La verdad universal obviada por la ciencia
La ciencia no tiene el monopolio de lo «real»: La verdad olvidada
La comprensión pre-modema de la existencia de «realidades extraordinarias» de las que nos ha despojado la estrecha visión de la modernidad.
El «mundo chato» es la idea de que el único mundo real es el mundo sensorial, empírico y material, un mundo en el que no existen dimensiones superiores ni dimensiones más profundas […] ni tampoco, por cierto, estadios superiores de evolución de la conciencia. Desde este punto de vista, lo único que realmente existe es lo que podemos percibir con nuestros sentidos o asir con nuestras manos, un mundo despojado de cualquier tipo de energía ascendente, un mundo ajeno a toda trascendencia. El dios, o la diosa, del capitalismo, del marxismo, del industrialismo, de la ecología profunda, del consumismo, o del ecofeminismo, es el dios de lo que puede verse con los ojos, percibirse con los sentidos, registrarse con los sentimientos o venerarse con las sensaciones, un dios al que se puede hincar el diente y que se agota en las formas.
La mayoría de las cosmologías están contaminadas por el sesgo materialista que las lleva a concluir que el cosmos físico es lo único real y que todo lo demás debe ser explicado con referencia al plano material. Pero ése es un reduccionismo burdo que acaba arrojando a la totalidad del Kosmos contra el muro del reduccionismo hasta que todos los dominios de la existencia – excepto el físico– acaban desangrándose lentamente y muriendo ante nuestros ojos. (Ken WILBER, Antología de textos escogidos)
Los seres humanos, las civilizaciones y las culturas no son estáticos, monolíticos, son dinámicos, cambiantes, evolucionan, ideológicamente plurales, diversos... con diferentes cosmovisiones, creencias, religiones, filosofías de la vida, diversidad en la forma de pensar y en las formas de vivir... ¿Cómo los seres humanos nos vemos y comprendemos a nosotros mismos? ¿Hay algo en común, algún denomindor común, entre esa diversidad de visiones de la realidad, de cosmovisiones, que se han dado a lo largo de la historia? ¿Cuál es ese denominador común que subyace al conjunto de culturas, creencias, credos, religiones que el ser humano ha ideado…? Hay algo que como humanos forma parte de nuestra naturaleza constitutiva, que en cierta manera nos unifica: nos planteamos cuestiones, nos preguntamos, anhelamos, deseamos conocer, queremos saber... Anhelamos encontrar sentido a todo cuanto existe... deseamos desesperadamente encontrar un modelo explicativo completo de la realidad cuyas verdades esenciales estén arraigadas en las «profundidades inmutables del universo»
La ciencia moderna aparece como fuente de la verdad de facto para la mayoría de nuestros contemporáneos. El hecho de que la ciencia recurra en exclusiva a la razón y a datos empíricos le da un aire de objetividad que en la práctica le ha conferido una autoridad casi indiscutible. La ciencia moderna se revela como un mero sistema de creencias que fracasa radicalmente a la hora de ofrecer un conocimiento completo de la realidad; y ello en contraste con la sabiduría eterna de las grandes religiones del mundo, que desde hace milenios ofrecen a la humanidad no sólo las claves del conocimiento verdadero, sino también el medio para realizar ese conocimiento, que es lo que constituye precisamente la razón de ser del hombre. Una crítica intelectual de la ciencia moderna en sus fundamentos examinando los limites intrínsecos del pensamiento racional y de la investigación empírica. (Alieza K. Ziarani y Mahmoud Bina: La filosofía de la ciencia a la Luz de la Sabiduría Perenne)
Huston Smith*, considerado una autoridad mundial en la historia y la filosofía de las religiones, en su obra «La verdad olvidada» articula la unidad que subyace en todas las grandes tradiciones religiosas. Esas grandes tradiciones difieren externamente entre sí; ahora bien, internamente es como si «una geometría invisible», como si sobre el conocimiento de la realidad se hubiera estado esculpiendo una única verdad intuida por esas grandes tradiciones sapienciales. La excepción notable a esta oculta «unanimidad» somos nosotros: la visión moderna occidental ha creado una disonancia que se debe a una malinterpretación de la ciencia. Se creía que la ciencia proporcionaría una visión global del mundo, y al fin vemos que sólo muestra su mitad física y calculable. De ahí que el autor en «La verdad olvidada», una vez concluido el triunfalismo científico, se proponga rastrear la citada «unanimidad humana», creando un esquema interpretativo viable para nuestro tiempo..
