«Metanoia» / «conversión»
La «Conversión», o «Metanoia», supone la trasformación integral de cada uno de nosotros, una metamorfosis continua en lo cotidiano… Esa transformación interior, ese cambio de perspectiva y actitud ante la vida es un trabajo que puede llenar, ocupar, toda nuestra vida…. Es cada uno quien ha de recorrer su propio camino, nadie puede hacer el camino, realizar ese trabajo, por otro...
«Metanoia» implica un «cambio de sensibilidad, de mentalidad», una conversión radical, una transformación interior profunda, una transformación total de la vida, un cambio total de estilo de vida, un cambio de la realidad total del ser humano y de su forma de vida. Se trata de una transformación interna que le lleva a una metamorfosis global de la persona.
Conversión, significa «trans-formación», cambio de pensamiento (nous o «mente») o, mejor aún, superación del pensamiento antiguo. Conversión en sentido religioso: la vuelta o el retorno del hombre a Dios.
De la película "Los santos inocentes" podemos entresacar una actitud perniciosa del dominador frente al dominado: lo más abominable de aquel hombre es que ni siquiera tiene conciencia de estar cometiendo una injusticia irritante cuando maltrata o fuerza al pobre servidor herido y en peligro. Lo abominable es su absoluta ceguera para el abuso que está llevando a cabo. No hay conciencia del abuso que está ejerciendo. Y por tranto, no hay lamento, pesar, arrepentimiento por la injusticia que se está comentiendo. No hay, pues, rectificación, arrepentimiento, conversión... A veces la ceguera que mostramos, nuestro ensimismamiento y ofuscamamiento obstaculizan nuestra disposición al cambio, a la conversión, a la transformación personal profunda...
«Metanoia» es un término de origen griego que hace referencia a un cambio profundo y genuino en el interior de la persona que le conduce desde esa motivación intrínseca, a nuevas actitudes y formas de vida, un «cambio de mente», una conversión radical, una transformación integral profunda. «Metanoia» indica cambio de mentalidad, ir más allá (meta) de lo que conocemos (gnoia), romper viejos patrones de pensamiento y comportamiento y ser creativos buscando cada día soluciones justas para la vida. Supone un cambio de enfoque, un cambio de perspectiva, una transformación o conversión entendida como un movimiento interior que surge en toda persona que se encuentra insatisfecha consigo misma. Se trata de una transformación, una metamorfosis integral de la persona. «Convertirse» no es hacer un simple cambio superficial; si no cambio mis patrones mentales viciados por el conformismo y el ritualismo, no me estoy convirtiendo, simplemente estoy afianzando lo que ya hay. La conversión significa entonces una reorientación completa del hombre en su totalidad, implica un cambio de mentalidad y de rumbo en su vida, una invitación a ensanchar el corazón, a dilatar la esperanza y al compromiso de construir un mundo más solidario y más justo para tod@s. Se necesita también «una conversión y una purificación permanente», un cambio a mejor, una «conversión» para ofrecer la mejor posibilidad de cada uno. Supone una mejora en nuestras actitudes personales para progresar en compasión, aceptación, comprensión, escucha… Con la «conversión»: no se trata solamente de tomar distancia del mal, sino de poner en práctica todo el bien posible. La conversión interior: supone corregir las desviaciones del corazón y orientarlo de nuevo hacia Dios.
