Los tres ojos del conocimiento
Nosotros no sólo «vemos» con nuestros ojos sino también con gran parte de nuestro equipamiento mental y espiritual.
Los seres humanos poseen un ojo de la carne, un ojo de la razón y un ojo de la contemplación. Cada ojo tiene sus propios objetos de conocimiento y su propio ámbito de actuación específico (sensorial, mental y espiritual-trascendental)
El hecho es que «nosotros no sólo "vemos" con nuestros ojos sino también con gran parte de nuestro equipamiento mental [el ojo de la mente]... A la luz del intelecto [lumen interius] podemos ver cosas invisibles para nuestros sentidos corporales... Los sentidos no nos permiten, por ejemplo, determinar la certeza de una idea. Las matemáticas, por ejemplo, constituyen un conocimiento no empírico de un conocimiento supraempírico descubierto, iluminado y llevado a cabo por el ojo de la razón, no por el ojo de la carne.
Hemos visto ya los límites de la ciencia: que la ciencia contempla el mundo a través de un visor restringido, el reduccionismo al que la ciencia somete la realidad, que la ciencia ha considerado que la realidad era tan sólo lo que ella nos decía que era, que la ciencia no tiene el monopolio de lo «real»... (ver aquí). Sin embargo, el ser humano a lo largo de la historia ha practicado otras muchas formas de conocimiento.
Distintas formas de conocimiento. Conocer la «verdad», hasta la «verdad última» de todo cuanto existe, ha sido y continúa siendo nuestra gran aspiración como especie. Para ello el ser humano a lo largo de la historia ha empleado diversidad de formes de conocimiento: observación, raciocinio, intuición, contemplación, vivencias místicas, telepatía, clarividencia, precognición, conocimiento precientífico -magia, mitología, intuición, experiencia, religión y animismo- y conocimiento científico. Sin embargo, nuestra mente, nuestras capacidades intelectivas evolutivamente son todavía escasas, las posibilidades de conocimiento de la mente humana son limitadas (ver aquí).
Una misma realidad puede ser abordada por los tres ojos (por cada uno de los ojos) pero cada uno de ellos lo hace desde su óptica específica, resultando, pues, entre ellas perspectivas complementarias. Nos equivocamos al reducir todo conocimiento posible al ámbito de lo racional, de los conceptos, juicios, argumentos y teorías... Hablar de «ojos del conocimiento» es una manera simbólica de referirse a las distintas formas o grandes perspectivas de acercarnos a una misma realidad. Son como tres formas, puntos de vista, perspectivas u ópticas diferentes de profundizar en el conocimiento de la realidad... Hay un conocimiento que no equivale a poseer ideas y argumentos adecuados, sino al despertar de nuestra sensibilidad profunda. Conocer es mucho más amplio que pensar o razonar. El hecho de ser conscientes, la atención pura, el ver, el observar, el sentir profundo, no equivalen al pensamiento discursivo. La filosofía clásica distinguió entre el nous, la razón superior o la aprehensión contemplativa, y la razón inferior, la razón discursiva o mente pensante (M. Cavallé).
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Los seres humanos hemos nacido para contemplar y ser contemplados. Lo que ocurre es que, con el transcurso de los siglos hemos perdido visión. El teólogo medieval Hugo de San Víctor afirmaba que Dios creó al ser humano con tres ojos: uno corporal, otro racional, y un tercero que es el ojo de la contemplación. Al salir del paraíso, por el pecado, el ojo corporal quedó debilitado, el racional perturbado y el de la contemplación, quedó ciego. Ha sido tarea de toda la historia humana ir mejorando la visión del primer ojo, y recuperar la visión del segundo (la razón) y del tercer ojo (el espíritu).
