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«Salvación»

Este siglo XXI y en este nuevo milenio las religiones se van a jugar su credibilidad en el concepto de la «salvación» que presenten y demuestren en el compromiso real en la historia. Para el hombre de hoy no es obvio en qué consiste la «salvación». ¿Cómo plantear el tema de la «salvación» hoy en el tiempo actual? ¿Dice algo a las personas de nuestro siglo este concepto presente en todas las religiones? ¿Qué concepto de «salvación» presenta el cristianismo a la sociedad? ¿Qué concepto de «salvación» aporta el laicismo? ¿Qué significa para el mundo y para el hombre de hoy ser salvado?

La «salvación» es, quizás, la cuestión humana primordial. En la tradición cristiana una meta principal es obtener la salvación. Sin embargo, la imagen y la conceptualización que desde los círculos religiosos tradicionales cristianos se nos han trasmitido sobre la «salvación», heredadas de una cosmovisión helenizada, dualista y neoplatónica, no han sido precisamente demasiado acertadas.

Tanto el “pecado original” como la “salvación” son metáforas, es decir, relatos portadores de verdad que han de ser comprendidos de manera simbólica.

Ciertas categorías teológicas utilizadas hasta el presente están puestas hoy dia bajo sospecha, y pueden crear en los creyentes de nuestro tiempo y más en los no creyentes un cierto malestar y rechazo. Parece necesario, pues, encontrar un nuevo lenguaje sobre realidades como «Dios» o «salvación» que permita inculturizar en nuestra época la gran riqueza expresiva de esas nociones, encontrar una forma de referirse a esas realidades utilizando un lenguaje que sea más comprensible para los hombres y mujeres de hoy. Determinados términos lingüísticos y su correspondiente conceptualización en su transmisión histórica e inculturación a las diversas culturas y cosmovisiones han podido haber sufrido importantes alteraciones y por tanto haber variado su significado significativamente respecto su sentido originario ¿Qué sentido tenían términos y conceptos como verdad, pecado, redención, liberación, salvación, cielo, Reino de Dios, los pobres... dentro de una cosmovisión semita, hebrea, judía y cuál es el sentido que nos ha llegado a nosotros y se nos ha transmitido, incardinados cómo estamos en una cosmovisión de la vida y del mundo secularizada, racionalista, ilustrada, posmoderna, tecnológica como la actual? ¿Qué logran significar para los hombres y mujeres de hoy que han perdido toda referencia a la cultura bíblica? (ver aquí)

La palabra «salvación» –al igual que todas las que afectan al ser y sentido últimos de la vida humana– no es definible, pues, tiene un sentido holístico que indica al mismo tiempo: integridad, plenitud, futuro, afirmación en la propia existencia, dignidad, presente sano, futuro reconciliador, etc. El término griego «sotería», significa a la vez: salud, preservación, liberación, vuelta feliz, seguridad, bienestar, felicidad, salvación religiosa, etc. Y es que en la persona se dan como tres aspiraciones fundamentales: primera, superar las negatividades que padecemos, sobre todo, la ignorancia, la culpa, el pecado, el sufrimiento y la muerte; segunda, realizar los anhelos profundos de perfección, plenitud y felicidad que experimentamos y, tercera, saciar el deseo de lo absolutamente sano y santo, que no es la prolongación de lo que nosotros somos sino de algo totalmente Otro, en el encuentro con el cual somos transformados. Cuando logramos cumplir estas aspiraciones decimos que hemos alcanzado la «salvación». Esto supone «otro mundo», la transformación de la realidad actual y el tránsito a otra forma de vida. Pero el ser humano hace la experiencia de que todo esto no lo puede conseguir por sí mismo, que no lo puede alcanzar por sus propias fuerzas.

Como humanos somos portadores de ancestrales deseos que apuntan a profundas necesidades y a un imborrable anhelo de salvación. La inquietud del ser humano por la propia «salvación» ha sido una constante a lo largo de la historia… Los humanos tenemos más que la sensación, la certeza vivencial, de encontrarnos en una situación de pequeñez, de debilidad, de invalidez, de decadencia, de «caída». Esa situación de extrema precariedad la experimentamos constantemente en nuestra propia persona y a nuestro alrededor… La realidad del mal tampoco no es necesaria demostrarla, es evidente a nuestro alrededor (enfermedades, luchas por el poder, guerras, desigualdades, hambre, penuria, relaciones de dominación, envidias, enfrentamientos…). Es a partir de la diferencia entre lo que imaginamos que la realidad debería ser y lo que de hecho es que la conciencia humana postula para nuestra especie una situación originaria de incompletud, de fragmentación, de dispersión, de «caída». El sentido común nos indica que no sólo no somos todopoderosos, sino todo lo contrario: es el reconocimiento de la propia indigencia, de la propia impotencia, de la propia fragmentación personal, de la debilidad humana. Efectivamente vemos que la historia de la humanidad es la historia de los odios, de las guerras, de las injusticias... El ser humano desea sobreponerse al peso atávico que arrastra la raza humana, inclinada por su naturaleza egoica hacia la sensualidad, el egocentrismo, el egoísmo… También la antropología bíblica reconoce que el ser humano está en una situación de caída, de no-integración, de fragentación, de división, de dispersión, de «pecado», que por sí solo no puede sobreponerse a dicha situación y que necesita ayuda, que necesita ser «salvado». Pero para eso primeramente debe tomar conciencia de ello y reconocer su frágil situación, tener voluntad de superarla y aceptar la “ayuda” que se le brinda. Fragmentación / dispersión / desintegración / caida / «pecado», «conversión», «salvación». La necesidad de «salvación» se siente más intensamente si cabe en la sociedad postmoderna. Hay muchas salvaciones de tipo histórico que vienen a expresarse en la salud interior y exterior. Realicemos un intento de aproximación (no estrictamente confesional) a dichas nociones.

