El amor, el sentimiento más poderoso
La vocación del ser humano es amar y ser amados... El amor es el más poderoso de los sentimientos. Un término muy utilizado, que a veces hemos banalizado... El amor no es tanto un sentimiento... es sobre todo una «tarea» y una «acción»... El amor es la más poderosa de todas las fuerzas... la fuerza que mueve el cielo y todas las estrellas, que mueve nuestras vidas. Sin él nada de grande, de memorable ni de heroico ha sido construido en la historia. El amor se vive de muchas maneras... hay muchas formas de entenderlo: ágape, filia, eros... Ágape se refiere al amor que se da generosamente, con independencia de cuál sea la respuesta del otro. Filia, se refiere al amor que existe entre los amigos. Eros, hace referencia al aspecto más romántico y sexual del amor, mezcla de deseo y atracción sexual, apasionado, impulsivo, loco...
El autor del texto (*) que a continuación ofrecemos presenta el «amor» como sentimiento y como pasión. El amor supone un encuentro que nos trastorna. El enamorado está afectado profundamente por otra persona. En él encontramos lo que deseábamos y estábamos buscando sin saberlo. Es la presencia de otro ser que sale a nuestro encuentro. Es la idea en mí de una persona que debe impresionarme lo suficiente para que su imagen permanezca en mi tuero interno y no se borre. El amor es una inquietud por conocer todo del otro por sí mismo, a quien se interroga inquisitivamente para que desvele su realidad. El amante tan sólo siente a la amada, es lo único que tiene presente. Es también una zozobra, una inquietud, acuciado por la necesidad de saber, indagar, desvelar el misterio de la presencia que nos acongoja. El amor es una alegría en cuanto descubrimiento, pero, también es dolor porque es búsqueda ansiosa de la realidad de otro. El amor es interés apasionado que, al concentrarse sobre una persona, descubre sus valores escondidos.
El amor es el más poderoso de los sentimientos porque domina y absorbe la totalidad de la persona. Es un sentir sin sentirse para vivir desde un ser y para él. El amor es, pues, sentimiento y pasión. Cuando encontramos una criatura que nos atrae dejamos de vivirnos y la afirmamos totalmente; es la seducción. Estar seducido quiere decir estar invadido, poseído por un ser ajeno que está ahí, pero a una enorme distancia estelar, porque a la afirmación gozosa del deslumbramiento sigue una negación, que es la lejanía. El amor nos hace olvidar quiénes somos y renunciamos voluntariamente a nosotros mismos, queriendo transportarnos al otro. Por este éxtasis permanente en que vive el enamorado, se le considera enajenado, arrebatado, fuera de quicio, privado de razón cuando, por el contrario, el amor es una actividad positiva y enérgica que busca realizar sus propios fines. Al olvidarme de mí para existir desde otro, el amor es la socialidad de mi yo, pues me desindividualiza, objetiva y trasciende, pero, al mismo tiempo, es la máxima expresión de la individualidad, ya que crea una intensa soledad interior. El que siente amor, se vuelca sobre sí mismo, se separa del mundo, vive siempre reflexionando, preocupado. «Liebe ist Denken», amar es pensar, decía Heidegger.
Se afirma que el pensamiento es desapasionado, límpido, exacto, mientras que el sentimiento es turbio, empañado de sombras, de ecos indescifrables. Entonces se plantea el dilema: el amor ¿es consecuencia de pensar a los otros o resultado de pensarse como autonomía solitaria? La respuesta está en que, al sentir reflexionando, se ama a sí mismo y ama a los otros. En otras palabras, el amor bien entendido empieza por el hogar, el fuego originario, la lareira central del cosmos que soy yo mismo. Por consiguiente, solamente sintiéndose y a la vez pensándose puede llegarse a amar. De esta lógica real del sentimiento de unidad colectiva de los seres, brota el amor individual, la reflexión sobre sí mismo. En consecuencia, el amor origina el pensamiento.
