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En torno a la noción de «pecado»

De la noción laica a la concepción bíblica

Comprendiendo el funcionamiento del Universo, las Leyes del Universo, se comprende mucho mejor la noción «religiosa» de «pecado»: «orden» natural, quiebra de ese «orden» por parte del ser humano, restablecimiento de la armonía en la relación unilateralmente quebrada…

Partiendo de la idea que existe un orden natural, un orden que podríamos denominar cósmico, «divino» (Las Leyes del Universo) inscrito en nuestra propia naturaleza esencial, que nos indica el «recto camino», el «pecado» consistiría en, por nuestra cuenta y riesgo, librememente, apartarnos de él. Un ser humano que pretende situarse al margen de la Ley, andar al margen del «orden» universalmente establecido. Ir contra la «Ley» produce desasosiego, desarmonía, dolor y sufrimiento…

En torno a la noción de «pecado» comentaba el obispo J. Sh. Spong: “El lenguaje del pecado original y de la expiación se ha usado en los círculos cristianos durante tanto tiempo que ha adquirido la categoría de un mantra sagrado, que no puede ser cuestionado y cuya estructura básica no necesita ninguna otra explicación. Cuando las circunstancias cambian, sencillamente se ajusta la doctrina, pero nunca se replantea. Examinándolos cuidadosamente, estos conceptos sagrados nos conducen a una visión de la vida humana que ya no es operativa, a una idea teísta de Dios articulada de manera casi repulsiva, a una idea mágica de Jesús que violenta nuestras mentes, y a la necesidad práctica de la Iglesia de crear culpabilidad como prerrequisito de la conversión. No hay que ser un genio para darse cuenta que esta opinión deformada de Dios y de Jesús, además de esta manera de entender la Iglesia, no puede sobrevivir en el exilio.” (ver aquí)

Las iglesias han de plantearse renovar su discurso. Hay que revisarlo para construír un lenguaje más coherente y acorde con la modernidad. Y fomentar otros modelos de fe más acordes con la cultura, la ciencia y la sensibilidad de nuestro tiempo. En el cristianismo en sus orígenes se produjo una fecundación mutua bidireccional entre la mentalidad judía y la filosofía helenística imperante en aquel momento. El cristianismo históricamente ha sido impregnado de ideas, categorías y conceptualizaciones que no siempre proviene plenamente de la Biblia o directamente de Jesús (hay que revisar y purificarse de adherencias histórico-culturales conceptos como pecado, redención, salvación, inmortalidad del alma, vida eterna, resurrección de los muertos, final de los tiempos, juicio final, alma, espíritu, cielo, infierno, etc, deberían ser presentados a una sociedad como la actual de forma más acorde con la más actual cosmovisión de la Realidad). La cosmovisión cristiana actual continúa impregnada de excesivas adherencias helenísticas. El cristianismo tiene pendiente una importante labor de purificación en su praxis secular especialmente como institución, siguiendo el ejemplo de las "comuninades de base", pero también en su relato, en su lenguaje, en la categorización conceptual empleada, en la cosmovisión con la que se presenta en el seno de una sociedad secularizada, descristianizada, laica...

Por otra parte, hemos visto ya que existe un orden y una armonía universal, unas Leyes Universales (ver aquí), que nos indican el camino para evolucionar, madurar y perfeccionarnos como seres espirituales que somos. Recordemos también que la vida humana, según esta perspectiva, es una escuela de aprendizaje cuya finalidad es «evolucionar» y que nadie puede evolucionar sin transformarse (evolucionar consiste en aprovechar las dificultades para aprender de ellas...). Comprendiendo el funcionamiento del Universo, las Leyes del Universo, se comprende mucho mejor la noción "religiosa" de "pecado". Según esas leyes todo lo que sucede es perfecto, está previsto que suceda aunque nosotros momentáneamente no lo comprendamos así, para nuestra maduración y evolución (recordemos el dicho popular: no hay mal que por bien no venga). El ser humano, sin embargo, es una criatura finita y contingente, frágil, débil y vulnerable, tanto en el orden de las realidades materiales, como psíquicas y espirituales. Libremente podemos optar por vivir en armonía, fluir con ellas o por el contrario, desafiar la Ley, salirnos fuera de la Ley, trazar nuestro propio camino en ocasiones en contra de la Ley). El libre albedrío es el derecho a cometer errores, la herramienta de la evolución, gracias a los errores podemos tomar conciencia y mejorar... No perdamos de vista el tipo de lenguaje simbólico, metafórico, poético, con el que suelen expresarse las grandes tradiciones religiosas para referirse a realidades que están más allá de lo empírico, intangibles, metafísicas. A continuación presentamos una perspectiva que intenta conjugar la noción religiosa tradicional de «pecado» con planteamientos más actuales sobre la naturaleza esencial y el funcionamiento de la Realidad.