- La ciencia ha dejado de ser un modelo adecuado para explicar incluso la parte del mundo de la que se ocupa.
- La moderna reducción de la realidad a un solo plano ontológico es un mero subproducto psicológico -que no lógico- de la actividad científica.
- La modernidad ha permanecido atrapada en una visión supuestamente científica. Ha considerado que la realidad era tan sólo lo que nos decía la ciencia.
- La ciencia contempla el mundo a través de un visor restringido y, en consecuencia, debemos despojarnos de ese concepto erróneo porque el horizonte que nos proporcione siempre será parcial.
- La realidad excede a aquello que es capaz de registrar la ciencia.
- La imagen de una realidad estratificada en múltiples niveles constituye la principal hipótesis esbozada por la humanidad a lo largo de su historia.
- Las personas tenemos la necesidad de creer que las verdades que percibimos se arraigan en las profundidades inmutables del universo. ¿Qué importancia podría tener cualquier otro tipo de verdad?
- ¿Cómo podemos seguir creyendo en ello cuando hay otros que contemplan verdades completamente diferentes?
- Ésta fue una necesidad que los pueblos antiguos, encerrados en la concha de sus creencias tribales, no tuvieron que afrontar. Somos nosotros -la sociedad moderna y laica-, quienes más acuciados nos vemos por ese problema.
- Las creencias de los hombres y mujeres concretos (el ateo militante, el creyente piadoso, el escéptico contumaz, etc.) son demasiado heterogéneas como para verse adecuadamente categorizadas, pero cuando agrupamos por colectividades las visiones de las tribus, las sociedades, las culturas -y, a un nivel más profundo, de las grandes religiones del mundo entero-, no tarda en emerger una pauta común que nos permite advertir la notable similitud que subyace a sus diferencias superficiales.
- Y lo mismo ocurre con las visiones de las colectividades que si bien, desde una perspectiva externa, son notablemente diferentes, comparten por doquier la misma "geometría invisible" interna, un denominador común, un fondo esencial común.
- La única excepción a esta "unanimidad humana" es la visión sostenida por el Occidente moderno que, a nuestro entender, se basa en una -llamémosla así- interpretación errónea de la ciencia moderna.
- La causa de nuestra situación se asienta en una interpretación incorrecta de la ciencia, sólo corrigiéndola podremos reintegrarnos a la especie humana.
- Uno de nuestros principales errores ha sido el de esperar que la ciencia nos proporcionase una visión completa del mundo. Ahora sabemos que sólo puede brindamos una imagen de la mitad del mundo, su parte física, calculable, verificable y controlable y, aun así, esa mitad es irrepresentable, es decir, no puede ser visualizada. Lo cierto es que la ciencia ha dejado de ser un modelo adecuado para explicar incluso la mitad del mundo de la que se ocupa.
- Durante más de dos mil años, los europeos creyeron -siguiendo a Aristóteles- que la Tierra se hallaba rodeada de esferas cristalinas de algún modo sensibles, una visión que la ciencia moderna reemplazó por su modelo, según el cual el universo se asemejaba a un mecanismo de relojería. La ciencia postmoderna, por su parte, no nos ha brindado un modelo alternativo del universo, sino que sostiene la implausibilidad de cualquier modelo. Richard Feymnan: «Nadie tiene la menor idea de por qué la naturaleza funciona del modo en que lo hace»
- Pero el triunfalismo científico que estuvo a punto de convertirse en el espíritu de la época de la modernidad, ha tocado a su fin. Por más eficaz que sea la ciencia en ciertos ámbitos, existen otros a los que el método empírico no puede acceder: La esfera de los valores. El ámbito de los propósitos. El significado de la vida. Los aspectos cualitativos de la realidad…). Y además el tipo de objetos con los que opera no puede proporcionarnos una imagen global del mundo.
- La postmodernidad, pues, se caracteriza por una falta de visión del mundo y por una extraordinaria confusión. «Ninguna persona sincera -afirma Simone Weil- puede negar hoy en día estar confuso».
- Si los seres humanos no necesitáramos la seguridad y orientación vital que nos proporcionan los modelos de la realidad no existiría ningún problema, pero la historia ha demostrado que resultan absolutamente imprescindibles.
