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El amor y los adultos

El amor, como expresaba Einstein, es la energía más potente del universo.

El amor tiene una inmensa capacidad para ayudar a curar las devastadoras heridas que a veces la vida nos inflige.

Somos seres vulnerables y necesitados: el amor es una cuestión de apego y vinculación emocional.

Los adultos tienen la misma necesidad de apego que la que puedan tener los pequeños. Dicha necesidad es la fuerza que da forma a las relaciones entre adultos.

Las conexiones amorosas positivas con los demás nos protegen del estrés y nos ayudan a defendernos mejor de los desafíos y los traumas de la vida.

Somos seres vulnerables y necesitados. Todos los seres vivientes somos vulnerables. Esa es también nuestra frágil condición humana. Nuestra radical vulnerabilidad es algo evidente. Somos seres frágiles, necesitados, nos pueden hacer daño, herir, seres expuestos a las posibles heridas del mundo. Somos, por tanto, dependientes, seres necesitados de acogimiento, de cuidado, de interdependencia, necesitamos de los demás... La vulnerabilidad es una condición constitutiva que no puede ser ignorada. Venimos al mundo ignorantes y dependientes y, hasta cierto punto, permanecemos así a lo largo de nuestra vida. En determinadas circunstancias vitales tememos especial conciencia de nuestra fragilidad, y en todos los momentos de nuestra vida estamos atravesados por una red oculta de relaciones de interdependencia y cuidado que nos recuerdan una y otra vez nuestra vulnerabilidad constitutiva.

Todos los que poblamos este planeta tenemos la misma necesidad básica de conexión, como consecuencia de nuestra vulnerabilidad innata y nuestra dependencia de los otros que nos caracterizan. El amor es una cuestión de apego y vinculación emocional. Tiene que ver con nuestra necesidad innata de tener a alguien de quien depender, un ser querido que pueda ofrecer conexión y consuelo emocional fiable. Nos encontramos acorralados por emociones que son parte de un programa de supervivencia establecido por millones de años de evolución. No hay forma de eludir esas emociones y esas necesidades sin traicionarnos a nosotros mismos y hacernos daño. Uno está emocionalmente unido a y es dependiente de su pareja de una manera muy similar a como un niño o una niña lo está a su padre o madre para conseguir sustento, consuelo y protección. Los apegos del adulto puede que sean más recíprocos y estén menos centrados en el contacto físico, pero la naturaleza del vínculo emocional es la misma.

El amor tiene una inmensa capacidad para ayudar a curar las devastadoras heridas que a veces la vida nos inflige. El amor también potencia nuestro sentido de la conexión con el mundo a mayor escala.

John Bowlby, padre de la Teoría del apego, murió en 1990. No vivió para ver la segunda revolución que había impulsado su trabajo: la aplicación de las teorías del apego al amor entre adultos. Bowlby mismo ya había defendido que los adultos tienen la misma necesidad de apego que los pequeños (ver aquí). Dicha necesidad es la fuerza que da forma a las relaciones entre adultos. Ser capaz, «de la cuna a la tumba», de recurrir a otros para pedir apoyo emocional es una señal y fuente de fortaleza.

Ser capaz de reconocer nuestra vulnerabilidad innata y la necesidad que tenemos de los otros y recurrir a ellos para pedir su apoyo es una señal de madurez y aunque no lo parezca fuente de fortaleza.

Las investigaciones para entender el apego adulto empezaron poco después de la muerte de Bowlby. Los psicólogos sociales Phil Shaver y Cindy Hazan, entonces en la Universidad de Denver, decidieron preguntar a hombres y mujeres sobre sus relaciones amorosas para comprobar si también ellos mostraban reacciones y pautas idénticas a las de madres e hijos investigadas bajo el prisma del apego. Idearon un test del amor. En sus respuestas, los adultos hablaban de necesitar la proximidad emocional con sus parejas, de querer estar seguros de que su pareja va a responder cuando se sientan alterados, de sentirse angustiados cuando se encontraban separados y alejados de sus seres queridos y de sentir una mayor confianza para explorar el mundo cuando sabían que su pareja les respaldaba. También señalaban diferentes maneras de comportarse con sus parejas. Cuando se sentían seguros con su pareja, podían buscarla y conectar fácilmente; cuando se sentían inseguros, bien se ponían nerviosos, furiosos y controladores, o evitaban el contacto totalmente y se mantenían a distancia. Exactamente lo que Bowlby y Ainsworth habían visto entre madres e hijos.