1. Nuestra condición de fragilidad, debilidad, vulnerabilidad, declive, «caída»…

Recordemos algunas cuestiones que desde siempre han preocupado y ocupado al ser humano: su origen y su destino, nuestra contingencia y fragilidad, la existencia del mal, la posibilidad de un más allá, la salvación… El ser humano se pregunta por el sentido de su existencia y el destino de su vida. Formamos parte de la gran familia humana y como tales experimentamos una amplia gama de sensaciones, sentimientos, emociones… conocemos el amor, pero también la desdicha, nuestra fragilidad, precariedad y vulnerabilidad, el dolor y el sufrimiento, aspiramos a la felicidad, pero sobretodo anhelamos nuestra salvación… La limitación y la deshumanización es inherente a la condición humana. En estas últimas décadas estamos experimentando especialmente como especie humana nuestra precaria situación ecológica planetaria global. Algunos fenómenos naturales o provocados humanamente nos han ayudado a constatar nuestra contingencia, precariedad y vulnerabilidad individual y colectiva. Todos hemos podido comprobar en nuestras propias carnes que estamos condicionados por nuestra “fragilidad” y “vulnerabilidad”. La situación de extrema precariedad en la que nos encontramos la estamos experimentando constantemente en nuestras propias vidas, en nuestra propia persona y a nuestro alrededor… y por si acaso a alguno se le hubiera olvidado basta un diminuto virus como la covid, una catástrofe natural o una inesperada y devastadora guerra para recordárnoslo y trastocar nuestras vidas y toda nuestra existencia… Algunos estudiosos han hablado de «las dos caras» de la civilización occidental. Una cara es la del progreso, la otra, la del declive. La cara más familiar es la del largo y heroico camino recorrido desde el mundo primitivo de la oscura ignorancia, del sufrimiento y de la limitación, hasta el brillante mundo moderno de conocimiento siempre en aumento, de libertad y de bienestar, que ha sido posible gracias al desarrollo sostenido de la razón humana y, sobre todo, del conocimiento científico y del desarrollo técnico. La otra cara es la historia del declive de la humanidad y la separación del estado inicial de unicidad con la naturaleza y con el cosmos. Mientras que en nuestra condición primordial los humanos poseíamos un conocimiento instintivo de la unidad sagrada y de la profunda interconectividad del mundo, ha surgido una profunda separación entre la humanidad y el resto de la creación. La civilización contemporánea nos muestra tanto su cara positiva como la negativa. Por otra parte, la deshumanización nos caracteriza y limita nuestra condición humana:la realidad del mal tampoco no es necesaria demostrarla, es evidente a nuestro alrededor (enfermedades, luchas por el poder, guerras, desigualdades, hambre, penuria, relaciones de dominación, envidias, enfrentamientos, paro, sistemas ecológicos depauperados, reservas agotadas, pueblos y razas arrasados para expoliarlos…): sufrimiento y violencia por doquier, sufrimiento de tantos hombres, mujeres y niños que en todo el mundo son víctimas de la injusticia, de la guerra y del hambre. No podemos olvidar la muerte de los miles y miles de niños y niñas masacrados en Gaza y en toda Palestina por el ejército israelí y en todas las guerras de la historia a causa de la ambición de los poderosos y de sus intereses geopolíticos y económicos. La sangre derramada a lo largo y ancho de la Tierra corre por las venas de la historia. Sangre de masacrados en todas las conquistas, sangre de indígenas de la Amerindia, sangre de esclavos negros de África, sangre de los asesinados en los campos de concentración nazi…, sangre de mártires que dieron su vida por una causa justa. ¡Cuánto sufrimiento de gente inocente! ¡Y cuánta indiferencia en un mundo anestesiado por el dinero y el confort! Tenemos la sensación de que nuestra existencia mirada globalmente pende de un hilo, la certeza vivencial de encontrarnos en una situación de pequeñez, de debilidad, de invalidez, de decadencia, de precariedad, de “caída”. ¿En qué consiste, en qué se residencia esa sensación? ¿Cuál es su contenido? Es a partir de la diferencia entre lo que imaginamos que la realidad debería ser y lo que de hecho es que la conciencia humana postula para nuestra especie una situación ancestral de incompletud, de dispersión, de debilidad, de “caída”. El sentido común nos indica que no sólo no somos todopoderosos, sino todo lo contrario. La historia humana es la historia de los odios, de las guerras, de las injusticias... Reconocemos nuestra impotencia, nuestra dispersión y disgregación, nuestra vulnerabilidad, la debilidad humana. Reconocemos el peso atávico que arrastra la raza humana, inclinada por su naturaleza dispersa, hacia la sensualidad, el egocentrismo, el egoísmo, las ansias de dominio y de poder… Pero deseamos sobreponernos a todo ello…También la antropología bíblica con sus propios géneros literario reconoce que el ser humano está en una situación de división interna, de dispersión, de caída, de “pecado”, que por sí solo no puede sobreponerse a dicha situación y que necesita ayuda para salir de ella, que necesita ser “salvado”. Pero primero debe tomar conciencia de ello, reconocer la situación en la que se encuentra, tener voluntad de superarla y aceptar la “ayuda” que se le brinda.

Acabamos de referirnos a nuestra situación ecológica planetaria global. A través de episodios recientes hemos constatado nuestra contingencia, precariedad y vulnerabilidad. Hemos ido tomando conciencia de que la “fragilidad”, la “vulnerabilidad” nos constituye. Como humanos somos portadores de ancestrales deseos que apuntan a esas profundas necesidades enraizadas en nuestra naturaleza más esencial y a un imborrable anhelo de salvación. La inquietud del ser humano por la propia «salvación» ha sido una constante a lo largo de la historia humana… Ciertas tradiciones culturales y religiosas han intentado hacer una aproximación y explicación a esta nuestra situación a través de nociones como «caída», «pecado», «conversión», «salvación». Realicemos un intento de aproximación (no estrictamente confesional) a la noción de «pecado».

