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La nueva imagen de la muerte

La otra cara de la muerte: el acceso a otra forma/dimensión de existencia.

La muerte no es lo que creemos... la muerte existe, pero no es el final.

La muerte, el tránsito hacia otra forma de vida

Al ser humano siempre le ha inquietado poder saber qué pasa después de la muerte y si esta es el final de todo o, simplemente, un peldaño más en la escala de la evolución del Ser. Unos dicen que la muerte es la aniquilación de la conciencia; otros, con igual seguridad, que es el paso del alma o mente a otra dimensión de la realidad. Las religiones han construido "relatos" explicativos sobre qué sucede tras la muerte física... hoy la ciencia más avanzada, basada en suficientes evidencias científicas, nos ofrece una nueva imagen de la muerte, nos ayuda a descubrir la otra cara de la muerte.

Nuestro cuerpo físico es una manifestación de energía de baja frecuencia. Tras la muerte física, este cuerpo deja de hallarse en la forma que conocemos, pero esto no significa el fin de nuestra existencia real. Nuestra realidad existencial, que es la conciencia no local, perdura más allá de la muerte física. Esta conciencia no local, nuestra verdadera esencia, no está limitada por las restricciones del tiempo y el espacio que conocemos en nuestra realidad física, sino que esta forma de existencia trasciende las limitaciones de nuestro cuerpo físico. Después de la muerte corporal, nuestra conciencia no local continúa su viaje más allá del plano físico. Aunque nuestro cuerpo físico haya dejado de funcionar, la energía que lo compone no desaparece. Según el principio de conservación de la energía, esta se transforma y sigue existiendo en otras formas. Por tanto, aunque la muerte signifique el fin de nuestro cuerpo físico tal y como lo conocemos, no es el fin de nuestra existencia. Dr. Manuel Sans Segarra; Cebrián, Juan Carlos. La Supraconciencia existe: Vida después de la vida.

¿Qué sentido tiene la conciencia de la propia finitud para nuestra existencia? En lugar de considerar la muerte como el fin de la vida, podría considerarse más bien como una «transición» desde este mundo físico a algún otro estado de ser.

El máximo enigma de la vida humana es la muerte. Buscamos siempre respuestas a lo que nos cuesta entender. La posibilidad de que no quede nada de nosotros una vez hayamos muerto, nos preocupa. La muerte sigue siendo uno de los grandes tabúes que todavía sufre nuestra sociedad. Hablar de la muerte o incluso pensar en ella nos genera angustia ya que es un hecho del que no podemos escapar. De todas las separaciones, ésta es la más temida, tanto si se trata de nosotros mismos, como de algún ser querido. Casi siempre nos toma por sorpresa, es prematura, inevitable e impredecible. Muy pocas personas mueren en el momento preciso, en el instante en el que ellas mismas desearían morir.

Contemplar la muerte nos da miedo. Nadie sufre por el hecho de estar muerto. Lo que produce malestar es la perspectiva de dejar de existir y de sentir sufrimiento físico, así como el dolor emocional que produce en los seres queridos la muerte de alguien. Buena parte de lo que significa «perecer» tiene que ver con cómo experimentamos la muerte de otros, algo que en la mayoría de los casos nos hace sentir muy mal. La «concepción» que tenemos de la muerte como final o como tránsito, la «creencia» en la continuidad de la vida después de la muerte, actúan como condicionantes en la conducta de los individuos a lo largo de su existencia. La idea de «inmortalidad» y la creencia en el «Más allá» aparecen de una forma u otra en prácticamente todas las sociedades y momentos históricos.

Toda reflexión profunda conlleva una meditación sobre la muerte; se tarda tiempo en entenderla. Nos pasamos la vida pensando en el día de mañana. Y con frecuencia nos olvidamos de que la existencia se termina. La muerte es la gran olvidada en la cultura actual. Ha desaparecido del panorama del pensamiento de la gente. Pero cuando la muerte está realmente próxima, ya no se puede mirar hacia otro lado, entonces aparece la hora de la verdad y se suele experimentar una especial iluminación retrospectiva, son momentos en los que, se quiera o no se quiera, hacemos cuentas con nosotros mismos; es como un foco que nos ayuda a repasar todo lo que ha ido sucediéndonos a lo largo de nuestra vida.