La «conversión» no es una cuestión exclusivamente propia del ámbito religioso. La «conversión» ha sido también, en formas diversas y convergentes, la palabra clave de la modernidad, desde la ilustración al marxismo, desde el nazismo a Heidegger, desde el capitalismo a las revoluciones de todo tipo. El problema de la «conversión», casi siempre va unido al de regeneración. Si no nos convertimos y cambiamos de orienación moriremos, se pensaba. Incluso en la comprensión secularizada de la «conversión» resuena todavía la idea del comienzo de una nueva vida: el apartamiento de aquello que es reprobable y el retorno a una realidad mejor. Sin embargo, ciertamente es también una cuestión claramente bíblica: se trata del acontecimiento a través del cual el ser humano, apartado de Dios, renuncia a sí mismo y a su propia orientación en el mundo y se sitúa o se ve situado bajo la dirección y la providencia de Dios. La Biblia no considera la «conversión» en sí misma como un valor eclusivamente humano, ella se nos presenta como un acceso o como un retorno a la fe, como un tránsito o como un cambio de vida realizada por el ser humano, pero suscitada por Dios. En el fondo, la «conversión» no es primariamente expresión de la decisión humana, sino un acto de obediencia: no puede ser sino una respuesta del hombre a Dios que le interpela, una aceptación del ofrecimiento divino de la gracia, un don de Dios. La conversión judía se funda en el hecho de que: Dios establece un tiempo/espacio de cambio, y así capacita a los hombres para que retornen al buen camino, como responsables de su propia acción (su cambio). Dios ofrece a los pecadores una nueva oportunidad, les abre otra vez una puerta de vida, haciéndoles capaces de arrepentimiento y conversión; pero solo les perdona si ellos de verdad se vuelven y le buscan, de manera que la oveja perdida tiene que ponerse también en camino hacia su pastor.
Y así la «conversión» no es algo exclusivo del ámbito bíblico, si nos remontamos a la sabiduría antigua, en la cosmovisión de Platón, por ejemplo, «conversión» (periagogé) tiene un significado espacial («volverse», «girar») y originario. Esto es el «volverse» de «toda el alma» hacia la luz de la idea del Bien, al origen de todo. Para Platón la «conversión» consiste en volverse con el alma, vale decir, mediante la razón humana, a la contemplación del Bien y, más aún, vivir en la visión del mismo Bien: esa es la dirección correcta a la que el alma se vuelve para su «conversión» total, esencial al Bien. Utiliza la imagen simbólica, la imagen de quien gira la cabeza y dirige sus ojos al Bien Divino. Para Platón «convertirse» consiste en volverse de las meras apariencias a la Verdad. O bien, desligarse de aquellas cosas que encadenan a la dimensión sensible y volverse hacia lo suprasensible. Dicho de otra manera, «convertirse» no es otra cosa que saberse separar de la multiplicidad desordenada de las cosas en las que yerran quienes no son «filósofos» (amantes de la Verdad) para mirar a la Verdad. He aquí, pues, la propuesta que proviene de boca de Platón al hombre de hoy: «conviértete», si deseas ver la Verdad; vale decir, sepárate de todas aquellas cosas que te dispersan en la dimensión del hic y del nunc y trata de volverte para contemplar el Bien, si deseas generar orden y justa medida en todo el desorden que existe dentro y fuera de ti. (en G. Reale: La sabiduría antigua). En el origen del concepto cristiano de conversión, está esta concepción de Platón. La transferencia de este vocablo a la experiencia religiosa cristiana tuvo lugar en el terreno del platonismo del primitivo cristianismo.
Lo que el bautista ofrece es una conversión radical, integral, no un tipo de cambio moralista; y sí un perdón que no está al servicio del orden establecido sino de la transormación del hombre y el bautismo como signo de conversión interior, que ha de expresarse luego en la conducta externa.
La «conversión» cristiana empieza y en el fondo acaba siendo un gesto de Dios, Buen Pastor, que viene a buscar por Jesús a los hombres (ovejas perdidas, errantes, pecadoras) para ofrecerles gratuitamente su perdón, muriendo incluso por ellos. Dios abre así un espacio de gracia anterior a la misma conversión. No espera a que los hombres se conviertan para perdonarles, sino que les perdona de antemano, muriendo por y con ellos, pero no para que sigan igual, sino para que con su gracia amorosa puedan convertirse (es decir, volver a Él), cambiando su mente: su forma de pensar y actuar.
Más modernamente,Carl Gustav Jung la «conversión» la definió como un proceso de reforma de la psique: el ser humano experimenta hechos insoportables a lo largo de su vida. Ante esos momentos la mente tiende a desestructurarse. Esa brecha aparece en forma de episodios: depresión, fobias impulsivas, trastornos psicológicos, etc. Cuando alguien experimenta la «metanoia», quiere decir que ha utilizado ese periodo de crisis como trampolín para alcanzar un estado más positivo.
