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Situación postmoderna: del materialismo al cultivo de la interioridad

El poder del sistema capitalista es formidable: su mayor logro es la colonización del pensamiento y de los actos cotidianos de cada uno, la fagotización de nuestras mentes, la “conversión” de cada uno de nosotros a su modo de pensar y hacer (ver aquí). Asociado con el consumismo y el materialismo nos ha hecho creer que la acumulación de bienes materiales y el consumismo constituyen nuestra meta, nos traerán la felicidad, el verdadero horizonte para una vida plena y feliz. Este es el nefasto y humanamente depauperante horizonte existencial en el que la cosmovisión e ideología capitalista/materialista nos tiene atrapados, marcando así los horizontes existenciales en los que tanta gente incurre y tantos ciudadanos inconscientemente viven todavía atrapados.

A. GOSWAMI (infatigable divulgador y popularizador de la física cuántica y en lograr una combinación de la física cuántica con la espiritualidad), en su obra «El universo autoconsciente», escribe: Hace varias décadas, el psicólogo estadounidense Abraham Maslow formuló la idea de una jerarquía de necesidades. Después de satisfacer las necesidades básicas de supervivencia, los seres humanos pueden luchar para satisfacer necesidades de nivel superior. En opinión de Maslow, la más importante de estas necesidades es de naturaleza espiritual: el deseo de autoindividuación, de conocimiento de uno mismo al nivel más profundo posible. Dado que muchos ya han dejado atrás los peldaños inferiores de la escala de necesidades de Maslow, uno esperaría verlos ascender con entusiasmo los peldaños superiores de la autoindividuación o el logro espiritual. Maslow olvidó tener en cuenta las consecuencias del innegable materialismo dominante en la cultura occidental actual. La mayoría de los occidentales aceptan como verdad científica que vivimos en un mundo materialista, un mundo en el que todo está hecho de materia, lo que constituiría la realidad fundamental. En este mundo proliferan las necesidades materiales, con el resultado de que no deseamos progreso espiritual, sino más cosas, más grandes y mejores: autos más grandes, mejores casas, la última moda, formas sorprendentes de entretenimiento y una vertiginosa borrachera de bienes tecnológicos, existentes y los futuros. En un mundo así, las necesidades espirituales a menudo pasan desapercibidas o se subliman y emergen a la superficie. Si sólo la materia es real, como el materialismo nos ha enseñado a creer, entonces las posesiones materiales constituirán el único fundamento razonable para la felicidad y la buena vida. Por supuesto, las religiones, los maestros espirituales y las tradiciones artísticas y literarias nos enseñan que esto no es cierto. Por el contrario, predican que el materialismo conduce, en el mejor de los casos, a una saciedad nociva y, en el peor, al crimen, la enfermedad y otros males. La mayoría de los occidentales aceptan estas creencias contradictorias y viven en un estado de ambivalencia, participando en la cultura consumista vorazmente materialista pero despreciándose secretamente a sí mismos por esa actitud. Aquellos de nosotros que todavía nos consideramos religiosos no podemos ignorar por completo el hecho de que, aunque con palabras y pensamientos todavía adoramos la religión, con demasiada frecuencia, lo que hacemos contradice nuestro propósito: no hemos logrado interiorizar verdaderamente ni siquiera las enseñanzas más básicas de las religiones, como el amor por los demás. Otros resuelven su disonancia cognitiva adoptando un fundamentalismo religioso o un cientificismo igualmente fundamentalista. En resumen, vivimos en una crisis, no tanto de fe sino de confusión.

Desde el nuevo paradigma «post-materialista» se viene a afirmar que somos «seres espirituales» encarnados en un cuerpo físico. El individuo no solo tiene una dimensión personal, material, física,  sino también una dimensión trascendental o espiritual. En nuestra cultura nos hemos olvidado prácticamente de cultivar la vida del espíritu. Sin embargo, sólo la vida del espíritu confiere plenitud al ser humano. El interés o el anhelo por la dimensión espiritual de la existencia: la vida esconde mucha más profundidad de la que captamos y no nos resignamos a ser meras piezas de producción y consumo (X. Melloni). Sólo la vida del espíritu confiere plenitud al ser humano. Es a través de la espiritualidad que podemos experimentar un despertar de la conciencia, una transformación interior que nos permite vivir en armonía con nosotros mismos, los demás y el mundo que nos rodea.