Salud: “Un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Más recientemente, la definición de salud de la OMS se ha modificado y complemetado con la cuarta dimensión: la salud espiritual. Esta implica un sentido de plenitud y satisfacción con la propia vida, sistema de valores, autoconfianza y autoestima, autoconciencia y presencia, paz y tranquilidad con equilibrio emocional dinámico, tanto interno como hacia el entorno, moralidad y veracidad, desinterés, emociones positivas, compasión y voluntad de ayudar y apoyar a los demás, responsabilidad y contribución al bien común y manejo exitoso de los problemas y demandas de la vida cotidiana, así como del estrés social.

La salvación es uno de los conceptos espirituales más importantes en el cristianismo, junto con la divinidad de Jesucristo y la definición del Reino de Dios. Tradicionalmente, entre los cristianos, la meta principal ha sido obtener la «salvación». Pero, en qué consiste la «salvación», cuál es su contenido, su sentido? La «salvación» es un término que generalmente se refiere a la liberación de un estado o condición indeseable. La necesidad de salvación se basa en la sensación que existe un estado de no-salvación, del cual el individuo (o la humanidad) necesita ser salvado. La noción quiere expresar que el ser humano, con la debida maduración de su personalidad y la evolución de su conciencia, puede pasar de la indigencia y precaria situación en la que se encuentra actualmente a alcanzar una vida más lograda, una mayor plenitud de vida y una más plena unión con el Todo, con el Absoluto... y con ello, liberarse no solo de la muerte y del sufrimiento que comporta su fragmentación interior, el desgarro interno, la falta de paz interior, las fracturas en las relaciones con los demás y el maltrato a la Creación, sino que en términos teológicos liberarse también del mal que comporta la situación de «pecado» y la pérdida de la unión con Dios. Para la Iglesia católica, la «salvación» no es solo una liberación negativa del pecado (pecado original y pecado actual) y sus efectos: Dios salva no solo de algo si no por algo. La acción de Dios es una liberación positiva que eleva los seres humanos a un estado sobrenatural, a la vida eterna, a un plano espiritual superior a la vida terrenal, para unirse en un solo cuerpo místico con Cristo. La fe tiene que ver con esa necesidad de ser salvados, ayudados, convertidos, recuperados... Se ha puesto de relieve el hecho de que la salvación no es algo que los fieles elaboran o construyen por sí mismos, sino que es un don sagrado, regalo que proviene de la altura fundante de una realidad que en el fondo ya está salvada (porque en el Universo, incluso aquellos acontecimientos que para nuestra capacidad intelectiva puedan resultar inexplicables, todo está bien hecho, todo es perfecto, y está previsto que todo acabe bien).

Recopilando algunas ideas del teólogo y exégeta cristiano X. Pikaza: Las religiones de la interioridad (hinduismo, budismo) tienden a decir que los hombres y mujeres somos más que mundo. Somos almas (interioridad, espíritu) que han descendido de la altura de Dios y han venido a introducirse en un mundo que gira y que gira, sin sentido alguno. Así estamos en el mundo como en una cárcel: Somos el resultado de una caída… y por eso estamos encerrados en la materia. Por eso tenemos que volver a nuestro origen y patria, a lo divino, más allá de las estrellas. Ese es nuestro destino: vuelve el cuerpo al polvo, vuela el alma al cielo… volvemos a la tierra para liberemos de la materia y salir de esta cárcel que es el mundo físico y para que Dios sea Dios para siempre y la materia se muera y destruya a sí misma, como pura materialidad sin alma. Por eso, estas religiones suelen quemar a los muertos: para que el alma se desligue de la materia, para que la vida interior se libere del peso del cuerpo y vuelva a su sitio, en lo divino. De esa manera, la muerte no es retorno a los ciclos de vida de la tierra, sino separación liberadora. Las almas deben invertir el camino de caída y volver a su origen superior, superando así la historia. En estas religiones… sólo se «salva» el mundo interior, el mundo exterior ha de perderse. Por eso, aquí no se puede hablar de resurrección ni, en el fondo, de transformación de este mundo, de justicia… Para superar la muerte es necesario, en el fondo, superar la misma vida. La religión es, en el fondo, la forma en que los hombres y mujeres pueden superar la vida, para superar el eterno retorno de los deseos que nos atan a la tierra. Los que han muerto de verdad ya no desean nada, no están en ninguna parte, sino en el puro más allá de la tierra del silencio. Aquí importa la vida interior, la salvación del «alma», no la justicia y comunicación entre los hombres.

La antropología bíblica pone de relieve, sin embargo, la necesidad de salvación del hombre completo, en sus tres dimensiones (cuerpo, alma y espíritu). No hay salvación sin una «conversión» radical, sin un milagro de comunicación de vida. No puede salvarnos el dinero, el poder, ni más armas, yerbas o medicina de ciencia antigua. Los diversos caminos de salvación que hemos ensayado (en la antigüedad, del imperio babilonio al romano) y seguimos ensayando (desde la colonización del XVI y la Ilustración del XVIII a la actualidad), de tipo ecológico, político-militar, positivista o económico (marxismo, capitalismo) nos están llevando a la muerte. Corremos el riesgo de ser la última generación de humanos (seres de humus, de tierra) sobre este planeta solar. Nos quedan pocas generaciones, como supo y dijo Cristo (Mc 13). Sólo puede salvarnos una nueva forma de ser y de comunicarnos, sin una nueva capacidad de comunicación como la de Jesús y la de otros como él no hay para nosotros futuro posible. El hombre está enfermo, y también lo está el planeta; urge salvar al hombre, pero también al planeta. Hasta no hace tantos años, por aquello de la vida es breve y encima es un valle de lágrimas, la preocupación primera de las iglesias, aparte de consolidar los gobiernos constituidos, era la salvación del alma, consolando a los sufrientes con la esperanza de una dicha gloriosa en el cielo, a modo de compensación por los males sufridos en la tierra. Pero hoy la «salvación» se concibe ya como una salvación completa, integral, total. El clamor por la salvación del planeta debería ser también parte intrínseca de esa salvación del alma, de la vida, de la persona, que el cristianismo persigue, pues el mismo Dios redentor, es el Dios creador.

