Del ocio al neg-ocio… y otra vez al ocio
¿A qué dedicas tu tiempo libre...?
«Escasa es la porción de la vida que vivimos». «Todo el trecho restante no es vida, sino tiempo»
Todos los hombres quieren vivir felices, pero al ir a descubrir lo que hace a la vida feliz van a tientas; y no es fácil conseguir la felicidad en la vida. (Séneca)
El «ocio», objetivo de una vida feliz.
Educar para el ocio es hoy, y será en el futuro, el gran reto para todo educador.
A través de la historia del pensamiento social se analiza el binomio ocio/neg-ocio en términos de actividad y tiempo.
Toda reflexión será poca para coger la distancia necesaria y tomar conciencia de lo atrapados que estamos en las garras del «sistema». En una popular canción hace unas décadas en España se preguntaba: ¿A qué dedicas tu tiempo libre...? No es una cuestión menor ni lo ha sido nunca a lo largo de la historia... Históricamente se ha dado una oposición entre «ocio» y «neg-ocio», entre la actividad ociosa y la actividad laboral. Para los griegos lo ideal era darse al «ocio» y no tener que trabajar. ¿Hacia dónde orientamos hoy nuestras vidas, qué actitud adoptamos ante ella, en qué invertimos nuestros mejores esfuerzos y energías...? Cuestión que a todos nos afecta y de cuya actitud depende en gran parte una vida anodina o la puerta de acceso a una mayor plenitud de vida... «Espacio» y «tiempo» son las dos grandes coordenadas o dimensiones físicas que nos constituyen a los humanos. El «espacio» lo conquistamos, lo dominamos, lo recorremos, lo transitamos... el «tiempo»... ¿cómo utilizamos el tiempo, en qué lo empleamos, qué provecho sacamos de él, estamos preparados para "no perder el tiempo" y aprovechar "productivamente" el tiempo de ocio, "el tiempo libre"...? La educación del tiempo de ocio, del "tiempo lbre" es uno de los grandes retos de nuestros días. Tomemos conciencia de la cuestión... Partamos de la atinada reflexión que hace Séneca «Sobre la brevedad de la vida»:
«La mayor parte de los mortales, Paulino, se queja de la malicia de la
naturaleza, porque somos engendrados para un tiempo escaso, porque
estos espacios de tiempo que nos da discurren tan velozmente, tan
rápidamente, que, salvo muy pocos, a los demás la vida les deja plantados
en los propios preparativos de su vida». «No tenemos escaso tiempo, sino que perdemos mucho. Nuestra vida es suficientemente larga y
se nos ha dado en abundancia para la realización de las más altas empresas,
si se invierte bien toda entera; pero en cuanto se disipa a través del lujo y la
apatía, en cuanto no se dedica a nada bueno, cuando por fin nos reclama
nuestro último trance, nos percatamos de que ya ha transcurrido la vida que
no comprendimos que corría. Así es: no recibimos una vida corta, sino que
nos la hacemos, y no somos indigentes de ella, sino dilapidadores».
«¿Por qué nos quejamos de la naturaleza? Ella se ha portado
bondadosamente: la vida, con que sepas servirte de ella, resulta larga. Pero a uno lo domina la avaricia insaciable, a otro su oficiosa aplicación
en inútiles empeños; uno se empapa de vino, otro se embota de indolencia;
a uno lo agota su ambición siempre pendiente de las decisiones de los
demás, a otro su arrebatado deseo de comerciar le lleva alrededor de todas
las tierras, de todos los mares, con la esperanza de una ganancia; a algunos
los atormenta su pasión por la guerra, sin dejar nunca de estar atentos a los
peligros ajenos o angustiados por los suyos; los hay a quienes desgasta en
una voluntaria esclavitud su veneración a sus superiores, en absoluto
agradecida; a muchos les han mantenido ocupados sus pretensiones a la
fortuna de otros o su preocupación por la propia; a los más, que no van
detrás de nada concreto, los ha lanzado a renovados proyectos su
volubilidad errática, inconstante, disgustada consigo misma; a algunos no
les gusta nada a dónde pudieran enderezar su rumbo, sino que su destino
los sorprende languideciendo y bostezando, de manera que no dudo de que
sea cierto lo que en el más grande de los poetas está dicho a modo de
oráculo: «escasa es la porción de la vida que vivimos». De hecho, todo el
trecho restante no es vida, sino tiempo»
¿Cómo vivir ese lapso de tiempo que se nos concede y en el que transcurre nuestra existencia? Esa es la cuestión... ¿Vivir extensamente...? Vivir... intensamente?... en profundidad? ¿Cómo y a qué dedicamos nuestro tiempo...? Qué cosas consideramos importantes en nuestra vida y a las que nos dedicamos con todo nuestro ser? Reflexionemos sobre ello de la mano del autor del siguiente artículo... «Del ocio al neg-ocio… y otra vez al ocio».
