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Los sabios y las principales escuelas de sabiduría en el mundo greco-romano

El «sabio» no es el que sabe mucho, sino el que sabe vivir, el que ha aprendido a vivir.

El «sabio» es, ante todo, el ser humano que ha trazado su trayectoria vital, que ha recorrido su camino, que ha llegado al final del camino. Es el individuo que se ha pulido él mismo, se ha construido a sí mismo. Sabio es aquel que es conscientemente uno con Él.

  • El ideal del sabio: acceder a un tipo de vida verdadera y plena.
  • Objetivo: Ser sabio es vivir en conformidad con el Tao, con el Logos, con la Naturaleza.
  • Su finalidad: alcanzar la paz mental y la «serenidad del alma»

En un mundo tan ajetreado, convulso, incierto y contingente como el nuestro lo que nos corresponde es recuperar el pulso perdido… Si hemos creado un «sistema de vida» que enferma todo lo que toca.... lo que ahora nos compete, lo que nos incumbe, es restablecer, recobrar, el equilibrio...

Las distintas escuelas filosóficas de la Antigüedad tuvieron como uno de sus principales objetivos obtener la paz mental y la «serenidad del alma» (ataraxia): no sufrir, sufrir lo menos posible o sólo cuando fuera necesario. Cada una de ellas proponía un camino y una serie de prácticas destinadas a disminuir las perturbaciones emocionales y las preocupaciones asociadas. Las estrategias eran muchas y variadas: detener el pensamiento y alcanzar la “indiferencia”, controlar las emociones negativas y ser cada vez más “imperturbable”, eliminar todas las necesidades superfluas y volver a lo natural, integrar el placer y el hedonismo a la vida cotidiana, razonar adecuadamente, conocerse a sí mismo, sentirse partícipe del universo, ... No obstante, todas partían de un supuesto básico: para obtener la ataraxia (serenidad del alma) había que estar con todos los sentidos puestos en el presente. La tranquilidad del alma sólo es posible si nos liberamos de la carga del pasado y la incertidumbre que genera el futuro.

  • El ideal de los sabios, de los buscadores de la sabiduría, de los «filósofos», descansaba en el acceso a la vida verdadera, el hecho de alcanzar una forma de felicidad irreversible.

      • Setrata de trabajar, continuamente, en esa transformación paciente de uno mismo que acabará eliminando las angustias, las incertidumbres y los errores.
      • Acceder a una forma de vida humana sin conflictos con uno mismo ni con los demás, una vida en la cual cada uno sea dueño del tiempo y encuentre en la plenitud del instante una forma de eternidad.
      • Un compromiso serio con la propia vida: un largo proceso de trabajo sobre sí mismo que le capacite para establecer dentro de uno mismo esa calma que evite al espíritu los golpes y los sobresaltos de la existencia. «Calmar la tempestad del alma»
  • Sabiendo que no podemos escapar de los duelos, los accidentes y los sufrimientos, la vía que propone la «sabiduría» consiste en estabilizarnos definitivamente a fin de permanecer inmutables frente a todo lo que pueda surgir.
  • Se trata de acceder a una forma de vida humana perfecta, una vida sin perturbaciones, sin conflictos con uno mismo ni con los demás, una vida en la cual cada uno encuentre en la plenitud del instante una forma de eternidad.
  • La vida del «auténtico sabio en el arte del vivir» podría reducirse a una «ausencia de perturbaciones». El ideal consiste en establecer dentro de uno mismo esa calma que evite al espíritu los golpes y los sobresaltos de la existencia.
  • Vivir de manera imperturbable, inquebrantable, estable y fija, sin sufrimientos. Se trata de la estabilidad que confiere la calma definitivamente alcanzada, mediante la práctica de dicha sabiduría.  
  • Los sabios se esfuerzan por huir de los conflictos, tanto fuera como dentro de sí mismos. No sueñan con un mundo sin conflictos, sino con tener la fuerza suficiente como para que les resulten indiferentes, para ser insensibles a todos los sinsabores de la existencia.
  • Todas las escuelas de sabiduría griegas, sean cuales fueren sus divergencias, creen que el pensamiento debe transformar la existencia. Para ello es necesario trabajar, pacientemente, en esa transformación de uno mismo.
  • Solo a partir de una vida examinada, a través de la reflexión, puede operarse esa conversión radical, una transformación de uno mismo que modificará hasta los gestos cotidianos, hasta los sentimientos y las emociones que uno siente. Esta metamorfosis iniciada en la mente de cada uno cambiará radicalmente la relación con los demás y con uno mismo.
  • No importa qué camino se escoja, una vez alcanzada esa estabilidad permanente, es posible vivir «como un dios entre los hombres».