- En las sociedades que funcionaban como auténticas culturas los seres humanos disponían de un sistema de valores y creencias que les permitían saber quiénes eran y sentirse en paz consigo mismos.
- También ha habido épocas no tan buenas en las que, no obstante, existía algún tipo de consenso a este respecto y los símbolos poseían una importancia y un significado estable y proporcionaban puntos de referencia en torno a los cuales las personas podían reunirse, consolarse, apoyarse y, de ese modo, combatir juntas los males que les aquejaban. Pero, los males que afectan a la sociedad occidental postmodema son mucho más profundos. Hoy en día parece que lo que se halla en cuestión es el núcleo mismo de nuestro sistema de valores, el modo en que los seres humanos nos vemos y comprendemos a nosotros mismos.
- Anhelamos desesperadamente encontrar un modelo explicativo completo de la realidad cuyas verdades esenciales estén arraigadas en las «profundidades inmutables del universo».
- Y para ello será necesario recuperar la profunda conexión existente entre el ser humano y el mundo que se vio rota por el advenimiento de la ciencia moderna.
- Para ello la ciencia actual tiene la necesidad inexcusable de admitir la existencia de «realidades invisibles» para ella.
- A principios del siglo pasado, William James definió la religión como «la creencia en la existencia de un orden invisible y que nuestra felicidad suprema consiste en saber adaptarnos adecuadamente a ese orden».
- Hoy en día, la ciencia no sólo habla cada vez más acerca de lo invisible, sino que comienza a hacerlo con un tono sumamente respetuoso. Hoy más del noventa por ciento de los científicos actuales afirman ya que el noventa por del universo es invisible. De modo que la ciencia no sólo ha acabado admitiendo la existencia de lo invisible sino que, además, también acepta que lo invisible precede a lo visible y lo crea o, de algún modo, lo torna posible. La ciencia describe que lo visible se deriva de lo invisible.
- Toda la materia se origina en un sustrato imperceptible, un sustrato que no podemos definir adecuadamente como material, puesto que impregna de modo uniforme la totalidad del espacio y es impenetrable a cualquier tipo de observación. En cierto sentido, se asemeja a un vacío inmaterial, indetectable y omnipresente, una forma muy peculiar de «nada» de la que dimana la totalidad de la materia.
- El mundo actual adolece de un conocimiento profundo acerca de la naturaleza de las cosas. Sus avances han acabado eclipsando todos los logros alcanzados desde la aparición del cristianismo... Lo más llamativo, sin embargo, es la fascinación que la ciencia parece ejercer sobre la mentalidad del hombre moderno, que depende tanto de ella que ni siquiera suele cobrar conciencia de este hecho.
Según la visión científica de las cosas la realidad constituye una inmensa jerarquía espacial, una jerarquía de magnitudes que, en su registro intermedio -el mesocosmos en que se desarrolla nuestra vida cotidiana- alberga objetos cuyo orden de magnitud va desde los centímetros hasta los metros y los kilómetros. El microcosmos que se halla por debajo del mesocosmos incluye las células, los átomos y los núcleos atómicos, cuyas magnitudes van del orden de la milésima hasta la cien millonésima y la diez mil millonésima de centímetro, respectivamente. Y, si seguimos descendiendo hacia lo que se extiende más abajo o, mejor dicho, más adentro -hacia los nucleones y sus elementos constitutivos-, continúan desplegándose exponencialmente órdenes de magnitud inferiores.
- Si, por el contrario, invertimos la dirección de nuestra mirada, nos adentraremos en el macrocosmos, en donde el sol gira alrededor de la galaxia a una velocidad que le lleva a invertir unos doscientos cuarenta millones de años en completar su movimiento de rotación alrededor del centro de la galaxia, una más entre los miles de millones de galaxias que, según se estima, existen en el universo. El espacio intergaláctico es tan descomunal que la galaxia de Andrómeda, nuestra vecina más próxima, se halla a una distancia de unos 2.200.000 años luz, más allá de los cuales se extienden nebulosas y más nebulosas hasta arribar a los confines del universo conocido configurando una especie de esfera tetradimensional cuyo diámetro aproximado tiene unos 26.000.000.000 de años luz.