Hazan y Shaver continuaron con serios estudios formales que reforzaban los descubrimientos de su test y las teorías de Bowlby. Su trabajo desató una avalancha de investigaciones. Ahora, cientos de estudios validaban las predicciones de Bowlby sobre el apego adulto. La conclusión general:

Una sensación de conexión segura entre las parejas es clave para unas relaciones amorosas positivas y una inagotable fuente de fuerza para los individuos en sus relaciones. Algunos de los hallazgos más relevantes:

  • Cuando nos sentimos seguros en general, es decir, cuando estamos cómodos con la proximidad y confiamos en la dependencia de nuestros seres queridos, nos cuesta menos buscar apoyo; y también darlo. Las mujeres que dijeron de sí mismas en el cuestionario que se sentían seguras en su relación amorosa fueron capaces de comunicar abiertamente su incomodidad y de solicitar ayuda a sus parejas. Las mujeres que negaban en general sus necesidades de apego y evitaban la proximidad, se retraían más en estos momentos. Los hombres respondieron a sus parejas de dos maneras: si se describían a sí mismos como seguros en la relación, adoptaban una actitud todavía más protectora que habitualmente, tocando y sonriendo a sus parejas y ofreciéndoles apoyo; si habían admitido sentirse incómodos con las necesidades de apego, adoptaban una postura notablemente menos solidaria cuando sus parejas les comunicaban sus necesidades, quitando importancia al desasosiego de sus parejas, mostrando menos cariño y tocándolas menos.
  • Cuando nos sentimos unidos a nuestra pareja por un vínculo seguro, nos es más fácil encajar los golpes que inevitablemente nos inflige y somos menos proclives a mostrarnos hostiles y agresivos si nos enfadamos con ella. Mario Mikulincer, de la Universidad Bar-Ilan de Israel, llevó a cabo una serie de estudios en los que hacía a los participantes preguntas sobre lo conectados que se sentían en sus relaciones y cómo gestionaban el enojo cuando surgían los conflictos. Se les monitorizó el ritmo del corazón mientras respondían a situaciones supuestas de parejas en conflicto. Aquellas personas que se sentían cercanas y podían confiar en sus parejas dieron muestras de sentir menos ira y de atribuir menos intención maliciosa a sus compañeros. Decían de sí mismos que expresaban la rabia de manera más controlada y expresaban objetivos más positivos, como resolver los problemas y reconectar con sus parejas.
  • La conexión segura con un ser amado es empoderante. Cuando nos sentimos conectados con otros de forma segura nos entendemos mejor y nos gustamos más a nosotros mismos.  Los adultos con vínculos seguros eran más curiosos y más abiertos a información nueva. Se encontraban cómodos con la ambigüedad. En una de las pruebas, se les describía a una persona y luego se les pedía que evaluaran los rasgos positivos y negativos de la persona descrita. Los participantes conectados asimilaban la nueva información sobre esa persona y revisaban sus valoraciones con más facilidad. La apertura a nuevas experiencias y la flexibilidad de pensamiento parecen ser más fáciles cuando nos sentimos seguros y conectados con los demás. La curiosidad surge de la sensación de seguridad; la inflexibilidad, nace de permanecer vigilantes a las amenazas.
  • Cuanto más podamos recurrir a nuestro compañero, más autónomos e independientes podremos ser. Aquellos que consideran que sus parejas aceptan sus necesidades tienen más confianza a la hora de resolver problemas por sí mismos y es más probable que logren con éxito sus propios objetivos.

Un aluvión de pruebas

La ciencia en todas sus ramas nos está diciendo muy claramente que no solo somos animales sociales, sino animales que necesitan un tipo de conexión íntima especial con los demás, y si lo negamos, nos ponemos en peligro. Lo cierto es que en los campos de exterminio nazis la unidad de supervivencia era el par, no el individuo solitario. También se sabe que los hombres y las mujeres casados viven, por lo general, más que sus semejantes solteros.

Tener lazos íntimos con otros es vital para todos los aspectos de la salud, tanto mental como emocional y física. La soledad aumenta la presión sanguínea hasta el punto de duplicar el riesgo de tener un ataque al corazón. El aislamiento emocional es un riesgo mayor para la salud que fumar o la tensión alta. «El sufrimiento es inevitable; sufrir a solas es insoportable».

Pero no se trata solo de que tengamos relaciones de cercanía en nuestras vidas; la calidad de estas también es importante. Las relaciones negativas socavan nuestra salud. Unos investigadores preguntaron a hombres con un historial de angina de pecho y tensión sanguínea alta: «¿Su mujer le demuestra su amor?». Los que respondieron que no sufrieron casi el doble de episodios de angina durante los cinco años siguientes que aquellos que habían respondido que sí. Los corazones de las mujeres también se ven afectados. Las mujeres que consideran sus matrimonios problemáticos y que tienen regularmente confrontaciones hostiles con sus parejas tienen más posibilidades de que sus niveles de tensión sanguínea sean considerablemente altos y de tener más hormonas del estrés que las mujeres con matrimonios felices. Las mujeres que habían tenido un ataque al corazón tripiclaban el riesgo de tener otro si su matrimonio era conflictivo.