Gaspar Rul·lán Buades
Todos los hombres, hermano Galion —escribe nuestro compatriota Séneca— quieren vivir felices, pero al ir a descubrir lo que hace a la vida feliz van a tientas; y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente la busque, si ha errado el camino. Hay que determinar, pues, primero lo que apetecemos; luego se ha de considerar por donde podemos avanzar hacia ello más rápidamente y, finalmente, veremos por el camino, siempre que sea el bueno, cuanto se adelanta cada día y cuanto nos acercamos a aquello a que nos impulsa un deseo natural: el deseo de la felicidad.
El fin del hombre en este maravilloso mundo, que algunos pesimistas han querido llamar «Valle de Lágrimas», es ser feliz. Para Aristóteles toda reflexión moral no es más que una búsqueda del significado de la felicidad, pues el fin último del hombre es ser feliz, de ahí su Ética Eudemia (ευδαtµOνtα = ‘felicidad’). Pero si el fin del hombre es ser feliz, toda la educación debería estar encaminada a ayudar a los hombres a buscar y encontrar esta felicidad. Pero, no es fácil educar para la felicidad si no se sabe con certeza dónde está la felicidad o qué es ser feliz. Más de un educador, padre o maestro, se habrá preguntado con temor y temblor si ha cumplido con su deber de enseñar a los jóvenes a ser felices o, al menos, si los ha puesto en el camino correcto para que encuentren esta felicidad o si, por el contrario, como dice Séneca, los ha puesto en un falso camino, de manera que cuanto más avanzan en este camino aprendido, más lejos se encuentran de la felicidad.
Y quizás más de uno de estos educadores tendrá que admitir que, de alguna manera, ha fallado a los jóvenes de cuya educación era responsable, pues les ha estado engañando impartiendo una educación totalmente falsa; una educación que sólo enseñaba a negar algo fundamental en la vida del hombre; algo que los clásicos consideraban la fuente de toda felicidad; les ha enseñado solamente a negar el ocio (el neg-ocio), sin decirles nada sobre cómo disfrutar del ocio, olvidándose de recordarles que, después de todo, la base de toda vida feliz está, precisamente, en la capacidad del hombre para emplear debi- damente el ocio.
En este nuestro mundo de mercaderes, lo importante en la educación formal de la escuela y la universidad, o la informal de la familia y la sociedad, es enseñar a negar el ocio, a hacer neg-ocio, produciendo, comprando y vendiendo. Pero, ¿de qué servirán a nuestros jóvenes «tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas» en el neg-ocio, si al final todos sus esfuerzos terminan en una terrible quiebra de lo único que importa que es la felicidad?
Pero empecemos removiendo malos entendidos explicando claramente lo que no es y lo que es el ocio, para pasar seguidamente a analizar el extraño fenómeno de porqué algo como el ocio, que en un principio se consideró una virtud vino, poco a poco, a considerarse en un vicio, y el hombre ocioso, que era considerado el hombre libre y virtuoso, vino a convertirse en pecador, mientras que la negación del ocio (el neg-ocio), que era la condición propia de los esclavos, vino a convertirse en casi la única ocupación del hoy llamado hombre libre. Finalmente, veamos como en nuestros días el círculo se cierra y volvemos, aunque muy a regañadientes, del neg-ocio al ocio. Un ocio involuntario que todavía consideramos una tragedia, pero que hemos de aprender a transformar en un ocio voluntario, fuente de felicidad. Educar para el ocio es hoy, y será en el futuro, el gran reto para todo educador
1. Lo que no es el ocio
Ante todo hay que decir que «ocio» no es ni re-creo, ni des-canso, ni tiempo libre, ni perder el tiempo haciendo nada.