- La visión pre-moderna del mundo -la visión anterior a la emergencia de la ciencia moderna- era igualmente jerárquica y, en su nivel intermedio, también se hallaba el plano humano, acotado por los mundos superiores y por los inferiores, es decir, por el cielo y el infierno propios de las cosmologías tradicionales.
- Pero, si bien ambas visiones comparten el mismo diseño jerárquico, las unidades de medida que emplean son completamente diferentes. En este sentido, la ciencia se centra en la cantidad (es decir, el espacio, el tamaño y la energía de fuerzas que pueden ser cuantificadas numéricamente), mientras que la jerarquía tradicional se ocupó, por el contrario, de la cualidad. Así por ejemplo, si los mundos superiores rebosan de sentido, significado e importancia, es porque están más saturados de ser y se hallan dotados, por tanto, de una mayor realidad. Así pues, aunque los tres términos de la formulación clásica de la realidad en tanto que sat, chit y ananda (es decir, «ser», «conciencia» y «beatitud») se hallan estrechamente relacionados, el ser es básico y primordial. Desde esta perspectiva, en última instancia, la escala de la jerarquía tradicional es de naturaleza ontológica.
- Fue la noción de una realidad estratificada en niveles más o menos saturados de ser la que la visión del ser humano ha dominado hasta el advenimiento de la ciencia moderna.
- Nadie mejor que M. Eliade para pronunciarse en torno a la mentalidad del hombre precivilizado. Reduciendo la jerarquía ontológica a su esencia, M. Eliade estableció una distinción fundamental entre lo sagrado y lo profano. «En la medida en que puede, el hombre de las sociedades arcaicas tiende a vivir dentro de la esfera de lo sagrado... -escribe Eliade porque, para la mentalidad primitiva... lo sagrado equivale al poder y, en última instancia, a la realidad. Dicho de otro modo, lo sagrado se halla saturado de ser». Y lo que prevaleció en las sociedades tribales se vio posteriormente asumido por las civilizaciones que, si bien perfeccionaron la perspectiva jerárquica, también mantuvieron, no obstante, su estructura básica.
De un modo u otro, la jerarquía ontológica ha sido la filosofía prevalente de la mayor parte de la humanidad civilizada a lo largo de su historia, transmitida de diferentes maneras y con distintos grados de rigor y detalle por el mayor número de mentes especulativas y de grandes maestros religiosos. Tratemos de rastrear -sin olvidar la universalidad de la visión jerárquica sostenida tanto por las sociedades tribales como por las civilizaciones que le sucedieron- la presencia de este principio en nuestra sociedad actual.
- Para Platón en el extremo superior de la jerarquía del ser, se halla la Forma del «Bien», el más real de los diferentes grados del ser, el «Bien en sí» radicalmente ajeno a nuestro mundo cotidiano. Al ser la «perfección pura» constituye el objeto universal de deseo y es también la causa del resto de las cosas que se hallan subordinadas a él.
- Aristóteles elaboró posteriormente con más detalle esta visión graduada de la porción finita del espectro y su scala naturae permitió la clasificación biológica y una definición de la continuidad que ha acabado aplicándose a la totalidad de la escala.
- El resultado fue una concepción del diseño y la estructura del mundo que, durante toda la Edad Media y hasta el siglo XVIII... aceptaron sin cuestionar casi todas las mentes más privilegiadas, la idea de que el universo constituye una "Gran Cadena del Ser" compuesta de un inmenso... o infinito número de eslabones ordenados jerárquicamente, que abarca "todo lo posible", hasta alcanzar la clase suprema de los existentes ... el ens perfectissimum.
- Pero, ¿qué ocurrió en ese momento que acabó provocando el colapso de la visión tradicional (la tradición primordial constitutiva del ser humano a la que podríamos denominar «unanimidad humana»)? En la medida en que terminó eclipsando a la historia humana hasta ese momento debió tratarse de algo muy poderoso y el mejor candidato de que disponemos para ocupar ese lugar es la ciencia. Así pues, aunque Bacon, Hobbes y Newton ya la intuyeron en el siglo XVII, tuvo que transcurrir todavía otro siglo antes de que la visión científica del mundo acabara imponiéndose.
- La estructura de ambas visiones (primordial y moderna) era tal que su colisión resultó inevitable. La ciencia moderna sólo requiere de un nivel ontológico --el físico-, un nivel que comienza y finaliza con la materia perceptible. La ciencia optó por moverse exclusivamente en el marco de la realidad física.
