El corazón «humano»
El núcleo más íntimo del ser humano
- No podréis ver con claridad mientras no miréis en vuestro corazón…
El que mira al exterior sueña.
El que mira al interior despierta.
(Carl Jung) - «Quien elige el camino del corazón, no se equivoca». (Popol Vuh )
- «Todo gran hombre ha hecho, invariablemente, aquello que amaba y en lo que creía en lo más profundo de su corazón». (M. Cavallé)
El «corazón» es el lugar de la sinceridad, donde no se puede engañar ni disimular. Suele indicar las verdaderas intenciones, lo que uno realmente piensa, cree y quiere, los “secretos” que a nadie dice y, en definitiva, la propia verdad desnuda. Se trata de aquello que no es apariencia o mentira sino auténtico, real, enteramente “propio”.
¿La cabeza o el corazón? Desde hace tiempo ha existido una controversia sobre quién manda, quién verdaderamente lleva las riendas, en el ámbito del psiquismo humano: la razón/inteligencia o el corazón/emoción… Con frecuencia se opone la razón al sentimiento, es decir, lo que pasa por la cabeza frente a lo que pasa por el corazón. En algunas ocasiones nos sentimos perplejos ante dos voces que nos hablan interiormente con fuerza y claridad, pero de forma contradictoria. ¿Cuántas veces nos hemos preguntado si debíamos escuchar lo que nos decía la cabeza o lo que nos gritaba el corazón?... Sin duda una referencia segura, cada uno ha hecho lo que ha podido sin saber con exactitud a cuál tenía que seguir. Algunas veces hemos hecho caso de nuestros sentimientos, de lo que nos decía el corazón, y hemos acertado: todo ha resultado maravilloso y nos hemos sentido realizados. Otras, en cambio, una decisión análoga nos ha traído muchas decepciones. Lo mismo puede decirse respecto a la cabeza: en ciertas ocasiones la sensatez de la razón nos ha evitado muchos sinsabores; pero en otras, seguir los dictados de la lógica sin tener en cuenta lo que nos decía el corazón nos ha llevado a actuar de modo inadecuado.
"El corazón tiene razones que la razón ignora" afirmó Blaise Pascal en el s. XVII. Y las emociones son las razones del corazón. Un lenguaje diferente, el del corazón, que supera el peso de las palabras, que las rodea, las amplifica y las trasciende. “El corazón tiene sus razones, que la razón desconoce”, es decir: el corazón tiene sus razones, tiene sus motivos, que no son los de la razón, que la razón ignora, desconoce. Según Pascal, lo verdaderamente esencial en el hombre no es la razón sino la voluntad y capacidad de fe, es decir, el «corazón». Par él es el libre albedrio y no la razón lo que diferencia al ser humano de los animales. Es el «corazón» y no el «cerebro», lo que humaniza al ser humano. El corazón es a menudo más fuerte que la razón. Cuando amamos, somos poco razonables, no analizamos las cosas de la misma manera. Las razones del corazón no son siempre racionales, las ganas y el deseo, la razón las ignora. Pero más allá de esta cuestión, ¿qué significado tiene el «corazón» para el ser humano?
¿Qué significa el «corazón» para el ser humano? El corazón en la antropología bíblica. En la antigüedad la mayoría de los estoicos ubicaron el centro del ser humano, no en la cabeza, sino en el corazón, en el saber del corazón. Esto resulta coincidente con lo que sostienen muchas tradiciones sapienciales, para las que el corazón simboliza el locus del Sí mismo, el núcleo mismo de nuestro ser, así como la sede de la inteligencia y de la intuición superior. Es en la antropología bíblica donde encontramos un riquísimo significado sobre el sentido profundo del «corazón» humano. Partamos de la magnífica antropología bíblica para adentrarnos/iluminarnos en la cuestión. La frecuencia del término (leb'), «corazón», en la Escritura muestra que estamos ante un concepto del todo central en la antropología bíblica, que considera la vida biológica y la vida psíquica en su unidad originaria. Dentro de la antropología bíblica «leb», «corazón», evoca en primer lugar el órgano físico vinculado con la circulación de la sangre, pero en un plano más simbólico, alude al hombre entero en su capacidad de amar y pensar, de sentir y conocer. En el ser humano hay una conexión muy honda entre el mundo externo y el interno. Entendiendo el «corazón» como la facultad de amar (hogar del sentimiento y del afecto) y también como facultad de «conocer» en profundidad. La comprensión de la realidad los semitas no la atribuyen al «cerebro» sino al «corazón». El corazón siente, pero también valora y compara experiencias. Para nosotros los occidentales, el «corazón» es la sede de la vida afectiva. Para los semitas, el «corazón» es la sede de la comprensión, el corazón es una realidad que desempeña una función más amplia que la simple función orgánica, que incluye todas las formas de vida intelectiva y donde se enraízan todas las actividades del espíritu. El A.T. señala el «corazón» (leb) como el verdadero centro interior del hombre en el que se imprimen y desde donde se irradian las operaciones sensitivas, afectivas, electivas, cognoscitivas.