Si es cierto que el enamorado es activísimo especulador, al mismo tiempo es pasivo, porque está afectado profundamente por otra persona. Es un sufrir callado que no exhala quejas, y depende absolutamente del objeto amoroso. «Je suis moins aimé que je n'aime» (Barthes). El amor supone un encuentro que nos trastorna, es el hallazgo de la persona consabida, no de una indeterminada. Equivale a una sorpresa contradictoria, pues si la presencia de un ser nos afecta dolorosamente, en él encontramos lo que deseábamos y estábamos buscando sin saberlo. Es el resultado de una selección que va creando la experiencia hasta llegar a conocer lo que deseo. Claro está que si supiésemos de antemano lo que deseamos con toda lucidez, no sentiríamos la emoción del encuentro, esa chipa que enciende el amor, la sorpresa reveladora que nos hace exclamar: «¡Esto es lo que quiero» «Cependant, plus j’eprouve la specialité de mon désir, moins je le sais nommer.» Lo característico de estos encuentros amorosos es lo imprevisto del hallazgo, aunque estamos esperando siempre el amor, pero no a esa única persona que deseamos. Cuando ésta llega, la armonía incomprensible resulta inmediata, transparente, pues vemos lo que deseábamos sin velos. No sabía bien lo que quería y su presencia inusitada me lo reveló.
El amor, decía Spinoza, es una alegría con una idea de causa externa concomitante que se padece y sufre, un extraño y paradójico placer afectivo. Esta causa exterior es la presencia de otro ser que sale a nuestro encuentro. Pero el amor no es un sentimiento reflejo, la respuesta a un estímulo externo ni, tampoco, la emoción que nos causa la presencia de una criatura que nos afecta. Spinoza da a entender que no hay amor sin conocimiento del objeto amoroso. Por consiguiente, es una afección cognoscitiva, no una turbulenta agitación del alma, porque es la idea en mí de una persona que debe impresionarme lo suficiente para que su imagen permanezca en mi tuero interno y no se borre. En este sentido, el amor es «un coup de foudre», visión fulminante y gozosa que puede ser inmediata o más tardía, pero es siempre como un resplandor en el que brilla una persona. Entonces, la idea de ella se imprime en nuestro ser, se fija y esto es lo que nos da fuerza, estímulo y alegría. El efecto que produce el amor es hacernos más ágiles, vivos y dispuestos a obrar. Es una alegría que proporciona la intensidad de vivir, pero no la que puede causar una mañana de primavera o el canto auroral de los pájaros en el bosque secreto. El amor es la alegría y por esta razón, dice Spinoza, «concomitante idea de su causa externa».
Hemos dicho que el amor no es contemplación pasiva, sino movimiento, porque si es un encuentro azaroso, quizá predestinado por leyes ocultas del corazón, es también una búsqueda, un sentimiento activo, inquisitivo, buceador. Ahora bien, esta búsqueda puede engendrar una ansiedad desaforada que sobrepase, como en los románticos, el ser amado y cree un descontento infinito, una insatisfacción amorosa permanente. Pero también puede existir, ya antes del encuentro, un ansia de amor vaga e indefinida. Spinoza nos da la explicación materialista verdadera: La idea de una causa externa puede existir en nosotros sin que aparezca ni se presente ante nuestros ojos. Entonces buscaríamos el amor como idea sin haberlo encontrado concretamente. Sin embargo, esta búsqueda es ya un hallazgo, pues vamos tras el amor ideado y que encontramos prefigurado en nuestra imaginación. Pero, de hecho, lo que buscamos realmente es al ser amado que hemos encontrado imaginativamente y nos acompaña siempre. Entonces comienza la verdadera aventura amorosa.