En nuestra cultura del trabajo, donde se vive para trabajar, de manera que cuando no se trabaja produciendo se considera que se pierde el tiempo, el ocio se define como aquel estado de inactividad que sigue al trabajo y que nos prepara para seguir trabajando. Lo importante es el trabajo, y el ocio es sólo un medio para reponer las fuerzas y poder seguir trabajando. Si el trabajo nos «destruye», el ocio nos «re-crea»; si el trabajo nos cansa, el ocio nos des-cansa (destruyendo nuestro cansancio), de manera que re-creados y des-cansados podamos seguir trabajando. Nos damos al ocio únicamente porque no podemos trabajar continuamente. En este nuestro mundo que llamamos civilizado, el hombre es visto como una máquina cuyo fin es trabajar y, también como las máquinas, necesita, de cuando en cuando, pararse para someterse a una revisión de mantenimiento y una recarga de sus baterías o sus depósitos de combustible, lo que hace con el ocio.
Hoy, se lee un libro, si es que se lee, se oye música, si es que se oye, se pasea por el campo, si es que lo hacemos, se juega, se toca la guitarra o se charla con un amigo, si es que lo hacemos, no como algo que tiene un valor en si mismo, sino como un mero instrumento que me permita alcanzar el fin deseado, el fin supremo de poder trabajar más y más. No se trabaja para poder disfrutar del ocio, sino, por el contrario, se tiene ocio para poder trabajar más y más.
Ocio tampoco no puede identificarse con mero «tiempo libre». Pues este mismo concepto de «tiempo libre» ya supone una división del tiempo entre tiempo para trabajar y tiempo libre de trabajo, y vuelve a relacionar el ocio con el trabajo, el ocio con el ne-gocio: se trabaja, y se está libre de trabajo para descansar y poder seguir trabajando.
Ocio tampoco es «estar sin hacer nada» o «perder el tiempo». La vida es actividad y la muerte es precisamente la falta de actividad. El estar sin hacer nada no es ser feliz en la ociosidad sino estar muerto. El ocio es una actividad, una actividad que no busca nada fuera de sí misma, una actividad que es un fin en sí mismo. Contestando a aquéllos que identificaban la felicidad con el «hacer nada» Aristóteles les contesta: «En cuanto a lo de alabar más la inactividad que la acción, tampoco se ajusta a la verdad, ya que la felicidad es actividad». Pero, cuidado, la vida es actividad, pero no necesariamente actividad productiva. También hay, aunque parezca una contradicción, una actividad ociosa. «La vida es acción, no producción», dice el filósofo.
Estas concepciones del ocio que hoy tenemos como recreo o descanso, como tiempo libre o el no hacer nada, son realmente corrupciones del verdadero significado del ocio, que no tienen nada que ver con la virtud del ocio como base de la felicidad, como veremos inmediatamente.
2. Lo que es el ocio
Si ambos [trabajo y ocio] son necesarios, el ocio es preferible al trabajo, y así hemos de aprender a qué debemos dedicar nuestro ocio».
Para los antiguos griegos, inventores de este concepto del ocio, el ocio no era un mero medio para poder seguir trabajando, el ocio era un fin en sí mismo, era el objetivo de una vida feliz. Es interesante ver que la palabra griega para, «ocio» es la misma que nosotros usamos hoy en español para «escuela». En griego σXOλtj (sjolé) significa ‘ocio’, pero también ‘paz’, ‘tranquilidad’, ‘estudio’, ‘escuela’. Mientras que si se le añade la partícula «a» negativa ασXOλtα (asjolia), el no-ocio significa ‘ocupación’, ‘trabajo’, ‘negocio’. Para nosotros el ocio como «tiempo libre» significa un tiempo libre entre dos trabajos, pues entendemos que lo normal es trabajar; para los griegos lo ideal era darse al ocio y no tener que trabajar. Para ellos lo importante era el ocio, y lo menos importante el trabajo. «La naturaleza misma —dice Aristóteles— busca no sólo el trabajar correctamente, sino también la capacidad de gozar bien del ocio. Este es, por repetirlo una vez más, el fundamento de todo. En efecto, si ambos [trabajo y ocio] son necesarios, el ocio es preferible al trabajo, y así hemos de aprender a qué debemos dedicar nuestro ocio».