En este sentido, V. Haya nos previene que en la cosmovisión semita más que hablar de «salvación» el término utilizado hace referencia a «Vida», «dar vida». Propiamente, en arameo no existe la palabra «Salvación», ni «salvar», ni «Salvador» y que tal vez deberíamos devolver la palabra «Salvación» a su raíz semita «Vida». La «salvación» no consistiría en dejar de ser humanos, en olvidar la historia, sino en culminarla y recrearla plenamente. En ese sentido, la "resurrección" implica cumplimiento de la historia. En sí mismo, el ser humano es mortal, la historia es cadena de muerte. Pero en diálogo con Dios, puede culminar su camino, siendo recibido en Dios, por Dios, en diálogo de amor que ya no termina.

En perspectiva cosmológica: La salvación no es una transformación astral (los salvados no serán estrellas del firmamentos, sino nueva humanidad). Si «alguien» (aquello que la sabiduría perenne en diversas culturas ha denominado Tao, Logos, Realidad última, Esencia, Absoluto, Espíritu, Dios…) ha creado todo cuanto existe, y nos ha creado también a nosotros, no por azar o necesidad, sino libremente, por amor… ¿lo ha hecho solamente para un rato, para un corto período de tiempo? ¿sólo para un limitado período espacio-temporal?... y si Él es quien sostiene, da Vida, a todo cuanto existe (…en él vivimos, nos movemos y somos Hch 17, 28) … es lógico que nos vaya a dejar tirados, a abandonar, trascurrido ese limitado período espacio-temporal? ¡No parece, no!!!! Ni en nuestra lógica estrictamente humana parecería eso lógico... la gran cadena evolutiva del ser, el camino evolutivo hasta la fusión total con el Absoluto…. «Ver» la vida de Dios, llegar a conocer «la vida de Dios»... ese es nuestro horizonte, nuestro anhelo y nuestra esperanza...

A. Necesidad actual de «salvación», desde una perspectiva laica 

Antropológicamente somos frágiles, vulnerables, finitos, contingentes

La experiencia constante de la humanidad enseña que la condición humana se halla sujeta al mal y al dolor, que hacen problemática la vida temporal y amenazan la futura, a la vez que impiden la plenitud que el hombre y la mujer desean. Esta experiencia universal ha sido el punto de partida de concepciones y enseñanzas religiosas que tratan de interpretar la existencia humana como una totalidad, cuyo sentido debe buscarse en una vida terrena que de semboca en el más allá definitivo. Salvación y destino humano son cuestiones hondamente relacionadas.

Partamos de la realidad de nuestra condición humana, de nuestra contingencia y fragilidad. El ser humano es un ser finito y contingente. Esa finitud le pone en una situación de necesidad y vulnerabilidad que no puede obviar. La historia humana es una continua lucha por superar y desvincularse de esa naturaleza limitante que le frena en sus impulsos y anhelos de realización plena. Somos seres indigentes, miedosos, erráticos, reincidentes, a veces abatidos, nunca perfectos. Nos sentimos débiles, inconclusos, incapaces de dar sentido a la vida. Sumisos, esclavos de mil dependencias: materialismo, consumismo, hedonismo, culto al cuerpo, el éxito laboral, social, la apariencia, narcisismo, egocentrismo, afán de dinero, de poder, de fama... Muchas veces aun sabiendo lo que está bien, reincidimos en el mal. No siempre resulta fácil aceptar nuestra situación o las circunstancias que nos rodean. Quizás triunfemos en algunas de las dimensiones de la vida, pero ¿y mañana?, ¿y… dentro de diez años? Experimentamos que todo éxito es siempre puntual y pasajero. Sufrimos la angustia, la frustración y, en ocasiones, caemos en la desesperanza. Por eso somos seres necesitados. No tan sólo de bienes tangibles, sino de alguien que nos eche una mano en todo eso y en más... Es desde esa condición o situación, desde la necesidad, desde donde uno puede más fácilmente creer, sentir, que debe existir alguien capaz de comprendernos hasta el fondo y de hacer realidad nuestros sueños.