El «corazón» expresa el núcleo más íntimo, el centro de la persona, la esencia misma de una cosa. El corazón es ese centro de donde, una vez comprendido cómo son las cosas, sacamos nuestra fuerza y nuestro ánimo. Tener el corazón roto es estar roto, derrotado, afligido, destrozado, porque ya no comprendes nada, y ya ni siquiera te sientes persona, al menos hasta volver a sanar. Cuando el corazón descubre y despliega las cosas con limpieza interior se abre a lo divino. El corazón vincula al hombre con Dios, así como con los demás humanos, para conocimiento y comunión de vida, aunque se puede convertir a veces en lugar de malos pensamientos y deseos. El hombre espiritual debe abrir su corazón al consejo divino, pues Dios ilumina a sus fieles a tomar las decisiones más idóneas y les ayuda con su fuerza (ruaj) para llevarlas a cabo. (PIKAZA-HAYA, Palabras originarias... )
Leb'”, «corazón», es el centro de la vida psíquica y espiritual del ser humano y no sólo de la vida sensitiva, sede de lo más íntimo del ser humano, sede de los afectos y de los pensamientos, centro neurálgico de las decisiones tomadas por la razón, sede de las decisiones profundas del ser humano. En el corazón se fraguan los pensamientos y los sentimientos, en él se toman las decisiones más profundas. Solo Dios conoce los secretos del corazón. El término lêb, corazón, remite básicamente a lo interior de la persona humana, a lo escondido, «el secreto del corazón», que sólo Dios conoce, examina y pone a prueba. En contraposición a lo exterior, a la apariencia externa, inmediatamente perceptible, la interioridad es la sede de la verdad y de la autenticidad del ser humano. El verdadero ser humano es sobretodo leb, corazón, órgano corporal, vinculado a la vida física, siendo, al mismo tiempo, sede de la vida intelectual y afectiva. En ese sentido, el hombre es «corazón», senimiento, emoción, ser que conoce y reflexiona, viviente que quiere y decide, ser que ama y odia. Del corazón humano surgen las emociones y los sentimientos, pero también es el lugar de la inteligencia y de la voluntad. En muchos casos el uso del término «corazón» tiene que ver con los estados afectivos elementales como el placer y el dolor o más complejos, como las emociones: el miedo, el terror y la angustia; y los sentimientos: el amor, el odio y el orgullo.
En la cosmovisión semita el «corazón« es sobre todo la sede de las emociones, pero también es sede del intelecto, es decir, lugar de conocimiento, comprensión y saber, ámbito, pues, de la razón y de la sabiduría. Con el corazón se razona, reflexiona, comprende, y del corazón nacen las intenciones y decisiones, los proyectos operativos, las opciones morales más determinantes, y en este sentido el corazón es igualmente sede de la voluntad. Resumiendo, se puede decir que el corazón representa aquel centro en el que la persona se encuentra ante sí misma, con sus sentimientos, razón, conciencia, y donde asume sus responsabilidades, sus opciones decisivas, estén abiertas a Dios o no. Desde este horizonte antropológico, el corazón adquiere un relieve teológico importante, el término se utiliza para describir no pocos aspectos de la relación entre Dios y la persona humana. Destaca, en este sentido, el tema de endurecimiento del corazón, respecto a la acción liberadora de Dios, el rechazo de la palabra de Dios. Si el pecado del pueblo se inscribe en el corazón, el corazón es también lo que la conversión deberá transformar. Centro de la opción libre del bien y del mal, de la conversión, el corazón es, además, centro de la vida religiosa, pues en el corazón está el temor, la reverencia, la fidelidad, el amor total a Dios y su presencia misteriosa. En conclusión, en la antropología bíblica el corazón es ese centro originario de la persona en el que tiene lugar la opción decisiva. O bien, con un amor basado en la fe y en la confianza, se decide abrirse a Dios y al prójimo, principio de verdadera felicidad, o bien, en la desconfianza, se cierra en sí mismo, condenándose a un desgarro abocado a la desventura eterna. Centro, pues, del ser cristiano, el corazón es «la fuente de toda la vida personal, donde pensamiento, querer y sentimiento forman una sola cosa». (C. PIFARRÉ, osb)