Actitudes ante la muerte

El miedo a la muerte es, por lo que se sabe, un fenómeno universal. Está presente en todas las culturas que han sido estudiadas. Ahora bien, que sea prácticamente imposible valorar positivamente la muerte no significa que debamos resignarnos a sufrir por esta hasta límites insospechados. El temor a la muerte es frecuente entre una gran parte de la población, aunque las formas de enfrentarse a ella difieren mucho de unas personas a otras. Algunos tratan de no hablar de ello, pero padecen una angustia latente, otros procuran vencer su temor evocándola sin cesar y preparándola, mientras que los creyentes apoyándose en la fe confían en la bondad y misericordia divinas.

Las personas tienen ideas muy variadas acerca de la muerte y a menudo sus «creencias» sobre la muerte pueden influir en la manera en que viven sus vidas. El miedo al final es un elemento ancestral que nos une a todos, y cada uno tiene su forma de exorcizarlo, olvidando que en realidad es un acontecimiento intrínsecamente ligado a la vida misma. Hay quienes niegan la muerte por completo y no quieren ni oír hablar de ella. Otros se esfuerzan por llenar cada momento de su tiempo con actividades de trabajo u ocio, cosas que hacer, gente a quien ver. Intentan ocupar la mente en todo momento para no permitirle reflexionar y detenerse en su propio ser. Piensan que solo hay una vida y tratan de que sea lo más plena posible. Luego están aquellos que se preocupan obsesivamente por su salud, casi llegando a la hipocondría. Sus semanas están llenas de citas médicas y pruebas diagnósticas, en la búsqueda constante de un veredicto de buena salud que aleje en lo posible el nefasto suceso. Otras personas, en cambio, ocultan su miedo dedicando toda su vida a los demás.

“¿Qué les enseñamos a nuestros contemporáneos hoy en día sobre la muerte? Que la muerte ocurre lejos de nosotros en los hospitales, que los dolientes no tienen necesariamente que acompañar al ataúd al cementerio, que ya no vemos a la muerte. O, más bien, que la vemos continuamente: personas golpeadas, baleadas o despedazadas en explosiones; hundidas en el fondo del río con los pies envueltos en concreto; tiradas sin vida en la acera, con la cabeza rodando en la cuneta. Pero ésos no son ni prójimos ni queridos: son actores. La muerte es un espectáculo; por supuesto en el cine y la televisión, pero también en la vida real. Devoramos las noticias de los medios sobre la muchacha que fue violada y asesinada, o sobre las víctimas de un asesino serial. No vemos los cuerpos torturados, pues eso nos recordaría a la muerte en sí. Más bien vemos a los amigos llorosos que llevan flores a la escena del crimen u organizan una vigilia a la luz de las velas. O, mucho más sádico, vemos a los reporteros que tocan a la puerta de una madre en duelo para preguntarle qué sintió al enterarse del asesinato de su hija. La muerte en sí se muestra sólo de manera indirecta, a través del dolor de los amigos y los padres, lo que nos afecta menos visceralmente. La muerte ha desaparecido en gran medida de nuestro horizonte de experiencia inmediato. El resultado es que habrá más gente aterrada cuando llegue el momento de enfrentarse al evento que ha sido nuestro destino desde el nacimiento. Un destino que los hombres sabios dedican toda su vida a aceptar.” Umberto Eco (1932-2016), Baile en torno a la muerte.

Otras miradas sobre la vida y la muerte

Sin embargo, hay otras miradas sobre la vida y la muerte, otras maneras de pensar e imaginar al ser humano frente a su muerte y, por lo tanto, frente a su propia vida:

  1. Se ha dicho que la filosofía es, ante todo una meditación de la muerte, una meditación sobre la muerte. Y que las religiones han ofrecido su propia respuesta a esa pregunta, hablando de algún tipo de “salvación” o de “liberación”. Se ha creído en “la resurrección de los muertos”, así como en la “transmigración o reencarnación del alma”. Todo ello implica una concepción que podemos llamar “espiritualista”. Pero también ha habido quienes han vivido convencidos de que con la muerte termina todo, rechazando cualquier tipo de supervivencia post mortem. Esta concepción, que podemos denominar “materialista”, se fue imponiendo a medida que asistíamos al declive de la religión, e incluso de la metafísica. Desde la Modernidad occidental se fue fortaleciendo un cierto positivismo, que ha acompañado al anterior materialismo, y fue reforzado por una actitud cientificista que fue dejando de lado todo pensar que no se atuviera al método científico. Platón dijo que la filosofía era un “ejercitarse en morir”. Comprender lo que quería decir, entender el significado de sus palabras solo es posible teniendo en cuenta su concepción del ser humano y de la realidad. La realidad no se agota, para Platón, en lo que vemos del mundo sensible. Al contrario, este es solo una copia, un reflejo pálido de otra dimensión de la realidad, a la que él llamaba “mundo inteligible”, pero que podemos entender como la dimensión espiritual de la realidad. El mundo físico, sensible, material es como el interior de la caverna, en su famosa alegoría, y sus cosas no son sino una especie de sombras que se reflejan en la pared de dicha caverna. Pero el «sabio», el verdadero filósofo, es el que ha tenido experiencia de otro mundo, otra dimensión de la realidad, que está fuera de la caverna. Y allí encuentra la verdadera realidad, la realidad esencial, los arquetipos de todas las cosas que vemos en este mundo. En esa dimensión no existe ni el espacio ni el tiempo. Y es a esa dimensión espiritual a la que pertenece nuestra “alma”. Como al mundo físico-material pertenece nuestro “cuerpo”. La muerte no es, para Platón, sino “la separación del alma respecto del cuerpo”. El cuerpo es pasajero, efímero, mortal. Pero el alma es eterna, no pertenece a este mundo, está fuera del espacio y es ajena al tiempo. Es infinita y eterna. (Eres inmortal: Experiencias cercanas a la muerte y un mapa del más allá por Vicente Merlo)
  2. “Deja a otros que se dediquen a estudiar cosas de derecho, a la poesía o a hacer silogismos. Tú, dedícate a aprender a morir.Epicteto (55-135 d.C.), Coloquios, II
  3. Séneca: “Así que dan ganas de argumentar a uno de la multitud de ancianos: ‘Vemos que has llegado al extremo de la edad humana, gravita sobre ti el centésimo año o más, venga, haz recuento de tu edad. Calcula cuánto de ese tiempo se ha llevado el acreedor, cuánto la amiga, cuánto el rey, cuánto el cliente, cuánto los pleitos conyugales, cuánto la sujeción de esclavos, cuánto el vagar oficioso por la ciudad. Añade las enfermedades que nos causamos nosotros mismos y el tiempo inutilizado. Verás que dispones de menos años de los que cuentas. Haz memoria de cuándo estuviste seguro de tu propósito, cuántos días se desarrollaron como los habías programado, cuándo dispusiste de ti mismo, cuándo permaneció tu rostro inmutable y tu ánimo indemne, qué has hecho en tu largo tiempo, cuántos saquearon tu vida sin que sintieras la pérdida, cuánto se llevó el dolor vano, la alegría estúpida, el ávido deseo, los cumplidos, y qué poco ha quedado de lo tuyo. Comprenderás que mueres antes de tiempo’. ¿Cuál es entonces la causa de todo eso? Vivís como si fuerais a vivir siempre, nunca recordáis vuestra fragilidad, no observáis cuánto tiempo ha pasado ya. Lo perdéis como si dispusierais de un depósito lleno y rebosante, cuando puede que precisamente ese día dedicado a un hombre o una cosa sea