2. Aproximación etimológica: la noción de «pecado» como «error», «desvío» del «recto camino»

Nadie peca voluntariamente, sino que quien obra el mal lo hace porque ignora el bien. Sócrates (469-399 A.C.)

Una aproximación etimológica a la noción de «pecado» puede ayudarnos a su mejor comprensión. La palabra hebrea usada más comúnmente para «pecado» es haltah. Significa literalmente errar el blanco. Lo mismo ocurre con el verbo griego hamartano: errar el blanco, perder el camino. El sustantivo correspondiente a hamartano es hamartía:  no consecución de un objetivo. En el griego clásico, hamartia expresa básicamente la idea de “yerro”. Hamartanein empezó significando “errar el blanco”, como, por ejemplo, cuando se dispara una flecha, que no acierta. Se puede usar respecto de haber equivocado una carretera, de habernos fallado un plan, de habérsenos frustrado una esperanza o un propósito. Hamartano (desde Homero) significa originariamente errar, faltar, no conseguir una cosa, engañarse. [hamartáno] fallar, pecar; [hamartía] fallo, pecado; [hamártéma] falta, delito; [hamartólós] el que falla, pecador. Hamartanô (αμαρτάνω): hacer el mal, errar, no cumplir con el objetivo individual. Hamartia (αμαρτία): un fracaso, falta, error, hacerle mal a alguien… El resultado de la acción es hamartema, falta, equivocación, delito contra los amigos, el propio cuerpo, falta contra el orden imperante, lo que choca con el recto sentir, alejamiento consciente del camino recto… Corresponden al campo semántico de hamartía: fallo, pecado, culpa, alejamiento consciente del camino recto, insurrección, rebelión.

Desde la Poética de Aristóteles, el concepto había significado fallo fatal o decisión que lleva a un fin trágico. Para el estocismo todo pecado es resultado de un hábito nocivo, de seguir la opinión del vulgo y de opiniones erradas. En la cosmovisión religiosa [hamartía] se orientan hacia Dios como persona, enfrentarse con a la orden de Dios, situarse a sí mismo en su lugar y a seguir el propio camino… Hamartano es la consecuencia de una [agnoia], ignorancia o desconocimiento. Para el estoico la “filosofía”, el amor a la sabiduría, debe ayudarnos a sacudirnos los errores de la existencia que se han acumulado en nuestra alma. En el NT «hamartia» no describe un acto definido de pecado, sino el estado de pecado, del cual dimanan las acciones pecaminosas. Hamartia, “pecado”, es “universal”. Es algo en lo que todo ser humano está envuelto y de lo que todo ser humano es culpable. El mundo se ha vuelto un infierno; la vida es combate de muerte. En este contexto puede hablarse de un pecado universal. El pecado no es una simple erupción esporádica, sino el estado, la condición, universal del hombre. Hamartia, “pecado”, es “un poder que somete al hombre”, el hombre está “bajo pecado”, es “dependiente de”, “en sujeción a”, “bajo el control de”…  Así nosotros estamos “bajo pecado”, “en poder del pecado”, “controlados por el pecado”.

El concepto de «pecado» designa el múltiple fenómeno de los yerros humanos, que llegan desde la más insignificante transgresión de un mandato hasta la ruina de toda la existencia. Esta situación la expresa el grupo de palabras [hamartía] que designa el obrar contra costumbres, leyes, hombres o dioses. En este sentido «pecado» puede ser entendido, de manera global como fallo, error, equivocación, ignorancia, falta de sabiduría, como desvío frente a la Realidad del cosmos, del hombre y de Dios (una realidad dada en la Creación y expresada en la Revelación). El «pecado» en sentido bíblico sería, por consiguiente, tanto un apartamiento de la relación de fidelidad respecto a Dios como una desobediencia frente al mandato y la «Ley» como expresión de la voluntad del Creador. La «caída», el «pecado» consistiría, por tanto, en enfrentarse a la voluntad de Dios, pretender situarse a sí mismo en su lugar y la soberbia de intentar construir el propio camino (autonomía) al margen de cualquier orden divino.

3. Una atmósfera de vulnerabilidad, de debilidad, de precariedad, de maldad, de «caída»

El «pecado» como realidad simbólica, refleja la situación de caída en que el ser humano...

Hemos visto nuestra precaria condición humana: nuestra situación ecológica planetaria global, nuestra contingencia, precariedad y vulnerabilidad, la realidad del mal… E. Kant, filósofo profundamente interesado en la condición humana, especialmente en su dimensión moral, utilizando el método fenomenológico, se encuentra con la realidad del “pecado”, entendido como “la atmósfera de mal que rodea el mundo y que condiciona las acciones y la convivencia humana”. Kant piensa que no es necesario probar la existencia de la maldad humana, dado que ella se conoce por medio de la experiencia. En este sentido, el filósofo sostiene que “la prueba protocolaria de que tal propensión corrupta tenga que estar enraizada en el hombre podemos ahorrárnosla en vista de la multitud de estridentes ejemplos que la experiencia nos pone ante los ojos en los actos de los hombres”.

