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Características de una relación de ayuda

Condiciones que se han de dar para que una relación resulte de «ayuda»

Hay muchos tipos de relaciones entre las personas. En otro lugar ya vimos la importancia de las relaciones interpersonales (ver aquí). Las hay de simple compañerismo, otras buscan una buena comunicación interpersonal, una comunicación interpersonal de calidad con la otra persona. En este ámbito es en el que se inscriben las «relaciones de ayuda», aquellas en que una de las partes intenta promover en el otro el desarrollo, la maduración, el crecimiento, la capacidad de funcionar mejor .

¿Qué condiciones se han de dar para que una relación resulte de «ayuda»? ¿Qué características ha de reunir la persona que se presta a servir de «ayuda» a otra? Veámoslo de la mano de un experto en el tema, C. ROGERS. Desde hace mucho tiempo, afirma, tengo la convicción de que la relación terapéutica es sólo un tipo particular de relación personal y que todas las relaciones de esa índole son gobernadas por las mismas leyes (Tema desarrollado por C. ROGERS en 1958).

Por C. ROGERS, (1902-1987), psicólogo estadounidense.
Iniciador junto a Abraham Maslow del enfoque humanista en psicología.

Mi interés por la psicoterapia me ha llevado a interesarme por todo tipo de «relación de ayuda». Con estos términos quiero significar toda relación en la que al menos una de las partes intenta promover en el otro el desarrollo, la maduración y la capacidad de funcionar mejor y enfrentar la vida de manera más adecuada. El otro, en este contexto, puede ser un individuo o un grupo. En otras palabras, podríamos definir la relación de ayuda diciendo que es aquélla en la que uno de los participantes intenta hacer surgir, de una o ambas partes, una mejor apreciación y expresión de los recursos latentes del individuo, y un uso más funcional de éstos.

Esta definición abarca una amplia variedad de relaciones cuyo objetivo consiste por lo general en facilitar el desarrollo. Por ejemplo, incluye la relación entre padres e hijos, o la que existe entre el médico y su paciente. La relación docente-alumno cabe también en esta definición, aunque muchos docentes no cuentan entre sus objetivos el de promover el desarrollo de sus discípulos. Comprende también casi todas las relaciones asesor-cliente, tanto en la esfera educacional como profesional o personal. En este último campo, incluiría la amplia gama de relaciones entre el psicoterapeuta y el psicótico hospitalizado, el terapeuta y el individuo alterado o neurótico, y la relación entre el terapeuta y el creciente número de individuos llamados «normales» que inician la terapia para mejorar su propio funcionamiento o acelerar su desarrollo personal. Éstas son, en general, relaciones de dos miembros. Pero también deberíamos pensar en la gran cantidad de interacciones individuo-grupo que intentan ser relaciones de ayuda. También la interacción entre el líder y su grupo de terapia o la que existe entre el asesor de una comunidad y esta última considerada como grupo. Un gran número de las relaciones en que participamos pertenece a esta categoría de interacciones, cuyo propósito consiste en promover el desarrollo y un funcionamiento más maduro y adecuado.

¿Cuáles son las características de las relaciones que efectivamente ayudan y facilitan el desarrollo? ¿Es posible discernir las características que hacen que una relación sea nociva, aun cuando se pretenda con toda sinceridad fomentar el crecimiento y desarrollo?

Las respuestas proporcionadas por la investigación

La mayoría de los estudios existentes hasta la actualidad arrojan cierta luz sobre las actitudes que, de parte de la persona que ayuda, hacen que una relación estimule o inhiba el desarrollo. Consideraremos algunos de estos trabajos. Entre los diversos tipos de actitudes parentales hacia los niños, las «permisivas-democráticas» son, al parecer, las que más facilitan el desarrollo. Los hijos de padres que tenían actitudes cálidas y equitativas demostraron un desarrollo intelectual acelerado —determinado por el incremento de C. I.— y manifestaron más originalidad, seguridad emocional y control, y menor excitabilidad que los niños procedentes de otros tipos de hogares. Cuando las actitudes parentales se clasifican como «de rechazo activo» los niños manifiestan un desarrollo intelectual ligeramente demorado, un empleo poco variado de las habilidades que poseen y cierta falta de originalidad. Son inestables desde el punto de vista emocional, rebeldes, agresivos y peleadores. El asesor, el médico o el administrador que se comporta de manera expresiva y afectuosa, que se muestra respetuoso de su individualidad y de la del otro y cuida de las personas que se hallan a su cargo sin ser posesivo, facilita la autorrealización de la misma manera que los padres.