- Pero existen ocasiones en las que la ciencia debe moverse en un terreno un tanto resbaladizo porque, tanto en sus micro como en sus macromanifestaciones, la materia en ocasiones adopta formas poco familiares (véase sino el inusual comportamiento de la materia en el ámbito microscópico -física cuántica- ver aquí).
- La ciencia siempre se atendrá, de un modo u otro, a sus indicadores fundamentales: el espacio, el tiempo y la materia/energía, que son, además, intercambiables. Y es precisamente en virtud del hecho de que la ciencia se atiene exclusivamente a estas pautas que, en última instancia, sus contenidos son de un solo tipo.
- Los objetos pueden ser grandes o pequeños, las fuerzas pueden ser intensas o débiles, los períodos de tiempo pueden ser largos o cortos, pero todas esas cosas son numéricamente mensurables. Por ello resulta absurdo esperar que la ciencia admita la existencia de un estatus ontológico diferente de lo cuantificable, como ser mejor o más real (ámbito de los «valores»), pongamos por caso.
- Al ocuparse exclusivamente de un único plano ontológico (lo tangible, lo material), la ciencia puso en cuestión la existencia misma de otros planos y, puesto que ese reto no fue adecuadamente respondido, su visión acabó imponiendo su impronta al mundo moderno. Por ello la modernidad puede definirse como una perspectiva que únicamente contempla la existencia de un solo plano ontológico (el plano de la realidad material, tangible, física).
- En lo que respecta a la religión (la dimensión metafísica), la modernidad desmitologiza la tradición para acomodarla a su visión chata del universo. Y, si la existencia de Dios requiere la existencia de planos más elevados, para la ciencia la inexistencia de éstos también implica la inexistencia de aquél, de donde se deriva «la muerte de Dios».
- En un mundo que gira en torno al análisis de las cosas, la verdad subjetiva no suele cuadrar con la verdad objetiva y la filosofía ha acabado plegándose también a las premisas fundamentales de la ciencia.
- «El mejor modo de resumir la visión (¿científica?) del mundo de Willard Quine [uno de los filósofos más influyentes de los últimos veinte años en los Estados Unidos] sería decir que... en el mundo sólo existe un tipo de entidades, las entidades estudiadas por las ciencias naturales, los objetos físicos y que, en consecuencia, el único conocimiento válido es el que nos proporcionan las ciencias naturales»
- No es de extrañar que la mentalidad moderna haya terminado "fascinada" por la ciencia. Y es que, gracias a la tecnología, la ciencia es capaz de realizar auténticos milagros, como rascacielos que se mantienen en pie y hombres que caminan sobre la faz de la luna. Hay que señalar además que, en sus estadios iniciales, esos milagros coinciden con nuestros anhelos más profundos, la multiplicación de los bienes, la reducción del esfuerzo físico y la erradicación de la enfermedad. La ciencia nos ha proporcionado un hermoso edificio noético erigido en torno al método científico. Ello ha contribuido a que el ser humano haya acabado convirtiéndose a la ciencia y que esa conversión no fuera el fruto de una imposición imperialista de los científicos, sino una simple consecuencia de la espectacularidad de sus conquistas que llevó a todos los pensadores a sumarse rápidamente sus a filas. La conversión del ser humano a la visión científica del mundo, se asienta, no obstante, en un incuestionable error lógico. Y es que tratar de vivir de acuerdo a la visión de la realidad sostenida por la ciencia es como contentarnos con habitar en el armazón de nuestra casa o con amar a nuestra esposa abrazando su esqueleto.
- Estrictamente hablando, la ciencia está incapacitada para brindamos una visión del mundo y que, en caso de pretenderlo, incurre en una flagrante contradicción. A fin de cuentas, la ciencia no se relaciona con el mundo sino tan sólo con una parte del mundo. Según afirma la ciencia, hay que abordar las cosas, pero todas las cosas, no sólo la mitad de ellas (hay realidades al margen del marco estrictamente material que para la ciencia no existen).
- Todo el mundo está de acuerdo en que la ciencia, en tanto que instrumento para sondear la verdadera naturaleza de las cosas, tiene un alcance limitado. Para ilustrar esto Karl Popper elaboró una metáfora, según la cual la ciencia es una especie de reflector que rastrea el firmamento nocturno en busca de aviones y que sólo precisa de dos cosas para poder detectarlos, que existan y que se hallen dentro de la zona iluminada, es decir, que existan y que estén ahí (en la región iluminada por el reflector).