el último. Teméis todo, como si fuerais mortales, y deseáis todo, como si fuerais inmortales. Oirás decir a la mayoría: ‘A los cincuenta años me jubilaré, a los sesenta años me retiraré’. ¿Qué garantía tienes de una vida tan larga? ¿Quién permitirá que sea como dispones? ¿No te da reparo reservarte los restos de la vida y destinar a la sana reflexión sólo el tiempo que no puede emplearse en otra cosa? ¡Qué tarde es empezar a vivir cuando hay que terminar! ¡Qué estúpido olvido de la mortalidad es diferir hasta los cincuenta o sesenta años los buenos propósitos y querer iniciar la vida allá donde pocos llegaron!” Séneca (4 a.C-65 d.C.), “Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad”.
  4. San Agustín: ¿Qué hay de cierto en la tierra, sino la muerte? Fijaos en todo absolutamente lo de esta vida, bueno y malo, tanto en la bondad como en la maldad; ¿qué hay de cierto aquí, sino la muerte? Has progresado: lo que hoy eres, eso sabes; lo que serás mañana no lo sabes. [...] Esperas dinero: no es seguro que llegue. Esperas una esposa: es incierto si la conseguirás, y cómo será la que aceptes. Esperas hijos: no sabemos si nacerán; ya han nacido: no sabes si vivirán; ya están viviendo: no sabes si crecerán para el bien o para el mal. Adonde quiera que te vuelvas, todo es incierto: sólo la muerte es cierta. Eres pobre: no sabes si llegarás a ser rico; eres ignorante: no es seguro que puedas instruirte; estás enfermo: no hay seguridad de que recuperes la salud. Has nacido: con toda seguridad que morirás; pero en esta misma seguridad de la muerte, lo que no es seguro es el día de la muerte. En medio de todas estas incertidumbres, donde sólo es cierta la muerte, aunque sí es incierta su hora, y por la que uno se preocupa tanto, y que de ningún modo se puede evitar, todo hombre inútilmente se afana durante su vida.” “Desde el instante en que comenzamos a existir en este cuerpo mortal, nunca dejamos de tender hacia la muerte. Ésta es la obra de la mutabilidad durante todo el tiempo de la vida (si es que vida debe llamarse): el tender hacia la muerte. No existe nadie que no esté más cercano a la muerte después de un año que antes de él, y mañana más que hoy, y hoy más que ayer, y poco después, más que ahora, y ahora, poco más que antes. Porque el tiempo vivido es un pellizco dado a la vida, y diariamente disminuye lo que resta: de tal forma, que esta vida no es más que una carrera hacia la muerte”. San Agustín (354-430 d.C.), La Ciudad de Dios.
  5. “El animal conoce la muerte tan sólo cuando muere; el hombre se aproxima a su muerte con plena conciencia de ella en cada hora de su vida.Arthur Schopenhauer (1788-1860), Los dolores del mundo.
  6. “El verdadero ser humano no es un cordero, ni un perro ganadero, ni un lobo, ni un pastor, es un rey que lleva consigo su reino y que camina, que sabe dónde va, que llega al borde del abismo, se quita de la cabeza su corona de papel y la arroja, se despoja de su reino y como un buzo, todo desnudo, juntas las manos y los pies, se lanza de cabeza al caos y desaparece. ¿Podría yo alguna vez afrontar el abismo, con esta mirada calma y sin temblar? Nikos Kazantzakis (1883-1957), Carta al Greco.
  7. “Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte.Leonardo da Vinci (14521519).
  8. “El recordar que estaré muerto pronto es la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones en la vida. Porque casi todo —todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo temor a la vergüenza o al fracaso— todas estas cosas simplemente desaparecen al enfrentar la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante. Recordar que uno va a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que hay algo por perder. Ya se está indefenso. No hay razón alguna para no seguir los consejos del corazón”. Steve Jobs (1955-2011), discurso dictado en la Universidad de Stanford, 2005.