Por su parte, el teólogo A. Bentué explica que es a partir de la diferencia entre lo que la realidad debería ser y lo que de hecho es que la conciencia humana postula una situación originaria de "caída”. “Obtenemos el saber, la experiencia y el sentido de lo que es el pecado original, en primer lugar, desde una interpretación religioso-existencial de nuestra propia situación, desde nosotros mismos”. En una primera escena utópica, explica Bentué, el Génesis muestra a Adán y Eva en una situación de vida consistente en el paraíso, en la cual participan de la inmortalidad de Dios y viven en perfecta armonía entre ellos mismos, con su Creador y con el medio ambiente que los rodea. Todo esto cambia con la decisión humana de comer del fruto del árbol de la vida, imagen que simboliza “el intento de fundar el sentido de la propia vida y de su propia realización en las posibilidades autónomas, que el texto expresa con la imagen de la tentación”. La consecuencia de esta decisión es la “caída” que expresa la condición de precariedad en que se encuentra la humanidad tal como la conocemos: la inconsistencia de la vida, la muerte como destino ineludible de la existencia y la imposibilidad de convivir armónicamente.

Y en las Cartas a los Romanos encontramos referencias explícitas tanto al pecado en general (hamartia) como al pecado original o “pecado de Adán” en particular. El pecado es entendido aquí como la fuerza universal del mal presente en el mundo, producida por los actos humanos negativos, pues todos nosotros hemos pecado siguiendo la estela del pecado del primer hombre. Estos actos hacen daño a los demás, a uno mismo y al mundo. El resultado del pecado es una atmosfera de maldad presente en el mundo que excede el ámbito de las responsabilidades individuales.

4. Por qué tenemos tendencia a apartarnos del «recto camino»

Partiendo de la idea que existe un orden natural, un orden que podríamos denominar cósmico, “divino”, nosotros formamos parte de ese Todo ordenado y armónico, estamos incardinados integrados en él… pero gracias a nuestra “libertad” tenemos la opción de fluir y seguir en él o apartarnos de él, intentando desvincularnos, modificar el rumbo, separarnos del camino “recto”, caminar por nuestra cuenta y riesgo, transitando por caminos autónomos, creados por nosotros mismos y no siempre ajustados al “orden natural” establecido… Ahora bien, esta situación errática, de desvío, yerro, fracaso, habitual de la humanidad con sus consecuencias de responsabilidad colectiva, ¿de dónde proviene? ¿Cuál es la razón profunda de esta propensión atávica del ser humano de decantarse hacia el mal, de apartarse de las exigencias del “orden natural”, de la ley “divina”? Un psicólogo diría que la razón hay que buscarla en el dualismo psico-fisiológico de la constitución íntima del hombre. Todos los vivientes siguen una ley ciega de su naturaleza que llamamos instinto en orden a la plenitud de su ser. El hombre, al ser un punto de intersección entre el mundo del espíritu y de la ma­teria, se siente atraído por dos polos contrapuestos. De un lado siente ansias de superación, de dejarse llevar por altos idealismos; y, de otro, siente un peso que le arrastra hacia lo material e inmediato, hacia la satisfacción de sus instintos de animal, que chocan con las limitaciones de una ley superior inscrita en su conciencia, justamente al sentir también una atración hacia una atmósfera superior, hacia algo que intuye como suprahumano y de algún modo divino. Esta es la gran paradoja del animal racional que sintetiza en sí el mundo del espíritu y de la materia. El hombre es un viviente paradójico, alguien que puede superarse a sí mismo (dejándose alumbrar por lo divino) o rebajarse y consumirse entre las fuerzas de animalidad que lleva dentro. O nos hacemos en Dios más que humanos por gracia o acabamos siendo subhumanos. Allí donde se cierran en lo animal, hombres y mujeres se vuelve esclavos de sí mismos, sin poder abrirse al diálogo del amor… los hombres quedaban en manos de sus deseos. Todo esto nos permite afirmar que la división moral del ser humano es la contraposición entre dos “yos”, dos dinamismos o dos fuerzas interiores. Esta es la tragedia de la división humana, que convierte la debilidad del hombre en algo más que una “falta de fuerza”: en autentica esclavitud.

Todos los seres humanos llevan dentro de sí una contradicción permanente, y de ahí surge en toda su intensidad lo que se ha llamado la «angustia vital» en su dimensión moral y espiritual. ¿Por qué el ser humano—ser consciente de la creación— es la única nota discordante en la gran armonía de todos los seres, plegándose a las exigencias de la ley íntima de sus instintos? ¿Por qué el hombre que ha nacido para la felicidad lleva una vida frustrada sumergida en el dolor y en la desesperación, al ser presa de las enfermedades, de las contradicciones, de las incomprensiones y de la misma muerte? ¿Por qué el ser humano que tiene ansias de inmortalidad, de permanecer indefinidamente en el mundo luminoso de los vivientes tiene que plegarse al triste sino de la muerte? ¿Cómo Dios ha dispuesto que este ser contradictorio sea el único ser frustrado de la creación? Estos interrogantes emergen en todas las filosofías de todas las culturas, ya que el ser humano es igual en todos los tiempos y latitudes con su «angustia vital» y su desazón interior.