En un punto de intersección entre la psicología y la teología, cabria distinguir entre unos mecanismos expiatorios que pretenderían defender al individuo de una culpa que no se asumiría responsablemente, de una actitud madura, que podríamos denominar «reparadora», que acepta la responsabilidad de las propias acciones y que quiere elaborar una decisión consciente y responsable en orden a recuperar lo que se ha echado a perder, a reparar lo que se ha destruido.
No llegaremos a experimentar la verdadera transformación si no es «silenciando» nuestro interior. Es en ese ámbito silencioso y profundo donde se nos revela la verdad que somos. El «silencio» no precisa solamente que desaparezca el ruido exterior, sino que desaparezca el «ego», el principal ruido es el del «ego». Y eso es una «conversión», una «metanoia», es decir, la trasformación de cada uno de nosotros en nuestro interior, una metamorfosis continua en lo cotidiano… Esa transformación interior, la intimidad que hemos de adquirir, es un trabajo que puede llenar, ocupar, toda nuestra vida. La intimidad libre de «ego» debe realizarla cada persona en sus acciones públicas, en el trabajo, en las relaciones domésticas, profesionales, intelectuales… Cada uno ha de recorrer su propio camino, nadie puede hacer el camino por otro... (B. Meneses, maestra zen)
Nota: sin ser ni mucho menos especialista en este tipo de cuestiones, pero sí interesado en ellas y estudioso de las mismas... fruto de ese trabajo es la pieza que a continuación presentamos.
Etty Hillesum quiere estar constantemente dispuesta a revisar la orientación de su existencia y afirma: «En cada instante de la vida hay que estar dispuesto a una revisión desgarradora y a partir de nuevo en un marco enteramente distinto».
Etimología
«Metanoia» es un concepto extremadamente denso. Dependiendo del terreno o disciplina en el que se aplique tiene una connotación u otra. El término procede del griego. Deriva de las palabras griegas μετά (metá) (que significa «más allá» o «después») y νόος (noeō) (que significa «percepción» o «comprensión» o «mente»). Metanoia (μετανοιεν), metanoien de meta. Meta= más allá + nous= mente. / Más allá de la mente. Los griegos concebían la «metanoia» (μετάνοια) como un «cambiar de opinión», cambio de sentimientos, cambio de mente, de pensamiento, de ideas, de valores, «cambio de sensibilidad, de mentalidad», una conversión radical, una transformación interior profunda. Y en las ceremonias de iniciación: arrepentimiento, abandono del «hombre viejo» y nacimiento de un «hombre nuevo». Expresaba una disposición moral que conducía a la «conversión» a un cambio profundo de vida, a una vida nueva. La «metanoia» era un proceso de transformación total de la vida, implica un cambio total de estilo de vida, un cambio de la realidad total del ser humano y de su forma de vida.
El término «metanoia» se utiliza en distintos contextos: en el habla cotidiana… en psicología, en el ámbito religioso… y adquiere diferentes significados según contextos. En un sentido general, podríamos decir que «metanoia» hace referencia a una transformación de la mente. Un proceso de transformación en que cambia la forma de pensar, de sentir, de ser o de vivir de alguien. Una «transformación» o «conversión» entendida como un movimiento interior que surge en una persona que se encuentra insatisfecha consigo misma. Supone un cambio de enfoque, un cambio de perspectiva. Un proceso de mutación, evolución, transformación personal que le lleva a cambiar su mentalidad, su corazón, a sí mismo, incluso su propio estilo de vida. Hay quien sugiere que la «metanoia» entraña un examen de toda actividad vital y una transformación de la manera como se ven, se viven y se aceptan las cosas. Hace referencia a un cambio profundo y genuino en el interior de la persona que le conduce desde esa transformación y motivación intrínseca, a nuevas acciones y una nueva forma de vida. Se trata de una transformación interna que le lleva a una metamorfosis global de la persona. Esa transformación que tiene lugar en la metanoia aparece como resultado de una falta de satisfacción con nosotros mismos, y supone un movimiento evolutivo hacia un plano más elevado.