Familiarizándonos con la muerte / aprendiendo a morir

Es importante tener una educación para fallecer con dignidad, paz y sin dolor. Cuando recibimos el anuncio de que nuestra vida se acaba, podemos abandonarnos al derrumbe o tratar de hallar cierta paz en la despedida. Para poder morir bien, hay que vivir bien. Platón decía que aprendiendo a morir se aprende a vivir mejor.  La idea de morir es un ruido de fondo que nos acompaña a lo largo de la vida y que hay que saber gestionar. A veces, evitamos lidiar con el malestar que nos produce esta realidad, y optamos simplemente por no pensar en ella. Pero llega un momento en el que es necesario plantearse la pregunta: ¿cómo afrontar la muerte?

Asumir que lo normal es no vivir: a causa de nuestra tendencia a construir un fuerte sentido de la identidad formado por la memoria autobiográfica de cada uno, damos por sentado que lo normal es existir, poder mirar de tú a tú a la misma naturaleza que seguirá estando ahí durante cientos de millones de años. Es necesario asumir que nuestra consciencia y sentido de la identidad no son más que frágiles realidades montadas sobre un complejo entramado de procesos corporales que no tienen por qué funcionar siempre, que pueden acabar. Como seres humanos no tenemos ninguna capacidad de controlar voluntariamente todos los procesos biológicos necesarios para mantenernos con vida; es algo que, simplemente, escapa a nuestros intereses, y por consiguiente por mucho que nos esforcemos no podemos evitar que el fin de la vida nos alcance.

  • "En lo que nace, tanto podemos sentir lo que nace como pensar lo que ha de morir." Fernando Pessoa (1888-1935), El libro del desasosiego.
  • “En el momento de la muerte, la misma situación es una ayuda para que el hombre llegue a toda la sinceridad de que es capaz.” S. Kierkegaard (1813-1855), Diario.
  • “Sal de este mundo como has entrado. El mismo tránsito que hiciste de la muerte a la vida, sin sufrimiento y sin miedo, vuélvelo a hacer de la vida a la muerte.

Aprender a morir es aprender a vivir intensamente, sin la sombra del miedo a la muerte. Si conociéramos mejor cómo funciona, la temeríamos menos y la veríamos con mucha más serenidad. Hay que pensar que lo más importante en la vida es no conceder importancia a las cosas que no la tienen. El mejor remedio para evitar la neurosis de la muerte es precisamente la serenidad. Es decir, una introspección mediante la que se alcanza la distancia necesaria sobre la muerte y los pensamientos asociados a ella. Numerosos estudios psicológicos han demostrado que el aprendizaje de la serenidad es posible y que ésta constituye un elemento que contribuye a la buena salud física y mental. En el torbellino de la vida, “es indispensable reservarse un tiempo para uno mismo, para la reflexión o la meditación”. Aprender a morir consiste, primero en desapegarse de todo lo que ofrece el mundo material, comprendiendo que han sido estímulos y herramientas para el trabajo que nos propusimos ejecutar antes de bajar a la presente vida. Entender que los afectos humanos significan la unión con las almas con las que decidimos interactuar en esta experiencia para avanzar en nuestra evolución. Otra cosa que ayuda a enfrentar la muerte con calma es vivir en el presente, sin arrastrar los sucesos del pasado, ya sean éstos agradables o desagradables, ni vivir en la fantasía de lo que todavía no sucede. El presente es la única realidad de la que disponemos y si a esto se aúna la aceptación de lo que nos ocurre, sabiendo que siempre se trata de condiciones que traen implícitas enseñanzas, viviremos en la paz interna.

De lo que se trata es de erradicar el miedo a la muerte sabiendo que en realidad no existe, que seguimos viviendo después de dejar el cuerpo y que la vida que nos espera es maravillosa, llena de amor y armonía. Si lo entendiéramos así, ya no habría lugar al miedo sino a la esperanza en una vida muy superior.

Aceptar cómo hemos vivido. Hay varias maneras de hacer que el impacto negativo del fin de la vida quede amortiguado, y todas ellas pasan por la aceptación. Todos sabemos que somos seres temporales. Y también somos conscientes de que algún día llegará nuestra despedida de la vida y de las personas que queremos. Aceptar y agradecer lo que ha sido nuestra existencia y tratar de cerrar temas pendientes con las personas queridas puede reconciliarnos con nosotros mismos y dejar una huella imborrable en el corazón de los demás. Los temas pendientes con los otros son, a veces, los más difíciles de abordar. Se trata de decir lo no dicho, tanto lo agradable como lo no agradable. No es bueno dejarse emociones y sentimientos en la trastienda. Estar bien con uno mismo es aceptar cómo hemos vivido hasta ahora, sean cuales sean las experiencias que hayamos tenido. Alegrarnos y sentirnos orgullosos de lo que hemos hecho y conseguido, tanto a nivel psicológico como material. Y, sobre todo, no lamentar lo que no hayamos conseguido, los sueños que no hayamos podido cumplir o lo que, pasado el tiempo, pensamos que ha estado equivocado o mal. Cada cosa, positiva o menos positiva, nos ha ayudado a ser quienes somos: ese ser único e irrepetible que siempre, y de muchos modos, ha enriquecido la vida de quienes le rodean, aunque, a veces, haya sido a través del sufrimiento. Porque, aunque nos resulte difícil de creer, incluso los momentos poco positivos han ayudado de alguna manera tanto a quienes han recibido nuestros desaires como a nosotros mismos. Enfrentarse a la muerte es un proceso muy duro, con altibajos emocionales. No obstante, para la mayoría de las personas, es un periodo de acceso a una nueva comprensión y a un crecimiento personal. El hecho de enfrentarse a las heridas del pasado, el restablecimiento de las relaciones y el hecho de preocuparse por los seres queridos permite que las personas moribundas y sus familiares alcancen a menudo una profunda tranquilidad interior.