Los hagiógrafos bíblicos tratan de hallar una solución a este dualismo íntimo del corazón humano: ¿Por qué el hombre, saliendo de las manos de Dios, siente ansias de autonomía ilimitada hasta no reconocer los derechos de su Hacedor? La respuesta de los autores sagrados. Los autores sagrados tratan de hallar una explicación teológica (en referencia a Dios) a todo este complejo psicológico, moral y espiritual del hombre. Los genios religiosos de Israel tratan de empalmar la perspectiva religiosa del israelita dentro de la gran panorámica de la humanidad en su dimensión universal, profundizando en el misterio del hombre como tal, como creatura de Dios. Por ello, después de haber recogido las tradiciones religiosas de Israel a través de su trágica y accidentada historia, bucean en la prehistoria de la humanidad para llegar al primer hombre, y plantear el problema del alejamiento de Dios ya en la aurora de la historia humana: todas las cosas creadas por Dios eran «buenas», respondiendo a una finalidad de la inteligencia ordenadora de Dios. El hombre, pues, al salir de las manos de Dios tenía que asentarse en esta perspectiva de «bondad» natural de las creaturas. Dios ha dado al hombre una posibilidad de elección entre dos caminos: seguir como lugarteniente de Dios, y subordinado a Él, o rechazar expresamente esta vinculación al Creador, escogiendo un camino de absoluta autonomía espiritual y moral, al margen de las exigencias y limitaciones de una ley superior. En su categoría de ser racional lleva la posibilidad de la elección, de separarse de su Hacedor; y, al sentirse presa de una doble polarización, escoge lo que considera más fácil y en consonancia con sus inclinaciones inmediatas; precisamente, este es el drama que con todo detalle imaginativo se escenifica en las primeras páginas bíblicas, ya que todos los relatos de la Biblia son considerados por los autores sagrados dentro de esta perspectiva teológica. Podemos decir en cierto modo que el relato del primer pecado del hombre es el paradigma de la reacción moral de la mayor parte de la humanidad a través de la historia, porque todos los hombres tienen que enfrentarse en la vida al tomar conciencia de su personalidad con la disyuntiva de respetar las leyes divinas o vivir al margen de ella.

Los autores sagrados parten del hecho de que toda la creación es buena como expresión de la omnipotencia divina, que se mueve a impulsos de una inteligencia superior que todo lo dispone «en orden, peso y medida»; en consecuencia, todos los seres en principio son buenos, pues responden a un designio concreto divino dentro de la universalidad del cosmos. Ahora bien, dentro de todos los seres creados el hombre hecho «a imagen y semejanza» del propio Dios, es superior a todos ellos. El primer pecado ha creado una lucha intima en el hombre al perder el equilibrio entre el mundo racional y el pasional, y al sentirse atraído por dos polos contrapuestos, el “espíritu” y la “carne”. Ha habido una alteración efectiva de la obra de Dios. Los autores sagrados quieren dar a entender que la humanidad se halla en un estado menos bueno, mezcla de bien y de mal, pero después de haber estado instalada en una situación mejor desde el punto de vista moral y físico en el momento de la creación del hombre. Las páginas bíblicas están transidas de una visión pesimista del hombre (un hombre “caído”), que sólo se supera a base de un derroche de la gracia divina para sobreponerse al peso atávico que arrastra a la raza humana hacia la sensualidad, el egoísmo y a la muerte espiritual. Los autores sagrados han destacado esta proclividad del ser humano a vivir al margen de la ley divina, siguiendo los impulsos espontáneos de sus instintos a base de un egoísmo feroz. Sólo pocos justos se salvan de esta tendencia pecaminosa de la raza humana.

5.  Aproximación a la noción de «pecado» desde la perspectiva religiosa

Todas las religiones tienen de algún modo un concepto de pecado, entendido como ruptura de la relación con Dios (desobediencia), como destrucción de los demás (injusticia, asesinato) o, incluso, como infidelidad personal. El pecado sólo se entiende desde un contexto de experiencia religiosa (recordemos el origen etimológica de religión, rel'gio, religare = unir, juntar, restablecer la relación quizás debilitada, deteriorada, especialmente en referencia a Dios...). En otros niveles puede haber injusticia, mancha, delito..., pero sólo ante Dios (o ante un tipo de Absoluto) puede hablarse de pecado, en el sentido básico de «desobediencia» (no escuchar la voz de Dios) o de ruptura de su alianza, con riesgo de condenación eterna, es decir, de destrucción de la persona. En las sociedades de organización teocrática, todos los actos tienen una proyección religiosa. Todas las instrucciones para el recto comportamiento se derivan de la autoridad de Dios, que es quien fundamenta, en cuanto creador, el orden de todas las cosas y ha revelado su voluntad. Por eso, las infracciones contra cualquier ley llevan el matiz de rebeldía contra el supremo legislador Dios, ya que el legislador humano no es sino su representante. El pecado siempre está referido a Dios, como destinatario directo de erróneas acciones o actitudes defectuosas: olvidarse de Dios o de sus hechos salvíficos, abandonarle, faltar contra él, menospreciarle a él o a su nombre, fatigarle, alejarse de su seguimiento o prostituirse, rescindir, como mal vasallo, la relación de protección o de servicio y rebelarse contra él, murmurar contra, y otras. Pero hay también conductas y actitudes erróneas que, aunque no se dirigen expresamente contra Dios, son malas a sus ojos, no conservan su alianza, no escuchan su voz, y otras.

Peccatum en latín significa falta, error, delito, ofensa, transgresión consciente... que solo puede redimirse por el perdón de quien ha sido ofendido. El concepto de lo que en teología se entiende por "pecado" ofrece en el Antiguo Testamento un gran abanico semántico. Apenas hay un ámbito en el que no puedan descubrirse acciones o actitudes defectuosas o deficientes que pueden ser presentadas o entendidas como pecado. El AT dispone de un gran número de expresiones para describir la magnitud del pecado. Ninguna de ellas es utilizada con una significación exclusivamente religiosa o teológica. Muchas de las acciones y de las actitudes que para el AT son erróneas o malas lo son también para otros pueblos, en virtud de una común comprensión humana. No puede hablarse, pues, en lo que concierne al contenido, de diferencias entre pecados contra las normas meramente éticas y las reveladas.