Por su destacada relevancia para una verdadera formación humana, presentamos algunos aspectos de la cuarta encíclica del papa Francisco, Dilexit Nos, publicada en de octubre de 2024, una encíclica que abre nuevos horizontes a una sociedad sumida en la desorientación y la incertidumbre. A medida que el mundo avanza más confusión se crea entre lo que las personas somos como humanos y las dinámicas accesorias que el mundo nos propone. El papa por el contrario nos propone que en el centro de nuestra vida pongamos el «corazón». El texto del Papa, “que tiene la voluntad de ir al núcleo de la persona, utiliza la categoría de corazón como elemento clave para hacer una separación cualitativa entre el ser humano y los artefactos tecnológicos que construye", señala que esta separación no existe en terrenos como el de la superficialidad y la mentira, en los que se mueven las redes sociales, "capaces de hacer que seamos [virtualmente] lo que no somos", en medio de unas sociedades líquidas y consumistas, unas sociedades en las que la tecnología también secuestra nuestra mente y nuestro corazón. Un elemento más de reflexión es también el del endurecimiento del corazón, como síntoma de indiferencia, ante tragedias humanas y naturales como las que suceden, también, en el primer mundo. Un texto inspirado en la centenaria devoción cristiana al "Corazón de Jesús": seguramente el corazón más excelso que en el mundo haya sido. Pero El corazón va más allá de una devoción decimonónica y el Papa nos lo presenta como el órgano que nos hace tomar conciencia del sufrimiento del otro; por tanto, si no tenemos un corazón esponjoso la indiferencia va en aumento. De la primera parte de la encíclica entresacamos algunas de sus ideas:
CARTA ENCÍCLICA
DILEXIT NOS
DEL PAPA FRANCISCO
SOBRE EL AMOR HUMANO Y DIVINO
I LA IMPORTANCIA DEL CORAZÓN
El corazón como símbolo: algunos se preguntan si hoy tiene un significado válido. Cuando nos asalta la tentación de navegar por la superficie, de vivir corriendo sin saber finalmente para qué, de convertirnos en consumistas insaciables y esclavizados por los engranajes de un mercado al cual no le interesa el sentido de nuestra existencia, necesitamos recuperar la importancia del corazón.
¿Qué expresamos cuando decimos “corazón”?
En el griego clásico profano el término kardia significa lo más interior de seres humanos, animales y plantas. En Homero indica no sólo el centro corporal, sino también el centro anímico y espiritual del ser humano. En la Ilíada, el pensar y el sentir son del corazón y están muy próximos entre sí. Allí el corazón aparece como centro del querer y como lugar en que se fraguan las decisiones importantes de la persona. En Platón el corazón adquiere una función en cierto modo “sintetizadora” de lo racional y lo tendencial de cada uno, pues tanto el mandato de las facultades superiores como las pasiones se transmiten a través de las venas que confluyen en el corazón. Así advertimos desde la antigüedad la importancia de considerar al ser humano no como una suma de distintas capacidades sino como un mundo anímico, corpóreo, con un centro unificador que otorga a todo lo que vive la persona el trasfondo de un sentido y una orientación. Un núcleo, el corazón, que está detrás de toda apariencia, aun detrás de pensamientos superficiales que nos confunden. Al mismo tiempo, el corazón es el lugar de la sinceridad, donde no se puede engañar ni disimular. Suele indicar las verdaderas intenciones, lo que uno realmente piensa, cree y quiere, los “secretos” que a nadie dice y, en definitiva, la propia verdad desnuda. Se trata de aquello que no es apariencia o mentira sino auténtico, real, enteramente “propio”. Dalila a Sansón (Jc 16,15): le reclamaba «¿Cómo puedes decir que me quieres, si tu corazón no está conmigo?» Sólo cuando él le contó su secreto tan oculto, ella «comprendió que él le había abierto todo su corazón».