El duelo es un proceso normal que suele empezar ante el pronóstico de muerte. Según Elisabeth Kübler-Ross, una pionera en los estudios sobre la muerte y la agonía, las personas en fase terminal suelen pasar por los siguientes cinco estadios emocionales: negación, rabia, negociación, depresión y aceptación. Estas etapas se experimentan más o menos en orden secuencial. Sin embargo, pueden darse en cualquier orden. En la fase de negación las personas pueden actuar, hablar o pensar como si el pronóstico no fuera mortal. La negación suele ser una respuesta temporal para sobrellevar el miedo ante la pérdida de capacidades, la separación de sus seres queridos, la incertidumbre del futuro y el sufrimiento. Hablar con un médico o con otros profesionales de la salud puede ayudar a la persona moribunda a comprender que la situación estará bajo control y que tendrán el bienestar y el consuelo necesarios. La rabia puede manifestarse como resistencia a la injusticia: «¿Por qué yo?» La negociación puede ser una especie de razonamiento con la muerte, mirando de conseguir algo más de tiempo. Cuando la persona en fase terminal se da cuenta de que la negociación y otras estrategias no sirven de nada, pueden caer en un estado de depresión. La aceptación, descrita a menudo como enfrentamiento a lo inevitable, puede aparecer después de conversaciones con la familia, los amigos y los profesionales sanitarios.

Una nueva imagen de la muerte

La muerte: el tránsito a otra dimensión, a otro plano de existencia. La física cuántica ha demostrado ampliamente que la realidad es mucho más de lo que podemos percibir y explicar empíricamente, pero los científicos persisten en pensar que la muerte es el final de todo. La muerte, tal y como creemos que es, no existe. No es el final de todo sino una transformación de estado, un cambio de conciencia y de forma de existencia. La muerte es solo un nuevo viaje que emprende nuestra alma hacia nuevas formas de existencia. (ver aquí)

Sería muy útil cambiar el concepto que tenemos de la muerte en nuestro mundo occidental, ya que el hecho de intentar comprenderla y conocerla no solo reduce el miedo que le tenemos, sino que puede ayudarnos a vivir mejor nuestra existencia presente. El consuelo que nos brinda la posibilidad de que la conciencia siga existiendo más allá del momento en que nuestro cuerpo parte para «el más allá» y saber que podemos encontrarnos con nuestros seres queridos en ese inevitable destino representan una poderosa herramienta para enfocar de otra manera nuestra vida actual.

Hoy contamos con diversidad de evidencias científicas que nos inducen a pensar que la muerte no es el final, que la conciencia (supraconciencia) es independiente de la actividad neuronal porque perdura más allá de la muerte física. Hay estudios científicos probados de que nuestra conciencia sobrevive a la muerte de nuestro cerebro, que nos hacen pensar que somos más que un cuerpo físico… Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) son un fenómeno del que ya se ha informado hace más de tres mil años y común a las más diversas culturas, creencias y religiones. Las revelaciones que nos ofrecen millones de personas que a lo largo de la historia han experimentado una ECM, la investigación científica sobre las mismas, los estudios actuales sobre la continuidad de la existencia en otras dimensiones tras la muerte física y la diversidad de manifestaciones de la conciencia (supraconciencia) se están divulgando a escala planetaria y la imagen de la muerte que nos muestran es muy diferente a las «creencias» populares tradicionales.