La Biblia refleja la irrupción de Dios en la historia, y en sus páginas se traslucen las relaciones de Dios con la humanidad a base de un trágico drama «que pone frente a frente a Dios y al hombre, y en el que Dios toma la iniciativa y dirige el juego. Nos revela que la historia es un combate incesante entre Dios que llama y al hombre que resiste». En efecto, la historia bíblica es la historia del fracaso y del triunfo de Dios en su afán de rehabilitar y atraer al hombre a su órbita de salvación. En este contexto religioso lo específico del “pecado” (error, desviación, quebranto, ruptura…) es su insurrección o rebeldía contra Dios, rompiendo un orden de normalidad de relaciones entre Creador y creatura.  El “pecado” no se refiere solo a un fallo, a un error, a una desviación, a la mala decisión personal de un sujeto. Aunque caben algunas descripciones del pecado como defecto, desorden, etc., el "pecado" se define de verdad solo en referencia a Dios, pues el desorden, el ir contra el "orden" establecido, implica precisamente ir en contra de una naturaleza dada por el Creador, contra el que el pecado actúa. Para el israelita la conciencia de pecado evolucionó con el tiempo. El pueblo ignorante cree que el pecado material, incluso involuntario, aleja la protección divina, y atrae la cólera. Toda falta contra el prójimo es también una desobediencia a Yahvé, eso supone una separación entre él y Dios, quien oculta su faz de él, negándole su protección.

Recordemos la historia del primer hombre de Ia humanidad, cuyo primer acto consciente, ante Ia disyuntiva de admitir las limitaciones de una ley superior divina, fue separarse de su Creador, buscando erróneamente Ia afirmación desorbitada de su personalidad. Todos los seres de Ia creación por su naturaleza esencial siguen una misteriosa ley interior, que no es más que Ia expresión de Ia voluntad de Dios. Pero el hombre, al ser dotado de inteligencia y voluntad, tiene Ia capacidad de elegir, de seguir Ia norma superior divina o de apartarse de ella, buscando una autonomía, libre de toda limitación (libre albedrío). Todo el drama bíblico gira en torno a Ia idea de «salvación» de Ia humanidad, canalizada a través de Ia comunidad del Pueblo de Ia Alianza, porque el ser humano se halla necesitado de rehabilitación y redención. ¿Por qué? Dios ha creado el cosmos, ha creado al hombre, y le ha confiado el mundo para que lo conserve y lo cuide. Con su pecado, el hombre ha llevado al cosmos al desorden y se trata ahora de restablecer el equilibrio inicial para que en el mundo brille la gloria de Dios y del hombre.

El relato del pecado original (Gn 3) no pretende describir un acontecimiento del lejano pasado sino exponer la situación inicial y radical de hombres pecadores expuestos a la tentación que cometen pecados. La disposición del Dios creador brota de su bondad y de su providencia y señala al hombre el camino hacia una existencia acorde con la creación y, por tanto, dichosa «en el jardín» (puedes comer el fruto de todos los árboles ... », pero no el del centro, porque acarrea la «muerte»: Gn 2,16s.). La tentación (3,4s.) y el pecado (3,6) impugnan esta felicidad y pretenden implantar una autonomía absoluta del hombre independiente del creador (ser como Dios», «conocer el bien y el mal» (3,5s.]), pero conducen de hecho al conocimiento de la indigencia desamparada («desnudos») [3,7) y le alejan de Dios («ocultarse» [3,9]) y de la creación («expulsión» del «jardín». El pecado de Gn 2-3 pertenece al hombre, es resultado de su opción. Pecado es desobediencia, dejar de escuchar y dialogar con Dios. El hombre debería haber acogido la voz de la vida que le sostiene e impulsa; pero escucha otra voz de sospecha que le dice: Dios quiere engañarte, vive y decide por ti mismo. Por el pecado, en cambio, el hombre quiere hacerse dueño de lo bueno y de lo malo, para medir y modelar a su manera lo que existe, en provecho propio. Pecado es muerte. Dios es la vida y su rechazo deja al hombre en manos de su propia fragilidad; Dios no mata a los hombres, sino que les quiere dar la vida. Pero los hombres que se encierran en sí quedan presos de su propia muerte. El pecado aparece así no sólo como fallo de la conciencia interna y personal sino como poder objetivo que lastra el curso de las cosas.