La «metanoia/conversión» como cambio, transformación, de nuestra cosmovisión. La expresión meta-noia (se suele traducir por con-versión, pero significa cambio total de conocimiento, meta-gnosis, de ser.) En sentido más amplio, «metanoia» supone un cambio de mentalidad para adoptar una nueva cosmovisión. La radicalidad cristiana de esa experiencia, entendida como meta-noia (cambio de conocimiento) y meta-morfosis (cambio de forma de ser) expresa la novedad más honda del cristianismo. La meta-morfosis no es tan solo un cambio de forma externa o figura, sino un cambio esencial, una “mutación” radical: cambiar nuestra forma de mirar el mundo, transformar nuestra forma de "mirar" la vida, nuestra forma de percibir el mundo y afrontar la vida. De esta manera en la propia persona surgen otros valores y fines que inciden en su conducta. Así, a través de la «metanoia», podemos comenzar a mirar el mundo desde otra perspectiva, gracias a lo cual se transforman nuestros valores, objetivos y prioridades, así como nuestro vínculo con la sociedad y sus elementos culturales y materiales. Se trataría de una transformación profunda que nos aporta mayor claridad y nos vuelve más aptos para mejor afrontar los problemas de nuestra existencia. Ese cambio de mente, de mentalidad, de manera de mirar y de enfocar la vida, supone aprovechar toda nuestra experiencia para mirar la vida desde otra perspectiva, plantearnos nuevos desafíos y adquirir nuevas habilidades o conseguir que despierten aquéllas que hasta el momento no habían emergido en nosotros.
El término «metanoia» utilizado en distintos contextos
En el uso corriente. En la comprensión secularizada de la «conversión» o «transformación» resuena la idea del comienzo de una nueva vida: el apartamiento de aquello que es reprobable o mejorable y el retorno a una realidad mejor. Supone una rectificación de nuestra errática psique para mutar a un estado más próspero, íntegro y coherente. Por una parte, nuestros hábtos, nuestras actitudes, nuestros comportamientos, nuestras ideas, nuestras creencias, nuestros posicionamientos, con el tiempo, con la edad, se estancan, se endurecen, pierden flexibilidad, elasticidad, plasticidad, maleabilidad… y tienden a endurecerse, solidificarse, fosilizarse, petrificarse … Por otra parte, en cada instante de nuestra existencia hay que estar dispuesto a una revisión radical de nuestra vida y así nos predisponemos a partir de un marco enteramente distinto de aquel en el que estábamos instalados (E. Hillesum).
En psicología. Desde William James (1842-1910), uno de los fundadores de la psicología científica, el término se ha utilizado para describir un proceso de cambio fundamental en la personalidad humana. William James utilizó el término «metanoia» para referirse a un cambio fundamental y estable en la orientación de la vida de un individuo. Carl Gustav Jung (1875-1961) desarrolló su uso para indicar un intento espontáneo de la psique para curarse de un conflicto insoportable fundiéndose y luego renaciendo en una forma de conducta más adaptativa, una forma de autocuración. Así lo vio C. G. Jung que juno con S. Freud fue el fundador de la psicología occidental moderna. A su juicio, la nueva humanidad que esta surgiendo exige una profunda conversión antropológica, en clave de ampliación, maduración, aceptación y diálogo. De lo contrario, tal como estamos viviendo, en forma personal y social, en conflicto violento de unos contra otros, los hombres de occidente y del mundo entero tenemos los años contados, nos estamos ya condenando a muerte. Si no nos convertimos, si no cambiamos de forma de pensar/juzgar/razonas no sólo enloquecemos y morimos como personas, sino como sociedad. Para la psicología, la «metanoia» es un proceso de transformación de la psique en busca de la autocuración. De acuerdo a Carl Gustav Jung, a través de la metanoia la mente trata de solucionar un conflicto, dejando atrás una cierta estructura de la personalidad y propiciando una mejor adaptación. En la psicología analítica denota un proceso de reforma de la psique como medio de autocuración. Carl Gustav Jung la definió como un proceso de reforma de la psique. Se trata de una actitud enteramente nueva de alguien que se sentía insatisfecho consigo. En la psicología de Jung, la «metanoia» indica un intento espontáneo de la psique por curarse de un conflicto insoportable y posterior renacimiento en una forma mucho más adaptativa. Se la concibe como una forma de autocuración, algo potencialmente positivo pues no depende de agentes externos, sino que es un proceso que emerge como consecuencia de la motivación interna. Lo expone de la siguiente forma: El ser humano experimenta hechos insoportables a lo largo de su vida. Ante esos momentos la mente tiende a desestructurarse. Esa brecha en la cordura aparece en forma de episodios (depresión, fobias impulsivas, trastornos psicológicos, etc.) Cuando alguien experimenta la «metanoia», quiere decir que ha utilizado ese periodo de crisis como trampolín para alcanzar un estado más positivo. Un proceso a través del cual se asimilan los hechos y se borran todos los conceptos que nos producían malestar. Nacen nuevas ideas, nuevas formas. Sería como una especie de arder para renacer. Cuando esto sucede nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo cambia. Por tanto, la «metanoia» se puede concebir como un movimiento interior de autoreparación. En el análisis transaccional, la metanoia se usa para describir la experiencia de abandonar un viejo yo o uno falso por uno más abierto.