Hasta la fecha, cientos de miles de personas han experimentado una ECM, como pueden confirmar muchos médicos o profesionales de la salud. Y estas personas han regresado, muchas veces en contra de sus deseos, porque dijeron que con mucho gusto se habrían quedado al otro lado, para decirnos que la muerte es una experiencia completamente diferente de lo que pensamos o imaginamos. Algunos de ellos afirmaron que se percibían a sí mismos externamente a sus cuerpos. Otros contaron que viajaron a velocidad supersónica a otra dimensión o tuvieron la oportunidad de revivir y evaluar objetivamente los puntos más destacados de su existencia. Muchos de ellos describieron cómo en esos momentos se sintieron acompañados por seres o entes compasivos y benévolos que los guiaron y ayudaron durante su extraño viaje.

La muerte es un momento especial dentro de nuestro proceso vital. Representa la última fase de nuestra vida física. Es un momento de aceptar, de abrazar, de entregarse y, curiosamente, también de tener más perspectiva sobre los hechos y las cosas. Sin duda, la idea de que un momento temido como el final de nuestra vida es en realidad una experiencia placentera puede ofrecernos mucho consuelo. De gran ayuda son los comentarios de miles de personas que atestiguan que en los momentos previos a nuestra partida la conciencia parece casi expandirse hasta alcanzar niveles de conocimiento impensables hasta ese momento. Momentos antes de que el cuerpo deje de vivir, la conciencia adquiriere un estado diferente que puede definirse como «superior». Morir es una gran paradoja ya que el cuerpo físico está en decadencia, pero la parte espiritual está más viva que nunca. Las personas que tienen experiencias relacionadas con el final de la vida demuestran claramente estos signos de crecimiento positivo. Todas estas personas cuentan, si no exactamente lo mismo, al menos hechos muy similares. Llama especialmente la atención el hecho de que el momento de la transición sea descrito de manera muy similar tanto por quienes han tenido una ECM como por quienes han vivido una regresión y experimentado el cambio de estado al final de la vida. Los miles de personas que han contado su experiencia clínica cercana a la muerte coinciden en que más allá de la vida física nos espera algo maravilloso. Entre los puntos en común, la presencia de una energía llena de amor, una voz amiga, la visita de un ser querido vivo o fallecido, la salida del cuerpo y la tranquilidad de una luz que proporciona seguridad o un lugar oscuro pero seguro. Un estado de inmensa paz y dicha durante el cual comprendemos verdaderamente el amor que nos une a todos sin distinción y del cual estamos compuestos.

La muerte es sólo un paso a otra dimensión, a la verdadera vida. La actitud hacia la muerte cambia en muchos de los sujetos que viven una ECM. «Las ECM son una cura para el sufrimiento porque sugieren que la conciencia trasciende el cerebro y el cuerpo moribundo. Quienes han experimentado una ECM lo aprenden durante su vivencia, y regresan con la permanente ausencia del miedo a la muerte y la certeza de la inmortalidad». La muerte no es el final de nada, sino que, simplemente, lejos de ser un final, es un tránsito mediante el cual nos desprendemos del cuerpo físico y liberados del cuerpo (materia) nos encontramos, de nuevo, como el ser espiritual que realmente somos y en ese plano vibratorio en el que no existe el tiempo ni el espacio. El nivel vibratorio hace referencia a la manifestación en el plano energético del estado evolutivo del espíritu. Somos seres espirituales efectuando una experiencia de aprendizaje en el mundo físico que, para podernos desenvolvernos en él, necesitamos de un cuerpo físico. Cuando acabamos con lo que nos propusimos experimentar al bajar a la densidad del mundo material (misión existencial), dejamos el “vestido” que nos sirvió para manifestarnos y regresamos a nuestra auténtica morada. La muerte supone abandonar el cuerpo físico, volver a nuestro estado real como seres espirituales, que es lo que somos, para integrarnos en el mundo de la Luz, ese estado originario del que vinimos y al que pertenecemos para seguir avanzando y ascendiendo por los distintos planos de existencia en nuestra evolución espiritual.

El ser humano anhela unirse a aquello de lo que se ha separado, la unión con el Todo. No importa quién sea o cómo sea, esa unión nos es necesaria para experimentar el complemento de nuestro ser que se siente incompleto. Este sentimiento proviene de la dualidad que vivimos en la tercera dimensión, al creernos separados de nuestro Creador y de cuanto existe. La muerte (el fin de nuestra existencia) no existe ya que somos eternos. Nos originamos en la Fuente de Toda Vida a la que le llamamos Dios, Creador, Conciencia Universal, que siempre ha sido y siempre será. 

