La clase política
Una sociedad realmente civilizada y avanzada debería aspirar a la «vida buena». Pero sólo si el «político» se convierte en virtuoso, en «sabio», en amante de la auténtica sabiduría puede construirse la verdadera ciudad, es decir, el Estado auténticamente fundamentado sobre el supremo valor de la justicia y del bien.
Platón aspiraba a construir una sociedad de ciudadanos felices. Su finalidad: procurar la felicidad de todos los ciudadanos. Comprendió que los ciudadanos serían felices si fueran gobernados por la persona más sabia y justa.
- Los ciudadanos serán felices si son gobernados por las personas más «sabias» y «justas»
- Platón dijo que el verdadero arte de la política es el arte que se cuida del alma y la convierte en lo más virtuosa posible.
Se supone que la democracia es una escuela de valores, un modelo basado en la división de poderes, el debate público y la participación popular, el cual termina forjando una cultura determinada que podría denominarse «ciudadana» que termina por permearnos a todos. Sin embargo, el debate público se ha empobrecido significativamente. Algunos poderes del Estado parecen estar más preocupados por apuntalar al régimen que por reconocer y respetar la verdad. Enfrentamiento entre poderes del Estado e instituciones cuya calidad e imagen ante la ciudadanía se ve resentida. Corrupción, compadreo con determinados sectores del poder económico y mediático. Falta de soluciones prácticas en casos de urgente necesidad… son, por tanto, cuestiones mayoritariamente achacables a los políticos que nos gobiernan. Ese descrédito de los políticos se expresa también en momentos especialmente sensibles como son las elecciones con cada vez una mayor abstención, más voto en blanco y más voto nulo como consecuencia del hartazgo general de la población. La partitocracia constituye una deformación sistemática de la democracia.
¡Cómo contrasta el hacer de nuestros gobernantes políticos con nobles experiencias «políticas» desarrolladas en otras épocas! Una sociedad realmente civilizada y avanzada debería aspirar a la «vida buena». Pero sólo si el «político» se convierte en virtuoso, en «filósofo», es decir, en amante de la auténtica sabiduría («sabio») puede construirse la verdadera ciudad, es decir, el Estado auténticamente fundamentado sobre el supremo valor de la justicia y del bien. ¿Es ésa nuestra situación? Verdaderamente en nuestros días nos hallamos faltos de unos políticos de talla, convirtiéndose en meros gestores de la cosa pública, políticos de aparador, ni mucho menos recios hombres de Estado capaces de afrontar con decoro los problemas urgentes de nuestra sociedad.
Una clase política francamente mejorable
Tiempos revueltos en España y no sólo en el aspecto meteorológico. El ambiente político también anda agitado. Presuntos indicios de corrupción en ámbitos cercanos al gobierno socialista, Por parte del primer partido de la oposición intentos a la desesperada para llegar al poder aprovechando cualquier resquicio para desgastar al gobierno… Una extrema derecha, reducto de los elementos más ultras, mordiéndose las uñas para “ponernos a todos en cintura”… ¿Qué piensa la gente sobre la influencia de la acción política sobre sus vidas cotidianas, sobre sus problemas del día a día? ¿Qué piensa la ciudadanía sobre los partidos políticos? ¿Qué opinión le merece la actuación de los partidos políticos en la vida pública? ¿Y de los políticos y la «clase política» en general, qué opinan?
A los problemas propios de cualquier sociedad avanzada, la «clase política», el tipo de políticos que tenemos, es uno de los problemas que figuran también entre las preocupaciones de los españoles. En la población se constata una importante desafección respecto a sus políticos. Hay un claro desapego y desconfianza en la clase política para responder a los problemas del país y mejorar las condiciones de la vida diaria. Un importante porcentaje de los ciudadanos desconfía de la acción de los partidos políticos. En una encuesta realizada no hace demasiado tiempo a niños y niñas, de entre 12 y 17 años, a lo largo de todo el territorio español para conocer el nivel de confianza que la clase política inspira en la infancia, los resultados muestran que 9 de cada 10 niños no confían en los políticos. La clase política que tenemos está degenerando y su actuación como colectivo es francamente mejorable: un gobierno socialmente progresista, pero en ciertos aspectos ideológicamente echado al monte. Una oposición con una concepción de España muy estrecha y en la que parece que solo caben ellos, que se presenta como garantía de buena gestión pero que está por demostrar (¿qué ha sucedido en la Dana de Valencia?), sin un verdadero proyecto de Estado explícitamente presentado, corrupción política, prebendas, privilegios… Una clase política, que ha ido degradándose y sobre todo preocupada por su supervivencia. Un pequeño detalle pero revelador: observando a algunos de ellos previamente a su participación en la vida pública y comparando su semblante antes, durante y tras el paso por la política, su rostro habla por sí solo. Unos políticos, sobre todo de derechas, cuya extracción social contemplando el lustre de sus rostros hablan por sí solos y por tanto también del tipo de entorno social del que proceden y en el que se mueven como peces en el agua… Estamos en manos de una clase política muy poco competente, que necesita del conflicto y la confrontación para sobrevivir, enervando así la crispación entre la ciudadanía. El sistema ha derivado en unos profesionales de la política que sobre todo miran por el interés de su partido, que a su vez es el suyo propio individual. Nos hallamos inmersos en una auténtica partitocracia, dominada por dos grandes partidos principales baluartes del régimen del 78, en la que la mayoría de la ciudadanía apenas interviene en la acción pública, sólo votando cada cuatro años.