El ocio se identifica con la contemplación, y contemplar es mirar el mundo y lo que nos rodea y disfrutar de su belleza sin pretender imponerle nada.
Un ocio que los griegos identificaban con la «Theorein» la teoría, el ejercicio de la facultad especulativa, la contemplación, la búsqueda de la verdad por sí mismo. Para la Grecia clásica el ocio se identifica con la contemplación, y contemplar es mirar el mundo y lo que nos rodea y disfrutar de su belleza sin pretender imponerle nada; contemplar es disfrutar viendo unos niños jugando; contemplar es dejarse llenar de la paz de un atardecer en el monte; contemplar es disfrutar conversando con un amigo; contemplar es mirar en silencio a la cara de un ser amado. Platón dice que contemplar es «levantar los ojos del alma y clavarlos en aquello que da luz a todas las cosas». Sólo en la contemplación, decía el filósofo, podrán descubrirse la esencia de lo bueno y lo malo; sólo en la callada contemplación se puede encontrar la verdad. Contemplar supone la capacidad de asombrarse y «por el asombro, dice Aristóteles en su Metafísica, comenzaron los hombres a filosofar», a ser ociosos, a ser virtuosos, a ser felices. A Aristóteles le gustaba intentar resolver aparentes contradicciones e insolubles dilemas. En la obra Política se plantea dos de estos problemas: uno, la relación entre el individuo y el grupo, y dos, la relación entre el ocio y el negocio.
Las respuestas a estos dos dilemas están íntimamente relacionadas. Ante todo, Aristóteles afirma categóricamente que el hombre por sí solo no puede nada. El hombre para ser verdaderamente hombre ha de vivir con otros hombres. Está claro, dice Aristóteles, que el hombre es por naturaleza un animal cívico (zoon politikon ), es decir miembro de una ciudad, es un animal político como miembro de la polis. «El que dice no poder vivir en sociedad o no necesitar a los otros hombres está claro que es una bestia o un dios». Por lo tanto, la actividad fundamental del hombre libre es la dedicación a la vida ciudadana, su fin el portarse como un perfecto ciudadano.
Para ser un buen ciudadano se necesita ocio, pero para poder disfrutar del ocio se necesita trabajar, negando el ocio y dándose al negocio.
Pero para practicar las virtudes cívicas se necesita ocio; «la sjolé» es la base de la libertad y de la ciudadanía. Ahora bien, aquí surge un problema serio, pues el que quiere ser un buen ciudadano se encuentra con la inevitable necesidad de trabajar para cubrir las necesidades básicas de la vida. O sea que para ser un buen ciudadano se necesita ocio, pero para poder disfrutar del ocio se necesita trabajar, negando el ocio y dándose al negocio. «Pues —dice sabiamente Aristóteles— sin las cosas necesarias es imposible tanto vivir como bien vivir». Disponer de ocio es la base del placer, de la felicidad y de la vida dichosa. Pero no pueden disfrutar del ocio los que están todo el día trabajando, especialmente no está al alcance de aquéllos que se dedican «a un trabajo, oficio o aprendizaje embrutecedor que deja incapacitado el cuerpo, el alma y la inteligencia de los hombres libres para dedicarse a la práctica y ejercicio de la virtud». Ante esta aparentemente insoluble disyuntiva entre el ocio y el trabajo, Aristóteles sugiere tres posibles soluciones, y después de examinarlas, rechaza las dos primeras y se queda con la tercera.
La primera solución sería combinar el ocio y el negocio. Pero Aristóteles no lo ve posible, pues, según él, aquellos trabajadores que se ven obligados a una faena absorbente y dura, como es la necesaria para subsistir por sus propios medios, quedan marginados de esta auténtica realización humana, al embru- tecerse en su típica banausía (ßανανσια = ‘trabajo manual’). E igualmente quedan al margen los artesanos y los comerciantes, que se ocupan constantemente de sus negocios y su dinero, faltos de libertad de espíritu, para disfrutar del ocio.