La cultura occidental, ha desarrollado preponderantemente el ojo de la ciencia y la razón. Si no se cultiva el tercer ojo, éste permanecerá ciego. Se trata de descubrir que el conocimiento no es solo una cuestión de la ciencia empírica; siendo esta importante, se debe tener también en cuenta la perspectiva racional (filosofía) y la perspectiva contemplativa (teología y espiritualidad), pues la realidad es más amplia de la que nos descubre el conocimiento empírico. Reducir el conocimiento y la ciencia a sólo lo empírico/material, supone un grave reduccionismo: el cientifismo, la reducción del conocimiento al conocimiento empírico/tecnocientífico. Un conocido texto de Carl Jung dice: «Sólo se volverá clara tu visión cuando puedas mirar en tu propio corazón. Porque quien mira hacia afuera sueña, y quien mira hacia dentro despierta». Mientras que los ojos de la cara ven hacia afuera, ven solo lo material, hay un ojo interior, la percepción espiritual, que mira hacia adentro y ve la realidad en profundidad: el tercer ojo. El tercer ojo es un concepto asociado al despertar del conocimiento profundo y la consciencia desde las culturas más antiguas a la actualidad. El secreto está en equilibrar la dualidad y la unidad de nuestro ser para despertar el tercer ojo, y así vislumbrar el potencial de cada uno, alcanzando una visión total. No podemos ubicar el tercer ojo en un plano fuera de la realidad natural; la experiencia mística a la que abre el tercer ojo es la plenitud del vivir, el vivir auténtico. El tercer ojo es un concepto místico ancestral que hace referencia al ojo que proporciona una percepción más allá de lo que se puede ver sólo con el ojo corporal. Es el ojo interno, el ojo de la mente, el ojo del corazón, el ojo de la fe, el ojo de la contemplación, el ojo del espíritu y de lo espiritual, el “órgano del alma”. El tercer ojo es la entrada al reino interior y la profundidad del Ser; un estado de consciencia superior. Está asociado con experiencias místicas y espirituales, con el encuentro con el Misterio y con lo que somos, con la clarividencia de la visión. (Victorino Pérez Prieto: Los tres ojos del conocimiento: Ciencia, Filosofía y Teología )
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Comentario de G. RODRÍGUEZ-FRAILE sobre los tres ojos del conocimiento realizado en la charla "La ciencia de la Espiritualidad", dentro del Master Consciencia y Ser: Hace ya más de 1000 años que tanto en Oriente como en Occidente los grandes sabios en el fondo venían a decir lo mismo. Por primera vez en la historia de la humanidad los famosos tres ojos del conocimiento estaban ya empezando a decir lo mismo. Para investigar y comprender la realidad los seres humanos disponemos como de tres ojos y esos tres ojos por orden jerárquico, porque son ojos jerárquicos, los llamaron: el ojo de la contemplación o de la intuición, es el más elevado, luego viene el ojo de la razón y luego viene el ojo de la medición, el ojo de la ciencia o el ojo de la carne... Anteriormente cada uno de esos tres ojos nos ofrecían una visión distinta de la realidad, es decir, los místicos nos hablaban de una realidad distinta de la realidad que nos ofrecían los filósofos, y sobre todo la ciencia, basada en la física clásica, nos daba una visión de la realidad totalmente distinta de la que nos ofrecían los místicos o los filósofos, de manera que integrar la visión que nos ofrecían los ojos de la contemplación con los ojos de la ciencia era imposible. Cada ojo, por decirlo de alguna manera, tiene su popio ámbito de actuación y dichos ámbitos no deben mezclarse, ni confundirse. La ciencia investiga la realidad con los ojos de la medición y la espiritualidad intentan acercarse a la realidad desde los ojos de la contemplación. Tenemos que usar cada ojo para lo que cada ojo está hecho, no podemos mezclar los ámbitos o planos de actuación. Por ejemplo, si queremos saber de qué está compuesta el agua disponemos de un instrumento como el microscopio y bastará poner una gota de agua y ver a través de él cómo está constituida la molécula de agua, y eso lo hacemos con los ojos de la ciencia... si