La cultura moderna se preocupa de boquilla por la persona individual, pero el individuo al que se ensalza es una caricatura incompleta y fragmentada si se compara con el ser humano tal y como se entiende en las grandes tradiciones sagradas. Este individuo es un ser cuya verdadera humanidad ha sido reducida, si no destruida, por una maquinaria materialista de consumo. Es un ser cada vez más tóxico, desconectado de su propia Fuente original de curación. Es un ser alejado de lo sagrado, un ser que vive principalmente para satisfacer sus propios deseos distorsionados. (Fuente: H. HELMINSKI: El corazón sabe)

  1. Las necesidades reales y esenciales del ser humano no han cambiado mucho a lo largo de los siglos. «La perfección humana reside en esto, que el amor a Dios debe conquistar el corazón humano y habitarlo por completo, e incluso si no lo habita por completo, debería predominar en el corazón sobre el amor a todas las cosas». Para comprender esta afirmación, debemos entender que esta palabra Dios tiene los siguientes sinónimos: Realidad, la Fuente de la Vida, el Estado más Sutil de Todo. El amor Dios es el amor a la Verdad más grande. Esta búsqueda está relacionada con la Realidad, no con la religión. El amor a Dios es nuestra relación esencial con lo que es más real.
  2. Lo que tal vez ha cambiado a lo largo de los siglos es la forma y la presión de esas fuerzas que podrían reemplazar en el corazón el amor a lo Real, el amor a Dios. Y lo que puede continuar cambiando es que los seres humanos lleguen a ignorar el concepto de amor a Dios como requisito para alcanzar la perfección y el bienestar humanos.
  3. Hubo un tiempo en el que las personas se sentían parte de un orden cósmico que ofrecía un camino directo hacia la salvación, la verdad o la iluminación. En ese tiempo, antes de que se marginara la verdad espiritu, el amor y la misericordia divinos incluían a cualquiera. sin importar sus circunstancias.
  4. Corren tiempos de incertidumbre espiritual y grandes contradicciones. Observamos señales de colapso cultural y anhelamos un atisbo de esperanza. Vivimos con ansiedades y remordimientos desconocidos. Una corriente subterránea de vergüenza y baja estima fluye justo debajo de la superficie de nuestras vidas ajetreadas.
  5. Tratamos de encontrar satisfacción cósmica en un estilo de vida, una carrera profesional, la imagen que tenemos de nosotros mismos, o una relación romántica. Algunos recurren a terapeutas para lograr la aceptación personal, el perdón y la comprensión. A pesar de habernos liberado del juicio divino, nos persigue la culpa existencial que rechaza la propiciación.
  6. La servidumbre a las formas religiosas está desapareciendo rápidamente, para ser sustituida solo por el culto al yo o una huida compulsiva del yo.
  7. El culto al yo se enmascara de muchas formas: moda, forma física, carrera profesional. Amplios sectores están al servicio de la evasión del yo, moldeando cada vez más nuestras vidas: deporte a nivel profesional, alcohol y narcóticos, juegos de azar, medios de comunicación masiva, y entretenimiento de contenido sexual y violento. Todo lo que nos unifica es una «cultura» artificial impulsada por el dinero.
  8. Muchos intentan crear su propia cosmovisión espiritual personal a través de un muestreo de lo que las grandes tradiciones ofrecen. Es difícil recordar lo sagrado en medio del día a día».
  9. ¿Qué es lo que estamos buscando? Nuestra condición de seres humanos hace que vivamos en un mundo de dolor y muerte. Ningún placer, por grande que sea, puede negar esta realidad. tenemos lidiar de algún modo con nuestro propio ser animal. Tratamos de saber cuál de nuestros deseos puede ofrecernos un bienestar auténtico y quizás duradero. Intentamos saber cuándo y cuánto es suficiente; y, sin embargo, este yo animal tiene deseos sin fin. Nuestro ego es insaciable.
  10. En la actualidad, nuestros sistemas de valores culturales están entre los menos espirituales de los que ha dispuesto nunca una colectividad humana. Nuestra razón de ser se ha reducido a un modo de funcionamiento inconsciente: conseguir un trabajo que nos permita comprar lo que queremos, pasar por la vida con un mínimo de dolor e incomodidad.
  11. Continuamos teniendo un problema existencial. Incluso aunque seamos libres para satisfacer nuestros deseos, nos sigue faltando algo para completar y dar sentido a nuestras vidas. Tenemos un sentimiento de contracción existencial, baja estima, culpa y pecado.
  12. Esta contracción existencial es el propio «yo», desconectado de las dimensiones espirituales de la Realidad. Nos convertimos en este «yo» que busca placer y evita el dolor. Para protegernos, creamos nuestro propio mundo, tratando inconscientemente de convertirnos en los soberanos absolutos de nuestro propio reino psicológico y material. Nos esforzamos por consolidar nuestros poderes para poder conseguir lo que queremos y evitar lo que no queremos. Este es el plan y la estrategia del «yo».  Incluso aunque se cumplan nuestros deseos, y experimentemos lo que llamamos «felicidad», no podemos evitar preguntarnos si esto es real y durará.    