Entre los procedimientos terapéuticos que los pacientes consideraban más útiles y positivos están la atención personalizada, la manera en que la persona que recibe ayuda percibe la relación, las actitudes y sentimientos del terapeuta hacia el cliente, la confianza que habían sentido en el terapeuta, la comprensión por parte de este último y la sensación de independencia con que habían adoptado sus decisiones, la capacidad de comprender los significados y sentimientos del cliente, la sensibilidad hacia sus actitudes, la actitud de querer comprender al cliente y un interés cálido pero exento de un compromiso emocional exagerado. Otras actitudes beneficiosas por parte del terapeuta: a) el grado de comprensión empática del cliente expresado por el asesor, b) el grado de actitud afectiva positiva (respeto positivo e incondicional) manifestado por el asesor hacia el cliente, c) el grado de sinceridad del asesor y la medida en que sus palabras corresponden a su propio sentimiento interno, y d) el grado en que el componente de expresión afectiva de la respuesta del asesor concuerda con la expresión del cliente.

Entre los elementos que los clientes consideraban inútiles en su relación: las actitudes del terapeuta tales como la falta de interés, el distanciamiento y la simpatía exagerada fueron consideradas de escasa utilidad. En lo que se refiere a los procedimientos, manifestaron que tampoco les habían resultado útiles los consejos específicos y directos del terapeuta acerca de sus propias decisiones, y señalaron que también les disgustaba que éste se ocupara de historias pasadas y no de problemas actuales. Tratar al otro como un objeto son actitudes que no parecen brindar grandes posibilidades de ayuda.

Acabamos de mencionar varios estudios que arrojan cierta luz sobre la naturaleza de la relación de ayuda. Sin embargo, imposible extraer de ellos algunas conclusiones que pueden formularse con cierta seguridad. Parece evidente que las relaciones de ayuda tienen características que las distinguen de las que no lo son. Las características diferenciales se relacionan sobre todo con las actitudes de la persona que ayuda, por una parte, y con la percepción de la relación por parte del «ayudado», por la otra.

¿Cómo puedo crear una relación de ayuda?

He aquí algunas de estas preguntas y consideraciones:

1. ¿Cómo puedo ser para que el otro me perciba como una persona digna de fe, coherente y segura, en sentido profundo? Esto es muy importante. En una época pensé que si cumplía todas las condiciones externas de la confiabilidad —respetar los horarios, respetar la naturaleza confidencial de las entrevistas, etcétera— y mantenía una actuación uniforme durante las entrevistas, lograría ese objetivo. Pero la experiencia me demostró que cuando una actitud externa incondicional está acompañada por sentimientos de aburrimiento, escepticismo o rechazo, al cabo de un tiempo es percibida como inconsecuente o poco merecedora de confianza. He llegado a comprender que ganar la confianza del otro no exige una rígida estabilidad, sino que supone ser sincero y auténtico. He escogido el término «coherente» para describir la manera de ser que me gustaría lograr. Esto significa que debo poder advertir cualquier sentimiento o actitud que experimento en cada momento. Cuando esta condición se cumple, soy una persona unificada o integrada, y por consiguiente puedo ser tal como soy en lo profundo de mí mismo. Ésta es la realidad que inspira confianza a los demás.

2. ¿Puedo ser lo suficientemente expresivo, como persona, de manera tal que pueda comunicar lo que soy sin ambigüedades? Cuando experimento un sentimiento de aburrimiento o fastidio hacia otra persona sin advertirlo, mi comunicación contiene mensajes contradictorios. Mis palabras transmiten un mensaje, pero por vías más sutiles comunico el fastidio que siento; esto confunde a la otra persona y le inspira desconfianza, aunque ella tampoco advierta el origen de la dificultad. Cuando como padre, terapeuta, docente o ejecutivo no logro percibir lo que ocurre en mí mismo a causa de una actitud defensiva, no consigo hacer conscientes mis propios sentimientos, sobreviene el fracaso antes mencionado.  Lo más seguro es ser absolutamente auténtico. Si en una relación determinada soy coherente en una medida razonable, si ni yo ni el otro ocultamos sentimientos importantes para la relación, no cabe duda de que podremos establecer una adecuada relación de ayuda. Si puedo crear una relación de ayuda conmigo mismo —es decir, si puedo percibir mis propios sentimientos y aceptarlos—, probablemente lograré establecer una relación de ayuda con otra persona.

Ahora bien, aceptarme y mostrarme a la otra persona tal como soy es una de las tareas más arduas, que casi nunca puede lograrse por completo. Ésta es mi tarea, puesto que me ha permitido descubrir los defectos existentes en las relaciones que se vuelven difíciles y reencaminarlas por una senda constructiva. Ello significa que, si debo facilitar el desarrollo personal de los que se relacionan conmigo, yo también debo desarrollarme, y si bien esto es a menudo doloroso también es enriquecedor.