Esta verdad de cada persona tantas veces está oculta debajo de mucha hojarasca que la disimula, y esto hace que se vuelva difícil sentir que uno se conoce a sí mismo y más aún que conoce a otra persona: «Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo?». El libro de los Proverbios nos reclama: «Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida. Aparta de ti las palabras perversas y aleja de tus labios la maldad» (4,23-24). La pura apariencia, el disimulo y el engaño dañan y pervierten el corazón. Más allá de tantos intentos por mostrar o expresar algo que no somos, en el corazón se juega todo, allí no cuenta lo que uno muestra por fuera y los ocultamientos, allí somos nosotros mismos. Y esa es la base de cualquier proyecto sólido para nuestra vida, ya que nada que valga la pena se construye sin el corazón. La apariencia y la mentira sólo ofrecen vacío.
En lugar de procurar algunas satisfacciones superficiales y de cumplir un papel frente a los demás, lo mejor es dejar brotar preguntas decisivas: quién soy realmente, qué busco, qué sentido quiero que tengan mi vida, mis elecciones o mis acciones; por qué y para qué estoy en este mundo, cómo querré valorar mi existencia cuando llegue a su final, qué significado quisiera que tenga todo lo que vivo, quién quiero ser frente a los demás, quién soy frente a Dios. Estas preguntas me llevan a mi corazón.
Volver al corazón
En este mundo líquido es necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde cada persona, de toda clase y condición, hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones. Pero nos movemos en sociedades de consumidores seriales que viven al día y dominados por los ritmos y ruidos de la tecnología, sin mucha paciencia para hacer los procesos que la interioridad requiere. En la sociedad actual el ser humano «corre el riesgo de perder su centro, el centro de sí mismo». El hombre contemporáneo se encuentra a menudo trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar. Modelos de comportamiento bastante difundidos, por desgracia, exasperan su dimensión racional-tecnológica o, al contrario, su dimensión instintiva». Falta corazón. Ahora bien, el problema de la sociedad líquida es actual, pero la desvalorización del centro íntimo del hombre —el corazón— viene de más lejos: la encontramos ya en el racionalismo griego y precristiano, en el idealismo poscristiano o en el materialismo en sus diversas formas. El corazón ha tenido poco lugar en la antropología y al gran pensamiento filosófico le resulta una noción extraña. Se han preferido otros conceptos como el de razón, voluntad o libertad. Su significado es impreciso y no se le concedió un lugar específico en la vida humana. Quizás porque no era fácil colocarlo entre las ideas “claras y distintas” o por la dificultad que supone el conocimiento de uno mismo: pareciera que lo más íntimo es también lo más lejano a nuestro conocimiento. Tal vez porque el encuentro con el otro no se consolida como camino para encontrarse a sí mismo, ya que el pensamiento vuelve a desembocar en un individualismo enfermizo. Muchos se sintieron seguros en el ámbito más controlable de la inteligencia y de la voluntad para construir sus sistemas de pensamiento. Por no encontrarle lugar al corazón mismo, distinto de las potencias y pasiones humanas consideradas aisladamente unas de otras, tampoco se desarrolló ampliamente la idea de un centro personal donde lo único que puede unificar todo es, en definitiva, el amor.
Si el corazón está devaluado también se devalúa lo que significa hablar desde el corazón, actuar con corazón, madurar y cuidar el corazón. Cuando no se aprecia lo específico del corazón perdemos las respuestas que la sola inteligencia no puede dar, perdemos el encuentro con los demás, perdemos la poesía. Y nos perdemos la historia, nuestra historia, porque la verdadera aventura personal es la que se construye desde el corazón. Al final de la vida contará sólo eso. Hay que afirmar que tenemos corazón, que nuestro corazón coexiste con los otros corazones que le ayudan a ser un “tú”. En el personaje de la novela de Dostoyevski se ve como Stavroguin no tiene corazón y, por tanto, su espíritu es algo frío y sin contenido y su cuerpo se envenena en la inercia y en la sensualidad bestial. De esta suerte no puede llegar hasta los demás hombres y ninguno de ellos puede llegar verdaderamente a él porque, en efecto, es el corazón el que crea las posibilidades de encuentro. Por el corazón estoy yo al lado del otro y otro está cerca de mí. Sólo el corazón puede acoger y dar un hogar. La intimidad es el acto, la esfera del corazón.