El ciudadano de a pie en general quizás no detesta tanto "al político" particular, individual (que en algunos casos por su mentalidad disruptiva también), detesta más a "la clase política" como grupo. La «clase», como estamento social o casta privilegiada, como grupo cuyo comportamiento general es manifiestamente mejorable, una casta que ante problemas que le puedan afectar directamente todos reaccionan de forma similar independientemente del espectro ideológico en el que se hallen situados: ocupados en tapar sus vergüenzas, escasa transparencia, criminalización del adversario político… Los más a la derecha con unos dirigentes políticos tramontanos y con algunas de sus propuestas más ultras impresentables, y una izquierda carcomida por unos sesgos ideológicos plagados de verborrea, y los más a la izquierda diferenciándose poco de los partidos que se suelen alternar en la poltrona. La misma demagogia, la misma pedantería, el mismo tono forzado, falso y altanero en sus discursos, la misma representación teatral cara a la galería y el mismo circo ante los medios y ante la opinión pública. Lejos de mirar por el "bien común" se muestran preferentemente enrocados en la conquista pura y dura del poder. El intento de manipulación, la abducción sutil de la voluntad popular con la complicidad y la ayuda inestimable de los medios afines, la reiterada machaconería con determinados temas y mensajes, cuando no con la propaganda burda… tiene ese objetivo. Unos y otros, izquierdas, derecha o extrema derecha intentan marcar la agenda política a conveniencia para su estrategia partidista con cuestiones y problemáticas reales o artificiosamente creadas previamente predefinidas. Periódicamente a los ciudadanos se nos bombardea con cuestiones y mensajes que parecen más pensados para abducir mentes débiles que dirigidos a ciudadanos adultos y mínimamente formados. Nos encontramos con unos partidos políticos que interesados en arañar votos están más pendientes de los sondeos y encuestas de opinión que de solucionar los problemas concretos de la gente y ser coherentes y consecuentes con la verdad. Y unos políticos, en fin, alejados de un deseable y coherente virtuosismo personal. No hay duda que la altura de la clase política está muy lejos de lo deseable.
Partitocracia, política corrosiva y democracia participativa
El perfil de algunos de nuestros actuales dirigentes políticos deja mucho que desear. Entre nuestra vida pública pululan engreídos personajillos empeñados en persuadir al personal con su discurso locuaz, pero a menudo vacuo de verdadero contenido. Charlatanes empedernidos que con sus trampas dialécticas van a la caza del voto cautivo. Prestidigitadores de la palabra, a menudo con argumentos capciosos, van emponzoñando el ambiente intentando abducir la opinión pública. Para algunos la verdad no interesa destapar o se crea virtualmente. Hay quien dijo que la política no es otra cosa que «el arte de mentir simulando la verdad». «En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario» (G. Orwell). Lo importante es embelesar al personal. Para ello tergiversan la verdad, inventan, manipulan, mienten, insultan, difaman al adversario. Como papagayos cargan con el argumentario de sus aparatos finamente diseñado, aunque se nota que en ocasiones personalmente les sobrepasa. Su escasa credibilidad y autoridad es heredera de su exigua autenticidad. Algunos líderes políticos parecen seguir el eslogan «buscad el poder y todo lo demás vendrá por sí mismo». Parece que lo único que de verdad les importa es el poder. Se proponen como líderes con la intención de guiar a otros, pero intentando mantener ciega a la población. Demasiada sobreactuación sobre todo de cara a la galería. Las sesiones de control al gobierno son deplorables, son un claro ejemplo del deleznable circo montado. Deberían centrarse en debatir ideas y propuestas que realmente beneficien a la sociedad, en lugar de enredarse en confrontaciones partidistas.
