De la sabiduría del corazón a la inteligencia espiritual (I)
La formación del corazón constituye un reto universal para humanizar el desarrollo y el crecimiento de cada persona.
«La Educación es una de las formas más efectivas de humanizar el mundo y la historia. La Educación es antes de nada una cuestión de amor y de responsabilidad». Vayamos a lo realmente esencial de la Educación.
El propósito del ser humano en este maravilloso mundo, que algunos pesimistas han querido llamar «Valle de Lágrimas», es ser feliz. Para Aristóteles toda reflexión moral no es más que una búsqueda del significado de la felicidad, pues el fin último del hombre es ser feliz, de ahí su Ética Eudemia (ευδαtµOνtα = ‘felicidad’). Pero si el fin del hombre es ser feliz, toda la educación debería estar encaminada a ayudar a los seres humanos a buscar y encontrar esta felicidad. Pero, no es fácil educar para la felicidad si no se sabe con certeza dónde está la felicidad o qué es ser feliz. Más de un educador, padre o maestro, se habrá preguntado con temor y temblor si ha cumplido con su deber de enseñar a los jóvenes a ser felices o, al menos, si los ha puesto en el camino correcto para que encuentren esta felicidad o si, por el contrario, como dice Séneca, los ha puesto en un falso camino, de manera que cuanto más avanzan en este camino aprendido, más lejos se encuentran de la felicidad.
Y quizás más de uno de estos educadores tendrá que admitir que, de alguna manera, ha fallado a los jóvenes de cuya educación ha sido responsable, pues les ha estado engañando impartiendo una educación totalmente falsa; una educación que sólo enseñaba a negar algo fundamental en la vida del hombre; algo que los clásicos consideraban la fuente de toda felicidad; les ha enseñado solamente a negar el ocio (el neg-ocio ) (ver aquí), sin decirles nada sobre cómo disfrutar del ocio, olvidándose de recordarles que, después de todo, la base de toda vida feliz está, precisamente, en la capacidad del hombre para emplear debidamente el ocio. ¿De qué servirán a nuestros jóvenes «tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas» en el neg-ocio, si al final todos sus esfuerzos terminan en una terrible quiebra de lo único que importa que es la felicidad? (Gaspar Rullán, en Papers 53). Y qué mejor empleo del tiempo de ocio que dedicarnos a ponernos en contacto con nuestra intimidad, a cultivar nuestra interioridad, a escuchar y dialogar con nuestro propio corazón? La formación del corazón constituye un reto universal para humanizar el desarrollo y el crecimiento de cada persona.
Nuestro sistema social sustenta ser básicamente egoístas, que nuestro objetivo primordial sea la satisfacción personal y el de nuestro pequeño núcleo, que nos mueven cosas como predominar sobre los demás, la competencia, la imagen, el dinero como símbolo de prestigio y poder, y el miedo a no acceder a ninguna de estas cosas. Según esto, somos esencialmente depredadores los unos de los otros y es en base a esto que organizamos nuestras prioridades y construimos las razones de nuestro existir. Aunque no podemos negar que esto forma parte del desarrollo sobredimensionado del ego, no cabe duda que somos mucho más que lo que hemos llegado a manifestar hasta el momento y ese “mucho más” se siente ahogado en un estilo de vida que nos impulsa a defender el propio y estrecho territorio a cualquier costo. Las teorías económicas vigentes, las relaciones internacionales, las relaciones humanas en general se sustentan en esta visión. Los sistemas de educación no hacen sino enfatizar esta mirada y convencer a los niños y jóvenes que ésta es una preparación para luchar en el campo de batalla que es el mundo. Así, por ejemplo, la educación tradicional va dirigida a gestar personas exitosas, en el concepto de nuestro modelo. Esto, a cualquier precio: el bloqueo de la curiosidad, del descubrimiento, incluso la felicidad. La idea es sacrificar la infancia para que esos niños lleguen a tener algún día, una posición social, económica y profesional de prestigio y ahí si, supuestamente, sean felices. El problema es que cuando llegamos a ese punto, ya hemos perdido la conexión con el gozo, con la sencillez, con nuestro ser. Somos disciplinados y correctos, pero sólo pensar en una tarde dedicada al contacto interno nos pesa en la conciencia. Ya no somos capaces de entretenernos con nosotros mismos, de darnos calidez, encanto de vivir. Este modo de ver y pensar está tan arraigado que no lo cuestionamos y nos resignamos a vivir de esta manera cual si esa fuera una realidad absoluta, una cárcel de la cual no podemos salir. Hemos creado estilos de vida antihumanos, en que la persona es concebida al servicio de redes económicas. Nos hemos transformado en entidades meramente productivas, en siervos del dinero, en que las necesidades humanas de cuerpo sano y vital, emoción y sentimientos, pensar creativo y Alma, simplemente no caben. Vales en tanto produces y tienes. (Patricia MAY ARZÚA: De la cultura del ego a la cultura del alma)
Autor: José Carlos Bermejo Higuera
La escuela ha enseñado siempre a sumar y restar, a leer y escribir, literatura e historia. Pero más raramente ha enseñado y enseña a manejar el complejo mundo de los sentimientos, a aprovechar su energía para utilizarla correctamente conforme a los valores, a afrontar conflictos de manera saludable, a plantearse preguntas por el sentido último de las cosas, a tomar decisiones ponderadas, a hacer silencio... Y resulta que nuestro desarrollo personal está en estrecha relación con el mundo de los sentimientos, de los valores, del sentido.