3. ¿Puedo permitirme experimentar actitudes positivas hacia esta otra persona: actitudes de calidez, cuidado, agrado, interés, respeto?  Tememos que, si nos permitimos experimentar tales sentimientos hacia otras personas, nos veamos atrapados por ellas. Podrían plantearnos exigencias o bien decepcionamos, y naturalmente no deseamos correr esos riesgos. En consecuencia, reaccionamos tratando de poner distancia entre nosotros y los demás, y creamos un alejamiento, una postura «profesional», una relación impersonal. Nos sentimos realmente satisfechos cuando descubrimos, en ciertas relaciones o en determinadas oportunidades, que sentir y relacionamos con el otro como persona hacia la que experimentamos sentimientos positivos no es de manera alguna perjudicial.

4. ¿Puedo ser suficientemente fuerte como persona como para distinguirme del otro? ¿Puedo respetar con firmeza mis propios sentimientos y necesidades, tanto como los del otro? ¿Soy dueño de mis sentimientos y capaz de expresarlos como algo que me pertenece y que es diferente de los sentimientos del otro? ¿Es mi individualidad lo bastante fuerte como para no sentirme abatido por su depresión, atemorizado por su miedo, o absorbido por su dependencia? ¿Soy íntimamente fuerte y capaz de comprender que su furia no me destruirá, su necesidad de dependencia no me someterá, ni su amor me sojuzgará, y que existo independientemente de él, con mis propios sentimientos y derechos? Cuando logro sentir con libertad la capacidad de ser una persona independiente, descubro que puedo comprender y aceptar al otro con mayor profundidad, porque no temo perderme a mí mismo.

5.¿Estoy suficientemente seguro de mí mismo como para admitir la individualidad del otro? ¿Puedo permitirle ser lo que es: honesto o falso, infantil o adulto, desesperado o pleno de confianza? ¿Puedo otorgarle la libertad de ser? ¿O siento que el otro debería seguir mi consejo, depender de mí en alguna medida o bien tomarme como modelo? El asesor menos adaptado y competente tiende a inducir una adecuación a su propia personalidad y procura que sus clientes lo tomen como modelo. En cambio, el asesor más competente y adaptado puede interactuar con un cliente durante muchas entrevistas sin interferir la libertad de éste de desarrollar una personalidad muy diferente de la de su terapeuta. Sin duda alguna, es preferible pertenecer a este último grupo, tanto sea como padre, supervisor o asesor.

6. Otra pregunta que me planteo es: ¿Puedo permitirme penetrar plenamente en el mundo de los sentimientos y significados personales del otro y verlos tal como él los ve? ¿Puedo ingresar en su mundo privado de manera tan plena que pierda todo deseo de evaluarlo o juzgarlo? ¿Puedo entrar en ese mundo con una delicadeza que me permita moverme libremente y sin destruir significados que para él revisten un carácter precioso? ¿Puedo sentirlo intuitivamente de un modo tal que me sea posible captar no sólo los significados de su experiencia que él ya conoce, sino también aquellos que se hallan latentes o que él percibe de manera velada y confusa? ¿Puedo extender esta comprensión hacia todas las direcciones, sin límite alguno? Pienso en el cliente que una vez dijo: «Cuando encuentro alguien que sólo comprende de mí una parte, por vez, sé que llegaremos a un punto en que dejará de comprender… lo que siempre he buscado es alguien a quien comprender».

Existe una poderosa tentación de «corregir» a los alumnos, o de señalar a un empleado los errores de su modo de pensar. Pero cuando en estas situaciones me permito comprender, la gratificación es mutua. Con mis clientes, a menudo me impresiona el hecho de que un mínimo grado de comprensión empática —un intento tosco y aun fallido de captar la confusa complejidad de su significado— puede significar una ayuda; aunque no cabe duda de que la mayor utilidad se logra cuando puedo ver y plantear con claridad los significados de su experiencia que han permanecido oscuros y encubiertos para él.

7. Otro problema se relaciona con mi capacidad de aceptar cada uno de los aspectos que la otra persona me presenta. ¿Puedo aceptarlo tal cual es? ¿Puedo comunicarle esta actitud? ¿O puedo recibirlo sólo de manera condicional, aceptando algunos aspectos de sus sentimientos y rechazando otros abierta y disimuladamente? Según mi experiencia, cuando mi actitud es condicional, la otra persona no puede cambiar o desarrollarse en los aspectos que no soy capaz de aceptar. Cuando más tarde —a veces demasiado tarde— trato de descubrir las razones por las que he sido incapaz de aceptarlo en todos sus aspectos, suelo descubrir que ello se debió a que me sentía temeroso o amenazado por alguno de sus sentimientos. Si deseo brindar mejor ayuda, antes debo desarrollar y aceptar esos aspectos en mi.