En el contexto religioso
Con frecuencia [metánoia] «metanoia» también se emplea en el lenguaje bíblico o la doctrina gnóstica. En hebreo «conversión» se dice shub: volver, retomar el rumbo bueno. En griego se dice meta-noein: cambiar de mente, de forma de pensar y de vivir. A menudo la «metanoia» se vincula con un cambio de dirección o de sentido e indica "transformación" o "conversión" entendidas como un movimiento interior de transformación que surge en toda persona. Se trata del acontecimiento a través del cual el hombre, apartado de Dios, renuncia a sí mismo y a su propia orientación, quizás desnortada o no del todo bien orientada, en el mundo y se sitúa o se ve situado bajo la dirección y la providencia de Dios. Significa el apartamiento consciente del «pecado», el cambio de mentalidad ante la vida y de todo el enfoque vital interior, sin el cual no es posible la auténtica conversión. «Arrepentimiento», «penitencia» y «conversión» forman entre sí una simbiosis estrecha. No debemos dejar que la presencia del término «arrepentimiento» nos conduzca a pensar en conceptos como «culpa» o «remordimiento»; por el contrario, reconocer el propio «pecado» como desvío, quiebra del orden natrual, mal, incluso aunque sea sin arrepentimiento, indica que algo en nosotros está cambiando, está ya fuera de ese pecado, de esa orientación equivocada; indica que el «pecado» no se ha posesionado totalmente de nosotros, y que alguna voz de nuestro yo no ha quedado acallada por la maldad, y está todavía libre para ayudarnos a tomar conciencia de ello. Cuando un ser humano da una nueva orientación a su pensamiento y a su vida, ello va siempre ligado a un juicio sobre sus ideas o su comportamiento anterior.
En el NT. La comprensión predominante intelectualista del vocablo metánoia=cambio de mente, de mentalidad, va perdiendo terreno a pasos agigantados en el NT. Aquí se alude más bien a una conversión decidida por el hombre en su totalidad; con ello aparece bien claro que, ni se trata de una conversión meramente externa, ni de un cambio de modo de pensar puramente interno. Tres grupos de palabras caracterizan en el NT los diferentes aspectos de este proceso. Mientras que epistrepho y metanoé (que significan los dos convertirse) aluden a la conversión del ser humano, que presupone e incluye una transformación total de la existencia humana, metamélomai designa más bien la experiencia del arrepentimiento por el desliz, la culpa, la falta o el pecado; este vocablo tiene, pues, una orientación retrospectiva y no lleva necesariamente consigo una conversión del hombre a Dios. Así, en la literatura filosófica antigua, epistrepho, al igual que el sustantivo epistrophe, significan, entre otras cosas, la orientación genérica del alma hacia la religiosidad o hacia lo divino. En el griego clásico, metamélomai expresa el cambio de sentimiento o de mentalidad frente a una cosa. En el lenguaje profano, metamélomai significa sentir arrepentimiento, arrepentirse de… Al griego epistrepho corresponde en el texto hebreo del AT el verbo süb, significa generalmente invertir, volverse, volver a traer, restablecer, convertirse, enmendarse, volverse, retornar, en el sentido de un cambio de vida, de una conversión al Dios vivo. El significado teológico de süb tiene una influencia directa en el NT. Todo un campo semántico aparece alrededor de estos términos: convertirse, cambiar; volver; volverse, dar la vuelta, apartarse; conversión… cambiar de dirección, convertir, invertir, mudar, adherirse… epistrepho significa invertir, transformar, convertir, volver, volverse, retornar, y a partir de aquí, convertirse, en el sentido especial de cambiar de comportamiento y de modo de pensar.