Ya no se trata de vivir como un héroe, un hombre de bien o sencillamente un hombre. Se trata de vivir como un «sabio». O al menos de esforzarse en conseguirlo. De trabajar, continuamente, en esa transformación paciente de uno mismo que acabará eliminando las angustias, las incertidumbres y los errores. Con la creación de las escuelas de sabiduría que florecen a partir del siglo IV antes de nuestra era y que perdurarán hasta el final del Imperio romano, se proyecta acceder a una forma de vida humana perfecta, una vida sin conflictos con uno mismo ni con los demás, una vida en la cual cada uno sea dueño del tiempo y encuentre en la plenitud del instante una forma de eternidad.

Porque el verdadero «sabio», desde el punto de vista de los antiguos, no solo es el hombre que ha logrado refrenar sus malas inclinaciones, que ha alcanzado una forma suprema de saber y que ha renunciado a todo lo que es nocivo o inútil, sino que es, ante todo, el hombre que ha trazado su trayectoria vital, que ha recorrido su camino, que ha llegado al final del camino. Es el individuo que se ha pulido, se ha construido a sí mismo, es el «hipereducado», en el sentido de que es tan educado que es capaz de ir más allá de la educación. Un largo proceso de trabajo sobre sí mismo le capacita para rechazar incluso ciertos aspectos cruciales de la educación convencional. Por eso, el sabio choca con los prejuicios y no respeta las reglas, no ya de la urbanidad, sino incluso a veces de la civilización.

Sin embargo, sería un error creer que la característica principal del sabio radica necesariamente en la provocación, la rebelión. Se trata de algo totalmente distinto. Si hubiera que resumirla en pocas palabras, la vida del sabio podría reducirse a una «ausencia de perturbaciones». «Ataraxia», la palabra griega que designa esa serenidad, está compuesta de una a privativa («sin, ausencia de») y de taraxos («trastorno, perturbación»). El pánico o la ansiedad pueden ser provocados por toda clase de acontecimientos. Ocurra lo que ocurra, el espíritu del sabio permanece liso como la superficie de un lago. En la Carta a Meneceo, Epicuro utiliza la expresión «calmar la tempestad del alma». «Calmar la tempestad del alma» es alejarse de los vientos que aúllan, de los abismos de nuestro espíritu, escapar de las emociones aterradoras, de las esperanzas locas, de los miedos paralizantes.

El ideal hacia el que convergen las escuelas antiguas más variadas consiste, siempre, en establecer dentro de uno mismo esa calma que evite al espíritu los golpes y los sobresaltos de la existencia. «Calmar la tempestad del alma» no significa simplemente ser dueño de sí, sino huir de la espiral de las ambiciones, de los deseos devoradores, de las pasiones destructivas y de las emociones brutales. Es lograr sustraerse a esa multitud de choques que el azar, inevitablemente, nos impone a lo largo de nuestra existencia. Porque ser menos apasionado no es suficiente. También hay que prepararse para los golpes del destino, las malas sorpresas, las desgracias súbitas que la vida nos prodigará inexorablemente.