Necesitamos que todas las acciones se pongan bajo el “dominio político” del corazón, que la agresividad y los deseos obsesivos se aquieten en el bien mayor que el corazón les ofrece y en la fortaleza que tiene contra los males; que la inteligencia y la voluntad se pongan también a su servicio sintiendo y gustando las verdades más que queriendo dominarlas como suelen hacer algunas ciencias; que la voluntad desee el bien mayor que el corazón conoce, y que también la imaginación y los sentimientos se dejen moderar por el latido del corazón. Se podría decir que, en último término, yo soy mi corazón, porque es lo que me distingue, me configura en mi identidad espiritual y me pone en comunión con las demás personas.
El concepto “corazón” expresa realidades que competen al hombre precisamente en cuanto totalidad (en cuanto persona corpóreo-espiritual)». Si bien “corazón” nos lleva al centro íntimo de nuestra persona, también nos permite reconocernos en nuestra integridad y no sólo en algún aspecto aislado. Por otra parte, esta fuerza única del corazón nos ayuda a entender por qué se dice que cuando se capta alguna realidad con el corazón se la puede conocer mejor y más plenamente. Esto inevitablemente nos lleva al amor del que es capaz ese corazón, ya que «lo más íntimo de la realidad es amor». «El pensar tiene que haber sido conmovido antes de trabajar con conceptos o mientras trabaja con ellos. Sin una emoción profunda el pensar no puede comenzar. La primera imagen mental sería la piel de gallina. Lo primero que hace pensar y preguntar es la emoción profunda. El corazón «alberga los estados de ánimo, trabaja como ‘un custodio del estado de ánimo’. El ‘corazón’ oye de una manera no metafórica ‘la silenciosa voz’ del ser, dejándose templar y determinar (armonizar y unificar) por ella».
El corazón que une los fragmentos
Al mismo tiempo, el corazón hace posible cualquier vínculo auténtico, porque una relación que no se construya con el corazón es incapaz de superar la fragmentación del individualismo. Anti-corazón es una sociedad cada vez más dominada por el narcisismo y la autorreferencia. Vemos así cómo se produce en el corazón de cada uno esta paradójica conexión entre la valoración del propio ser y la apertura a los otros, entre el encuentro tan personal consigo mismo y la donación de sí a los demás. Sólo se llega a ser uno mismo cuando se adquiere la capacidad de reconocer al otro, y se encuentra con el otro quien puede reconocer y aceptar la propia identidad.
El corazón también es capaz de unificar y armonizar tu historia personal, que parece fragmentada en mil pedazos, pero donde todo puede tener un sentido. Es lo que expresa el Evangelio en la mirada de María, que miraba con el corazón. Ella era capaz de dialogar con las experiencias atesoradas ponderándolas en el corazón, dándoles tiempo: simbolizando y guardando dentro para recordar. Según el Evangelio, María “atesoraba (syneterei) todas estas cosas, ponderándolas (symballousa), es decir, “guardaba cuidadosamente”, en su corazón” (cf. Lc 2,19.51) y lo que ella conservaba no era sólo “la escena” que veía, sino también lo que no entendía todavía y aun así permanecía presente y vivo en la espera de unirlo todo en el corazón.
Ese núcleo de cada ser humano, su centro más íntimo, no es el núcleo del alma sino de toda la persona en su identidad única que es anímica y corpórea. Todo se unifica en el corazón, que puede ser la sede del amor con la totalidad de sus componentes espirituales, anímicos y también físicos. En definitiva, si allí reina el amor una persona alcanza su identidad de modo pleno y luminoso, porque cada ser humano ha sido creado ante todo para el amor, está hecho en sus fibras más íntimas para amar y ser amado.
En el tiempo de la inteligencia artificial no podemos olvidar que para salvar lo humano hacen falta la poesía y el amor. Podríamos nombrar miles de pequeños detalles que sustentan las biografías de todos: hacer brotar sonrisas con una broma, calcar un dibujo al contraluz de una ventana, jugar el primer partido de fútbol con una pelota de trapo, cuidar gusanillos en una caja de zapatos, secar una flor entre las páginas de un libro, cuidar un pajarillo que se ha caído del nido, pedir un deseo al deshojar una margarita. Todos esos pequeños detalles, lo ordinario- extraordinario, nunca podrán estar entre los algoritmos. Porque el tenedor, las bromas, la ventana, la pelota, la caja de zapatos, el libro, el pajarillo, la flor... se sustentan en la ternura que se guarda en los recuerdos del corazón. Por esta razón, viendo cómo se suceden nuevas guerras, con la complicidad, tolerancia o indiferencia de otros países, o con meras luchas de poder en torno a intereses parciales, podemos pensar que la sociedad mundial está perdiendo el corazón. Contemplar ciertas tragedias o desgarradoras masacres humanas sin que se nos vuelva intolerable es signo de un mundo sin corazón. Cuando cada uno reflexiona, busca, medita sobre su propio ser y su identidad, o analiza las cuestiones más elevadas; cuando piensa acerca del sentido de su vida e incluso si busca a Dios, aun cuando experimente el gusto de haber vislumbrado algo de la verdad, eso necesita encontrar su culminación en el amor. Amando, la persona siente que sabe por qué y para qué vive. Así todo confluye en un estado de conexión y de armonía. Por eso, frente al propio misterio personal, quizás la pregunta más decisiva que cada uno podría hacerse es: ¿tengo corazón?