La segunda solución que propone Aristóteles y que en su tiempo, hace más de dos mil años, parecía absurda, es que el trabajo lo hagan las máquinas y el hombre se dé al ocio. «Pues si cada uno de los instrumentos pudiera realizar por sí mismo su trabajo —escribe en la Política — cuando recibieran órdenes de tal modo que las lanzaderas tejieran por sí solas y los plectros tocaran la cítara, para nada necesitarían ni los maestros a sus sirvientes ni los amos a sus esclavos» y todos se podrían dedicar al ocio.
Pero como ninguna de estas dos soluciones parecen posibles, Aristóteles se ve forzado a aceptar la tercera: que haya unos hombres que se dediquen a trabajar y otros que se dediquen al ocio. De ahí su defensa de la esclavitud, defensa que hoy nos escandaliza, olvidándonos de que todavía hoy hay muchos hombres de tal manera dedicados al trabajo que tienen muy poco tiempo para el ocio, mientras que hay unos pocos que sin trabajar disfrutan del mismo. Como escribió hace unos años Marcuse: «La sociedad todavía está organizada de tal modo que procurarse las necesidades de la vida constituye la ocupación de tiempo completo y permanente de clases sociales específicas, que no son, por tanto, libres y están impedidas de una existencia humana». Hoy también unos muchos trabajan para que unos pocos disfruten del ocio.
3. Tránsito del ocio al negocio
A. Séneca
Si en Grecia Aristóteles y Platón desarrollaron el concepto de ocio, en Roma nuestro compatriota Séneca le dio un contenido más práctico, y con él se inició el paso del ocio al neg-ocio. En un pequeño tratado que nos ha llegado muy mutilado, llamado precisamente Sobre el ocio, encontramos algunas pequeñas joyas sobre la materia. Séneca, primero de todo, nos da dos razones importantes para dedicarse al ocio contemplativo y luego matiza la importancia de esta virtud con la necesidad de compaginarla con el negocio.
El ocio es necesario, dice nuestro compatriota, para que alguien pueda entregarse desde su infancia a la contemplación de la verdad, buscar la razón de vivir y practicarla aislado. Luego continúa explicando cómo la contemplación es la forma más natural de vivir:
«La naturaleza nos concedió un carácter curioso y consciente de su habilidad y de su belleza, nos engendró como espectadores de un magno espectáculo […] Para que te des cuenta de que la naturaleza quiso que se la contemplara, no solo que se la mirara: nos colocó en su parte central y nos concedió una visión panorámica de todo; y no solo irguió al hombre, sino que con la intención de hacerlo apto para la contemplación, para que pudiera seguir los astros que se deslizan desde el orto hasta el ocaso, y llevar su rostro en torno al todo, hizo que su cabeza fuera lo más elevado y la colocó sobre un cuello flexible […] Por eso vivo según la naturaleza si me entrego a ella por completo, y soy su admirador y venerador».
Pero hay otra razón importante para entregarse al ocio. Somos, en general, viene a decir Séneca, como borregos siguiendo lo que dicen los otros y haciendo lo que hacen los otros: «Pues estamos pendientes por entero de las opiniones ajenas y nos parece excelente lo que cuenta con muchos seguidores y ensalzadores, no lo que es digno de ensalzar y seguir, y no valoramos la bon- dad o maldad del camino por sí mismos, sino por la multitud de huellas quevemos». Pero no porque todo el mundo lo diga, una cosa es verdad, ni porque todo el mundo haga una cosa, es ésta buena. Para poder discernir lo bueno y verdadero de lo malo y falso, el hombre necesita separarse por un momento de los otros hombres y de todas sus actividades y sólo y en silencio reflexionar sobre su vida y el curso que debe seguir, y esto se alcanza con el ocio. «Sólo con el ocio seremos capaces de elegir un modelo digno al que encaminar la vida —dice Séneca—, sólo en el ocio puedes avanzar en la vida según pautas uniformes y coherentes […] la vida que desgarramos con propósitos enfrentados».
