clima relacional de confianza, afrontando el trauma mediante la reconstrucción verbalizada y revivenciada emocionalmente de la experiencia traumática en un ambiente de calidez emocional y “seguro” en su relación con el terapeuta. Otra es la denominada “terapia regresiva". Hagamos una somera referencia a cada una de ellas. Un sistema para la recuperación del trauma relacional consiste, en parte, en encontrar el modo de "contar", "relatar" nuestras historias vitales más dolorosas. Es una búsqueda de una narrativa coherente, que tenga un significado personal que no nos abrume completamente ni nos destroce por dentro. Simplemente “hablar” de lo que pasó de una manera distendida, desapegada y clínica no es suficiente. La relación de los hechos sin las emociones que las acompañan es un ejercicio estéril sin ningún efecto terapéutico. El recuerdo carente de afecto prácticamente no produce ningún resultado. En cada momento del relato, por tanto, el paciente debe reconstruir no solo lo que sucedió sino también lo que sintió.Trabajar con la pérdida traumática significa ayudar al cliente a conectar con emociones que son difíciles de soportar, sentimientos que la persona preferiría, en parte, dejar de lado. Los clientes con antecedentes traumáticos han tenido que afrontar numerosas pérdidas. Reconocer esas pérdidas es aterrador, porque hace que el cliente se sienta vulnerable. En el caso de los terapeutas, exige escuchar…

Fundamentos de la "terapia regresiva" (Dr. Juan José LOPEZ MARTINEZ). En nuestro psiquismo más profundo permanecen quizás disturbios emocionales, no resueltos, en forma latente o más o menos activos: en nuestro interior además de nuestras experiencias conscientes más o menos agradables o desagradables, albergamos también un sinfín de sensaciones pertenecientes a disturbios emocionales no resueltos sucedidos en experiencias anteriores al momento actual, pero que, para el alma, aún están pasando en el momento presente, ocurriendo, actuando, presentes… puesto que para el Alma sólo existe el presente, no hay ni pasado ni futuro: se trata del "eterno presente" del Alma... Y, en el momento actual, puede ocurrir que ante situaciones análogas a las acontecidas en dichas experiencias anteriores, se vuelvan a reactivar las sensaciones y emociones, latentes en el alma, somatizándolas a nivel del cuerpo físico.  Al estar encarnados en nuestro cuerpo, estos disturbios emocionales sin resolver siguen latentes en nuestra Alma activándose cuando, por la causa que sea, vivimos experiencias o sucesos similares a los que en su origen provocaron este tipo de disturbios siendo, en ese momento, cuando comienzan a afectarnos, no siendo capaces de encontrar su origen. Nuestra Alma, como asiento de experiencias anteriores que quedaron inconclusas lleva con ella, en forma latente, todos los disturbios emocionales derivados de las mismas. Cuando en algún momento de nuestra vida vivimos o nos enfrentamos a experiencias similares a las que en su origen provocaron dichos disturbios, producto de vivencias desgarradoras, psíquicamente desbordantes, ya sean de tipo físico o emocional, estos dejan de estar latentes y se activan, afectándonos a nivel psicológico y somatizándolos a nivel físico.

Función encubridora de nuestro consciente: nuestra parte consciente además de mantenernos conscientes de todo cuanto ocurre en nosotros mismos y a nuestro alrededor, ejerce también una función ocultadora, encubridora: nuestro consciente está realizando constantemente una de sus principales misiones que es la de protegernos frente a todos los recuerdos inherentes a experiencias desagradables, quizás traumáticas, que hayamos tenido, desvirtuándolos e incluso ocultándolos ya que no puede borrarlos ni erradicarlos completamente de nuestra memoria; con esta acción, nuestro consciente logra que con el paso del tiempo, los disturbios emocionales que esos hechos traumáticos provocaron en su origen, vayan disminuyendo en su intensidad. 

Para nuestra Alma no hay tiempo ni espacio, solo hay presente, por eso los disturbios emocionales de los que hablamos están en el eterno presente del Alma y cuando se activan la pueden llevar a vivir, de forma inconsciente esa experiencia desgarradora ocurrida en el pasado... y una vez que el paciente localiza el origen de su disturbio emocional, el terapeuta le acompaña y ayuda a hacer consciente lo inconsciente… pudiéndose abordar así la posible solución del problema que presenta el paciente. En estado expandido de consciencia, todas las sensaciones y emociones sin resolver presentes en el alma, pero quizás obnubiladas, ofuscadas, ocultadas, por el consciente para sortear el sufrimiento que su recuerdo nos produce, podemos traerlas a nuestro consciente, a nivel físico, emocional y mental, pudiendo así lograr sanar todas aquellas sensaciones y emociones somatizadas en el cuerpo, diagnosticadas como de origen psicosomático.

Mediante técnicas terapéuticas, como por ejemplo la "terapia regresiva", podemos revivir experiencias sucedidas con anterioridad al momento presente y cargadas de disturbios emocionales sin resolver cuyo origen desconocemos, ya que no están contemplados por nuestro consciente por lo que no tenemos consciencia del hecho o suceso responsable de dichos disturbios emocionales. Mediante dicha técnica podemos conectar con una emoción cuyo origen desconocemos, y esta cualidad nos permite ser capaces, de forma simultánea, de situarnos en el presente de la experiencia, hecho o suceso, donde está el origen de los disturbios emocionales a la vez que, en todo momento, nos mantenemos conscientes en nuestro actual presente permitiéndonos, de esta forma, hacer consciente lo inconsciente o, lo que es lo mismo, tomar consciencia de las vivencias responsables de los disturbios emocionales que nos están afectando y de cuyo origen no somos conscientes.

Para buscar algo en el fondo de un baúl, no necesitamos moverlo del sitio en el que se encuentra, nos bastaría con meter la mano. Del mismo modo, en terapia regresiva, el paciente no retrocede a ningún lugar si no que, su estado expandido de conciencia le permite “meter la mano” en las profundidades de su Alma para encontrar el origen de esos disturbios emocionales, remanentes de experiencias inconclusas vividas en momentos anteriores a su momento actual, para poder resolverlos haciéndolos conscientes. En realidad, lo que hace el paciente es, siguiendo el hilo conductor de la emoción perturbadora, llegar a una parte de su alma donde está el origen de esa emoción, ya que en nuestra Alma están todos los disturbios emocionales sin resolver derivados de experiencias traumáticas que se desarrollaron en cualquier momento anterior al actual.

Elaboración a partir de materiales diversos

Ver también:

No a la guerra

Secuelas de la guerra en la salud mental de los implicados

Los traumas de la guerra

El sofriment en la societat del benestar

 CULTURA DE LA PAU


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