Sabiendo que no podemos escapar de los duelos, los accidentes y los sufrimientos, la vía de la «sabiduría» que proponen los griegos consiste en prepararnos, en estabilizarnos definitivamente a fin de permanecer inmutables frente a todo lo que pueda surgir. Este objetivo es idéntico en todas partes. Algunas escuelas, como la de Epicuro, hablan de la ataraxia, la ausencia de perturbaciones. Otras evocan la «apatía», apatheia, un concepto que significa la ausencia de pathos, es decir, de emoción. Al sabio ya no le afecta emoción de ningún tipo, ni positiva ni negativa. Ni exuberancia ni abatimiento. No importa qué camino se escoja ni qué término lo defina, una vez alcanzada esa estabilidad permanente, es posible vivir «como un dios entre los hombres».

Vivir «como un dios» no significa, en este caso, imponer su voluntad, realizar sus caprichos, dominar porque se es más poderoso que los seres humanos, inferiores a los dioses por naturaleza. Significa, únicamente, vivir de manera imperturbable, inquebrantable, estable y fija, sin sufrimientos, entre unos seres humanos que siguen zarandeados por las emociones, sacudidos por los golpes de suerte, expuestos a todas las trampas que nos tienden los azares de la vida.  Mientras que nuestro cuerpo es efímero, el cuerpo de los dioses es estable. Si son inmortales es porque esa estructura que los constituye no se deshace nunca. Vivir «como un dios entre los hombres» no implica, por lo tanto, ningún poder sobrenatural. Solo se trata de la solidez adquirida mediante la sabiduría, de la estabilidad que confiere la calma definitivamente alcanzada. Pero ¿por qué camino?

La vía del epicureísmo: la vía de la serenidad por el cuerpo

  • Para los epicúreos la finalidad de la existencia es el «placer», un «placer» que consiste en la satisfacción obtenida, el del goce que se alcanza con la ausencia de perturbaciones. Un placer o un goce que nos permite saborear la plenitud del presente.
  • El presente, un momento en que sin perturbaciones y sin tensión encarna el puro bienestar de existir sin carencia alguna.
  • Su doctrina, de hecho, es una terapia: tiene como finalidad curar el alma de sus trastornos.
  • Viviendo momentos de placer que son, al mismo tiempo, instantes de reposo absoluto —y, por tanto, en cierto sentido son también fragmentos de eternidad—, el sabio, aunque sea puramente humano, puede vivir efectivamente como un dios entre los hombres.
  • Escogiendo un estilo de vida mediante la que se apartan de los asuntos de la ciudad y eligen vivir alejados del mundanal ruido.

Epicuro, nacido hacia el año 340 antes de nuestra era. El Jardín, Atenas. En el año 306 a.C., Epicuro compra, no lejos del centro de Atenas, una agradable propiedad. No es fastuosa, pero está lejos de ser modesta. El Jardín, que es como se llama, le ha costado ochenta minas, una suma nada desdeñable. El filósofo tiene treinta y cinco años. Organiza su vida en el Jardín, junto a un grupo de amigos que acompañarán toda su existencia. Esa comunidad filosófica está formada por mujeres y hombres, lo cual es una singularidad para la época. Todos pasan por tener unas costumbres muy libres. La doctrina de Epicuro y las formas de vida de ese grupo cerrado suscitaron mucha maledicencia y muchos malentendidos. Si bien para ellos la finalidad de la existencia es el placer, eso nada tiene que ver con la orgía continua ni con el libertinaje. ¡Al contrario! El propio Epicuro insistió en ese malentendido: «No hablamos de los placeres de las gentes disolutas, como creen algunos, que ignoran la doctrina o no están de acuerdo con ella o la interpretan mal». Su doctrina, de hecho, es una terapia. Tiene como finalidad curar el alma de sus trastornos, mediante un «cuádruple remedio».

Dicho remedio (pharmakon) está constituido por cuatro objetivos: no temer a los dioses, no temer a la muerte, buscar los placeres sencillos y huir del dolor. Para él los dioses no se preocupan de los hombres, por lo tanto, no hay que temerlos; la muerte está desprovista de sensaciones, por lo tanto, no puede ser causa de terror; los placeres sencillos son fáciles de satisfacer y no comportan consecuencias perturbadoras; los dolores pueden combatirse mediante el recuerdo de los momentos felices.