la ciencia dice que el agua es H2O la comtemplación, la espiritualidad, tiene que decir que el agua es H2O, no le queda otra... por lo tanto, el ojo de la contemplación no puede decir nada respecto sobre la cuestión de la composición química del agua, no es su cometido.... la ciencia es la que manda en su ámbito de aplicación... Ahora bien, cuando desde la espiritualidad, es decir, desde el ojo de la contemplación, se propone que para conseguir la paz interior la manera más rápida de conseguirla es que aprendas a aceptar la realidad tal como es, entonces la ciencia tampoco puede contradecir eso porque ese aspecto no pertenece al ámbito de actuación de la ciencia... Por tanto, es absolutamente necesario que los tres ojos dialoguen entre sí, es absolutamente necesario que se pongan de acuerdo porque la realidad es una y no podemos tener versiones distintas de una misma realidad, aunque esa misma realidad sí podemos abordarla desde ópticas y perspectivas distintas... Para investigar un determninado ámbito nunca usemos un ojo inadecuado, queriendo adoptar desde ese ojo la óptica o perspectiva que le corresponde a otro ojo (ese ha sido tradicionalmente el contencioso entre ciencia y religión, entre razón y fe), ... un psicólogo, por ejemplo, operará desde el ojo de la razón (el ojo de la mente), un contemplativo opera desde el ojo de la contemplación y el científico debe operar desde el ojo de la carne o de la medición. Desde la educación nos han entrenado mucho el ojo de la razón ...sin embargo, muy pocas personas a lo largo de la historia han tenido acceso o han entrenado el ojo de la contemplación... los científicos han entrenado mucho el ojo de la medición, pero el ojo de la contemplación lo hemos entrenado menos... por lo tanto, no nos puede extrañar que no tengamos una gran capacidad contemplativa... no es que no tengamos la capacidad, lo que no tenemos es el entrenamiento necesario para desarrollar esa capacidad...
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Ramiro CALLE (maestro de Yoga y escritor): El tercer ojo, es el ojo de la sabiduría, es el ojo de la contemplación, el ojo de la unidad, es el ojo que es capaz de ver más allá de los dos ojos materiales, más allá de ideas, más allá de conceptos... es capaz de detectar o percibir la realidad más profunda, la sabiduría más alta... Necesitamos, pues, entrenar los tres ojos si queremos llegar a tener una visión total, no parcial, integral, de la realidad ...
Dentro de la obra de Ken WILBER "Los tres ojos del conocimiento" supone un paso decisivo para la elaboración de un modelo comprensivo de la conciencia y la realidad, abarcando los ámbitos de la ciencia, la psicología, la filosofía y la religión. Wilber se sitúa en el rango de los más grandes teóricos de la conciencia. Inspirándose en una famosa metáfora de san Buenaventura, Wilber examina las tres esferas del conocimiento: el reino empírico de los sentidos, el reino racional de la mente y el reino contemplativo del espíritu. El autor muestra la confusión a que puede conducir el mezclar estas distintas esferas. Los tres ojos del conocimiento es también una sólida crítica de la religión tradicional, de la filosofía materialista y de ciertas teorías populistas de la llamada «Nueva Era». El modelo que propone Wilber es más amplio y profundo, y conduce a un entendimiento más trascendente de nosotros mismos y el universo. A continuación ofrecemos un texto del autor sobre esta cuestión.
K. WILBER (*), filósofo americano, escritor, investigador
San Buenaventura, gran doctor seraphicus de la Iglesia y uno de los filósofos preferidos por los místicos occidentales, decía que los seres humanos disponen de tres modalidades diferentes de adquisición de conocimiento, de «tres ojos» –como decía, parafraseando a Hugo de San Víctor, otro famoso místico–:
- El ojo de la carne (mediante el cual percibimos el mundo externo del espacio, el tiempo y los objetos),
- El ojo de la razón (que nos proporciona el conocimiento de la filosofía, de la lógica y de la mente) y
- El ojo de la contemplación (que nos permite acceder a las realidades trascendentes).