La cordialidad, el calor humano, la amabilidad, la cercanía, la familiaridad, la capacidad de manejar bien los sentimientos, la empatía, saber resolver conflictos resolutivamente, plantearse la pregunta por el sentido último de las cosas, conducir la conducta desde los valores, esas cualidades por todos deseadas para nosotros mismos y los demás son elementos de lo que entendemos por inteligencia espiritual. Pero no solo: la capacidad de silencio, de asombro y admiración, de contemplar y de discernir, de profundidad, de trascender, de conciencia de lo sagrado y de comportamientos virtuosos como el perdón, la gratitud, la humildad o la compasión son elementos propios de lo que entendemos por inteligencia espiritual.
Todos estos aspectos reflejan sabiduría del corazón, de ese corazón que tiene razones que a veces la razón no entiende y que tan importantes son en el ámbito educativo. La formación del corazón constituye un reto universal para humanizar el desarrollo y el crecimiento de cada persona.
San Camilo, patrono de los enfermos, hospitales y enfermeros, exhortaba a sus compañeros a poner “más corazón en las manos”. Eran tiempos (el siglo XVI) en que en los ambientes en que él se movía, los enfermos y necesitados eran atendidos en condiciones que hoy son inimaginables en el primer mundo, pero que se mantienen o están peor aún en la mayor parte de la tierra. La frase de Camilo constituía y constituye un reclamo a seguir la sabiduría del corazón y humanizar cuanto hacemos.
Aquella propuesta, dirigida a quien cuidaba en la fragilidad de la enfermedad, es de rabiosa actualidad para los ámbitos educativos. Hoy diríamos –yo diría-: más corazón en el aula, más educación del corazón, más espacio al mundo de los sentimientos, más educación emocional, más acompañamiento en la intimidad, más promoción de la reflexión, más cultivo de la dimensión trascendente, más reclamo de las virtudes y de la solidaridad y el perdón, más inteligencia emocional y espiritual.
Inteligencia emocional
Fue especialmente Daniel Goleman quien, en 1995, convirtió el tema en periodístico y lo divulgó con éxito, consiguiendo un gran impacto mundial.
Conscientes de que la sabiduría no se agota en el desarrollo de la inteligencia intelectiva, Goleman propone el marco de la inteligencia emocional como un conjunto de competencias intrapersonales y un conjunto de competencias interpersonales. Son, al fin y al cabo, “competencias blandas” que contribuyen a que la persona se desarrolle de manera exitosa y aumente la potencialidad de ser feliz consigo mismo y con los demás.
En realidad, Goleman no se inventaba nada. Zubiri había escrito varios volúmenes titulados “Inteligencia sentiente” y bien es sabido, que la inteligencia, que solemos asociar a las capacidades de memoria, relación de conceptos e información, capacidad de adaptarse a situaciones nuevas, habilidad para resolver situaciones… está muy relacionada con el modo como manejamos nuestros sentimientos.
Incluso el rendimiento escolar está en relación con nuestros sentimientos. Es obvio que la tristeza, la ansiedad, la rabia, el entusiasmo y tantos sentimientos, tienen un influjo claro sobre la disposición al aprendizaje intelectivo y sobre el mayor o menor fracaso escolar.
El modelo de Goleman propone la inteligencia emocional como un conjunto de competencias personales (autoconocimiento, autocontrol emocional y capacidad de automotivación) y un conjunto de competencias sociales (empatía y habilidades sociales). Un marco amplio de ingredientes educables que hace a las personas más o menos sabias, capaces de sacarle sabor a la vida afrontando de manera inteligente los conflictos y adversidades. Una parte de nuestro cerebro, la derecha, que hemos de conformar, lo mismo que cultivamos la más relacionada con la racionalidad intelectiva (la izquierda).