La fuerza del corazón de las personas no se puede separar de la fuerza de sus relaciones amorosas.

Tanto en hombres como en mujeres con fallo cardíaco congestivo, la situación del matrimonio del paciente es, al cabo de cuatro años, un indicador de supervivencia tan bueno como la gravedad de los síntomas y el grado de deterioro. Los poetas que hicieron del corazón el símbolo del amor sonreirían al saber que las conclusiones de los científicos dicen que la fuerza del corazón de las personas no se puede separar de la fuerza de sus relaciones amorosas.

El malestar en una pareja afecta de manera adversa a nuestros sistemas inmunológicos y hormonales, y hasta a nuestra capacidad de sanar. En un experimento en el que se hizo que se pelearan unos recién casados y luego se tomó muestras de sangre durante las siguientes horas se encontró que cuanto más belicosos y desdeñosos eran los integrantes de la pareja, más subían los niveles de hormonas del estrés y más deprimido estaba el sistema inmune. Los efectos se mantenían a lo largo de veinticuatro horas. Cuanto peor era la pelea, tanto más tardaba en mejorar la situación de las mujeres.

La calidad de nuestras relaciones amorosas es también un factor importante en nuestra salud mental y emocional. En nuestras sociedades más ricas sufrimos una epidemia de ansiedad y depresión. El conflicto y la crítica hostil de nuestros seres queridos aumentan las dudas sobre nosotros mismos y crean una sensación de indefensión, que son desencadenantes típicos de la depresión. Necesitamos que las personas que amamos nos den su apoyo. ¡Los investigadores dicen que los problemas dentro del matrimonio multiplican el peligro de depresión por diez!

Buenas noticias

Cientos de estudios demuestran que las conexiones amorosas positivas con los demás nos protegen del estrés y nos ayudan a defendernos mejor de los desafíos y los traumas de la vida. Investigadores israelíes aseguran que las parejas con un apego emocional seguro son mucho más capaces de enfrentarse a peligros como los ataques de los misiles Scud que otras parejas desconectadas. Sufren de mucha menos ansiedad y tienen menos problemas físicos después de los ataques.

El contacto con una pareja amorosa actúa literalmente como amortiguador contra la conmoción, el estrés y el dolor.

Simplemente agarrar la mano de una pareja amorosa puede afectarnos profundamente, calmando literalmente las neuronas inquietas del cerebro. En una prueba realizada, cuando sus parejas les sostenían la mano, las pacientes registraron un estrés menor. Cuando experimentaban una contrariedad, esta se sentía más mitigada. Este efecto era considerablemente más fuerte en las relaciones más felices, las que sus integrantes puntuaban alto en medidas de satisfación y que los investigadores llamaron «superparejas». El contacto con una pareja amorosa actúa literalmente como amortiguador contra la conmoción, el estrés y el dolor.

Las personas que amamos son los reguladores ocultos de nuestros procesos corporales y de nuestras vidas emocionales. Cuando el amor no funciona, nos duele. De hecho, la frase «herir los sentimientos» es una expresión muy acertada, según la psicóloga Naomi Eisenberger, de la Universidad de California. Sus estudios con imágenes cerebrales muestran que el rechazo y la exclusión disparan los mismos circuitos en las mismas zonas del cerebro, el cíngulo anterior, que el dolor físico. De hecho, esta parte del cerebro se activa cada vez que nos sentimos alejados emocionalmente de aquellos que nos son queridos. Cuando estamos cerca, nos abraza o hacemos el amor con nuestra pareja, nos inundan las «hormonas de la felicidad», la oxitocina y la vasopresina. Estas hormonas activan, al parecer, los centros de «gratificación» del cerebro, inundándonos de productos químicos que producen calma y felicidad, como la dopamina, y reduciendo las hormonas del estrés, como el cortisol.

Hemos llegado muy lejos en nuestra comprensión del amor y su importancia. En 1939 las mujeres situaban en quinto puesto el amor como factor a la hora de elegir pareja. Al llegar la década de 1990, había alcanzado la cabeza de la lista tanto para las mujeres como para los hombres. Y los universitarios de ahora dicen que su expectativa principal en el matrimonio es «la seguridad emocional».

El amor no es la guinda del pastel de la vida. Pero es una necesidad primaria y básica, como lo es el oxígeno que respiramos o el agua para colmar la sed.

Fuente: Sue JOHNSON: Abrázame fuerte. Siete conversaciones para lograr un amor de por vida



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