La «metanoia» / conversión constituye también un rasgo esencial del monacato (A. Grün): El monje es una persona que se convierte y lo hace cada día. No se trata de la gran conversión que me cambia totalmente. Se trata, por el contrario, de cambiar cada día de camino frente a senderos que no me llevan a ninguna parte, que desembocan en un callejón sin salida. Esto exige una fina sensibilidad para percibir el camino que estoy recorriendo precisamente ahora. ¿Es el camino justo o bien es una desviación o un camino equivocado? ¿Es el camino que lleva a la vida o el que conduce a la superficialidad, a un paso estrecho, a la angustia, a la perdición? ¿Hacia dónde voy? ¿Cómo camino? ¿Quién camina conmigo?
En griego «convertirse» se dice metanoein, «cambiar de idea». La conversión empieza en el pensamiento. Tengo que empezar a pensar de otro modo, a desarrollar nuevos pensamientos. Esto exige en primer lugar que analice mi manera de pensar. ¿De dónde vienen y en qué dirección van mis pensamientos? ¿Vago sin meta en mis cavilaciones? ¿Reflexiono conscientemente sobre las cosas o dejo libre curso a mis especulaciones? ¿Estoy condicionado por pensamientos y sentimientos negativos? Después de haber observado y analizado mis pensamientos, tengo que cambiar de modo de pensar, tengo que pensar como Dios quiere. He de reflexionar desde él, debo repensar mi vida fundamentándola sobre Dios. Y tengo que pensar con mi cabeza, en vez de dejarme condicionar por las ideas de otros. El pensamiento está ligado también a la acción de gracias. Mis pensamientos no deben ser una crítica continua, que se rebela contra todo lo que existe. Pensar significa más bien estar en armonía con la realidad, percibirla como es verdaderamente. Y esto sólo es posible a través del agradecimiento, cuando doy gracias conscientemente por lo que Dios me ha regalado.
«Metanoia»/«Conversión» en el marco de la antropología bíblica
El judaísmo, que ha sido y es religión de gracia y amor (elección, alianza), siendo también religión de conversión y arrepentimiento. Uno de los temas principales de la antropología bíblica es la posibilidad y necesidad de una conversión del pueblo en cuanto tal o de los individuos que lo necesitan. En ese sentido, Israel puede definirse como «pueblo de la conversión», pueblo que retorna a su Dios, a quien se entiende también como Dios que se vuelve y acoge a su pueblo después de la desviación, del pecado. Ése es el tema básico del mensaje de los grandes profetas anteriores al exilio (Amós, Oseas, Isaías, Jeremías) y el mensaje central del Deuteronomio. La misma institución del Templo está al servicio de la conversión, es decir, del retorno hacia Dios. Israel conoce desde fechas tempranas formas rituales de conversión (práctica de los días de penitencia), pero no un término genérico con el que expresar de una manera global el hecho mismo de la penitencia. Tres grupos de palabras caracterizan en el NT los diferentes aspectos de este proceso: mediante el empleo del verbo :rnzf [sub], un lenguaje perfilado contra los actos de penitencia meramente extrínsecos. :mzJ «volverse», «retroceder», en el sentido de abandonar el camino seguido hasta ahora para retornar al punto de partida, se utiliza para calificar una decisión vital general que no se lleva a cabo tan sólo de forma extrínseca o en el nivel del culto, sino que marca la existencia total, la «vuelta a la relación originaria con Yahveh». :rnzf [sub] tiene como objetivo una in-versión existencial del hombre o un alejamiento del camino erróneo y un cambio o giro hacia el Dios vivo. Los enunciados incluyen siempre una severa crítica a la obcecada certidumbre de la salvación del pueblo, que cree que no necesita ningún tipo de penitencia y de conversión general. En el NT «metanoia» tiene más en cuenta, desde su trasfondo griego, el acto de «cambio de sensibilidad / mentalidad». Es una respuesta del hombre a Dios que le interpela, una aceptación del ofrecimiento divino de la gracia; con esto, el hombre deja aquellas cosas a las que hasta ahora se aferraba. Supone la vuelta o el retorno del hombre a Dios.