No se trata de exaltar el mundo de los sentimientos en detrimento de la razón como contrapartida al error en el que tradicionalmente hemos caído: el alto inteligir y las bajas pasiones. No. Se trata de ser conscientes del gran influjo que los sentimientos tienen en la vida personal y social y de la importancia de trabajar sobre ellos en el proceso educativo de manera explícita.
¿Cómo no hacer referencia al rencor en el aula a la vista de un conflicto? ¿Se puede obviar la tristeza cuando un alumno está atravesando una experiencia de duelo? ¿Es saludable negar el miedo y respetarlo como si de un tabú se tratara? ¿Hay que imponer por la fuerza la ausencia de expresión de la agresividad? Por este camino, la educación sería represiva, más que liberadora. Es obvio, pues, que hay que hablar de los sentimientos, que hay que relacionarlos con los valores, que hay que construir un mundo interior saludable, también haciéndolo exterior, es decir, socializándolo y compartiendo sobre él.
Se trata de humanizar las relaciones con uno mismo y con los demás para hacerlas más eficaces, más en sintonía con nuestra condición humana de seres vulnerables y apasionados, con corazón que palpita y habitado de anhelos y vibraciones al son de estímulos internos y externos.
A veces pensamos que hablar de los sentimientos es presentarse vulnerable ante los demás. Y, sin querer, podemos entablar relaciones frías. La frialdad, indiferencia o ritualización de la relación despersonalizan y merman la confianza y la eficacia de las relaciones humanas y, en particular, de las que quieren ser educativas.
Educar el corazón, educar el espíritu
Sí, el corazón –el espíritu- es educable. Una persona puede aprender a ser cordial, a ser dueño de sus sentimientos, a conocerse a sí mismo, a controlar la reactividad a los sentimientos negativos, a ponerse en el lugar de los demás, a manejar con autoridad los conflictos, a contemplar, a perdonar, a trascender, a construir una vida moral y trascendente de manera personal.
En la tradición bíblica, así como en la poesía griega, el corazón es el que regula las acciones. En él se asienta la vida psíquica de la persona, así como la vida afectiva, y a él se le atribuye la alegría, la tristeza, el valor, el desánimo, la emoción, el odio; es el asiento de la vida intelectual, es decir, es inteligente, dispone de ideas, puede ser necio y perezoso, ciego y obcecado; y es también el centro de la vida moral, del discernimiento de lo bueno y lo malo.
En efecto, en hebreo, el corazón es concebido mucho más que como la sede de los afectos. Contiene también los recuerdos y los pensamientos, los proyectos y las decisiones. Se puede tener anchura de corazón (visión amplia, inteligente) o también corazón endurecido y poco atento a las necesidades de los demás. En el corazón, la persona dialoga consigo misma y asume sus responsabilidades. El corazón es, en el fondo, la fuente de la personalidad consciente, inteligente y libre, la sede de sus elecciones decisivas, de la ley no escrita; con él se comprende, se proyecta.
Educar es trabajar también el mundo de las actitudes interiores porque precisamente el exterior de una persona manifiesta lo que hay en el corazón. Al corazón se le conoce, entonces, indirectamente, por lo que de él expresa el rostro, por lo que dicen los labios, por lo que revelan los actos, aunque también es posible una doblez o falsedad que lleve a expresar lo que no habita en el interior del corazón.
El corazón, para los semitas y los egipcios, es, sobre todo, la sede del pensamiento, de la vida intelectual, de modo que hombre de corazón significa sabio, prudente, mientras que carecer de corazón es lo mismo que estar privado de inteligencia, es decir, ser tonto. Este es el reto: educar la vida espiritual por el camino del corazón.
Bibliografía BERMEJO J.C., “Inteligencia emocional. La sabiduría del corazón en la salud y la acción social”, Sal Terrae, Santander 2005. BERMEJO J.C., MAGAÑA M., “Cómo educar adolescentes”, Sal Terrae, Santander 2007. BERMEJO J.C., RIBOT P., “La relación de ayuda en el ámbito educativo”, Sal Terrae, Santander 2007. GOLEMAN D., “Inteligencia emocional”, Kairós, Barcelona 1995. ZOHAR D., MARSHALL I., “Inteligencia espiritual”, Plaza & Janés, Barcelona 1997. VÁZQUEZ J.L., “La inteligencia espiritual o el sentido de lo sagrado”, Desclée de Brouwer, Bilbao 2010.
Ver también: SECCIÓN: INTERIORITAT, ESPIRITUALITATS, SAVIESA