Todo conocimiento es, además, una especie de illuminatio y, en este sentido, existe una iluminación exterior e inferior –lumen exterius y lumen inferius– y un iluminación superior - lumen superius -:
- iluminación exterior - lumen exterius -: que da luz al ojo de la carne y nos permite conocer los objetos sensoriales.
- iluminación exterior - lumen interius -: que ilumina el ojo de la razón y nos proporciona el conocimiento de las verdades filosóficas.
- iluminación superior - lumen superius -: la luz del Ser trascendente, que ilumina el ojo de la contemplación y nos revela la verdad curativa, «la verdad que nos ilumina».
Desde su punto de vista, en el mundo externo encontramos un vestigium –un «vestigio de Dios»–:
- El ojo de la carne: percibe ese vestigio (que se manifiesta como diversidad de objetos separados en el espacio y el tiempo).
- El ojo de la mente: En nosotros mismos, en nuestro propio psiquismo –en especial en la «triple actividad del alma» (memoria, entendimiento y voluntad)–, el ojo de la mente nos revela una imago de Dios.
- El ojo de la contemplación: Finalmente, a través del ojo de la contemplación, iluminado por el lumen superius, descubrimos el mundo trascendente que existe más allá de los sentidos y de la razón, la misma Esencia Divina.
Todo esto coincide con la distinción realizada por Hugo de San Víctor (el iniciador de la saga mística de los victorinos) entre cogitatio, meditatio y contemplatio.
- La cogitatio –o simple cognición empírica– consiste en una búsqueda de los hechos del mundo material mediante el ojo de la carne.
- La meditatio es una búsqueda de las verdades psíquicas (la imago de Dios) usando el ojo de la mente.
- La contemplatio, por último, consiste en el conocimiento que permite que el psiquismo (o el alma) se unifique con la Divinidad en la intuición trascendente revelada a través del ojo de la contemplación.
Ahora bien, aunque la terminología de ojo de la carne, ojo de la mente y ojo de la contemplación sea netamente cristiana, todas las grandes tradiciones psicológicas, filosóficas y religiosas expresan, de un modo u otro, conceptos similares. De hecho, los «tres ojos» del ser humano se corresponden con los tres principales dominios del Ser descritos por la filosofía perenne: el ordinario (carnal y material), el sutil (mental y anímico) y el causal (trascendente y contemplativo).
El ojo de la carne
Abundando en la visión de san Buenaventura podríamos decir que el ojo de la carne (cogitatio, el lumen inferius/exterius) crea y revela ante nosotros un mundo de experiencia sensorial compartida. Éste es el «dominio de lo ordinario», el reino del espacio, del tiempo y de la materia (el subconsciente), un dominio compartido por todos aquellos que poseen un ojo de la carne semejante. Por ello, en cierta medida, los seres humanos comparten este dominio con algunos animales superiores (especialmente los mamíferos) porque sus ojos carnales son muy similares. Si acercamos, por ejemplo, un pedazo de carne a un perro, éste reaccionará, mientras que una roca o una planta no lo harán… En el dominio ordinario, un objeto es A o es no-A, pero nunca es A y no-A simultáneamente y, por ello, una roca nunca es un árbol, un árbol jamás es una montaña, una roca no es otra roca, etcétera. Ésta es la inteligencia sensoriomotriz esencial (la constancia del objeto) perteneciente al ojo de la carne; éste es el ojo empírico, el ojo de la experiencia sensorial. (Quizás debiéramos aclarar, desde el comienzo, que utilizamos el término «empírico» en un sentido filosófico para designar a todo aquello que puede ser detectado con los cinco sentidos o con sus extensiones. Cuando los filósofos empíricos como Locke, por ejemplo, afirmaban que todo conocimiento es experiencial, querían decir que todo conocimiento mental es antes un conocimiento sensorial. Por el contrario, cuando los budistas afirman que «la meditación es experiencial» no están diciendo lo mismo que Locke, sino que utilizan el término «experiencia», para referirse a «la conciencia directa y no mediatizada por formas y símbolos».)