- Obviamente, el propósito de esta imagen es el de evidenciar la naturaleza restringida de la empresa científica que, lejos de abarcar la totalidad del firmamento, sólo ilumina aquella zona que se halla dentro del campo de acción del foco luminoso. No es de extrañar que la imagen proporcionada por observaciones tan limitadas sea incapaz de brindarnos una visión global del universo.
- Es posible comparar la ciencia con una serie de círculos concéntricos del siguiente modo: El círculo exterior se denomina objetividad y ningún conocimiento puede afirmar ser científico hasta que no accede a ese dominio, es decir, hasta que no concita el adecuado acuerdo intersubjetivo entre los seres humanos adecuadamente entrenados para ello. El segundo círculo -el de la predicción- se halla más cerca del núcleo de la ciencia. El científico puede llegar a desvelar, predecir, las leyes que rigen del mundo objetivo. Pero cuando la ciencia va más allá y llega a dominar esas leyes desveladas y a provocar cambios, por así decirlo, en el curso de la naturaleza, se adentra en el círculo que denominamos control. También podemos apreciar una limitación en las posibilidades expresivas de los «lenguajes» empleados. La ciencia trata cuantitativamente la realidad. El «número», la cuantificación, los aspectos medibles, cuantificables de la realidad expresados numéricamente, matemáticamente, más que la «palabra»... son el lenguaje propio con el que se expresa la ciencia. La ciencia se ocupa, pues, del mundo objetivo numéricamente, matemáticamente, expresable.
- Hoy en día se habla mucho de la expansión del método científico y de su posible aplicación a ámbitos más amplios y humanos. Todos sabemos que el motivo fundamental para tratar de expandir la ciencia no reside tanto en el egoísmo como en la pretensión equivocada de que su comprensión de la materia la habilita también para comprender al ser humano. El error reside en no advertir las limitaciones de las herramientas de la ciencia en lo que respecta al ser humano y en considerarlo como un «objeto», lo cual acaba conduciendo a su degradación y despojándolo de aquellas cualidades que sus instrumentos son incapaces de detectar (reduccionismo antropológico).
- Excurso sobre el lenguaje de la ciencia y la cualidad del número y la palabra: La naturaleza parece tener un carácter matemático en cuanto es medible, cuantificable. ¿Por qué el número parece adaptarse tan bien a la naturaleza? El número parece adaptarse mejor que la palabra, por su precisión, a la descripción de ese aspecto cuantificable de la naturaleza. Si el número es el vehículo de la precisión, pero no es la unidad de medida de la tradición que se basa en la cualidad y no en la cantidad, ¿acaso no se sigue de ello (conclusión) que la visión tradicional se halla irremisiblemente condenada a la vaguedad del lenguaje verbal?
- Si alguien nos preguntara ¿qué es lo que ha proporcionado al ser humano y al mundo la visión no científica?, No dudaríamos en responder «significado, sentido y una visión coherente de las cosas…». Si comparamos la visión tradicional con las descripciones que nos brinda la visión científica, la ambigüedad de la visión tradicional se ve sobradamente compensada por el valor de la palabra, que es la alternativa al número. Y aunque la palabra adolece de la precisión absoluta, también la dota de una textura de la que carecen los números. Desplegándose y replegándose en todo tipo de sugerencias y alusiones, las palabras se entrelazan y retuercen buscando el fértil terreno de lo subliminal. No es de extrañar que los lógicos traten de cortar por lo sano y se apresten a usar signos fijos e inmutables. Pero la desesperación del lógico es la gloria del humanista, que es capaz de percibir, en la adversidad de la ambigüedad verbal, todo tipo de oportunidades ya que la polivalencia de la palabra le permite adentrarse en la pluridimensionalidad del espíritu humano y representar sus logros más elevados de un modo que los números nunca podrán hacer.