  13. Nos relacionamos con el mundo a través de nuestro «yo». La gran mayoría de los seres humanos viven distanciados, de la realidad espiritual y de su propia esencia. En lugar de vivir la vida en primera persona y conocerse sin ambages, filtran toda vivencia a través de capas de condicionamiento mental y emocional bajo la forma de tergiversaciones subjetivas, mecanismos de defensa, prejuicios culturales. Creemos ser este gran engranaje de distorsión. Vivimos en una «realidad virtual» creada por nosotros mismos, y no nos conocemos porque siempre hemos estado disfrazados, siempre conectados al programa, siempre vueltos hacia la pantalla de la fantasía. En el mejor de los casos, las mentes de las personas están llenas de todo menos de la verdad: imágenes de la cultura consumista, deseos creados, supersticiones, alucinaciones, creencias, aversión a las convicciones, los clichés del individualismo neurótico. En el peor de los casos, las mentes humanas pueden estar ocupadas por psicosis nacionalistas colectivas, fanatismo, racismo, tribalismo o fundamentalismo religioso. Las mentes de las personas están llenas de todo menos de la verdad: imágenes de la cultura consumista, deseos creados, supersticiones, alucinaciones, creencias, aversión a las convicciones, los clichés del individualismo neurótico
  14. La purificación de la conciencia: a causa de estas continuas distracciones, los seres humanos no pueden entender el momento presente y la verdad que contiene. La enseñanza y transformación espiritual debería minimizar, en primer lugar, nuestras deformaciones subjetivas o, en otras palabras, aumentar la objetividad de nuestra conciencia. Al existir estas alteraciones en cada esfera de nuestras vidas, la reeducación debe aplicarse a todas las áreas de nuestras vidas. Solo con la meditación no sería suficiente. Debemos introducir una nueva conciencia en todas nuestras relaciones y actividades.
  15. La realidad humana plena incluye la realidad transpersonal, pero al habernos fragmentado, excluimos la realidad verdadera. Nos centramos en las partes. Consideramos al individuo como la unidad final de lo real, e ignoramos el hecho de que una vida y conciencia comunes fluyen a través de cada uno de nosotros. Cuando se trata de nosotros mismos, fantaseamos con nuestra independencia psicológica singular, negando que dependamos de una Realidad Invisible y una dimensión transpersonal humana común. Intentamos vivir como si estuviéramos solos.Todo en la vida es interdependiente.
  16. Vivimos en un estado psicológicamente fragmentado, un estado de conflictos internos continuos entre |as partes de nosotros mismos. Hemos perdido el principio de unidad dentro de nosotros.  Somos «multi egocéntricos», porque tenemos muchos yoes y no hemos conocido nuestro yo esencial. Debido a que estamos fragmentados y en conflicto dentro de nosotros mismos, vivimos socialmente como fragmentos en conflicto entre nosotros.
  17.  Los seres humanos anhelamos entregarnos a algo grandioso y que nos acepte en su grandeza. Algunas personas únicamente se entregan a, su propio interés imaginario. Algunos a algún ideal social, otros a |a belleza, al amor de la familia, a la fe religiosa. Muchas de las cosas a las que los seres humanos se entregaron en el pasado han dejado de ser relevantes o han sido deslegitimadas. Vivimos en una época en la que muchas personas intentan inventar sus propios valores y creencias porque los que existen ya no resultan convincentes para sus almas.
  18. Algunas personas sienten que el propósito de la vida es ofrecer la propia vida como un regalo al Ser en sí mismo. Solo las personas más fuertes pueden hacer esto. El resto se conforma con las satisfacciones menores que les proporcionan las ambiciones y los roles sociales convencionales.
  19. Son pocos los seres humanos que pueden activar la pasión por la vida que conduce a la autoexpresión creativa y, al mismo tiempo, entregar sus vidas como un regalo al Poder Creativo del Ser.
  20. Una espiritualidad adecuada para nuestro tiempo. Estamos buscando una espiritualidad apropiada para los tempos en que vivimos. Necesitamos una perspectiva que no solo nos permita captar la realidad de nuestras vidas, sino que nos anime a expresar de forma más completa nuestra condición humana. El desafío espiritual de nuestro tiempo es comprender nuestra sagrada calidad de humanos.

Fuente: H. HELMINSKI: El corazón sabe


Ver también:

Los males de nuestro tiempo

El pernicioso influjo del materialismo

La importancia fundamental de la vida del espíritu

INTERIORITAT, ESPIRITUALITATS, SAVIESA


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