Lo inhumano de lo humano

J.M. Castillo en su obra "La humanización de Dios" en el epígrafe "Lo humano y lo inhumano" describe nuestra situación de la siguiente manera: lo que el mito adámico (Gn 3) deja claro es que el hombre no es sólo humanidad paradisíaca, sino humanidad contaminada de deshumanización hasta excesos que, como bien sabemos, han desencadenado la envidia, el odio y la violencia mortal del hombre hacia su hermano (Gn 4), la corrupción de la humanidad, recogida en el mito cananeo sobre el origen de los «héroes» y el desastre del Diluvio (Gn 6), para concluir toda esta fantástica y pesimista visión, de las transformaciones sufridas por la humanidad, con el mito de la Torre de Babel (Gn 11), originado probablemente en Mesopotamia. El mito que expresa cómo la deshumanización de los seres humanos se manifiesta, ante todo, en la incapacidad para entenderse entre ellos. Cuando la comunicación, el entendimiento mutuo, la comprensión y la tolerancia se hacen imposibles, entonces precisamente es cuando la deshumanización ha alcanzado su nivel más alto. En cualquier caso y sea cual sea la explicación histórica que los antropólogos y etnólogos le den a este proceso de degradación, el hecho es que el «nacimiento de la civilización», que se sitúa en Oriente Medio y a mediados del tercer milenio a.C., fue al mismo tiempo el punto de partida de un crecimiento asombroso de las tecnologías y de una descomposición más asombrosa aún de las relaciones sociales. Así, con el nacimiento de la civilización, se produjo el enorme «mega-acontecimiento» que ha determinado toda la historia posterior. Se trata de un crecimiento inverso: la tecnología como progreso, las relaciones humanas como regresión y hasta envilecimiento de millones de seres humanos. Con la aparición de la tecnología, en efecto, aparecieron también algunos hechos dramáticos que nos son bien conocidos desde la Antigüedad, como el ahondamiento profundo de las desigualdades económicas, la jerarquía social vertical y el poder despótico de algunos hombres sobre los demás. Así, el nacimiento de la civilización no fue un hecho de una pieza, sino algo enormemente ambivalente. Porque fue una era de gloria en la historia de las técnicas y una era negra en la historia social. Hasta llegar al colmo de lo que estamos viviendo cuando vemos a los mejores talentos del mundo dedicados y bien pagados para producir los más sofisticados instrumentos técnicos cuya finalidad es generar violencias, desigualdades y muerte. Efectivamente, lo humano y lo inhumano han crecido conjuntamente, simultáneamente y hasta inseparablemente, con frecuencia en los individuos, y siempre en los grupos humanos sociales. La teología cristiana ha intentado dar una explicación de todo esto echando mano del llamado «pecado original». Y ha invocado la necesidad de salvación para los pecadores. Lo cual es cierto. Porque resolver el estado de cosas que acabo de resumir sumariamente es algo que supera lo que da de sí la condición humana. El ser humano, por sí solo, no tiene a su alcance la solución y, por tanto, la salvación. Pero lo dramático, y lo que más hace pensar en todo este asunto, es que las religiones, en lugar de ofrecer solución a tanta deshumanización, por el contrario y con demasiada frecuencia, han agravado la inhumanidad que con tanto dolor, tanta humillación y tanto sufrimiento viene padeciendo la humanidad desde hace más de cinco mil años.

Anhelos de salvación

Deseamos, anhelamos ser «salvados». A nivel individual y también en nuestra dimensión colectiva anhelamos y deseamos ser “salvados” porque sentimos nuestra indigencia y pequeñez y somos conscientes de nuestras limitaciones e imperfecciones, sentimos que no estamos acabados, que nos falta algo, que estamos incompletos, anhelamos una existencia más plena que la que nos ofrece la cotidianeidad, anhelamos una vida más plena, tenemos ansias de plenitud, de absoluto y con nuestra experiencia vamos descubriendo que ese deseo no puede ser plenamente satisfecho desde el dinamismo de la vida cotidiana. El ser humano es una criatura finita y contingente, frágil y vulnerable, tanto en el orden de las realidades materiales, psíquicas, como espirituales. Pero no sólo necesita salvación desde la experiencia de contingencia, de finitud, sino que descubre que como ser de deseo y de plenitud, él mismo no se la puede dar plenamente a sí mismo.

¿En qué consiste esa necesidad de la salvación? ¿Se te ha ocurrido pensar que también tú necesitas que te salven? ¿De qué? ¿De ti mismo? ¿De un mundo que a veces te somete? ¿Del egoísmo? ¿De una fe infantil? ¿De qué? Necesitamos ser salvados … a nivel individual, pero también colectivamente… Solemos entender por salvacion el rescate de una situación adversa que afecta a los aspectos fundamentales de la existencia humana. La necesidad de salvación en la sociedad contemporánea ha sido analizada desde la medicina, la filosofía, la ciencia política o la sociología… Esos análisis nos describen algunos rasgos de nuestra sociedad: una sociedad del riesgo, necesitada de seguridad; una sociedad narcisista fundada en la era del vacío, necesitada de sentido y comunidad; una sociedad líquida, necesitada de solidez y definición; y una sociedad del cansancio, necesitada de reposo y pacificación, una sociedad violenta, desigual, injusta... Unas sociedades avanzadas en las que se da el mínimo de austeridad y el máximo de deseo, en las que el valor de la autonomía, la libertad individual y la profesionalidad se encumbran al primer plano… Los análisis sociológicos de la sociedad actual apuntan a profundas necesidades humanas que expresan un deseo y un anhelo profundos de salvación. Hay muchas salvaciones de tipo histórico que vienen a expresarse en la salud interior y exterior, en el amor mutuo y el pan compartido… También desde el ámbito religioso y la reflexión teológica se pretende incidir en esa necesidad, no obstante, desde esos ámbitos se suele apuntar a una «salvación» integral, en sentido total o último y menos a sus concreciones en la vida presente. El concepto de «salvación» puede referirse a cualquier forma de liberación o preservación. El concepto tiene un carácter amplio, pues puede aplicarse a cualquier forma de superación de un mal, limitación o privación; o bien a su estatuto más cercano al campo religioso, aunque no exclusivamente; de hecho, ese concepto puede ser objeto —como otros muchos—  de secularización y de “apropiación cultural” en un ámbito menos confesional.

¿Sentimos la necesidad de ser salvados? ¿De qué? Todos somos conscientes de que las cosas en este mundo no van bien. Hablamos de una fuerte crisis en todos los ámbitos de la vida humana y existe una gran preocupación por cómo serán las cosas en el futuro. Lejos de disminuir, la violencia marca cada vez más las relaciones entre las personas y entre los pueblos; la crisis económica y la pobreza oprimen a millones de habitantes; las discriminaciones e incluso las persecuciones por motivos raciales, culturales, religiosos y de cualquier otro tipo, obligan a muchas personas a vivir marginadas o a huir de sus países para buscar refugio y protección en otros lugares. Y lo peor es que, ante las dificultades para salir adelante, aumenta el pesimismo y la desesperanza, especialmente en los jóvenes, de los que depende en gran medida que las cosas se arreglen. Hoy es comprensible que pensemos la salvación en términos de salud, bienestar y felicidad. La «salvación» se convierte así en una necesidad, en una urgencia.