Pero Séneca ya da un paso hacia delante y ve a la contemplación ociosa como algo sublime pero no único. Para el ilustre cordobés la contemplación ha de ir acompañada de la acción: «La naturaleza ha querido que yo haga las dos cosas: actuar y entregarme a la contemplación. Hago las dos cosas, puesto que tampoco la contemplación existe sin la acción». Para Séneca tan malo es «entregarse a la contemplación por placer, no exigiéndole más que la constante contemplación sin condiciones: pues es dulce y tiene sus atractivos», como es malo trabajar constantemente, estando siempre inquieto y nunca tomando el tiempo para elevar tu mirada de lo humano a lo divino: «Es muy poco aceptable el apetecer sólo las cosas materiales sin ningún amor a las virtudes ni cuidado del carácter y actuar sin más, pero del mismo modo es un bien imperfecto dedicarse al ocio sin actuar, sin mostrar nunca lo que ha aprendido. ¿Quién dice que no se debe poner a prueba en la práctica los progresos conseguidos, y no solo pensar en lo que hay que hacer, sino también alguna vez echar una mano y convertir en realidad lo que se ha pensado?». Y termina diciendo: «¿con qué disposición se refugia el sabio en el ocio contemplativo? Para saber que también él está destinado a hacer cosas útiles a la posteridad». Y mencionando a varios sabios de su época Séneca dice: «Esas mismas personas no pasaron su vida en la inactividad, encontraron el medio de que su reposo fuese más útil a los hombres que el ir y venir y las fatigas de otros».
B. Cristianismo
La llegada del cristianismo supuso una revolución en los conceptos de contemplación y trabajo, dando un paso enorme hacia la valorización de la acción (del negocio) en detrimento, a largo plazo, de la contemplación (del ocio). Para el cristiano, la contemplación deja de ser un bien en sí mismo para convertirse en un mero instrumento para alcanzar a Dios. Lo importante ya no es la contemplación en sí, sino el objeto de la contemplación: Dios. El contemplativo cristiano no sólo miraba los campos sino que también buscaba en ellos la figura del Amado:
¿A dónde te escondiste
Amado, y me dejastes con gemido?
preguntará el gran contemplativo San Juan de la Cruz a las criaturas que contempla, y mientras los campos de la Hellás estaban como dormidos en su belleza, los campos del cristiano contestan al que pregunta:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura y, yéndolos mirando
con solo su figura
vestidos los dejó de su hermosura.
Pero si la contemplación cambió de sentido, el trabajo, con el cristianismo, se llenó de sentido. Y una actividad vacía de todo valor y despreciada en la antigüedad, se convirtió en algo positivo y deseado. En el Antiguo Testamento el trabajo tiene un doble sentido: por una parte es un castigo por el pecado original: «¿trabajarás con el sudor de tu frente», pero por otra es un mandato positivo: «creced y multiplicaos y dominad la tierra». En el Nuevo Testamento, la idea de la encarnación de Dios da valor a este mundo y a las actividades que se desarrollan en el mismo. El trabajo vuelve a tomar un doble sentido: un sentido positivo como participación en la actividad creadora de Dios, y un sentido negativo ascético en cuanto que el trabajo, como actividad desagradable y dura, redime de los pecados: con estas ideas el trabajo empieza a tener un valor en sí mismo. La actividad es tan importante como la contemplación, el ocio y el negocio empiezan a equipararse.
El pasaje del Evangelio en que Jesús habla con las hermanas Marta y María sirve para iniciar los debates sobre si es mejor la vida contemplativa de María o la vida activa de Marta, y aunque los padres de la Iglesia se inclinan por la vida contemplativa de María «María ha escogido la mejor parte», dice Jesús, no desechan la actividad de Marta. Y san Pablo, después de amonestar a sus seguidores de que se aparten del que vive ocioso («alejaos de todo hermano que viva ociosamente, en contra de las enseñanzas que habéis recibido de nosotros») se vanagloria de que no es una carga a las primitivas comunidades cristianas pues, como dice, se gana su sustento trabajando («no comimos ociosamente entre vosotros, ni comimos gratis el pan de nadie, sino que, con sudor y fatiga, trabajábamos de noche y día para no resultar gravosos a ninguno de vosotros») y termina su exhortación al trabajo con su famoso «el que no trabaja que no coma».