Se busca a la amada sin cesar y se cree haberla encontrado, pero es sólo una puerta que se abre. Aunque es ella, sin duda, la que corresponde al deseo que suscita no puede verla. Es una idea que le ocupa día y noche; la piensa, medita, necesita comprenderla. Puede salir a la calle e interrogar a los amigos, para saber más de ella, pero, ¿qué pueden decirle? Anécdotas e historias que quizá tengan un valor revelador, aunque está seguro que no le descubrirían nada. El amor es una inquietud por conocer todo del otro por sí mismo, a quien se interroga inquisitivamente para que desvele su realidad. Si al fin se confiesa, cuenta su vida, y hasta la analiza, mentirá sin darse cuenta, pues querrá ofrecer la imagen de sí misma que intuye desea el amante. ¿Cuál de los dos es el culpable? ¿Quién el que se separa u oculta? ¿Se vuelven invisibles los amantes? Nadie puede verse a sí mismo si no le ven. El amor exige, para realizarse, un conocimiento recíproco. ¡Cuántos tropezones se cometen durante este camino de aproximación! Queremos conocernos, pero no hay palabras que nos abran las vías del entendimiento. El discurso amoroso es mudo porque ausenta y retira, a cada uno de los amantes, al escondite de su intimidad. Y tenemos que continuar interrogándonos para encontrar la salida a este desencuentro en el encuentro y seguir pensando el objeto amoroso.
El amor es un sentimiento paradójico, pues, para sentirlo, hay que dejar de sentirse. El amante tan sólo siente a la amada, es lo único que tiene presente, e inmerso en ella no se siente a sí mismo. Esta presencia total llena de alegría, pero es un goce pasivo. Sin embargo, como el amor es también «una idea que en la mente me razona», mi pensar amoroso no será un reposar calmo y sosegado del pensamiento; es una zozobra, una inquietud, acuciado por la necesidad de saber, indagar, desvelar el misterio de la presencia que nos acongoja. Es a través de la curiosidad que el amor es conocimiento. Pero al analizar y tratar de representarme con claridad lo que es el objeto amoroso, el amor me escinde: dentro de mí están presentes su imagen y mi yo. Para descubrirla, necesito olvidar completamente su presencia en mí, pues mi yo no la ve ni la piensa, vive solamente estados de ánimo, momentos psíquicos, instantes emotivos que ella suscita y desfiguran su imagen. Desde la situación de amante se vive el lado oscuro de la pantalla, entenebrecido aún más por el palpitar denso de la sangre. El amor es una alegría en cuanto descubrimiento, pero, también es dolor porque es búsqueda ansiosa de la realidad de otro. Para el amante, el entorno cambia, el mundo se desrealiza y gira alrededor de una idea invariable: la imagen del ser que ama. Entregado por completo a ella, todo pierde claridad e identidad. Así, el amor puede enmarañarnos y, tratando de descifrar a la criatura amada, hacer de ella un enigma, un dios o ídolo, pues, aun cuando se llegue a conocerla, siempre subsiste lo desconocido en la persona conocida. Entonces el amor nos aísla y ensimisma en una soledad fecunda que crece, se multiplica, como dice Rilke. Después de tanto meditar, ¿llegamos a saber todo del objeto amoroso? ¿Es el amor un sentimiento cognoscitivo? Max Scheler afirmó que solamente conoce el que ama, «liebe und Erkenniste», porque el amor es interés apasionado que, al concentrarse sobre una persona, descubre sus valores escondidos; mejor dicho, el ímpetu del amor, «in der Betvegung der Liebe» nos la revela. Esta valoración del amor como actividad o intencionalidad emotiva, prueba que hay un saber del amor por sí mismo, un conocimiento cordial. «Le coeur a ses raisons que la Raison ne connait pas» (Pascal).
Fuente: Carlos GUREMENDEZ: Teoría de los sentimientos
(*) Carlos Gurméndez (1916-1997) fue un filósofo y escritor español de origen uruguayo. Estudió Derecho y Filosofía en la Universidad de Madrid. Colaborador asiduo en revistas como Revista de Occidente, Cuadernos para el Diálogo, Sistema, ínsula, etc., y periódicos como El País, El Sol, La Voz de Galicia, ha publicado diversas obras de ensayo filosófico: Teoría del humanismo, Ser para no ser (ensayo de una dialéctica subjetiva), El secreto de la alienación, El tiempo y la dialéctica, El hombre actor de sí mismo (ensayo de una antropología dialéctica) y Teoría de los sentimientos.
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