Ahora bien, ¿se podrán arreglar las cosas si no se arreglan también las personas? Dice Pablo de Tarso que “el amor al dinero es la raíz de todos los males; algunos por codiciarlo, se han apartado de la fe y se han acarreado a sí mismos muchos sinsabores”. ¿Qué les hace falta a los hombres y mujeres de hoy para salir adelante? ¿Más recursos o mejor distribución de los que hay? ¿Más consumo y producción o cambiar la forma de vivir para no agotar los recursos del planeta? La solución de los problemas del mundo no está en las cosas, sino en las personas que usan (o abusan) de las cosas. Mientras no experimentemos la necesidad de auténtica salvación nuestras vidas adolecerán de sentido pleno. ¿Qué será de la humanidad? ¿Hay un futuro para la humanidad? ¿Y cómo será este futuro?

Podemos percibir, pues, que no se ha apagado el anhelo o la inquietud por la salvación entendida como la seguridad definitiva, la felicidad plena, el sentido último y el destino consumado de la vida humana, del hombre y de todos los hombres, de toda la realidad creada…

De la «redención» a la «salvación»

Existen dos palabras: «redención» y «salvación», las cuales se refieren a una misma realidad salvífica pero desde dos perspectivas complementarias. La primera («redención») designa el conjunto de situaciones o realidades negativas de las que el hombre tiene que ser arrancado. Redimir significa rescatar lo que estaba enajenado (o perdido), comprar lo que había caído en otras manos, para devolver (crear) la libertad a los humamos. La segunda («salvación»), por el contrario, apunta al conjunto de valores e ideales a los que el hombre aspira, que no puede conquistar por su propia fuerza, y cuyo logro sin embargo es condición para alcanzar esa plenitud necesitada. La «salvación» es un término que generalmente se refiere a la liberación de un estado o condición indeseable. La idea de salvación se basa en que existe un estado de no-salvación, del cual el individuo (o la humanidad) necesita ser redimido. Salvacion es una palabra que se puede usar con diferentes sentidos. Incluyen salud física, consecución de una gran meta espiritual, liberación nacional, justicia social, etc. Los israelitas entendían que Dios había sido su salvación cuando los rescató de la servidumbre de los egipcios y destruyó a sus enemigos. La «salvación» se puede entender y dice de muy diversas maneras: iluminación, liberación, redención, sanación, justificación, divinización, comunión, recapitulación… todas ellas son diversas categorías para hablar de lo que comúnmente denominamos «salvación». Cada generación, dependiendo de su propia comprensión del ser humano, de la imagen del mundo y de la Realidad última (Dios), tenderá a privilegiar aquellas que se acercan más a su cosmovisión, y tenderá a dejar en la penumbra las que le parecen irrelevantes y arcaicas, representantes de etapas anteriores y, en fin, a rechazar aquellas otras que, por indignas tanto de la imagen de Dios como del hombre, merecen el destierro definitivo.

Ser salvos es una liberación, una sanidad y un rescate que nos afecta a todos en todos los ámbitos de nuestra vida.

Salvación viene etimológicamente de la raíz latina salvus (sano, bueno, intacto) y da origen a los verbos salveo (estar bueno, sano, tener salud) y salvo (salvar, liberar). De aquí derivan, además, otros dos sustantivos: salus (salud) y salvatio (salvación). «Salvo» procede de la palabra griega [sozó] "sozo" y significa: salvar, sanar, curar, conservar, mantener sano y salvo, rescate del peligro o destrucción, entregar... en las culturas primitivas se traduce simplemente, «dar nueva vida» y «hacer que se tenga un corazón nuevo». Esta palabra está vinculada a la palabra «salvación», que en griego es «soterion» que significa perdón, curación, prosperidad, liberación, seguridad, rescate, liberación y restauración. Ser salvos es una liberación, sanidad y rescate que nos afecta a todos en todos los ámbitos de nuestra vida. La palabra «salus» nos remite a vida sana, integralidad, plenitud, vida cabal y consumada, por lo que en su comprensión ha de integrarse la superación de situaciones negativas (redención, liberación, rescate, sanación), el logro de los anhelos y deseos humanos radicales (justicia, sabiduría, belleza, verdad, bondad) y el estado de plenitud de una vida, con su entorno, consumadas (divinización, transfiguración, recapitulación). La palabra «salvación», vinculada a salud, supone que el hombre está enfermo o en situación especial de abajamiento, condena o muerte, y que Dios puede ayudarle, es decir, curarle o salvarle. Esa «salvación» debería contribuir a liberarnos de cualquier situación negativa en la que podamos estar y a la vez conducirnos a aquella anhelada plenitud.

El término griego Sotería (σωτηρια), significa a la vez: salud, preservación, liberación, vuelta feliz, seguridad, bienestar, felicidad, salvación religiosa, etc. Y es que en la persona se dan como tres aspiraciones fundamentales: primera, superar las negatividades que padecemos, sobre todo, la ignorancia, la culpa, el pecado, el sufrimiento y la muerte; segunda, realizar los anhelos profundos de perfección, plenitud y felicidad que experimentamos y, tercera, saciar el deseo , que no es la prolongación de lo que nosotros somos, sino de algo totalmente Otro, en el encuentro con el cual somos transformados. Cuando logramos cumplir estas aspiraciones decimos que hemos alcanzado la salvación. Esto supone «otro mundo», la transformación de la realidad actual y el tránsito a otra forma de vida. Pero el ser humano hace la experiencia de que todo esto no lo puede conseguir por sí mismo, que no lo puede alcanzar por sus propias fuerzas. Y es que la salvación contempla tres dimensiones: metafísica, histórica y escatológica.