El siglo IV vio la aparición de la vida monástica (µóνOς monos = ‘solo’, ‘aislado’, ‘separado’, ‘apartado’). El tipo de vida contemplativa todavía se consideraba superior, y así los padres del desierto abandonaron toda actividad y apartándose, alejándose (αναXOρεO anajoreo) del bullicio de las ciudades se fueron a un lugar solitario(ερηµια eremia = ‘ermitaño’) para darse a una vida de oración y penitencia, cubriendo sus necesidades básicas por medio de la limosna. Pero si al principio cada uno de estos eremitas buscaba por separado a Dios en la contemplación, en el año 346 Pacomio reúne a un grupo de eremitas y crea la primera comunidad de monjes o cenobio. Naturalmente, el hecho de vivir en comunidad ya exige una cierta organización y una cierta división del tiempo, además de darse a la contemplación han de trabajar algo su huerto para poder cubrir sus necesidades. Finalmente, en el siglo VI (a.547) san Benito inicia una profunda reforma del monacato en Occidente, estableciendo su Regla cuya norma fundamental es «Ora et labora» (‘Reza y trabaja’), dedícate al ocio de la oración y al negocio del trabajo.
Aquí hay que hacer dos matizaciones interesantes. Primero, que la contemplación seguía siendo lo más importante. La campana del monasterio dividía las horas entre oración y trabajo, pero lo más importante era la oración, y sólo para descansar de ella se trabajaba un poco. La segunda consideración que muestra que todavía se mantenía la superioridad del ocio sobre el negocio, la contemplación sobre el trabajo es ésta. Aristóteles, como hemos visto, justificaba la existencia de esclavos para que éstos pudiesen hacer los trabajos necesarios, liberando a los amos para dedicarse a la contemplación. En los monasterios también se sintió la necesidad de crear una clase de monjes que se dedicase casi exclusivamente a los trabajos manuales (al negocio), liberando de esta manera a los otros monjes para que se dedicasen a la contemplación (al ocio) y a los trabajos más intelectuales, y así nació el hermano lego o hermano coadjutor.
En la Edad Media el trabajo ya es aceptado pero todavía en un lugar secundario y subordinado. La exaltación del trabajo por encima de la contemplación vendrá con el Renacimiento y la reforma protestante.
C. Renacimiento
El Renacimiento podría definirse como el tránsito de la contemplación a la curiosidad. El hombre renacentista es, ante todo, un humanista; ha redescubierto al hombre y su dignidad, fuerza e inteligencia y ya no se satisface con el mero sentimiento de asombro ante una salida de sol o el nacimiento de un polluelo o el brote de una flor o la caída de la nieve; quiere saber el porqué de estas cosas. Al hombre del siglo XV no le basta contemplar una noche estrellada quiere, ¡oh herejía!, descubrir las leyes que regulan el movimiento de los astros. Pero su audacia y osadía va más allá, y sintiéndose fuerte y poderoso quiere dominar la Tierra para ponerla a su servicio, quiere cruzar los mares y ver qué hay más allá del horizonte, quiere saber por qué caen los cuerpos y vuela la cometa. Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, no están satisfechos contemplando embelesados la belleza de la dama universo, sino que quieren desnudarla y descubrir sus más íntimos secretos. En el Renacimiento un nuevo sentimiento aparece: la grandeza del hombre, su divinidad, no está tanto en su capacidad de contemplación, como en su capacidad para descubrir las causas de lo que ve y su habilidad para someterlo doblegándolo a su voluntad. Ya no se contempla la naturaleza, sino que se la mira y se la examina para poderla dominar con el trabajo El hombre con sus manos y herramientas deja atrás al animal y se acerca a su más alto espíritu. El trabajador manual ya no es despreciado sino que es considerado un artis- ta: un arte-sano.
D. El protestantismo
El protestantismo dio un impulso tremendo a la exaltación del trabajo sobre la vida contemplativa, el negocio sobre el ocio. Las paredes que rodeaban a los monasterios no eran sólo límites a la propiedad de los monjes, sino también fronteras que separaban dos modos de vivir el cristianismo: dentro de los muros, contemplando, la vida de perfección; fuera de los muros, trabajando, la vida ordinaria. Los que vivían dentro de los muros intentaban seguir los consejos evangélicos; pero a los que vivían fuera de los muros de los monasterios sólo se les exigía seguir los preceptos. El protestantismo rechazó esta distinción entre vida de perfección y vida ordinaria. Para la Iglesia reformada sólo había una forma de santificación, el perfecto cumplimiento de los deberes que a cada cual impone la posición que ocupa en la vida.