El fuego
Allí donde el filósofo detiene su pensamiento, el corazón creyente ama, adora, pide perdón y se ofrece a servir en el lugar que el Señor le da a elegir para que lo siga. Entonces entiende que es el tú de Dios, y que puede ser un yo porque Dios es un tú para él. El hecho es que sólo el Señor nos ofrece tratarnos como un tú siempre y para siempre. Aceptar su amistad es cuestión de corazón y eso nos constituye como personas en el sentido pleno de la palabra. San Buenaventura enseñaba que «la fe está en el intelecto, de modo que provoca el afecto. Por ejemplo: conocer que Cristo ha muerto por nosotros no se queda en conocimiento, sino que necesariamente se convierte en afecto, en amor». En esta línea, san John Henry Newman tomó como lema la frase « Cor ad cor loquitur», el Señor nos salva hablando a nuestro corazón desde su Corazón sagrado. Esta misma lógica hacía que para él, gran pensador, el lugar del encuentro más hondo consigo mismo y con el Señor no fuera la lectura o la reflexión, sino el diálogo orante, de corazón a corazón, con Cristo vivo y presente. Sentir y gustar al Señor y honrarlo es cosa del corazón. Únicamente el corazón es capaz de poner a las demás potencias y pasiones y a toda nuestra persona en actitud de reverencia y de obediencia amorosa al Señor.
El mundo puede cambiar desde el corazón
Nuestras comunidades sólo desde el corazón lograrán unir sus inteligencias y voluntades diversas y pacificarlas para que el Espíritu nos guíe como red de hermanos, ya que pacificar también es tarea del corazón. El Corazón de Cristo es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro. En él nos volvemos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construir en este mundo el Reino de amor y de justicia.
Tomar en serio el corazón tiene consecuencias sociales. «Tenemos todos que cambiar nuestros corazones, con los ojos puestos en el orbe entero y en aquellos trabajos que todos juntos podemos llevar a cabo para que nuestra generación mejore». Porque «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano». Ante los dramas del mundo, se nos invita a volver al corazón. El ser humano «por su interioridad es superior al universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino». Esto no significa confiar excesivamente en nosotros mismos. Advirtamos que nuestro corazón no es autosuficiente; es frágil y está herido. Tiene una dignidad ontológica, pero al mismo tiempo debe buscar una vida más digna. Para vivir conforme a esa dignidad, necesitamos el auxilio del amor divino.
En definitiva, este Corazón sagrado es el principio unificador de la realidad, porque «Cristo es el corazón del mundo; su Pascua de muerte y resurrección es el centro de la historia, que gracias a él es historia de salvación». Todas las criaturas «avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo». Ante el Corazón de Cristo, pido al Señor que una vez más tenga compasión de esta tierra herida, que él quiso habitar como uno de nosotros. Que derrame los tesoros de su luz y de su amor, para que nuestro mundo que sobrevive entre las guerras, los desequilibrios socioeconómicos, el consumismo y el uso antihumano de la tecnología, pueda recuperar lo más importante y necesario: el corazón.
Fuente: CARTA ENCÍCLICA DILEXIT NOS SOBRE EL AMOR HUMANO Y DIVINO DEL PAPA FRANCISCO
Para leer el texto completo en español:
https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/20241024-enciclica-dilexit-nos.html
Per llegir el text complet en català:
https://giec.tarraconense.cat/wp-content/uploads/sites/97/2024/11/DILEXIT-NOS-Documents-dEsglesia-CET.pdf
Ver también:
Concepciones antropológicas: Antropología bíblica
Sección: INTERIORITAT, ESPIRITUALITATS, SAVIESA