  • La primera dimensión (metafísica) indica que «el hombre necesita ser afirmado y honrado en sí mismo». Su existencia debe ser reconocida como inalienable, tiene valor en sí misma, no se puede violar, degradar o aniquilar. Reclama ser mantenida y preservada en su dignidad personal y en su absoluto valor ontológico. Se debe dar por tanto la salvación en el ser, entendida como despliegue hacia su plenificación y movimiento trascendente hacia la culminación deseada.
  • La segunda dimensión (histórica) indica que «el hombre necesita superar los elementos negativos con los que se encuentra o que él mismo ha provocado», afectando con ello a su propia persona, a la humanidad y al cosmos. Necesita ser salvado del mal, del sufrimiento, de la culpa, de la soledad, de la miseria, del sin sentido, del pecado, de la muerte, etc.
  • La tercera dimensión (escatológica) indica que «el hombre necesita vivir con un futuro abierto, no amenazador». Su ser reclama no estar a merced del azar o de la violencia sino ser acogido por un poder sanador y santificador, siendo preservado de toda amenaza. Y esto en todas sus dimensiones: cuerpo, alma y espíritu. Todo su ser actual, su historia, su libertad y la red de relaciones que ha construido y mantenido en su existencia deben de ser afirmadas y reconocidas. Anhela un Absoluto de gracia y amor mayores que él mismo, una salvación total, gratuita y para siempre.

La tentación de la auto-salvación.

Nuestra sociedad, nuestra cultura, nuestra época: ¿Siente la necesidad de “salvación”? ¿en dónde ancla esos profundos deseos humanos de felicidad y salvación? ¿dónde residencia la felicidad? Algunas ofertas salvíficas que han ofrecido las religiones a lo largo de la historia: «salvación del cosmos» (antiguas religiones mesopotámicas y de Asia Menor), «liberación del tiempo cíclico» (religiones asiáticas) y «participación en la vida divina» (religiones monoteístas). En cualquier caso, en las religiones, la búsqueda de salvación se sitúa en un horizonte atrayente y de plenitud frente a la insatisfacción, en diverso grado, del estado presente.

Frente al cristianismo se contraponen ofertas salvíficas inmanentistas (como New Age) y otras de matiz y sensibilidad religiosa muy diferente del cristianismo (ejem. religiones orientales).  La “Nueva Era” en la que se piensa que el hombre va salvarse a sí mismo. El cristianismo sostiene que la salvación definitiva está en Dios. La visión atea de la salvación no da una respuesta satisfactoria. La cultura moderna hace propuestas divergentes acerca de la salvación. El pensamiento secularizado suele partir de la incapacidad básica del hombre para explicar su vida y su historia de modo optimista. La dimensión salvífica aparece entonces en el marco y en el horizonte de la liberación respecto de lo negativo y de las fuerzas centrífugas que comprometen la existencia humana. La visión laicista del hombre y del mundo plantean la salvación al margen de concepciones religiosas, como un proceso en el que la personalidad humana ha de conseguir con sus propias energías el equilibrio de sus potencias anímicas y físicas, y la serenidad ante un destino desconocido. Algunos piensan que el hombre no necesita salvación. Él habría provocado sus problemas y él mismo estaría en condiciones de solucionarlos. Esta es la mentalidad moderna que confía absolutamente en la ciencia, la técnica, la política, la economía, etc., como vías para resolver todas las dificultades del individuo y de la sociedad. La cultura occidental cree que el ser humano y el mundo pueden ser “salvados” pero partiendo de una idea de salvación reducida muchas veces al logro del bienestar material y del placer. Siente deseo y esperanza de salvación sustentados en una salvación “tecnificada”, posible y alcanzable, con la ayuda de la ciencia y la tecnología, por la fe ciega en las posibilidades abiertas por el desarrollo científico y tecnológico (transhumanismo). Sin embargo, la experiencia histórica hasta nuestros días y la situación del mundo actual -la permanencia e incremento de las guerras y revoluciones, las desigualdades sociales y los problemas ambientales, los intereses políticos y económicos enfrentados, etc.– hacen que muchos duden de esta auto-salvación o salvación intrahumana.

El ser humano es consciente de que todo esto que le es tan necesario y vital no lo puede conseguir por sí mismo; y aunque alcance una parte de ello, le resulta imposible asegurar su permanencia. De ahí que la auto-salvación no es posible. Y es que no logramos hacer nunca lo suficiente para completar, sanar y consumar nuestra propia persona, y sólo desplegados por otro llegamos a desarrollar lo que verdaderamente somos en nuestra raíz más profunda. Por ello, la salvación se encuentra al presente como incompleta y, sólo la podemos tener como comienzo, inicio y esperanza, en forma de promesa dada por Aquél que puede superar nuestras negatividades, hacer posible que alcancemos nuestros deseos más profundos y abrirnos a una total transformación de nuestro ser. De esta forma, la salvación así definida, sólo es posible desde Dios.

B. La noción de «salvación» desde el ámbito religioso cristiano

Campo semántico

Cuando los hombres, por su propia culpa o por una fuerza extraña, han caído bajo un poder ajeno y han perdido la libertad de poder realizar su propia voluntad y de llevar a cabo sus propias decisiones o, de poder ser o hacer lo que (en el fondo o de momento) constituye la opción de su propia vida, de tal manera que no les es posible liberarse por sí solos de este poder extraño, únicamente pueden recuperar de nuevo su libertad por la intervención de un tercero. Según el punto de vista, desde el que se considera esta acción ajena orientada hacia el bienestar del hombre, nos encontramos en el griego neotestamentario los vocablos del grupo luw [lyó], sozó [sozó], o ruomai [rhyomai]. Mientras que lyó, desatar, liberar describe más bien el acto de la liberación desde el punto de vista de la supresión de las ataduras mediante la acción de desatarlas, o también desde el punto de vista del rescate mediante la entrega de algo a cambio —lutrou [lytron], [lytron], rescate—, el verbo sézó, subraya por lo general la acción de arrancar, salvar de un peligro que amenaza la vida, mediante la puesta en juego de una fuerza superior. El sustantivo swthr[sóter], salvador, redentor, era utilizado en el lenguaje corriente para designar la figura en la que se veía personificada esta actividad, y de aquí pasó a ser, en el NT, un título de Dios y de Cristo. El uso de estos vocablos en el NT muestra cómo todos ellos adquieren su significación propia en el contexto de la acción redentora de Cristo.