Con ello el reformista Lutero hace desaparecer la distinción entre contemplación y acción, entre ocio y negocio. Y en esta misma época el contrarreformista Ignacio de Loyola presentará el ideal del jesuita como el de un: contemplativo en la acción. Pero el protestantismo, con Calvino, irá todavía más lejos en la exaltación del negocio sobre el ocio. La idea de la predestinación fue otro elemento esencial para la máxima valoración del trabajo. Para Calvino el número de los elegidos para salvarse ya estaba determinado desde la eternidad, por tanto, la gran preocupación, la gran angustia del cristiano era saber si él se contaba entre los elegidos. El cristiano necesitaba tener una prueba tangible de haber sido elegido por Dios. Y esta prueba la encontró en el éxito en el ejercicio de su profesión. El éxito en los negocios se convirtió en signo seguro de predestinación. Dios bendice a los suyos dándoles éxito en su trabajo. Por tanto, cuanto más trabajabas más rico te hacías, y cuanto más rico te hacías más clara era la señal de que Dios te amaba y te había elegido. Mientras el católico, pensando en el más allá, veía este mundo como una posada incómoda, como decía santa Teresa, un mero tránsito para llegar al cielo, y, por tanto, utilizaba este mundo, bien a través de la contemplación para descubrir a Dios, bien a través del trabajo para purgar sus pecados, los calvinistas veían ya en este mundo la realización de la predestinación divina a través del trabajo. Con el calvinismo se dio la vuelta completa y lo que antes era casi despreciado, el negocio, se convirtió en el máximo valor moral, mientras que lo que era exaltado antiguamente, el ocio, se convirtió en el gran pecado. El tiempo es infinitamente valioso, puesto que toda hora perdida es una hora que se roba al trabajo, que es lo único que da gloria a Dios.
El trabajo duro y continuado es el mejor remedio contra todas las tentaciones. Aun los ricos tienen que trabajar pues Dios nos ha creado para eso, para trabajar. Todavía otro autor calvinista llega a decir: «no se trabaja porque se vive, sino que se vive por el trabajo, y cuando no se trabaja, se perece o se duerme» y más adelante «sentir disgusto en el trabajo es prueba de que falta la gracia de Dios». El «burgués»: un hombre que dedica todas sus energías al trabajo para hacer dinero, viviendo al mismo tiempo una vida tremendamente austera. Esta moral protestante por una parte predicaba una vida austera y ajena a todo lujo, pero, al mismo tiempo, rompía todos los frenos al afán de acumular riquezas, rompía las cadenas del afán de lucro desde el momento que no sólo lo legalizaba, sino que lo consideraba como un precepto divino.
Es interesante que al menos en una cosa, aunque por razones distintas, marxistas, liberales y católicos han estado siempre de acuerdo y esto es en la exaltación casi idolátrica del trabajo y el menosprecio y casi olvido total del valor del ocio. Marx habla del trabajo como única fuente de valor; el capitalista liberal habla del trabajo como instrumento para aumentar la producción, la competitividad y los beneficios; y los papas hablan en sus encíclicas del valor divino y humano del trabajo. Y todo esto está muy bien, pero yo me pregunto: ¿quién nos hablará del valor humano del ocio, de la alegría de vivir, de la risa y del juego? Parecemos el viejo monje de la novela Esto tendrá que cambiar y tendremos todos, marxistas, capitalistas y cristianos, que volver a descubrir el significado y el valor del ocio, de manera que no sólo no lo rechacemos y lo toleremos, sino que también lo busquemos como algo positivo.
3ª parte ...
Fuente: Gaspar Rul·lán Buades: Del ocio al neg-ocio… y otra vez al ocio. Papers 53
SÉNECA: Sobre la brevedad de la vida
HACIA UNA CIVILIZACIÓN MÁS HUMANA