- Ahora estamos en condiciones de ver con más detalle dónde residen exactamente las limitaciones de la ciencia. La ciencia se ocupa exclusivamente del conocimiento objetivo, es decir, del conocimiento verificable intersubjetivamente. Los datos sensoriales son aquello sobre lo que los seres humanos nos ponemos más fácilmente de acuerdo, el conocimiento científico se limita a aquellos datos ligados, de un modo u otro, a los órganos sensoriales del ser humano, a lo experimentable, medible, cuantificable, a la realidad tangible, «objetiva». Y este ámbito no es otro que la materia/energía en sus múltiples formas y variantes, y ese es el ámbito propio de la ciencia, el objeto de estudio propio de la ciencia. Y, dentro de este dominio específico, lo que busca la ciencia es un conocimiento exacto -un conocimiento que pueda expresarse matemáticamente- que sea predictivo y aumente nuestro grado de control.
- ¿Qué es lo que queda, pues, fuera de la zona iluminada por el reflector de la ciencia?
- La esfera de los valores en su sentido final y más propio: en general la esfera de los valores queda fuera del marco de referencia de la ciencia. La ciencia no tiene tanto que ver con valores intrínsecos. La ciencia jamás podrá decimos que el hecho de fumar sea malo porque sólo puede pronunciarse sobre valores descriptivos (lo que son las cosas) pero no prescriptivos (pero no lo que deberían ser) y, en consecuencia, puede decimos qué es lo que más valoran los seres humanos, pero no lo que deberían valorar. Nunca podrá haber una ciencia del summun bonum, porque los valores normativos quedan completamente fuera de su alcance.
- El ámbito de los propósitos: Para que la ciencia pueda cumplir adecuadamente con su cometido debe desterrar ocuparse de las causas finales o finalidad última y ocuparse exclusivamente de explicaciones basadas en causas eficientes, en cómo son las cosas o por qué son las cosas, no para qué son (finalidad)... La piedra angular del conocimiento científico se asienta en... la negación sistemática que hace la ciencia de que el "verdadero" conocimiento pueda ser alcanzado mediante la interpretación de los fenómenos en función de causas finales, es decir, de "propósitos". La ciencia no se pronuncia sobre las causas finales, últimas... el propósito o finalidad última de los fenómenos, de la vida o del Universo.
- El significado de la vida. La ciencia permanece silente en lo que respecta a cierto tipo de significados existenciales y globales. ¿Cuál es el sentido de la existencia? ¿Por qué estamos vivos? ¿Acaso el universo tiene un propósito y un sentido? La ciencia se halla circunscrita a una esfera, un ámbito concreto de la realidad y sólo podrá proyectar su reflector dentro de los límites impuestos por esa dimensión y no podrá salir de ellos para forjarse una visión de conjunto.
- La cualidad, los aspectos cualitativos de la realidad. Éste es un rasgo fundamental, porque es el componente cualitativo el que infunde poder a los valores, los significados y los propósitos. La cualidad en sí resulta incuantificable. O se percibe tal como que es o no se percibe y no es posible transmitir su naturaleza a quien no tenga una experiencia directa de ella. La incapacidad de abordar las cualidades no mensurables obliga a la ciencia a limitarse a un «universo descualificado». Así pues, los valores, los significados, los propósitos y las cualidades escapan al escrutinio de la ciencia. Sin embargo, el ser humano se halla inmerso en este océano y no puede estar excluido de su horizonte. Esto es precisamente lo que queríamos decir cuando mencionábamos la imposibilidad de alcanzar una visión científica del mundo porque, considerado en su totalidad, el mundo no se limita a lo que afirma la ciencia, sino que también incluye lo que nos dicen la filosofía, la religión, el arte y el lenguaje cotidiano, por ejemplo. No es la ciencia, pues, sino el conjunto de los sistemas simbólicos utilizados por el ser humano -de los que la ciencia forma parte- lo que constituye la medida de todas las cosas.
Dos han sido las grandes visiones de la realidad
¿De qué modo específico la ciencia se halla limitada? ¿De qué forma restringe sus intereses?
Dónde residen exactamente las limitaciones de la ciencia.