En el Antiguo Testamento (AT)
En el AT, esa «metanoia» o «conversión» es descrita como un apartarse del mal para volverse hacia el Señor. Pero el hombre puede estar poseído del mal hasta tal punto que le sea imposible convertirse. El impulso hacia la conversión procede de Dios, que es quien primero suscita y mueve al hombre, y el hombre puede acoger (o no) este impulso. Los sujetos de la conversión son los individuos y los pueblos. Dios utiliza a los profetas como instrumentos para mover a los hombres a convertirse. El que rehusa convertirse a Dios provoca su ira y sufre castigos tales como la sequía (Am 4,6-12), la cautividad (Os 11, 5), la destrucción (1 Re 9, 6-9) y la muerte (Ez 33,9 11). El que se convierte al Señor recibe el perdón (Is 55, 7), la liberación del castigo (Jon 3, 9 s), la fecundidad y la prosperidad (Os 14,4-8) y la vida (Ez 33,14 s). Mientras que en los libros históricos del AT se exige continuamente la conversión del pueblo de Israel en su totalidad, son especialmente los profetas Jeremías y Ezequiel los que insisten sobre la conversión del individuo a Dios, que tendrá lugar cuando Dios le otorgue un corazón y un espíritu nuevos. La conversión de la gran muchedumbre de los pueblos tendrá lugar en la época del advenimiento del mesías (Dt 4, 30, Os 3, 5; Mal 4, 5 s).
El llamamiento de los profetas a la conversión presupone que la relación del pueblo y del individuo con Dios es entendido como una relación personal. El pecado y la apostasia son una ruptura y una perturbación de esta relación personal. La conversión significa entonces una reonentación integral del hombre en su totalidad y un retorno a Dios, que incluye el apartamiento del mal. La conversión a que se incita a Israel, pero que no pone en práctica, consiste en emprender una orientación incondicional hacia Yahveh y un alejamiento de todos los dioses extranjeros o de todas las ayudas humanas. Oseas llama a Israel a una conversión que implica un retorno a las relaciones con Dios como en la época del desierto. Aquí, como quiera que el pueblo es incapaz de convertirse por sus propias fuerzas, es Dios mismo quien crea, junto con la salvación, la posibilidad de conversión. Mientras que en Amós, Oseas e Isaías debe entenderse la conversión en el sentido de una estricta orientación hacia Dios, Jeremías y Ezequiel acentúan con más firmeza el sentido de un alejamiento -provocado por la propia gracia de Dios- de todo desvío, «pecado», de todo lo malo y lo contrario a la divinidad. La exigencia de conversión encierra aquí «algo más concreto y más constrictivo que el abstracto 'convertirse a Yahveh'». Ezequiel entiende la conversión sobre todo en un sentido individual, «para él la conversión es en primera línea la conversión del individuo», que se expresa en niveles éticos, es decir, en el abandono del estilo de vida pecaminoso. En la época postexílica la idea de la conversión aparece más firmemente vinculada con la Ley.
La tradición israelita ha destacado la necesidad de la conversión de los pecadores y la gracia del perdón que Dios les ofrece tras el cambio de sus vidas. Éste es el tema central del Éxodo (Ex 32-34) y de la teología del templo, según la cual los hombres pueden conseguir el perdón de sus pecados, a través del arrepentimiento. Una y otra vez, los judíos convertidos experimentaron el perdón como principio de un comienzo nuevo: ellos habían roto la alianza, pero Dios les permitía renovarla por la conversión tras haberla quebrantado. No había pecado que no pudiera perdonarse a través de una gracia más alta. La conversión y el perdón fueron el centro de la antropología de los estratos finales de la Biblia y de la tradición judía posterior.
Continuará:
- Metanoia en el Nuevo Testamento (NT): Juan Bautista, Jesús, Evangelios, Primeros cristianos...
- Metanoia, como segunda humanización
Ver también:
Aproximación a la noción de pecado, conversión, salvación…
En torno a la noción de «pecado»: De la noción laica a la concepción bíblica
SECCIÓ: EL LLENGUATGE RELIGIÓS