Los partidos políticos son elementos indispensables de la democracia. Estos son los intermediarios entre la sociedad y el poder. No hay democracia sin partidos. Se encargan de recoger, encauzar, enriquecer y canalizar las difusas aspiraciones populares y presentarlas ante quienes ejercen la autoridad pública. Sin embargo, la relación entre democracia y partidos políticos ha sido históricamente problemática. De medios se convierten en fines. Los partidos políticos en la práctica se constituyen en fines en sí mismos. La finalidad de los partidos, aunque explícitamente aseguran trabajar por el bien común, es defender su interés particular para llegar cuanto antes al poder. Los partidos son un reflejo de la sociedad y en ellos la competitividad y el zarandeo al adversario están también a la orden del día. Los «aparatos» de los partidos cada vez más se están convirtiendo en una burda maquinaria de lavadoras de cerebros con pensamiento débil, en sofisticados artefactos destiladores de información disruptiva, cuando no en fábricas de abducción y prestidigitación de la opinión pública en busca del voto errante. Tenemos los partidos que nos merecemos, reflejo también de los antivalores en los que socialmente nos desenvolvemos. Hemos sido nosotros mismos los ciudadanos quienes con nuestro apoyo electoral les hemos encumbrado a la posición política que actualmente ocupan.
Una de las causas de nuestra decadencia en la vida política es la partitocracia. Los actores reales de la vida pública no son tanto los ciudadanos sino los partidos políticos. Estos se constituyen en grandes maquinarias cuyo objetivo es el máximo crecimiento del partido y la consecución del poder, para desde ahí servir principalmente a los sectores sociales que representan y a sus intereses partidarios. A las castas dirigentes de los partidos solo les interesa el voto que les lleve al poder. Internamente, los partidos promocionan no tanto a las personas más preparadas y capacitadas, aquellos ciudadanos verdaderos servidores del bien común, sino a las personas más dóciles y más afines a los intereses del partido. El partido suele practicar una dinámica de dominio sobre el pensamiento de sus miembros, premiando la docilidad y sancionando la discrepancia interna. Y de cara al exterior, la actividad política se ha convertido en un circo y el espectáculo que ofrecen lamentable, una caricatura de lo que debería ser la verdadera acción política. Comprendemos que democracia no es tan solo votar cada 4 años. Que democracia es participar en las cosas que nos conciernen; en el tejido social, en las asociaciones de barrio, sindicatos, partidos, ongs, etc. Y desde esas plataformas contribuir a la mejora de nuestra sociedad. Todos estamos llamados a hacer política, pero entendida en su sentido primigenio, es decir, “trabajar por el bien común”. Y para eso no es requisito necesario tener un cargo público o pertenecer a un partido político, sino hacerlo diariamente, en casa, con los vecinos, en el trabajo, en organizaciones cívicas o sociales…
El Estado ideal y una clase política ideal
Platón (427–347 a.C.) aspiraba a plasmar en la realidad una sociedad ideal. Platón tenía mucho interés en la política. Llegó a la conclusión de que todos los Estados estaban mal gobernados y necesitaban profundas reformas. Para él no hay Estado perfecto si no está constituido por los hombres perfectos y no hay hombre perfecto sin una vida política con instituciones que le permitan perfeccionarse. Lo malo de los estados existentes es que la educación ha sido equivocada. Intentó idear un Estado que tuviera un fin eminentemente moral y educativo. Para Platón la «política» era indisociable de la educación y ésta de la ética. Platón aspiraba a construir una sociedad de ciudadanos felices. Su finalidad: procurar la felicidad de todos los ciudadanos. Comprendió que los ciudadanos serían felices si fueran gobernados por la persona más sabia y justa. Platón dijo que el verdadero arte de la política es el arte que se cuida del alma y la convierte en lo más virtuosa posible. Consideró la «actividad política» como una de las más nobles entre la variada gama de actividades humanas. Soñó con una sociedad orientada, dirigida y gobernada no por ciudadanos mediocres sino por los mejores, los «sabios-filósofos». Criticó las costumbres políticas de los gobiernos por su falta de virtud cívica. Pensaba que el mejor gobierno era el del "Rey-Filósofo", aquél que gobierna de acuerdo con las leyes. Sólo si el «político» se convierte en «filósofo», es decir, amante de la auténtica sabiduría («sabio») puede construirse la verdadera ciudad, es decir, el Estado auténticamente fundamentado sobre el supremo valor de la justicia y del bien. En la Grecia clásica «sabio» no era tanto el intelectual o erudito de su tiempo, sino aquél que había recorrido el camino y alcanzado por propia experiencia el verdadero conocimiento sobre lo que es la vida, la existencia, su finalidad… y sabía conducirse adecuadamente en ella. Platón propone formar, mediante la educación y formación adecuadas, unos «gobernantes» ideales, virtuosos, forjados con la más alta exigencia tanto en su dimensión personal como social.