El ojo de la mente
El ojo de la razón, o en términos más generales, el ojo de la mente (la meditatio, la lumen interius), participa del mundo de las ideas, de las imágenes, de la lógica y de los conceptos. Éste es el reino sutil (o, para ser más precisos, de la región inferior del reino sutil). Gran parte del pensamiento moderno se asienta exclusivamente en el ojo empírico, el ojo de la carne, por eso conviene recordar que el ojo de la mente no puede restringirse al ojo de la carne ya que el dominio de lo mental incluye, pero trasciende, al dominio de lo sensorial. Además, el ojo de la mente no sólo incluye al ojo de la carne sino que se eleva por encima de él. La imaginación, por ejemplo, permite que el ojo de la mente reproduzca objetos sensoriales que no se hallan presentes y, en este sentido, trasciende el encadenamiento de la carne al mundo presente; mediante la lógica puede operar internamente sobre los objetos sensoriomotores y, de esa manera, ir más allá de las secuencias motoras reales; por medio de la voluntad puede demorar la descarga de los instintos y de los impulsos y trascender así los aspectos meramente animales y subhumanos del organismo.
Aunque el ojo de la mente dependa del ojo de la carne para adquirir parte de su información, no todo el conocimiento mental procede del conocimiento carnal ni se ocupa exclusivamente de los objetos carnales. Nuestro conocimiento no es tan sólo empírico y carnal. «Según los sensacionalistas [es decir, los empiristas] –dice Schuon–, todo conocimiento se origina en la experiencia sensorial [el ojo de la carne]. Van tan lejos como para afirmar que el conocimiento humano no tiene forma alguna de acceder al conocimiento suprasensorial ignorando, por lo tanto, el hecho de que lo suprasensible puede ser objeto de una percepción verdadera y, por consiguiente, de una experiencia concreta. Así pues, esos pensadores construyen sus sistemas sobre un error intelectual, sin considerar siquiera el hecho de que innumerables hombres, tan inteligentes, al menos como ellos, hayan llegado a conclusiones diferentes.»
Como decía Schumacher, el hecho es que «hablando en términos generales, nosotros no sólo “vemos” con nuestros ojos sino también con gran parte de nuestro equipamiento mental [el ojo de la mente]… A la luz del intelecto [el lumen interius], podemos ver cosas invisibles para los sentidos corporales… Los sentidos no nos permiten, por ejemplo, determinar la certeza de una idea». Las matemáticas, por ejemplo, constituyen un conocimiento no empírico de un conocimiento supraempírico descubierto, iluminado y llevado a cabo por el ojo de la razón, no por el ojo de la carne.
Todos los manuales introductorios de filosofía coinciden en este punto: «Corresponde a los físicos determinar si estas expresiones [matemáticas] se refieren a algo físico. Las afirmaciones matemáticas se refieren a las relaciones lógicas, no a su significado empírico o fáctico [si es que tienen alguno]». Nadie ha visto jamás, por ejemplo, con el ojo de la carne, la raíz cuadrada de un número negativo, porque ésa es una entidad transempírica que sólo puede contemplarse con el ojo de la mente. Como dice Whitehead, la mayor parte de las matemáticas constituyen un conocimiento transempírico y apriorístico (en sentido pitagórico).
Lo mismo podríamos decir de la lógica, ya que la verdad de una deducción lógica no depende de su relación con los objetos sensoriales sino de su consistencia interna. Nosotros podemos formular un silogismo lógicamente impecable como: «Todos los unicornios son mortales. Tarnac es un unicornio. Por consiguiente, Tarnac es mortal», que, sin embargo, sea erróneo y carezca de todo sentido empírico por la sencilla razón de que nadie ha visto jamás un unicornio. La lógica, pues, es también transempírica. Muchos filósofos, como Whitehead, por ejemplo, han sostenido que la esfera abstracta (o mental) es una condición necesaria y a priori para la manifestación del reino natural/sensorial, algo muy parecido a lo que afirman las tradiciones orientales cuando dicen que lo ordinario procede de lo sutil (que, a su vez, se origina en lo causal).