Recuperando el trasfondo originario arameo de la noción «salvación»

Siguiendo a V. HAYA... Para comprender el sentido originario del concepto «salvación» dentro de los evangelios, V. HAYA, especialista en arameo, en «Palabras originarias para entender a Jesús» nos indica: Jesús significa «Dios/Yahvé salva». Esta «salvación» hay que entender en un sentido absoluto, que comprenda todos los niveles de la persona. La raíz verbal Y-SH-° en su significado-raíz es «estar abierto, ancho, libre», y, por extensión, «abrir, liberar, dar la victoria, dar prosperidad, poner a salvo». Jesús (Yeshü° = Yehóshüa° = Yhóváh yásha°) literalmente, tendría múltiples significados: «Dios libera, Dios da la victoria, Dios protege, Dios da prosperidad, Dios abre (abre nuestros horizontes, amplía nuestra realidad), etc., todo relacionado con la vida de los creyentes, no con la Salvación.

Propiamente, en arameo no existe la palabra «Salvación», ni «salvar», ni «Salvador». En todos los pasajes evangélicos de las Biblias en nuestro idioma en los que encontramos «Salvación» en arameo se nos dice, literalmente, «Vida». En los siguientes ejemplos, si sustituimos el término «salvar», «salvación», que es el que suele aparecer en nuestras traducciones de la Biblia, por su equivalente en arameo «vida» su riqueza expresiva cambia sustancialmente:

  • «Hoy sobrevino (la salvación) la vida a esta casa» (Lc 19,9).
  • «Pues el Hijo del Hombre ha venido a (salvar) dar vida a los que estaba muerto» (Mt 18,11).
  • «No he venido para juzgar al mundo sino para (salvar) dar vida al mundo» (Jn 12,47).
  • «Digo estas cosas para que (os salvéis) viváis» (Jn 5,34).
  • «Quien resista hasta el fin, él (se salvará) vivirá» (Mt 10,22; Mt 24,13; Mc 13,13).
  • «Si no se acortasen tales días nadie (podrá salvarse) viviría» (Mt 24,22;Mc 13,20).
  • «Quien crea y sea bautizado (se salvará) vivirá» (Mc 16,16).
  • «No sea que crean y (se salven) vivan» (Lc 8,12).
  • «Pues no envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo (se salve) viva por él» (Jn 3,17).
  • «Porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder almas sino para salvarlas» (Lc 9,56). Más literal: «Pues el Hijo del Hombre no ha venido para matar (’-B-D) personas (N-P-SH) sino [para vivificar], para dar vida (H-Y-')» (Lc 9,56).

En los pasajes evangélicos en los que encontramos la traducción «Salvador», en arameo se está diciendo «el que vivifica» o el término Párüqá', «El liberador», liberador de la opresión a la que los romanos tenían sometidos a los judíos. En boca de María, «el que vivifica» es un Nombre de Dios: «Mi espíritu se alegra en Dios, mi Mahyáná» (Lc 1,47). La raíz P-R-Q no ofrece duda en arameo:

  • En Mt 14,30 Pedro pide a Jesús que lo libre (P-R-Q) de ahogarse en el agua.
  • En Mt 27,43, cuando ya Jesús está crucificado, los príncipes de los sacerdotes, escribas y fariseos se burlan diciendo que Dios le libre (P-R-Q) de la cruz; y en Mt 27,49, que a ver si Elias lo libra (P-R-Q) de su tormento.
  • En Lc 1,71ss, Zacarías bendice a Dios por enviarles alguien que los libra (P-R-Q) de sus enemigos.
  • En Lc 11,4, Jesús nos enseña en el Padrenuestro a pedir que Dios nos libre (P-R-Q) de las cosas malas que pueden ocurrimos (Efectivamente, en la oración que Jesús nos enseñó, aparece la expresión «y líbranos del mal», pero solo en Lc 11,4 se usa para ese «líbranos» la raíz P-R-Q^ En Mt 6,13 «líbranos» es de la raíz P-S-' (liberar, rescatar, hacer escapar). .
  • «Y lo crucificaron. Pero nosotros creíamos que él fue preparado para que liberara a Israel...» (Le 24,20-21).

En este sentido, es muy revelador el encuentro de Jesús con sus discípulos en Emaús: estos le dicen —sin haberle reconocido- que ellos esperaban que Jesús fuera el Párüqa («El liberador») «…nosotros creíamos que él fue preparado para que liberara a Israel...». En resumen, a fin de evitar malentendidos, tal vez deberíamos devolver la palabra «Salvación» a su raíz semita «Vida», es decir, de la Muerte. Lo que promete Jesús al que escucha la Palabra de Dios es Vida. Jesús es «El que nos libera». ¿De qué? De todo, de la Muerte, de aquello que injustamente nos esclavice. Dios es Vida: «El Padre posee la vida en sí mismo», dice Jesús en Jn 5,26. O también: «Nunca fue un Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,27; Lc 20,38; Mt 22,32). En el Antiguo Testamento 85 pasajes se refieren al «Dios vivo». Dios es vida, da la vida, y nos hace «entrar en la vida» (Mt 19,17). Nos dirá Juan que en el Verbo «estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,4). El conocimiento que vienen a darnos los profetas es bellamente expresado por Zacarías como «la ciencia de la vida» (Lc 1,77). Y lo que los profetas de Israel nos prometen, más que la Salvación, en un sentido platónico (= salvación de «nuestro yo» identificado a «nuestra alma»), sería llegar a conocer «la vida de Dios»; literalmente: «toda carne mortal verá (H-£-') la vida de Dios». «Ver» la vida de Dios, ese es nuestro horizonte, nuestro anhelo y nuestra promesa; sabiendo siempre que, en arameo, «ver» no es solo «ver» sino también «comprender», como cuando en castellano decimos en una conversación: «Ya veo».