Platón busca como finalidad, que el poder esté confiado a hombres íntegros, probados y dotados de vastos conocimientos teóricos y de una gran experiencia técnica. Postula unos gobernantes austeros, ascéticos, marginados de los afanes económicos y de cualquier egoísmo, justos y cuya única preocupación sea el bien común... Las virtudes morales, son en definitiva las que deben regir el alma de los gobernantes para evitar que los mismos se desvíen y sean sometidos por bajas pasiones que los lleven a ser malos dirigentes. ¿Cuáles serían los ejes de esa educación? Conocimiento, prudencia y sabiduría moral. Preparación, mirada amplia, rectitud, honradez, incluso virtuosismo personal... es el tipo de dirigente político que Platón propone.
¿Y qué decir de nuestros gobernantes actuales? El listón Platón se lo ha dejado muy alto. ¡Cuánto trecho nos falta hoy todavía por recorrer! Atendiendo a las recomendaciones del autor clásico, ¿realmente nuestros dirigentes políticos actuales en su práctica política, no tienen nada que aprender, nada de lo que enmendarse, nada que rectificar y mejorar? ¿O es que su nivel es tal que ya ni se plantean este tipo de cuestiones? ¿Nuestros gobernantes actuales, están cerca o están lejos de tan noble ideal platónico? Naturalmente entre los nuestros los hay de todo: con vocación y espíritu de servicio público, pero también algunos con intención de medrar y servirse ellos mismos de la actividad política.
Hacia la «regeneración» necesaria
Necesitamos una urgente regeneración de la vida pública como expresión y exigencia social reflejo de una más profunda y franca regeneración social, deseada y experimentada también en el seno de nuestro cuerpo social. Una «regeneración» que apunte a una «vida buena»: y la «vida buena» está orientada no al «tener» sino al «ser». La «vida buena» es la que no aspira al simple placer pasajero sino a la felicidad, la que no aspira al bienestar del instante fugaz sino a la felicidad que permanece, la que no aspira a lo que es contingente sino a la plenitud. La «vida buena» y la consiguiente «calidad de vida» dependen del ejercicio de actividades estrechamente relacionadas con la capacidad de poseerse a sí mismo, con la capacidad de no «enajenarse», de no vivir roto, fragmentado, de no «alienarse».
Formar a gobernantes y ciudadanos con conocimientos, prudencia, altruismo, sentido de la justicia y de la gratuidad, es construir una sociedad humana, en el más pleno y digno sentido de la palabra.
Somos los ciudadanos los que tenemos que elevar el listón moral de nuestras propias sociedades, desde nuestra capacidad de actuar y construir, a partir de los distintos lugares que cada uno ocupa en la sociedad. Nadie puede hacerlo por nosotros, sólo así podremos exigir en coherencia la regeneración de la vida pública. Ser partícipes activos en la construcción de una sociedad más justa, equitativa e inclusiva. Porque, al final la clase política que tenemos es la que, consciente o inconscientemente, nosotros mismos nos hemos permitido tener. Y si queremos algo mejor, el cambio debe comenzar por nosotras y nosotros mismos. La tarea de los políticos debería ser considerada como una verdadera vocación al servicio del bien común. Movidos por un afán de justicia y de solidaridad, los políticos deberían luchar en favor del bien común y entender su actividad como un servicio y no como un medio para satisfacer la ambición personal. Sin embargo, la realidad es otra muy diferente. En realidad, la política deja de ser cada vez más una actividad altruista, desinteresada, al servicio de eso que llamamos bien general o bien común.
Los ciudadanos deberíamos ser cada vez más y más cuidadosos en la elección de quienes serán nuestros representantes políticos. A la hora de elegirlos deberíamos tener en cuenta que no solamente hacen falta buenos gestores de la cosa pública, sino personas auténticas, íntegras, coherentes, honradas, con una clara idea de lo que verdaderamente significa progresar «social» y «humanamente». A todos, pero a ellos especialmente debemos exigirles credibilidad, integridad personal, compromiso personal, preparación técnica. No debería bastar con la escalada meritocrática dentro del propio partido. Las listas cerradas son un obstáculo para una verdadera regeneración democrática. El factor humano es clave en cualquier empresa colectiva, más aún en la función de representación de la ciudadanía de un país. Nuestro sistema electoral de listas cerradas no nos permite elegir directamente a nuestros representantes: entonces seríamos nosotros quienes decidiríamos quiénes de verdad valen de los que no. Está claro que con el actual sistema no siempre nos gobiernan los mejores. Y claro, luego así nos va. ¿A qué esperamos para reivindicar se modifique el sistema electoral y que los ciudadanos podamos elegir directamente a las personas que deseamos sean nuestros representantes? ¿Por qué no acabar con la partitocracia? ¿Cuál debería ser el perfil del buen político?
Elaboración a partir de materiales diversos
Ver también:
Perfil del buen dirigente político
Sección: REGENERACIÓ DEMOCRÀTICA