En el contexto de la cosmovisión bíblica, el «pecado» es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse ‘como Dios’, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal. El pecado fue lo que arruinó e hizo naufragar la vida que Dios había soñado para el hombre. El pecado es, pues, un “insulto” a Dios porque se aparta de su camino, porque pone al Yo en el lugar que corresponde a Dios. El pecado resulta de cierto “endurecimiento” del corazón y endurece el corazón. El pecado es siempre engañoso. Se actúa “creyendo” que así será más feliz.  El pecado es un acto de discordia con la razón informada por la ley Divina. Dios nos ha dotado de razón y libre voluntad, y un sentido de responsabilidad. Nos ha hecho sujetos de Su ley, la cual es dada a conocer a nosotros por los dictados de la conciencia, y nuestros actos deben conformarse a estos dictados, de lo contrario, nos desviamos, erramos, pecamos. Consiste en una violación de la ley eterna de Dios, es decir, un levantarse del hombre por medio de su conducta contra la voluntad divina. El pecado comporta el rechazo de la recta razón, es decir, el rechazo de la verdad, y el rechazo del amor de Dios que nos indica cuál es nuestro verdadero bien. Directa o indirectamente es desprecio de Dios y de su amor. El pecado es una transgresión de la ley de Dios y el rechazo del verdadero bien del hombre. Quien peca rechaza el amor divino, se opone a la propia dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios. Básicamente, el pecado es un acto de egoísmo exagerado. Es el afán por seguir los propios deseos pensando que están justificados. Es preferirse a uno mismo y anteponerse a Dios y a los demás, cediendo a las pasiones desordenadas que nos ponen en el centro de nuestra existencia y negando nuestra naturaleza, que sólo se completa cuando se abre al prójimo y a Dios.

El “error” procede, básicamente, del deseo de instalar al Yo, y no a Dios, en el centro de nuestra vida. Pecado es lo que hace a un hombre adorar tanto a su Yo, que olvida o rechaza servir a Dios y a su prójimo. Es lo que hace al hombre actuar como si fuera la persona más importante de la creación. Pecado es aceptar y practicar las normas del mundo en vez de los principios de Dios; juzgar las cosas como los hombres las ven, no como las ve Dios. El pecado es el rechazo a instaurar con Dios y con los otros una relación de amor. El pecado es un "cerrarse a las criaturas" y "rechazar al Creador". En general, el pecador sólo desea los placeres proporcionados por las criaturas, y no necesariamente quiere rechazar al Creador. Pero, al dejarse seducir por las satisfacciones fugaces proporcionadas por las criaturas, el pecador, implícitamente, está actuado contra el amor del Creador, pues siente que el placer terrenal no le llena, pero aún así, no se resiste a él. Por eso, el pecado hiere al propio pecador, apartándole de la plenitud ofrecida por Dios. Y por ello, el pecado ofende a Dios: no porque Dios, como tal, se vea afectado, sino porque nosotros mismos, al pecar, nos disminuimos ante la grandeza que Dios nos ofrece. El pecador intenta aquí y ahora actuar de determinada forma, desmedidamente eligiendo ese particular bien desafiando la ley de Dios y los dictados de la recta razón, eligiendo equivocadamente (errando) un bien mutable en lugar de un bien eterno, Dios, y, por lo tanto, desviándose de su verdadero destino último. En todo pecado se encuentra un desvío del debido orden natural. En este sentido el pecado es un acto humano carente de su debida rectitud. En este sentido el pecado puede definirse con la noción de “desvío”.

6. El pecado como «desvío» del «recto camino» y «ofensa» a Dios

La palabra más usada en la Biblia para referirse al «pecado» es el verbo HT' que los Setenta tradujeron por Hamartanô (ἁμαρτάνω). Como se ha indicado anteriormente, tanto el vocablo hebreo como el griego tienen como significado el de fallar, en el sentido de desviarse, no llegar a una meta, no conseguir un fin. El libro de los Jueces nos cuenta como en el ejército benjarninita había unos tiradores tan hábiles que eran capaces de tirar una piedra contra un caballo, con una honda, sin desviarse jamás… o sin fallar el tiro jamás (Jc 20,16). En el caso del ser humano que es proyecto y meta de sí mismo, fallar el tiro o errar el camino, es perderse a sí mismo…

Posteriormente, el verbo HT' pasa a significar, no solo pecar, sino pecar contra alguien. Pecar contra alguien es no estar a la altura, no responder a las expectativas justas de ese alguien. En este contexto HT' se usa preferentemente con Dios como complemento: pecar contra Dios es no responder al proyecto de Dios sobre el hombre (el proyecto de hijo y hermano) y en este sentido frustrarse a sí mismo, maltratarse. El pecado es pues la frustración de sí mismo, pero una frustración que acontece ante Dios; es el desvío del propio camino, hacia metas inexistentes y ajenas a la meta que el hombre tiene frente a si, y en la que Dios mismo le espera. El “pecado” es un falso camino que se emprende… Hay en el ser humano un modo de cortar amarras que, aunque no sea ya definitivo e irreversible, suele conducir lógicamente a una meta falsa y sorprendente, pero de la que el mismo lenguaje humano acostumbra a comentar a posteriori que "se veía venir".  Si el pecado es la frustración progresiva del ser humano y el daño del hombre emprendido por este mismo, entonces el verdadero castigo del pecado es el pecado mismo... Aunque esta noción de desvío, marca más el carácter del pecado como daño del hombre, sin embargo, ese daño acontece primariamente ante Dios. El hombre se frustra primariamente ante las expectativas de Dios sobre él y, por eso, se frustra fatalmente, pero más a la larga, también ante su propia verdad.