La «salvación», la cuestión humana primordial

La «salvación» es, quizás, la cuestión humana primordial. El deseo, la inquietud, el anhelo por ser liberados, «salvados» es muy fuerte y está extendido universalmente. Queremos escapar de situaciones o realidades negativas que nos tienen sometidos. En lo más profundo deseamos, anhelamos, salvarnos. Queremos perdurar... pero somos conscientes de que es algo que escapa de nuestras manos... A esa inequitud intenta responder la «oferta de salvación» de las distintas religiones. En la tradición cristiana una meta principal es obtener la salvación. Sin embargo, la imagen y la conceptualización que desde los círculos religiosos tradicionales cristianos se nos ha trasmitido sobre la «salvación», heredadas de una cosmovisión helenizada, dualista y neoplatónica, no han sido precisamente demasiado acertadas. Hoy es frecuente, al oír la palabra “salvación”, asociarla a salvación del alma, a “ir al cielo”, a pensar en una especie de premio final. “Premio”, sobre todo, por las obras buenas realizadas aquí en la Tierra. Y “final” porque la salvación se considera un acontecimiento, una realidad que acontecerá tras la muerte. En los ámbitos religiosos, la «salvación» (bajo el prisma todavía de una cosmovisión de corte fundamentalmente teísta y dualista) demasiado a menudo suele expresar la protección del alma del pecado y de sus consecuencias. El cristianismo tradicional entiende la «salvación» como la liberación de la esclavitud del pecado y de la condenación. La reflexión teológica ha utilizado diversas categorías para hablar de «salvación», todas ellas enraizadas en un marco de comprensión histórico-salvífico (divinización, justicia, admirable intercambio, sacrificio, satisfacción, redención, transfiguración, etc.). La «salvación» de lo humano implica, esencialmente y ante todo, la superación de lo inhumano que hay en el mundo humano, en la medida en que la superación total de cualquier expresión de inhumanidad no está al alcance de la condición humana.

Para comprender nuestra necesidad de salvación en su dimensión religiosa, primero debemos entender nuestra posición ante Dios. El discurso teológico sobre la «salvación» debería estar anclado y partir de la comprensión del ser humano como ser de necesidad, de deseo y de gracia.

La doctrina cristiana de la salvación es la contracara de la doctrina del pecado original, hasta el punto de reclamarse mutuamente: por eso se habla de “salvación del pecado”. Tanto el “pecado original” como la “salvación” son metáforas, es decir, relatos portadores de verdad que han de ser comprendidos de manera simbólica. Según esto, todos necesitamos desesperadamente ser salvados de la condición imperfecta, pecaminosa y moribunda que hemos heredado de nuestro común antepasado Adán. Rom. 3:10-12; 5:12) En Romanos 6:23 se recalca tanto la necesidad intensa que tenemos de ser salvados, como el resultado de serlo: “El salario que el pecado paga es muerte, mas el don que Dios da es vida eterna por Cristo Jesús nuestro Señor.” Pero, ¿precisamente cómo podemos ser salvados de la muerte y recibir vida eterna en perfección y felicidad? En el contexto de las Escrituras, la salvación significa libertad de todo el poder y los efectos del pecado, y tiene aspectos pasados, presentes, y futuros. «La humanidad necesita ser liberada y redimida. La creación misma -dice san Pablo- sufre y alberga la esperanza de entrar en la libertad de los hijos de Dios (cf. Rm. 8, 19-22). La creación sufre. La humanidad sufre y espera la verdadera libertad, espera un mundo diferente, mejor; espera la “redención”. Y, en el fondo, sabe que este mundo nuevo esperado supone un hombre nuevo, supone sentirnos y expresarnos como “hijos de Dios”. Entre las diversas concepciones producto de la reflexión teológica, existe también una concepción universalista de la salvación que entiende que todos, independientemente de credo o religión profesada, se salvarán e "irán al cielo". En términos coloquiales se dice a menudo que Dios "es demasiado amoroso como para condenar a nadie". La «salvación» apunta al conjunto de valores e ideales a los que el hombre aspira, que no puede conquistar por su propia fuerza, y cuyo logro sin embargo es condición para alcanzar esa tan anhelada plenitud.

Elaboración a partir de materiales diversos



2ª parte:

  • C. La idea de «salvación» en perspectiva histórica
    • Procedencia de la noción de «salvación» y su evolución cultural
    • Evolución de la noción de «salvación» dentro del judaísmo
    • Mediadores de «salvación»
    • Jesús de Nazaret: Jesús nos «salva» /«Jesucristo» como «salvador»
    • Jesús nos «salva»: lo que hace Jesús (el “ungido”, el “Cristo” = Jesucristo) según el cristianismo originario.
    • La «salvación» dentro del cristianismo originario
    • La salvación cristiana en el contexto de Cristo redentor, salvador y liberador
  • D. ¿Una «salvación» cuántica…?


Ver también:

Aproximación a la noción de pecado, conversión, salvación…

En torno a la noción de «pecado»: De la noción laica a la concepción bíblica

SECCIÓ: EL LLENGUATGE RELIGIÓS




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