8. La siguiente pregunta se relaciona con un tema eminentemente práctico. ¿Puedo comportarme en la relación con la delicadeza necesaria como para que mi conducta no sea sentida como una amenaza? Si puedo liberarlo tanto como sea posible de las amenazas externas, podrá comenzar a experimentar y ocuparse de los sentimientos y conflictos internos que representan fuentes de amenazas.

9. ¿Puedo liberar al cliente de la amenaza de evaluación externa? En casi todas las fases de nuestra vida —en el hogar, la escuela, el trabajo— estamos sujetos a las recompensas y castigos impuestos por los juicios externos. «Está bien»; «Eres desobediente»; «Esto merece un diez»; «Aquello merece un aplazo»; «Eso es buen asesoramiento»; «Aquello es mal asesoramiento». Este tipo de juicios forma parte de nuestra vida, desde la infancia hasta la vejez. Según mi experiencia, esos juicios de valor no estimulan el desarrollo personal; por consiguiente, no creo que deban formar parte de una relación de ayuda. Curiosamente, una evaluación positiva resulta, en última instancia, tan amenazadora como una negativa, puesto que decir a alguien que es bueno implica también el derecho a decirle que es malo. En consecuencia, he llegado a sentir que cuanto más libre de juicios y evaluaciones pueda mantener una relación, tanto más fácil resultará a la otra persona alcanzar un punto en el que pueda comprender que el foco de la evaluación y el centro de la responsabilidad residen en sí mismo, que sólo a él concierne, y no habrá juicio externo capaz de modificar esta convicción. Por esta razón quiero lograr relaciones en las que no me sorprenda evaluando al otro, ni siquiera en mis propios sentimientos. Pienso que esto le da la libertad de ser una persona responsable de sus propios actos.

10. Veamos una última pregunta: ¿Puedo enfrentar a este otro individuo como una persona que está en proceso de transformarse o me veré limitado por mi pasado y el suyo? Si en mi contacto con él lo trato como a un niño inmaduro, un estudiante ignorante, una personalidad neurótica o un psicópata, cada uno de estos conceptos que aporto a la relación limita lo que él puede ser en ella. Se trata de «confirmar al otro». «Confirmar significa… aceptar la total potencialidad del otro… Puedo reconocer en él, conocer en él a la persona que ha sido… creada para transformarse… Lo confirmo en mí mismo, y luego en él, en relación con esta potencialidad que… ahora puede desarrollarse, evolucionar». Si considero a la otra persona como a alguien estático, ya diagnosticado y clasificado, ya modelado por su pasado, contribuyo a confirmar esta hipótesis limitada. Si, en cambio, lo acepto como un proceso de transformación lo ayudo a confirmar y realizar sus potencialidades.

Si en una relación sólo veo una oportunidad de reforzar ciertos tipos de palabras u opiniones del otro, tiendo a confirmarlo como objeto: un objeto básicamente mecánico y manipulable. Si esto constituye para mí su potencialidad, el otro tenderá a actuar de maneras que corroboren esa hipótesis. Si, por el contrario, veo en la relación una oportunidad de «reforzar» todo lo que la otra persona es, con todas sus potencialidades existentes, ella tenderá a actuar de maneras que confirmen esta hipótesis. Entonces lo habrá confirmado como persona viviente, capaz de un desarrollo creativo inmanente.

Conclusión

Sospecho que la relación de ayuda óptima sólo puede ser creada por un individuo psicológicamente maduro. Dicho de otra manera, mi capacidad de crear relaciones que faciliten el desarrollo de otros como personas independientes es una función del desarrollo logrado por mí mismo. Si deseo crear relaciones de ayuda tengo una ocupación interesante por el resto de mis días, que acrecienta y actualiza mis potencialidades en el sentido del desarrollo.

Todos los que trabajamos en el campo de las relaciones humanas e intentamos comprender la armonía existente en él, estamos comprometidos en la empresa más importante del mundo moderno. Si nos esforzamos seriamente por comprender nuestra labor como administradores, docentes, asesores educacionales o vocacionales o bien como psicoterapeutas, entonces estaremos trabajando sobre el problema que determinará el futuro de este planeta. Porque el futuro no depende de las ciencias físicas, sino de los que procuramos comprender las interacciones entre los seres humanos y crear relaciones de ayuda. Tengo la esperanza de que las preguntas que hoy me formulo ayuden al lector a adquirir mayor comprensión y perspectiva en sus propios esfuerzos por facilitar el desarrollo en sus relaciones.

Fuente: C. ROGERS: El proceso de convertirse en persona cap. 3.

Ver también:

sección: RELACIONS D'AJUDA

sección: LES RELACIONS HUMANES




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