El pecado se considera "una ofensa a Dios”: ‘Contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí’ (Salmos 51:6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de El nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse ‘como dioses’, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gen 3:5). El pecado es así ‘amor de sí hasta el desprecio de Dios’ (S. Agustín, civ, 1, 14, 28). Lo que, en definitiva, hace el ser humano cuando realmente peca, a la manera pagana o a la manera judía, es dejar de creer, dejar de fiarse de Dios. La mujer come del fruto porque ha admitido antes la sospecha de que el precepto de Dios no sea para bien del hombre sino para bien del mismo Dios. A partir de esta sospecha de que Dios pueda ser un obstáculo para la vida del hombre (Gen 3,4), un Ser celoso de la divinidad del hombre (Gn 33, el fruto se convierte rápidamente en verdaderamente apetecible (Gen 3,6). La falta de fe y la rebelion han venido a coincidir: querer ser como Dios supone en el hombre aceptar que la fuente de su ser como Dios no es Dios mismo, sino el propio hombre y sus obras. El pecado, por consiguiente, como frustración del hombre y como ofensa de Dios, es siempre una ruptura de la filiación y de la fraternidad.

7. Pero la puerta no se ha cerrado del todo… hacia la liberación, salvación

  • ¿Cuál era la situación originaria del ser humano? Según la antropología bíblica, el ser humano por naturaleza es bueno… El ser humano, que es bueno por naturaleza, originariamente vivía en relación armoniosa con el Todo…
  • Esa estructura de la relación humana originaria que era armoniosa, equilibrada con Todo, ha sido perturbada. El “pecado” es concebido como la pérdida, ruptura, quebranto, desequilibrio, de esa relación primordial, armónica, originaria… El concepto de “pecado” expresa la interrupción, quiebra, pérdida, de la relación armoniosa primigenia.
  • Como consecuencia de nuestra interconexión con el Todo, cuando se quiebra una relación con el "orden" natural (situación de “pecado”)... esa ruptura afecta también a los demás, a todo. Por eso, el "pecado" supone siempre una ofensa que afecta también al otro, que trastoca el orden natural del mundo y lo perturba.
  • De ahí que, como la estructura de la relación humana con el "orden" natural ha sido perturbada, prostituida, desde el comienzo... cada hombre entre, en lo sucesivo, en un mundo marcado ya por la perturbación de la relación primigenia originaria. El ser humano, que en sí mismo es bueno, se presenta en medio de un mundo perturbado por el “pecado”. Cada uno de nosotros se ve inmerso en el seno de un orden cuyas relaciones originarias han sido falseadas, peturbadas consecuencia de su actitud altiva. El pecado (la posibilidad de desvincularse del orden natural) tiende la mano al ser humano, y éste cae en el “error” de desvincularse, romper con ese orden natrural establecido. Y en esa deplorable situación queda inmerso.
  • Con esto queda claro que el ser humano, solo no puede salir del hoyo en el que se ha metido, solo no puede supear esa ruptura, no se puede salvar solo. "Salvados", es decir libres y de verdad, sólo podemos estar, cuando dejamos de querer ser Dios, cuando renunciamos a la ilusión de la autonomía y a la autarquía. Sólo podemos estar salvados, es decir llegar a ser nosotros mismos, siempre que recibamos y aceptemos las relaciones correctas, el "orden" natural que se nos ha dado. La relación natural originaria de la Creación ha sido alterada por nuestra actitud altiva, por nuestro "pecado". Sólo el Creado puede restablecer ese "orden perturbado", por eso sólo el Creador mismo puede ser nuestro Salvador.
  • Sólo podemos ser redimidos, slavados, si Aquél al que hemos separado de nosotros, del que nos hemos separado, se dirige de nuevo hacia nosotros y nos tiende la mano. Sólo el ser-amado es un ser-salvado, y sólo el amor de Dios puede purificar el perturbado amor humano y restablecer la estructura quebrada de esa relación.

En el relato bíblico, tras la "caída" de nuestros "primeros padres", surge la promesa de rehabilitación de la descendencia de Eva frente al poder del mal, con el que tiene que mantener una lucha a muerte durante generaciones hasta conseguir la victoria definitiva, aplastándo la cabeza de la serpiente (el mal) con su pie. El hombre “caído”, no está totalmente vencido, sino que con su libertad y esfuerzo personal, y con la ayuda de Dios, debe luchar por rehabilitarse y salir de la situación humillante en que ha quedado hundido a consecuencia de su "desobediencia". ¡Convertios!  Será el grito que nos llamará a "despertar"... una invitación a esforzarnos para salir de la deplorable situación en que nosotros mismos nos habíamos metido... a restablecer el «orden» resquebrajado, a fluir y recuperar la armonía con la Realidad entera y a esforzarnos para caminar hacia la comunión gozosa con el Todo.

La perspectiva adoptada con el planteamiento de Las Leyes universales (ver aquí) en el fondo no está demasiado alejada de la noción religiosa de «pecado» recogida en la extraordinariamente rica tradición bíblica. Comprendiendo el funcionamiento del Universo, las Leyes del Universo, se comprende mucho mejor la noción «religiosa» de «pecado»: existencia de un «orden» cómico, quiebra de ese «orden» por parte del ser humano, toma de conciencia de la falta, error, ofensa, transgresión cometida contra ese «orden», restablecimiento de la armonía con el fondo último de la Realidad (una Realidad en la que todo está bien, todo es perfecto, una Realidad completa, acabada, en la que todo está en su sitio, en donde tiene que estar, en la que no falta nada…) «Y vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien…» (Génesis 1:31)

Elaboración a partir de materiales diversos

Ver también:

Las Leyes del Universo

EL LLENGUATGE RELIGIÓS (i la seva problemàtica)

El pecado y la culpa (por John Shelby Spong)

Aproximación a la noción de pecado, conversión, salvación…




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