Se trata más bien de no sufrir, que de gozar. Que el cuerpo no sufra, que el espíritu no se vea perturbado: este es el objetivo. Y esta es, para Epicuro, la verdadera definición del placer y, por consiguiente, de la felicidad. Porque el placer es un «placer en reposo». Corresponde a la satisfacción obtenida, a la ausencia de tensiones posterior. Los antiguos lo distinguen del «placer en movimiento», el del goce en sí mismo, que exige ser renovado y reactivado. Este placer en reposo se alcanza con la ausencia de perturbaciones. Esta disciplina halla su punto de partida en la reflexión, pero debe inscribirse progresivamente en el cuerpo, de forma que el hombre en su totalidad logre saborear la plenitud del instante. Una de las aportaciones principales de Epicuro es que incita a anclarse en el momento presente. Un momento verdaderamente sin perturbaciones y sin tensión encarna el puro bienestar de existir sin carencia alguna. Es un instante de perfección pura: no carece de nada. Este momento perfecto, al que nada le falta, no desaparece. En su plenitud, constituye una salida del tiempo. Es un bien inmortal, semejante a los que poseen los dioses. Así, viviendo momentos de placer que son, al mismo tiempo, instantes de reposo absoluto —y, por tanto, en cierto sentido son también fragmentos de eternidad—, el sabio, aunque sea puramente humano, puede vivir efectivamente como un dios entre los hombres.

La expresión «entre los hombres»: el sabio epicúreo está efectivamente en la tierra, pero vive retirado. No es ciertamente un ermitaño, no vive en el desierto. La compañía de sus amigos le es preciosa. Sin embargo, el epicúreo se aísla voluntariamente de los asuntos del mundo, de las deliberaciones de la ciudad y del curso de la historia. Sin desinteresarse totalmente de los demás, ya que privilegia las relaciones afectivas y amistosas, pertenece a pesar de todo a la tradición de los sabios que se apartan de los asuntos de la ciudad y eligen vivir alejados del mundanal ruido. Este alejamiento de los conflictos de las cuestiones políticas y de la historia irrita y atrae a la vez. En tiempos de tribulaciones, guerras civiles, asesinatos políticos y luchas internas que asolan las ciudades, retirarse con sus amigos y cultivar su jardín son comportamientos que pueden resultar atractivos. Esa es la vía de los epicúreos.

La fortaleza del alma

Los estoicos. Para hacerse inaccesibles a las agresiones del mundo, los estoicos inventan otras tácticas: se retiran en sí mismos, para instalarse en lo que Marco Aurelio denominará «la fortaleza del alma». Hermanos enemigos de los epicúreos, tienden hacia un objetivo idéntico: sustraerse a las perturbaciones, pero se encaminan hacia él por vías muy distintas.

Nada destinaba a Zenón de Citio a dedicarse a la filosofía. Se dedicaba a los negocios, vendía púrpura para teñir tejidos y la transportaba. Un día estaba navegando y naufragó. Zenón salvó la vida, pero la carga se perdió y él quedó en la ruina. Se le considera el fundador de la escuela filosófica estoica, que inició hacia el 300 a. C. en Atenas. Sus enseñanzas dieron lugar al nacimiento de la doctrina del estoicismo. Su base fue la moral de los filósofos cínicos y recibió muchas influencias de esta escuela. Ponía énfasis en el bien racional que se obtenía a través de una vida virtuosa, es decir, acorde a la naturaleza.

En Atenas, descubre la filosofía y se lanza con todas sus fuerzas a buscar la sabiduría. ¿Qué quiere alcanzar? Como todos los de su tiempo aspira a ese estado en que la vida ya no es accesible a los azares del mundo, en que las desgracias como las enfermedades, las injusticias o las violencias no hacen mella. Zenón se convierte primero en discípulo de los cínicos, esos filósofos radicales que habían optado por una vida dura, en la calle, como vagabundos sin techo. Consideraban que solo la naturaleza puede hacernos felices, a condición de seguir sus preceptos sin alterarlos con nuestras convenciones absurdas. Así pues, Zenón empieza por despojarse de todas las costumbres de la civilización. Pero le cuesta: esa vida no le gusta. Rompe con esos maestros demasiado duros y forma su propio grupo.