En las matemáticas y en la lógica –y, más aún, en la imaginación, en el conocimiento conceptual, en la intuición psicológica y en la creatividad–, vemos, con el ojo de la mente cosas que no se hallan presentes ante el ojo de la carne. Por ello decimos que el dominio de lo mental incluye –al tiempo que trasciende– el dominio de lo carnal.
El ojo de la contemplación
Es al ojo de la razón lo que el ojo de la razón al ojo de la carne. Del mismo modo que la razón trasciende a la carne, la contemplación trasciende a la razón. Así como la razón no puede reducirse al conocimiento carnal ni originarse en él, la contemplación tampoco puede reducirse ni originarse en la razón. El ojo de la razón es transempírico, pero el ojo de la contemplación es transracional, translógico y transmental. «La gnosis [el ojo de la contemplación, el lumen superius] trasciende el reino mental y a fortiori al reino de los sentimientos [el reino sensorial]. La investigación filosófica, por consiguiente, no tiene nada que ver con la contemplación ya que la primera se ajusta de manera estricta a un principio fundamental de adecuación verbal radicalmente opuesto a cualquier finalidad liberadora, a cualquier trascendencia de la esfera de lo verbal.»
Baste con suponer, por el momento, que los seres humanos poseen un ojo de la carne, un ojo de la razón y un ojo de la contemplación; que cada ojo tiene sus propios objetos de conocimiento (sensorial, mental y trascendental); que un ojo superior no puede ser reducido a un ojo inferior ni explicado por él, y que cada ojo es valido y útil en su propio dominio, pero incurre en una falacia cuando pretende captar por completo los ámbitos superiores o inferiores.
Cualquier paradigma transpersonal auténticamente comprehensivo deberá recurrir por igual al ojo de la carne, al ojo de la mente y al ojo de la contemplación. Cualquier nuevo paradigma auténticamente trascendental deberá utilizar e integrar los tres ojos, ordinario, sutil y causal. Y puesto que, hablando en términos generales, la ciencia empírico-analítica pertenece al ojo de la carne, la filosofía fenomenológica y la psicología al ojo de la mente y la religión/meditación al ojo de la contemplación, cualquier nuevo paradigma auténticamente trascendental deberá integrar y sintetizar el empirismo, el racionalismo y el trascendentalismo.
Y el principal escollo que deberemos esquivar en este intento es la tendencia a incurrir en el error categorial que consiste en el intento de un ojo de usurpar el papel de los demás.
FUENTE: KEN WILBER, Antología de textos escogidos / Los tres ojos del conocimiento (resumido)
(*) Ken WILBER es un filósofo americano que ha escrito numerosas obras en las que aborda de manera magistral las relaciones existentes entre Ciencia y Religión. Para ello, ha llevado a cabo un análisis comparado de las tradiciones místicas de Oriente y Occidente. Ken Wilber está considerado como una de las mayores autoridades mundiales de la psicología transpersonal, y es el primero en haber desarrollado una teoría de campo unificado sobre la conciencia. Su obra supone una síntesis espléndida de las grandes tradiciones psicológicas, filosóficas y espirituales que constituyen la llamada "sabiduría perenne". Entre sus obras cabe destacar: La conciencia sin fronteras, El proyecto Atman, El espectro de la conciencia, Psicología integral, Un Dios sociable, Espiritualidad integral y La práctica integral de vida.
Ver también:
Los grandes discursos interpretativos de la «realidad»
Las dos grandes interpretaciones de la realidad: la científica y la religiosa
La verdad universal obviada por la ciencia
Secció: LA REALITAT I LES POSSIBILITATS DEL SEU CONEIXEMENT