Uno de los mayores temores del ser humano, acostumbrado a vivir preso de su propio ego, es precisamente la posible pérdida de la individualidad y el fin del yo. Pero nada más lejos de la realidad, no debemos tener tal temor. Por lo que parece, cuando morimos no dejamos de ser nosotros mismos en absoluto. Al contrario, nos transformamos en todo y nos convertimos en parte del Todo manteniendo la percepción de nuestra identidad. Uno de los aspectos más fascinante de las historias que cuentan quienes han vivido una ECM es el sentido de unidad con el Todo, poder adquirir un conocimiento ilimitado y percibir cualquier cosa del universo como parte de uno mismo, la conciencia de que hay fuerzas invisibles mucho más grandes que nosotros que nos aman y nos protegen.

¿Qué pasa tras la muerte física? ¿Y qué es lo que ocurre después de morir? El espíritu se desprende del cuerpo físico y regresa al mundo espiritual, que es de donde ha venido. Es decir, continúa su vida sin estar ligado a la materia. Dicho de otro modo, el espíritu procedente del mundo espiritual se liga al mundo físico, encarnando en un recién nacido, pasando una etapa encarnado físicamente, hasta que se produce la muerte de su cuerpo. Es ese momento se desvincula de él y regresa al mundo espiritual. En el momento en que el cuerpo deja de funcionar, el alma sale de él y empieza su trayectoria hacia el mundo espiritual. El individuo se encuentra de pronto con que está vivo, consciente y en algunas ocasiones, desorientado. Pero si su deseo es ir a Dios, de inmediato se abrirá ante él una Luz intensísima que lo cubrirá con infinito amor y lo llevará a donde le corresponde estar en el mundo espiritual, que es la verdadera vida. Sin embargo, en ocasiones, hay diferentes razones que les impiden a algunas almas acceder a la Luz. Nuestro estado de conciencia es el que se encargará de la reacción que se tenga ante ese paso. El apego a lo material y a los afectos que se dejan es otro factor muy negativo, ya que el alma se queda estancada en ese limbo en el que ya no se puede manifestar y al mismo tiempo, no logra ver la Luz que se le ofrece desde el mundo espiritual porque su corazón y sus pensamientos están en el plano material. A medida que el espíritu evoluciona, es decir, se va desprendiendo del egoísmo y se vuelve más amoroso, su actuación en el amor le hace aumentar su frecuencia vibratoria, lo cual le permite ascender hacia los planos vibratorios superiores que están de acuerdo con su nuevo nivel evolutivo.

El miedo a la muerte nos hace vivir la vida en continuos apuros en busca de la satisfacción material de algo que no lo es. Tanto las regresiones como las ECM nos muestran que las únicas cosas que sobreviven a la muerte son el amor y las relaciones que hemos podido construir y nutrir con los demás, ya que nuestras conciencias están todas interconectadas. Y en esa otra dimensión volvemos a unirnos con aquellos a los que hemos amado. La muerte física es solo un hasta pronto, ya que las almas que se aman de manera tan profunda vuelven a encontrarse durante otras muchas vidas.

Tenemos que entender que en realidad la muerte no existe, que nuestro verdadero ser es eterno y que ésta es solamente el paso de una forma de vida a otra, que es la verdadera, después del término de una de las tantas vidas que hemos tenido en el mundo físico. A lo largo de las diversas vidas por las que transcurre nuestra existencia (reencarnación) tenemos la oportunidad de experimentar muchos roles, con frecuencia complementarios, para a través de ellos aprender la lección más importante de todas para nuestra alma, a saber, la Ley que impera y permea todo el Universo: el Amor. Se avanza cuando el espíritu se armoniza con la ley del Amor, porque comprende y comparte esa ley y actúa en armonía con ella.

Elaboración a partir de materiales diversos


Ver también:

La muerte no es el final

El periplo del «Alma»: el recorrido infinito, eterno, del «Alma»

sección: LA MORT NO ÉS EL FINAL


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