Zenón forja su propia doctrina y construye una visión del mundo: una física, una lógica y una ética que conforman una filosofía completa, teórica y práctica. Esa filosofía (estoicismo antiguo) tendrá continuación entre los griegos y más tarde entre los romanos, especialmente con Séneca y Marco Aurelio. Zenón empieza enseñando bajo un pórtico, en el ágora de Atenas, la plaza pública. Por eso, muy pronto, este filósofo y sus discípulos fueron conocidos como «las gentes del Pórtico», stoi- kioi, los «estoicos». En pocos años fundó una escuela de pensamiento que durará muchos siglos. El estoicismo constituye, sin duda, una de las filosofías más largas y más florecientes que conoció la historia.

Su punto de partida ya no es el cuerpo, como en Epicuro, sino la voluntad. Es en ella donde el estoico encuentra el puntal que le permite sustraerse al azar y a los avatares de la existencia. Poco importa lo que pueda sucederle a mis bienes, a mis seres queridos, a mi propio cuerpo, puesto que, en todas estas circunstancias, me queda la elección que hace mi propia voluntad. Puedo desear el bien y vivir de manera recta y virtuosa, tanto si soy pobre como si soy rico, si estoy sano como si estoy enfermo, casado o viudo, joven o viejo.

La cuestión fundamental no es, por consiguiente, la de la austeridad o la indiferencia, sino la relación entre lo que es verdaderamente indiferente y lo que es preferible. Así, por ejemplo, es preferible estar sano que enfermo, vivir desahogada o correctamente antes que de forma miserable. Es preferible no sufrir que sufrir.  Consideran que ni la riqueza, ni la salud, ni la reputación, ni el poder son factores que podamos gobernar (son cuestiones que no dependen de nosotros). Y es que, aunque hagamos todo lo posible por mantenernos sanos, la enfermedad y la muerte están fuera de nuestro control. Aunque hagamos todo lo posible por aumentar nuestra riqueza, la miseria nos puede caer encima. Y así sucesivamente. Por ello, incluso en lo relativo a todas esas cosas que no nos son indiferentes y que preferimos por encima de otras, hay que aprender a relativizar. Las circunstancias son imprevisibles. No somos dueños del azar.

Debemos, pues, atrincherarnos en la única ciudadela que controlamos totalmente: nuestra voluntad, nuestra razón, nuestra capacidad de decidir sobre nuestros juicios y nuestras representaciones. Sean cuales fueren las circunstancias, los pensadores del Pórtico opinan que seguimos siendo dueños de lo que pensamos y decidimos. Por eso, en las peores circunstancias (enfermedad, miseria, oprobio, exilio, pri­sión o tortura), podemos ser felices a pesar de todo: pensemos lo que queramos de esas circunstancias, si no cedemos en nuestra voluntad razonable de hacer el bien, esa virtud basta para nuestra felicidad.

La cuestión es saber en qué medida la serenidad del sabio que se sustrae a las emociones, que permanece fija y estable en su voluntad pase lo que pase, no discurre, de hecho, paralela a una radical insensibilidad o a una total indiferencia. Séneca, por ejemplo, dice que el sabio no llora cuando mueren su mujer y sus hijos: ya sabía que eran mortales, debía saber que desaparecerían; por lo tanto, no se siente turbado. Es difícil, en este caso, establecer alguna diferencia entre la ausencia de perturbaciones y la insensibilidad inhumana.

(...)

Fuente: Roger-Pol DROIT: Vivir Hoy con Sócrates, Epicuro, Séneca y todos los demás. Resumen Cap. 2



Ver también:

De los «disturbios emocionales» a las dolencias del «alma»

La «sabiduría» o el arte de vivir

Sabiduría para la vida cotidiana

Secció: FILOSOFIES PER A LA VIDA


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