El problema no reside tanto en la ciencia como en el cientificismo porque, mientras que la ciencia es positiva y sólo se ocupa de informar de sus descubrimientos, el cientificismo es negativo, va más allá de los auténticos descubrimientos científicos y se atreve a negar la validez de «otros abordajes», otras formas de conocimiento, para alcanzar el conocimientoverdadero de la realidad. Es así como la ciencia se ve subrepticiamente sustituida por una mala metafísica, porque la pretensión de que las únicas verdades son las científicas no es en sí misma una verdad científica, con lo cual el cientificismo acaba incurriendo en una flagrante contradicción. El cientificismo es una «religión» (la ciencia inconscientemente también alberga en su seno infinidad de asunciones, a prioris, «creencias» indemostrables... ) -una religión secular fruto de la extrapolación de la ciencia- entre cuyos devotos, dicho sea de paso, rara vez se han contado los grandes científicos. La ciencia tiene grandes dificultades para relacionarse con las cosas que no se pueden medir (si es que puede relacionarse con ellas de algún modo) pero, según el gran científico David Bohm: «lo inconmensurable constituye la fuente primordial e incondicional de toda realidad... de la que la medición no es sino un aspecto secundario y dependiente».
¿Dónde, pues, nos encontramos?
En nuestra revisión acerca de la naturaleza de las cosas hemos descubierto que la moderna reducción de la realidad a un solo plano ontológico es un mero subproducto psicológico -que no lógico- de la actividad científica. Ninguno de los descubrimientos realizados hasta el momento por la ciencia niega la existencia de otros planos diferentes al dominio con el que ella se relaciona. Por otra parte, nuestra creciente comprensión del método científico pone de relieve la existencia de cosas que quedan fuera del alcance de la ciencia. La ciencia no puede decirnos si los ítems relegados pertenecen a una categoría ontológica distinta porque, de hecho, no ha sido diseñada para pronunciarse sobre tales cuestiones y el hecho de que los instrumentos científicos no los detecten sólo nos indica que, de algún modo, difieren de los datos que la ciencia es capaz de registrar.
La modernidad ha permanecido atrapada en una visión supuestamente científica -aunque, de hecho, se trataba de una visión cientificista- y ha considerado que la realidad era tan sólo lo que nos decía la ciencia. Hoy en día resulta evidente que la ciencia contempla el mundo a través de un visor restringido y, en consecuencia, debemos despojarnos de ese concepto erróneo porque el horizonte que nos proporcione siempre será parcial.
Y, puesto que la realidad excede a aquello que es capaz de registrar la ciencia, debemos buscar otra antena que nos permita captar las longitudes de onda que ésta no detecta. Pero ¿de qué otro tipo de antenas disponemos? En este sentido, no se me ocurre ninguna otra mejor y más segura que la proporcionada por el consenso de lo que Lovejoy denominó «el mayor número de mentes especulativas sutiles y de grandes maestros religiosos que las civilizaciones -y, siguiendo a Eliade, nos atrevemos a añadir que las sociedades arcaicas- hayan producido».
Así pues, cuando combinamos (a) el hecho de que las mentes más sutiles, conservando el equilibrio ante los embates del cientificismo, hayan gravitado hacia la visión jerárquica, con (b) las nociones de los múltiples cielos del judaísmo, de la estructura de los templos hindúes y de las angelologías de las tradiciones se vieran concebidas de forma independiente y convergente por prácticamente todas las sociedades conocidas; cuando combinamos ambos hechos y los ubicamos en su adecuada perspectiva, resulta patente que la imagen de una realidad estratificada en múltiples niveles constituye la principal hipótesis esbozada por la humanidad a lo largo de su historia, una hipótesis que respeta, al tiempo que legitima profundamente el espectro completo de la experiencia humana. Y aunque se trate de una hipótesis que no se ha visto explícitamente formulada hasta hace muy poco, su presencia a lo largo de la historia registrada resulta tan patente que nos hemos atrevido a denominarla la «unanimidad humana», un término aparentemente desproporcionado con el que aspiramos a resumir la perspectiva natural del ser humano, es decir, la visión que despierta todos los acordes del arco completo de la sensibilidad humana. Ésta es, en suma, la visión soñada por los filósofos, contemplada por los místicos y transmitida por los profetas.
Extractos a partir de Huston Smith*: La verdad olvidada
(*) Huston Smith está considerado una autoridad mundial en la historia y la filosofía de las religiones. Ha sido profesor en la Universidad de Washington, Syracuse y el MIT. En la actualidad imparte clases en la Universidad de California (Berkeley). Entre sus numerosos libros, destacan Las religiones del mundo y La percepción divina.
Ver también:
Manifiesto por una Ciencia Postmaterialista
Quizás sea un sueño, una ilusión... pero, ¿y si fuera realidad?
La gran cadena del ser: de bestias a dioses
SECCIÓN: CONEIXENT LA REALITAT